El caso Sarmiento -Capítulo VI- María Purificación
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| Jiang Quing |
Unos días después he superado la muerte de María Sarmiento, lo sé porque en cuanto me despierto me pongo a pensar en María Purificación.
Mari Puri —puedes llamarla así si tienes bastante confianza o valor—, es hermosa por delante y por detrás, por encima y por debajo. Un helicóptero que desde el cielo hiciera fotos de una multitud elegiría su coronilla como la más bonita de todas. Su cabello es una cascada de un material flexible y brillante que parece negar la ley de la gravedad a poco que le interese a su dueña; su piel tiene la tersura y la suavidad de un recién nacido y sus pezones, su sexo, son de una gama de tonos rosados que solo he visto en la mermelada de pétalos de rosas y jengibre, la que tienen en los supermercados caros, esos que son los únicos a donde ella se digna entrar.
Pensar en Mari Puri no viene a cuento ahora, con todos los problemas que parecen querer enredarse con mi vida, o sí porque vuelvo a estar en la ducha y tengo en la mano el frasco de su jabón íntimo y estoy intentando leer sin éxito la etiqueta —cosa imposible bajo el agua y sin gafas—. Abandono mi empeño —leerlo, masturbarme, llorar—, lo dejo en el estante y me enjuago rápidamente.
Soy un hombre obsesivo, no recuerdo ahora mismo quién dijo que la vida sin obsesiones no tiene sentido —algún inglés maricón que murió de sífilis, ¿Wilde?—, eso es una gilipollez, bien escrita, pero no deja de serlo. Las obsesiones castran tu mente, te roban ancho de banda, tu vida se transforma en una línea estrecha, en la que a lado y lado solo parece haber abismo. Mari Puri es la reina de mi abismo.
Debería olvidar definitivamente la libreta pautada que espera pacientemente encima de la mesa, dejar de lado a mis aprendices de gánster para dedicarme a escribir sobre Mari Puri. Podría comenzar diciendo que algunas arañas o la mantis religiosa intentan —y suelen conseguir— devorar al macho después del acto, Mari Puri también prefiere hacerlo así. Sus estertores parecen darle algún tipo de satisfacción. ¿Por qué ella me viene a la mente todavía? ¿Es ella que viene o yo que la llamo? ¿No debería preocuparme de otras cosas?, ¿de acusaciones policiales?, ¿de denuncias y querellas?, ¿de esa historia que no consigo llevar adelante y me niega como escritor? ¿De los putos pagos de la hipoteca? Es porque precisamente no quiero pensar en todo eso por lo que pienso en Mari Puri. Es la utilidad de las obsesiones.
Cierro la puerta de casa, bajo a la ciudad sin un motivo claro mas que cambiar el paisaje que me rodea, en cuanto subo al tren y veo a los tipos con las banderas me arrepiento. Es una jornada de lucha y reivindicación, un nuevo episodio de un culebrón que se arrastra desde hace siglos entre el centro y la periferia, entre la estepa y la costa, que ha rebrotado virulentamente en los últimos años.
La cuestión nacional no me interesa. No me trago lo de la pertenencia a la tierra y la historia, no tengo esa necesidad; estoy más hambriento de futuro que de pasado. Del romanticismo me llaman los cuadros con temas como las ruinas y los jardines abandonados, quizás Chopin, todo lo demás me agota, no encuentro que sea más que un hooliganismo de nuevo o viejo cuño, unos temas que por sencillos atraen a los simples y los simples cuando son muchos son peligrosos. Opinar esto en voz alta ha hecho desaparecer mi nombre de ciertos medios, ofendidos por que trate de idiotas obsesivos a amplias franjas de su público —aunque tengo todo el derecho y soy el más indicado, ya que nadie como yo para saber de idioteces y de obsesiones—, un público que no concibe que uno pueda estar en contra de ambas partes o que no quiera definirme a partir de lo mismo que se definen ellos. Para zanjar la cuestión siempre digo que mi patria son las películas de Elvis Presley, aunque esto se lo copie, más o menos, a un roquero que acabó autoexiliado, dice, en Donosti.
Los de mis amigos que les va esta vaina (casi todos) aunque los trate de embobados me miran con pena, como curas que temen por el destino de mi alma, tristes porque no gozo de la ilusión suprema: la creación, la reconstrucción de un país en que todo será más justo y más tutti frutti. Mientras, nuevos enemigos escupen mi nombre. La línea que separa la indiferencia del martirio de se está moviendo y yo intento correr más que ella.
Salgo del ferrocarril, el Paseo, la milla más cara de Europa como a veces se ha conocido a sí misma, está llena de manifestantes, familias enteras sujetan banderitas y gritan ilusiones al cielo; el cielo como siempre les ignora. Aquí en la tierra las dos partes en conflicto hacen trampas y retuercen o se saltan el marco legal alegremente. Consideran que pueden hacerlo, que su causa es más pura, sus anhelos más vividos, su historia más limpia, su destino, allí adelante, casi alcanzado. Yo me largo antes de que se me pegue demasiado olor a patriotismo. Detesto las multitudes, ahí siempre hay el peligro de que personas, más o menos racionales, comiencen a comportarse como una masa estúpida y sin cerebro.
Huyo por las calles laterales y al rato estoy paseando frente a las cafeterías de gusto impecable que fueron el decorado del que me gustaría llamar mi romance con Mari Puri; pero este no empezó aquí, no señor. Empezó el fin de semana que la televisión —debía haber pocas noticias—, comenzó a repetir una y otra vez las imágenes del podio de la prueba ciclista que anualmente trepa por la montaña que vigila el mar de nuestra ciudad. Sí me estoy poniendo cursi, ¿que quieres?, es uno de los efectos secundarios que a veces me provoca hablar, hablarme, de Mari Puri. ¿Qué decía? ¡Ah, sí!, podio, imágenes. En ellas un joven victorioso agita una botella —un botellón— de espumoso nacional y con cara de gran satisfacción riega a diestro y siniestro todo aquel que se pone a su alcance —entre ellos a las azafatas que auxilian a jueces y patrocinadores en la entrega de trofeos—, después da un poderoso trago y ofrecer bebida a quien lo desee.
Estas imagines los nuevos censores morales deciden interpretarlas como acciones de agresión del macho ganador contra las hembras y luego pasan a cuestionar la misma presencia de ellas, las hembras, en el mismo acto. Porque ¿qué es lo que hacen exactamente allí?, además de sujetar por unos minutos un trofeo para cederlo a un organizador o entregarlo ellas mismas junto con dos recatados besos en las mejillas a los musculosos y sudados vencedores. ¿Son ellas mismas premios? ¿Promesas sexuales para los ganadores? Los censores concluyen que su trabajo es de una total inutilidad, además de una gran inmoralidad latente. Todo el mundo se muestra de acuerdo o calla.
Yo desde la radio —mis primeros días de radio— estallo. Declaro, desde la altura moral que me otorga el trabajo de muchos años en la infantería del mundo del espectáculo, la absoluta necesidad de que alguien se ocupe de los instrumentos de la liturgia, de su custodia, embellecimiento o reparación, hasta el momento que son necesarios, de la total dignidad de este oficio conocido como el de attrezzista desde el Renacimiento, oficio, como todos los denigrados, transparente al público que solo se percata de su necesidad cuando algo falla.
Continúo con que en estos tiempos en que los gobiernos se saltan o cambian alegremente los pilares del ordenamiento, son también de una ultracorrección en ciertas formas, como si el exceso en unas pudiera tapar las faltas en los otros. Esto yo lo considero preludio de un próximo fascismo eterno, una época de unificación a la brava de los valores de la gente, en que tus antipatías o desagrados serán vistos como enfermedades sociales y todos comeremos acelgas. Esto no es una flipada, aseguro, no es una de mis boutade, estos tiempos ya tienen sus propias víctimas, por ejemplo las chicas hermosas, no porque las obliguen a raparse las doradas cabelleras —o negro ala de cuervo, o rojo fuego— sino porque se quedan en el paro. No solo es que día tras día se destruyan sin parar puestos de trabajo en la industria o en las manufacturas, es que aquel tapiz de pequeños empleos eventuales que ellas realizaban —mientras acababan secretariado o medicina—, todas aquellas ocupaciones en que los empleadores consideraban un requisito imprescindible lo que era dado en llamar buena presencia han desaparecido por la presión social que considera que la exhibición de la belleza automáticamente tiene un componente sexual y por lo tanto degradante en la mujer. Porque señores las mujeres no tienen sexo. Este ha sido arrasado por una ola de algo que se disfraza de respeto a la mujer y no es más que pura, puta, envidia.
Mi intervención tiene éxito, el éxito que suelen cosechar mis salidas de tono, nadie está de acuerdo, aunque como cada vez son más los que intentan hacerme callar yo me envalentono y en próximos programas continuo con mi conocida y siempre exitosa filípica Omnis Stultus Asinus en la que defiendo que los medios no promueven un ideal de belleza falso e inalcanzable en detrimento de los demás, sino que la belleza es en sí misma singularidad y armonía y que estas son excepciones por definición. No son los medios los que diseñan los patrones de belleza, estos están ahí y es normal que en estos tiempos de epidemia de obesidad se adore a esas jóvenes altas y delgadas, igual que en tiempos de hambre se nos pusiera dura viendo las ligeras papadas de todas las beldades del Renacimiento —siempre vuelvo al puto Renacimiento, como si el fin último de mis aullidos fuera hacer comprender a la peña que estamos en una época oscura—. Acabo proclamando, para quién me quiera escuchar, que el trato que están recibiendo estas jóvenes, esos análisis de su conducta y relación con el medio, no son más que discriminación y racismo. Que no es que la mujer pueda ser vista como un objeto sexual, sino que debe serlo, que todos deberíamos serlo y quién no lo ha sido nunca de nadie que se lo mire, que algo falla en su carácter o en su higiene.
Mis declaraciones continúan teniendo el efecto habitual: ningún efecto, más allá que todo el mundo ríe u opina que soy un idiota que piensa con la polla. ¿La prueba? En el torneo tenístico de la ciudad se suprime la figura de la azafata. Ya solo podremos ver junto a los podios hombres y mujeres sudorosos o con trajes sastre, cosa que, para según quien, puede tener su que, como me afano en opinar pensando que en nada me quitaran el micro de delante.
Esto no pasa, mis declaraciones han roto algún tipo de barrera invisible y descubro que he sido adoptado o al menos reconocido por el gran público. He triunfado.
A partir de ese momento soy acogido en los más diversos saraos de lo que quiere ser la modernidad como muestra de exotismo, donde comienzo a ser saludado por todo el mundo, un mundo que antes de mi relanzamiento —así lo llamó María Polanco, relanzamiento— pensaba que era demasiado viejo, demasiado bajito, demasiado delgado, demasiado demasiado. Ahora creen ver en mí uno de los favoritos del vulgo y me encuentran un pellizco del atractivo del sátiro, algo muy cercano a la tierra, que sin duda huele a musgo y aventura. Yo me lo acabo creyendo, aunque sea mentira. ¿Quién no le gusta verse como alguien más interesante, más atractivo, más deseable?
Desde luego algo había cambiado en mí, me sentía un monstruo, algo digno de exhibición, por lo tanto, me exhibo. Tomo copas y digo estupideces, como la gente me escucha tomo más copas y digo más estupideces. Escribo en los bares mientras bebo Pisco Sour y me alimento únicamente de cacahuetes y aperitivos japoneses. Veo mi cara reflejada en los espejos de detrás de las barras y aunque esta me recuerda que ya no son tiempos de ir castigando el hígado, me pido a mí mismo una prórroga para disfrutar un poco más del momento, solo un poco más.
Hasta que en una de muchas noches —que se me confunden y en las que siempre estoy ligeramente borracho— me doy cuenta de que no sé si el berenjenal que me rodea es una fiesta de presentación o el cumpleaños de alguien. Pero no importa, me divierto con la gente que me saluda y habla conmigo, sobre todo de libros y del precio de la cocaína. Llego a la conclusión que ésta está más cara que los libros, pero menos que el Möet, no sé si esto es una suerte o una desgracia. Tengo un vacío, un hueco en el tiempo, me doy cuenta de que hace rato que estoy riendo con una basca, pero no recuerdo de qué. Busco el lavabo. En otra habitación frente a un televisor hay un grupo más silencioso, más concienciado viendo el debate de los candidatos a las elecciones autonómicas. Elecciones autonómicas, llamarlo así hiere ciertas sensibilidades. Este es el auténtico país, todo lo demás es falso, impuesto, piensa la mitad de la población; la otra mitad hace cola delante del lavabo. Es mi último pensamiento más o menos coherente. No recuerdo llegar a entrar al lavabo.
Despierto tras la fiesta —¿esta, otra?— durmiendo sobre un colchón en un salón desconocido. Estoy desnudo, realmente no recuerdo como he acabado aquí, tengo la boca pastosa y todos los síntomas de una gran resaca. Deseo levantarme e irme, no hay nada que desee más que estar en mi casa. Me incorporo con dificultad y echo un vistazo a mi alrededor, todo está ligeramente desordenado, no demasiado, la fiesta no ha sido excesivamente canalla, no entiendo qué hace el colchón en medio del salón, a no ser que sea algún tipo de cama de invitados improvisada. Necesito un lavabo, eso sí que lo necesito ya. Hay bastante claridad y voy abriendo puertas al azar, una es la de un dormitorio totalmente a oscuras en que unos bultos parecen roncar pacíficamente, otra da a una cocina llena de vasos sucios y botellas vacías. Al final encuentro un baño, orino largamente y bebo agua del grifo más largamente aun. Me miro en el espejo, veo un enano nervudo de cabeza afeitada que ya no se puede considerar de ninguna manera joven. Me deprimo un poco. Cuando salgo del baño equivoco la dirección y no consigo regresar al salón y al colchón, acabo en el recibidor donde una mujer hermosísima parece discutir en voz muy baja con un tipo a través del hueco de la puerta. Ella se percata de mi presencia y abre más la puerta de la entrada para permitir que el tipo me eche una buena mirada. Ella dice algo que me suena a ahora vuelvo cariño o algo por el estilo, pero yo solo estoy pendiente de la mirada de frío odio del hombre exiliado en el rellano. Me siento utilizado en algún tipo de juego de pareja y me doy la vuelta pensando en recuperar mi ropa y largarme, llego al salón y me tumbo durante lo que espero que sea un momento en el colchón, pero me quedo dormido inmediatamente. Despierto sudado, después de lo que me parecen segundos, pero sin duda son horas, todavía estoy en el colchón en medio del salón, pero ahora reconozco mi ropa pulcramente depositada encima de una silla. La mujer hermosísima entra por la puerta.
—Por fin te has despertado, pensaba en llamar a una grúa.
—¿Qué hora es? No, mejor no me lo digas. Siento parecer descortés, pero ¿quién eres tú?
Ella da una palmada floja y sonríe, tiene una sonrisa dulce, agradable, darías lo que fuera por volver verla sonreír.
—Ya te dije que no te tomaras... aquello ¿Me harás caso la próxima vez?
Se acerca a mí y en un remedo gracioso de formalidad extiende la mano y yo no puedo más que estrecharla.
—Hola, soy Maria Purificación, es cierto es mi nombre, no comiences a hacer chistes malos como anoche.
—No los haré, no me siento muy gracioso ahora mismo, ¿por qué he dormido en el comedor?
—Al principio se iba a quedar más gente, no había sitio, montamos una especie de campamento, luego se largaron. También era por... por mi casi ex, no quería que se presentara por sorpresa, como suele hacer, y me encontrara con dos o tres acompañantes de cama en la habitación, no sé cómo se me ocurrió que dormir en el salón, sin puertas, ni nada, parecería más inocente. No funcionó.
Sonríe, sé que miente, no me preguntes por qué, pero sé exactamente que si estamos en el comedor es para que él, sea quien sea, nos viera y dar más combustible a su ¿paranoia? ¿desconsuelo?
—Ha sido una fiesta magnífica, seguro, aunque no recuerde de nada de ella, pero quizá sea mejor que me marche ya ¿No?
—¿Tan rápido? ¿No quieres un café? ¿Ducharte?
Necesito ducharme, necesito un café, acepto, al cabo de quince minutos me encuentro limpio y refrescado y bebo instantáneo con leche en la cocina, el lavaplatos zumba, mientras ella pela alcachofas. Habla de la dieta que está siguiendo —la dieta de la alcachofa, claro— ella dice que es divina —usa esa palabra: divina—, a mí me suena a ejercicio de masoquismo, pero no digo nada, me gusta escucharle hablar. Hace algunas vocales silbantes, como las jovencitas que se las quieren dar de no sé qué, aunque tengo la teoría que instintivamente han comprendido que los tonos agudos son direccionales y van marcando su posición allá por donde van, obligando a los jóvenes a girar la cabeza. Acabo mi café, me levanto, comienzo una torpe despedida, ella me acompaña a la puerta.
—Gracias otra vez — dice.
—Gracias ¿por qué?
—Por defenderme, por defendernos a mí y a las otras chicas.
Primero no la entiendo, después me quedo sin habla, me doy cuenta de que hasta este momento no había pensado que en mis últimos artículos realmente estuviera defendiendo el interés, la postura, de personas reales. Yo solo gamberreaba, les tiraba mis heces a los espectadores, continuaba siendo el mono más cabrón del hoyo, un mono cabreado porque no entiende los contrasentidos de esta vida, ni cree que nadie los entienda en verdad. Y ahora, Mari Puri me da las gracias por tirarle piedras a las farolas. Creo que en aquel momento me enamore de ella, pese a que todas las alarmas sonaban estruendosas en mi cabeza. Al fin acierto a contestar.
—No se merecen, gracias por el café.
—De nada —le veo morderse los labios por un segundo—. ¿Me llamarás?
Vuelvo a quedarme mudo, en las películas esa pregunta te la suelen hacer después de, y yo no recuerdo nada, nada en absoluto y ¡Dios!, me digo a mí mismo, mírala no es una cosa para olvidar. Tartamudeo estúpidamente.
—¿Tengo tu teléfono?
—Ahora sí.
Y me mete un papelito en el bolsillo de la camisa a la vez que me da un beso que aterriza suave en mis labios. Cuando consigo reaccionar llevo más de diez minutos andando por la ciudad y no tengo puta idea de donde estoy.
Ahora sí que lo sé, vine con ella bastantes veces a esta cafetería, la considero escandalosamente cara, aunque eso sí, todo es de una calidad apabullante, los croissants saben realmente a mantequilla. Me siento junto a los ventanales y veo pasar a la gente de las banderas; intento pensar en Mari Puri, pero no lo consigo, me parece un fantasma algo irreal que solo se solidifica un poco durante mis solitarias sesiones de masturbación en la ducha. Ella siempre es mejor allí que en la realidad; en la realidad es bastante sosa, no parece estar demasiado interesada por el sexo o quizá no está interesada en colaborar en él más allá de su faceta de liturgia de adoración hacia ella misma. Hablo en un presente que en realidad no conozco, igual solo era así conmigo, igual es puro fuego con algún Ken que corre por ahí. O no. Ella cuando parecía más... solícita conmigo era cuando salíamos, cuando nos dejábamos ver, cuando se colgaba de mi brazo y jugaba a ser la novieta de un famoso, un famoso que luego resulto no serlo tanto o al menos no lo suficiente para sus aspiraciones.
Sufrí un poco cuando se fue. Un día, como hoy en una de estas cafeterías, me lo dijo, tenía sus razones, no recuerdo cuales. Trabajo, oportunidades, divergencia… algo así. Por un segundo pensé en protestar, me detuve a tiempo, era hermosa, su conversación ligera y refrescante, pero un leño en la cama y una fuente de gastos inacabable. Ademas... no creo que yo le gustara, era más complicado que eso, a ella le gustaba la atención que yo podía provocar, y ya lo he dicho antes: el literato es una flor estacional. Me hubiera gustado amarla, que me amara, pero no era así.
Me consuelo pensando que al menos no tuve que hablar a través de su puerta entornada, ni pasar por ningún estúpido ritual de humillación... que no me imponga a ratos yo mismo, sin necesitar de la colaboración de nadie más.
No debería escribir sobre Mari Puri, pensar demasiado en ella puede acabar estropeando su recuerdo, un recuerdo que cada día es más falso y cada vez se parece más a la fotografía a todo color sobre papel cuché de la chica perfecta. Sí, una fotografía es algo muy ligero para una persona, solo unas pocas moléculas de celulosa apiladas, pero ya casi demasiada masa para un recuerdo. No debería escribir sobre ella. No escribiré sobre ella.
Escribir. Debo volver a mis personajes, a la libreta pautada, y continuar describiendo como, poco a poco, van retorciendo las reglas hasta que les saltan en las manos o hasta que toda la historia sea la que explote y me vea obligado a abandonarla.
Regreso a casa con la gente de las banderas, parecen cansados y felices, escucho una canción pseudo folk que con el tiempo se ha ido transformando en un himno patriótico cantada con voces infantiles desde el otro extremo del vagón. Por un momento Mari Puri, la suavidad de su piel, la delicada curva de sus nalgas me vuelve a invadir la mente, pero la expulso. Mari Puri no existe, al menos la que ha colonizado mi sistema masturbatorio.
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