El caso Sarminento -Capítulo V- Condolecias de menos que amigos
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| Fernando VII |
Tengo que volver a ir al dentista. El otro día sujetó el diente —el que tras mi conversación con los tipos en pijama se movía— a los contiguos por la cara interna, mediante algún tipo de pasta y un alambre, montaje que si todo va bien retirará de aquí a unos meses; su diagnóstico es que con suerte no lo perderé. Ferulación, celuración, algo así se llama la intervención que tiene hoy que revisar. Solo acabo de comenzar a habituarme a ella, a ratos soy incapaz de hacer otra cosa que reseguirla una y otra vez con la lengua. El dentista da un picotazo a mis finanzas que hoy es asumible —diga lo que diga la contable tetuda— pero antes de mi tardío éxito me hubiese condenado a comer macarrones durante meses. Un héroe de la clase trabajadora, lo sé.
A la puerta de casa Anna Maria Tomas parece esperarme desde siempre —ella y su coche oficial—. Va hecha un desastre, todavía no he llegado a la conclusión de si es que carece totalmente de gusto o es dominada por un extraño pudor que le impide arreglarse mínimamente, como si hacerlo pudiera pasar por un reconocimiento de que hay algo en ella que no está bien, que le desagrada. Algo que no debe ser natural, sostenible o solidario.
—Hola, te he estado buscando —me dice mientras me mira directamente a los ojos.
—¿Tú o el cargo público? Olvídalo, no sé qué me resultaría más perturbador.
—¿Puedo llevarte?
—Prefiero caminar.
—Te acompaño.
No sirve de nada negarse, así que me pongo a caminar con ella al lado. Empujada por el capitalismo y la publicidad parece que en algún momento decidió teñirse el pelo de un tono más claro, no mucho. Después, posiblemente avergonzada por haber utilizado un tinte testado con animales, se ha castigado a sí misma dejando que se vea su error y ya le son visibles tres dedos de raíces oscuras. En lo único que creo parece continuar mostrando un poco de coquetería es en las gafas. Lleva un modelo muy moderno. Siempre lo está cambiando en su búsqueda de aquel que mágicamente haga desaparecer su nariz, cosa imposible.
Soy un pervertido de las narices, me gustan, punto. Transmiten poderío a una cara y han de llevarse con soltura, sin complejos. No hay nada más horrible que una nariz operada. Pensar en una de esas narices como remangadas en medio de una cara a la que ya no parecen pertenecer me da pavor.
Creo que sé por qué ella odia su nariz. Piensa que esconde su cara, que silencia su voz, que anula su presencia, que la gente que la mira, durante unos segundos es incapaz de pensar nada más que: ¡joder qué nariz! y que como es imposible hacer nada con ella, que no sea ocultarla —más o menos bien— detrás o bajo las gafas, mejor ignorar por extensión todo lo físico, vivir en un mundo espiritual.
¿Exagero? Si se lo preguntas te dirá que desde niña ha defendido la belleza interior, ha querido ser feliz desde dentro hacia afuera y ayudar a los demás a serlo, y si no quieren obligarles a ello, bueno esto último no te lo dirá, esto es de mi cosecha.
Cuchichea un momento por el teléfono, se disculpa, no sé si conmigo o con su interlocutor y cuelga.
—Estaba preocupada por ti.
—¿Preocupada? ¿Por qué deberías estarlo?
—Toda esa... exposición mediática, esa presión sobre tu... intimidad, creía que podías acabar estallando.
—Y eso ¿no sería bueno?
—No.
—¿No sería bueno para quién Anna Maria?
—Para ti, claro.
—Para mí.
Si algún día desaparezco os sugiero que el primer sitio donde tenéis que buscarme —ahora que no tengo gaitas con camellos— es en el congelador de Anna Maria. Nuestros encuentros se alargan de muy tarde en tarde, pero siempre me quedo con la sensación de que ella —una más— tiene innumerables cuentas pendientes conmigo. Le molesta mi propia existencia, soy un recuerdo de su pasado, la confirmación de un hecho que no está dispuesta a admitir: que tiene un cuerpo, que alguien se interesó por él, que a este le importaba un pimiento sus nobles ideas. Soy peor que su nariz.
—Vi en televisión como intentaban hacerte responsable de... del acto de esa pobre mujer.
Anna Maria comienza a consolarme, si le preguntases —en serio, otra vez, no importa, es un político, le encanta que le pregunten cosas— seguro que contestaría que eso es precisamente lo que más le gusta consolar, ayudar, indicar, enderezar... No sé qué lugar ocupa actualmente en el laberíntico organigrama de la administración, qué secretaría o negociado es su rincón de poder, pero el último tenía que ver algo con la mujer, con la violencia sobre la mujer o algo igual o más desagradable. Acumula también cargos en el partido y es de los afortunados en los que su perfil puede ser considerado nacional o social sin demasiados esfuerzos por unos u otros. ¿Cómo ha podido conseguirlo? A mí al principio de conocerla me dio la sensación de ser algún tipo de animalito de ojos tristes; que descubres con el tiempo que también lo es de territorial y venenoso.
Ojos tristes, cuando la conocí, hace tanto tiempo, vi en ellos una necesidad que ahora me asustaría. Creo que me vi reflejado en ella, yo también tengo, tenía —no sé qué tiempo verbal escoger— el mismo vacío imposible de llenar. Le Carré retrata un personaje que se siente compulsivamente obligado a bailar con las muchachas más feas, yo no debo ser muy diferente o lo era. Liarse con la más complicada no es más que una forma retorcida de narcisismo, una elaborada forma de masturbación; ¿todo para mí son elaboradas formas de masturbación?, debe ser así porque es lo único que se me da realmente bien.
Anna Maria habla y habla, no solía hacerlo tanto, a no ser que fuera para quejarse de la desigualdad en el mundo, ahí sí que su labia no tenía fin. Me da la sensación de que torpemente me ofrece un hombro sobre el que llorar o un agujero donde eyacular, un sitio donde recuperarme de mi tristeza. Vale, me han partido la boca, pero triste triste no estoy, no recuerdo de qué se empeña en consolarme.
Lo que recuerdo viendo el movimiento de sus labios son conversaciones con ella, ver como el animalillo de ojos tristes fue desapareciendo, mientras trepaba por el árbol de la ayuda al desfavorecido, y se transformaba en otra cosa, algo que estaba más alerta, más seguro. Algo que parecía alimentarse de los relatos de aquellos seres desgraciados, humildes, problemáticos. No importaba que fueran ciertos o falsos, comedidos o exagerados, lo importante era ver como aquellas personas se veían en la obligación de actuar para ella. Descubrió que era placentero verlos pendientes de sus gestos de aprobación o rechazo y como atendían en silencio a sus recomendaciones…
Igual solo lo imaginé, lo cierto es que nuestros intereses divergieron, los míos continuaban siendo el vino y las rosas, los suyos... Un día me sorprendí preguntándome si ella tenía inclinaciones sexuales de algún tipo, del que fueran. El sexo con ella parecía gimnástico y poco más, no podía mantener la atención más que breves minutos durante cualquier acto, vertical u horizontal, activo o pasivo, siempre más interesada en comentar lo mal que estaba el mundo y lo que se podía hacer para solucionarlo, que inevitablemente pasaba por hacerlo más parecido a ella. Desnuda era evidente que tenía los pechos desiguales y confesaba sospechar que era debido a presionarlos, a aplastarse sobre ellos a la menor oportunidad, cuando de niña quería evitar que crecieran. Eso era un terror para ella, crecer, dejar de ser una niña, enfrentarse a un mundo adulto que desconocía y temía. Fracasó, resultó que sus pechos, igual que su nariz, tenían sus propias ideas sobre el crecimiento.
Rompimos, nos mantuvimos a una distancia cómoda, respetable. Acabó sus innumerables másteres, un doctorado, encontró otro trozo de carne con ojos, se casó con él, tuvo una hija, cumplidos todos los trámites se divorció para dedicarse a salvar al mundo full time. Desaparecida desde muy antes de mi horizonte últimamente vuelvo a verla en encuentros fugaces, hola y adiós en eventos públicos, donde me parece dispuesta a llamar discretamente a seguridad para inquirir por mi presencia allí.
En resumen: me pone nervioso, no deseo hablar con ella. El resultado es que cuando tengo que hacerlo mi parte de la conversación es una sucesión de preguntas que después, si las rememoro, me parecen una extraña mezcla de súplica y agresión:
—Anna Maria, ¿qué haces aquí? ¿De dónde sales? ¿Por qué?
Su cara no sabe qué expresión adoptar, hace mucho que nadie le pregunta algo que no pueda contestar con un memorándum. Suspira, su gesto a las claras dice que va a sincerarse, por eso pienso que va a mentirme.
—Estaba viendo la tele, te lo he dicho. Creí que lo habías hecho, me pregunté si eso podía salpicarme. Todavía me lo pregunto.
—¿Creíste que empujé una mujer al suicidio? ¿Cómo coño podría hacer eso?
—Puedes ser muy cruel cuando te lo propones.
Cruel. Es el último calificativo que me aplicaría. Quizá es cierto y toda mi apabullante —y presunta— sinceridad puede que solo sea crueldad disfrazada. ¿Disfruto, recibo placer, plantando un espejo frente a los rostros de la gente, el espejo menos favorecedor posible? Pensaré luego sobre eso. Sé que mi crueldad para con ella era cuestionar su carácter, su derecho a la queja continua, el decirle que se depilara los putos pezones, el tirarle todas las bragas desbocadas y comprarle diez packs de supermercado, ¡joder! Crueldad era no aguantarle —cuando ya solo éramos algo menos que amigos— sus rollos sobre aquel novio del Servicio de Salud, ese hombre perfecto al que no soportaba y no entendía por qué.
Parejas, parejas... ¿quién ni siquiera intenta entenderlas? ¿Qué es lo que habías dicho antes?, ¿cómo puede ser que temas que cualquiera de mis historias pueda llegar a salpicarte? Anna Maria, la vestal administrativa, asustada, no puedo creerlo. Quiero decírselo, pero no me da tiempo, se pone a interrogarme en serio.
—¿Hacía mucho que os veíais?
—No nos veíamos.
—¿Desde cuándo?
—Desde siempre, no teníamos relación.
—¿No os llamabais?, ¿No os escribíais?
—¿Escribirnos? ¿Por qué piensas que nos escribíamos?
—Por el sobre.
—¿Qué sobre?
—En la papelera, había un sobre dirigido a ti, vacío, roto, algunos pensaron que primero puso la nota dentro de él, luego se arrepintió y…
—No era una nota, era un poema, un poema que escribió hace unos años...
Visualizo el sobre, de papel Kraft, desgastado en los bordes. En mi ensoñación no contiene una sola hoja desgarrada, sino una castigada libreta pautada y un pliego de papeles disparejos, quiero creer que son todos los poemas que María Sarmiento nunca me dejó leer —aunque la verdad, no insistí demasiado en ello—. Me miento, ese sobre que imagino es real y está en el cajón de mi mesa de trabajo, es mi novela inacabada compitiendo por mi interés con los chascarrillos de Anna Maria.
—¿Cómo sabes todas estas cosas? —se me ocurre preguntar.
—Chafardería interdepartamental, el sumario no es secreto…
Y bla bla bla. Camina un rato más a mi lado deslizando preguntas sobre María hasta que parece que se cansa o se convence de que mi relación con aquella era la que era, la misma que con ella, pasado. Me abraza flojamente, me da su tarjeta —no sé ni por qué la cojo— y desaparece en el interior del auto silencioso y oscuro que parece seguirla allí donde ella va. Cuando la veo desaparecer me quedo preguntándome cómo es que sabía que iría al dentista, si no lo sabía ni yo. O me vigila ella, a título personal o me vigila el estado, las dos posibilidades me parecen difíciles. Decido que yo salía cuando ella llegaba. No entiendo por qué esta circunstancia me parece también fantasiosa.
Tomo el tren, llego justo al dentista, Treinta minutos después salgo de la consulta ligeramente descolocado.
—Esa tía de antes, ¿no es la que sale en la tele?
Einstein se ha materializado a mi lado, dudo si olfatear el aire a su alrededor a ver si huele a azufre, pero ya tengo el día lo bastante complicado y lo dejo estar.
—¿De dónde sales?
—Le he estado siguiendo.
—¿Siguiendo? ¿Desde cuándo?
—Desde la pelea, ¡a veces velo su sueño!
—No sé si estarte agradecido o asustarme.
—No se preocupe, solo hago lo que debo.
—¿Cómo sabes lo que debes hacer?
Einstein se queda mirándome con cierto asombro, sacude la cabeza perplejo de lo espeso que soy y continúa a lo suyo; comienzo a sospechar que es básicamente joderme.
—Esa tía, la de antes, es la que sale en la tele, seguro. Cuando hay malas noticias siempre está ella por ahí al fondo. Es la jefa de los que le vigilan.
—¿Quién me vigila?
—Los tipos a los que vigilo yo, deben esperar a ver si vienen los del culto.
—Sé que me arrepentiré por preguntarlo, pero ¿Quiénes son los del culto? Espera, ya lo sé, los tipos en pijama del otro día.
—Esos mismos, los Desavenencias del Octavo día, la iglesia del novio de María.
—María tenía muchos novios.
—No sea celoso, el sexo es fútil.
—No me canso de repetirlo.
Al rato camino en silencio por la avenida del ferrocarril mientras Einstein charla sobre lo divino y lo humano, tiene muchas opiniones para ser un débil mental, ¿de dónde las saca?, es igual no le escucho, me duele la boca. Otra vez en casa, abro la puerta y me aparto para dejarlo pasar, he aceptado a Einstein como una catastrofe natural inevitable, un acto de Dios. Dice que me ha estado vigilando, velando mi sueño. La única manera que me parece que sea posible es que se haya ocultado en el jardín abandonado de la torre de al lado de casa o ¿por qué no?, entre mis propias tomateras. Claro que a juzgar por el aspecto de su ropa me inclino por un árbol muy alto y muy lleno de resina.
Mientras se funde un paquete de magdalenas yo intento enterarme quién coño son los Desavenencias del Octavo Día. Lo que encuentro en la red no me parece demasiado original. Tenían un gurú ciego que la palmó —oficialmente: reclamado a la diestra del altísimo—, fue una gran pérdida, veía el futuro y aseguraba que este sería peor que el presente y que nuestra salvación —la tuya, la mía, la de todos— solo sería posible si lo abandonábamos todo para construir un nuevo comienzo bajo su tutela o la del que tuviera la franquicia en la zona. No consigo concentrarme en lo que leo, la verdad es que nunca conseguí recuperarme de la decepción del Maharishi Mahesh Yogi; no sé qué tenía Prudencia que no tuviera yo. Lo dejo estar, creo tener problemas propios más urgentes.
Mi libreta pautada continúa esperándome en el mismo sitio en que la dejé, la ojeo con disimulada ansiedad, hay trozos que me gustan y otros que no acabo de entender, y eso que los he escrito yo. Para variar en las doscientas páginas manuscritas nadie folla, en ninguna posición, ni siquiera se la tocan de aburrimiento.
Hoy no me parece tanto las fantasías de un oficinista cabreado. Si me pongo literario diría que es un cuento en que tres tipos charlan con el lector, en riguroso presente continuo, representante cada uno de un vicio común —la avaricia, la vanidad, la pereza— y cómo este les empujará a chocar unos con otros; bueno, no exactamente eso, pero casi. Quizá una novela negra, en que parece que va a pasar algo y aunque pasa, al final es como si no, los tipos consiguen unas pocas cicatrices más y continúan a lo suyo. Gente que conozco podría sentirse ofendida al ver hinchadas las partes menos agradables de sus caracteres hasta parecer que son el todo de su personalidad.
Me doy cuenta de que Anna Maria tiene razón: soy cruel. Definitivamente soy cruel con mis personajes, pero las personas no son personajes o quizás sí lo son, personajes mal acabados, insinuados, contradictorios, desluciendo la trama continuamente. ¿Preferiría ser un personaje? La pregunta no tiene sentido. No lo tiene.
Tengo doscientas páginas, un principio, un nudo, un final. Eso no significa nada. Nunca he tenido problemas a la hora de escribir, puede que escriba verdaderas mierdas y es por eso que llenar una página o dos nunca me ha costado un pijo. Ahora mismo podría llenar seis o siete del tirón explicando por qué el contenido de las doscientas hojas de papel pautado de mi libreta me parece una mierda. Podría hacerlo, pero es más fácil resumirlo en una palabra: engaño. Este texto es un engaño, siempre voy contando por ahí que no puedo escribir sobre nada que realmente no sienta. Y siento que he intentado hacer simpáticos mis personajes al lector sin que en realidad lo fueran para mí y eso se exuda en la prosa. Debería dejar que fueran ellos mismos los que se defendieran, abandonarlos a sus propios medios, seguramente son más capaces de lo que yo los creo.
La libreta en mi mano, pienso un momento en rasgarla, olvidar la trama y todos los gestos con que he ido vistiendo a los personajes. Ya es la segunda o la tercera vez que lo pienso. Eso sería algo dramático, pero el drama no tiene sentido sin espectadores que lo compartan. ¿Se dio cuenta de eso María Sarmiento en sus últimos momentos?
María ante todo era una pelma, como Anna Maria, pequeños soles negros que atraen hacia su centro a asteroides vagabundos. Hoy su muerte me parece ridícula, nunca pensé que se suicidara, me parece una muerte mucho más indicada para mí, ¿me siento plagiado? María liada con un tío de una secta milenarista. María follando con un tonto del culo enorme, María suicidándose. Son cosas que no me creería si me las contaran. Igual que si me dijeran que Anna Maria viaja en coche oficial susurrando que sabe qué a quién sabe quién por un teléfono móvil.
El timbre de la puerta me devuelve al presente. ¿Llaman a la puerta en este mi escondite secreto? Comienzo a estar hasta acostumbrado. Miro por la mirilla (¿es esto una reiteración?). La pasma otra vez.
—Buenas tardes —saluda el poli guapo con su sonrisa de caimán.
—Pasen, continúo sin tener drogas. ¿Han traído alguna? No despierten al oso que duerme en el sofá.
—¿Está de broma? —se pregunta el poli feo indignado.
—Seguro, odia los animales domésticos —pontifica sonrisas.
—No es un oso, es un tío.
—Huele más que un tío.
—Ya te dije que este era ambidextro.
—Oye, este tipo, el fétido, me suena.
—Coño, es el actual, era el actual de la finada.
—El lumbreras...
—¿Es esto sospechoso?
—¿Que los ex se reúnan y se consuelen unos a otros?
—Es un poco cine de autor.
—¿De autor? Desde que sales con esa chica te estás volviendo un pitiminí.
—Lo sé. ¿Debería preocuparme?
—No. ¿A qué habíamos venido?
—A intimidarle.
—¿Por qué? Lo he olvidado.
—Para ver si suelta algo sobre los tipos de los pijamas.
—¿Los que le acusaban de... todo?
—Sí, y tienen tres o cuatro testigos para cada cargo.
—Testigos que parecen acelgas…
—Amebas.
—¿Crees que esas niñas llevan bragas debajo la túnica?
—No te distraigas, además ahora tienes novia.
—Solo era un pour parler.
—Me parece poco elegante, llámame... carca si quieres. Vamos a lo nuestro intimidale, pregúntale qué buscan esos tipos.
Einstein se ha despertado y escucha con interés la conversación mientras se come una magdalena que tenía escondida no sé dónde.
—Yof lof segf.
—¡Eh! Traga muchacho, que te vas a ahogar.
—Unf momengtof.
Einstein se levanta con desenvoltura para acercase a la nevera y beberse de un trago medio cartón de leche, mi nevera, mi leche.
—¡Uf! Mejor. ¡Yo lo sé! ¡Yo lo sé!
—¿Qué es lo que sabes, rapaz?
—Lo que buscan los Desavenencias.
—¿Los qué?
—Los Desavenencias.
—Del Octavo día —añado yo, por no sentirme excluido.
—¿Qué buscan?
—Las cartas, coño.
—¿Qué cartas?
—Las que piensan que tiene él —dice señalándome.
—¿Y él las tiene?
—¡Qué va!, desprecia el género epistolar, si ni contesta los emails.
—¿Qué hay en las cartas?
—Guarradas y secretos, creo que los Desavenencias van por los secretos.
—¿Secretos de quién?
—De los amantes.
—¿Qué secretos?
—Eso no lo sé. Por eso son secretos.
—Claro.
Los dos policías parecen perder el interés por Einstein y se me quedan mirando. Al final el feo —no es que lo sea, digamos que no va disfrazado de guaperas— se dirige a mí.
—Es usted un hacha haciendo amigos.
—Eso parece. ¿Me van a detener?, ¿por qué cargos? ¿Llamo a mi abogado?
—No le vamos a detener.
—No funciona así la cosa —se une el poli guapo—, parece que los del octavo día no tenían claro el procedimiento.
—Es muy difícil detener a un tipo por agresión dentro de un gimnasio de boxeo, con la declaración de tus amigos del alma.
—Y la zoofilia no es un delito en este país.
—Solo es una falta, y una guarrada.
—Aunque no seas vegano.
—Eso ha tenido gracia.
—No mucha.
—Pregúntale lo de los secretos.
—¿Tiene usted idea por qué estas personas piensan que obra en su poder esas cartas, documentos, lo que sean?
Es una buena pregunta; para la que no se me ocurre respuesta. Lo único claro que tengo es que …
—Ellos piensan que María, María Sarmiento mantenía correspondencia conmigo y que me los envió, me los hizo llegar. No sé qué motivos tienen para ello. Ella y yo no teníamos contacto, ningún contacto.
Los dos tipos me examinan larga y profundamente, no sé qué examinan, si son policías, si realmente están interesados en la movida deben tener medios para examinar mi correo, mis llamadas, toda la mierda esa de huella digital que vamos dejando, que yo sepa no hay nada que me señale. Excepto…
—El sobre.
Se me ha escapado, el resultado es que los dos tipos se miran el uno al otro y callan. Einstein le quita el papel a otra magdalena, al poli guapo se le cae la máscara de afabilidad y no hace nada por volver a ponérsela.
—¿Qué sobre?
—¿No saben lo del sobre?
Su gesto, sus gestos no demuestran reconocimiento, ni desconocimiento. Me pica la curiosidad. El tipo bufa.
—Es usted quien no debería saberlo. Es una de esas cosas que no salen en las noticias, una de esas cosas que solo saben los implicados. Hábleme del sobre.
—¿Que le hable? No lo he visto nunca. Solo me han dicho que estaba vacío, a mi nombre, dentro de una papelera. Parece que hay quien piensa que contenía el poema de suicidio y quién que... ¿qué piensan esos otros?
—Que contenía las cartas de Vergonzoso —apunta Einstein, que está disfrutando como un cochino en un lodazal.
—¿Cómo era el sobre? —pregunta el feo.
—Ni idea.
—¿Grande, pequeño?
—Ni idea, no lo he visto.
—¿Quién le dijo que existía?
Dudo un momento. ¿Guardo una reserva de lealtad hacia Anna Maria que no sabía que existía? Si hablo de ella, ¿la meteré en un lío? Contemplo a los dos policías, ¿les meteré en un lío a ellos?
—Un funcionario público, un cargo electo, alguien que va por ahí en coche oficial. Alguien que dijo que el sumario no era secreto. ¿Lo es ahora? —contesto a regañadientes.
—La tía de las malas noticias —suelta Einstein.
El feo le mira y abre la boca como si fuera a decir algo, pero se lo piensa y la vuelve a cerrar. El guapo se está rascando la barbilla suavemente como si intentara decidir si afeitarse o no.
—Nos largamos —decide al fin, parece comunicárselo a sí mismo especialmente.
—Gracias por su colaboración —añade el otro.
—¿Esto es todo?
—Todo, todo por ahora.
—Vaya con cuidado.
—¿Con cuidado? ¿Con cuidado con qué?
—Hasta luego.
Los polis se largan, extrañamente en silencio, rápido y sin mirar atrás. Einstein come magdalenas.

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