El caso Sarmiento -Capítulo IV- Para que discutir, pudiendo pelear
William Randolf Hearts Hay tres bares cerca de la estación, un par en la plaza de abajo y en el que estamos, encajonado en un rincón de la plaza de arriba, la que hay sobre el túnel del ferrocarril. Cada tren que pasa saluda haciendo dringar las cucharillas del café. —Me llaman Einstein —dice mi invitado con la boca llena del segundo croissant—, pero me llamo Albert. Es un chiste, por Albert Einstein, ¿lo pilla? —Sí, lo pillo. ¿Cómo quieres que te llame? Es una pregunta estúpida, no quiero llamarle de ninguna manera. Lo que quiero es que se largue, que se esfume de mi vida. ¿Entonces por qué te lo has traído al bar? Era la manera más fácil de sacarlo de frente mi puerta. ¿No tenías nada de curiosidad?, ¿curiosidad? ¿Por sobre cómo puede ser el novio de María? Uno que a mil metros se ve que está un poco ido, pero como otros por el estilo que he conocido la parte que se le marchó primero fue la de la vergüenza de pedir. Lo curioso es que no he dudado ni un momento de que es...