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El caso Sarmiento -Capitulo IX- Doctor Vergonzoso

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    Leni Riefenstahl  Me he dormido en el sofá, la televisión solo ofrece nieve y gruñidos, tras las ventanas el exterior se esconde en la oscuridad. Algo me ha despertado, pero no sé el qué. Esto es un recurso horrible, algo fatal en una historia; recuerdo leer en alguna parte el consejo, la orden perentoria, de que se podía comenzar una escena narrando como un personaje despertaba solo en el caso de que encontrase un desconocido en su cama o a él mismo transformado en insecto. Mis manos continúan siendo igual que siempre, no han cambiado en palpos, ni en extremidades serradas y no hay nadie a mi lado en el sofá, o sea que no parece un buen comienzo. Me despejo del todo cuando escucho los golpecitos en la puerta, son ligeros pero insistentes. Miro por la mirilla, es Einstein. Abro.   —¿Qué hora es? —es lo único que se me ocurre decirle.   —¿Hora?, no sé ¿Las dos? Sí, eso, las dos.   —¿Por qué estás arañando mi puerta a la dos de la mañana, Einstein?  ...

El caso Sarmiento -Capítulo VIII- Cualidades ocultas

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Cixí  ¿Tengo alguna cualidad oculta? ¿Qué es lo que me hace más indicado para participar, a favor o en contra, en un complot que pretende, en una primera aproximación, el fin del mundo? Siempre según los criterios de María: ¿cuál es mi don?, ¿ser un idiota —¿un juguete?— que aguantaba sus desmanes a cambio de un polvo? Bufo, no tengo respuesta. Con la sensación de estar perdiendo el tiempo busco en mis escritos —no se me ocurre un sitio mejor para comenzar— la búsqueda de ese algo que me hace taaaaan especial. ¡Complots! Me aburren sobremanera. Defiendo y se puede leer en mis papeles que cualquiera que haya acudido alguna vez a una reunión de vecinos o a una sesión del parlamento debe ser consciente de la dificultad de que este mono desnudo, que es el hombre, consiga ponerse de acuerdo en algo y no digamos después mantenerlo en secreto. Si se puede explicar cualquier cosa por un comportamiento estúpido de los participantes, ya no hace falta buscar complots. Otra cuestión es que el ...

El caso Samiento -Capítulo VII- El pastor cuida de su rebaño

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     Elon Munsk Como mis personajes parecen querer darme más disgustos que satisfacciones, al cabo de dos días aprovecho la excusa de un encargo que me publicará un magazine de internet —aunque no comprendo las nuevas relaciones entre los medios y el autor, porque ellos se empeñan en hacer constar que soy yo quién lo publico— para volver a meter la libreta pautada en el cajón. En un ataque de gamberrismo ­—y de necesidad de llenar la olla con algo— escribo lo que no sé si llamar un artículo humorístico o un ensayo demencial. Con la excusa inicial de las cartas de JD Salinger a las chicas del tiempo, me pongo a comentar el aspecto físico de las distintas presentadoras/colaboradoras de los informativos y programas de debate político de la televisión, alabando o criticando sus atributos e ignorando conscientemente su profesionalidad o falta de ella, para después poner sobre la mesa la audaz teoría —tontería— de que cuanto más hermosa, en una forma convencional, es una presen...

El caso Sarmiento -Capítulo VI- María Purificación

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  Jiang Quing Unos días después he superado la muerte de María Sarmiento, lo sé porque en cuanto me despierto me pongo a pensar en María Purificación. Mari Puri —puedes llamarla así si tienes bastante confianza o valor—, es hermosa por delante y por detrás, por encima y por debajo. Un helicóptero que desde el cielo hiciera fotos de una multitud elegiría su coronilla como la más bonita de todas. Su cabello es una cascada de un material flexible y brillante que parece negar la ley de la gravedad a poco que le interese a su dueña; su piel tiene la tersura y la suavidad de un recién nacido y sus pezones, su sexo, son de una gama de tonos rosados que solo he visto en la mermelada de pétalos de rosas y jengibre, la que tienen en los supermercados caros, esos que son los únicos a donde ella se digna entrar. Pensar en Mari Puri no viene a cuento ahora, con todos los problemas que parecen querer enredarse con mi vida, o sí, porque vuelvo a estar en la ducha y tengo en la mano el frasco d...

El caso Sarminento -Capítulo V- Condolecias de menos que amigos

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  Fernando VII   Tengo que volver a ir al dentista. El otro día sujetó el diente —el que tras mi conversación con los tipos en pijama se movía— a los contiguos por la cara interna, mediante algún tipo de pasta y un alambre, montaje que si todo va bien retirará de aquí a unos meses; su diagnóstico es que con suerte no lo perderé. Ferulación, celuración, algo así se llama la intervención que tiene hoy que revisar. Solo acabo de comenzar a habituarme a ella, a ratos soy incapaz de hacer otra cosa que reseguirla una y otra vez con la lengua. El dentista da un picotazo a mis finanzas que hoy es asumible —diga lo que diga la contable tetuda— pero antes de mi tardío éxito me hubiese condenado a comer macarrones durante meses. Un héroe de la clase trabajadora, lo sé. A la puerta de casa Anna Maria Tomas parece esperarme desde siempre —ella y su coche oficial—. Va hecha un desastre, todavía no he llegado a la conclusión de si es que carece totalmente de gusto o es dominada por un extra...