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El caso Sarmiento -Capítulo XXII- Lo que necesita el país

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José María Ruiz-Mateos El tipo de silla, sobre la que me siento, de últimas, la veo por todas partes. Recuerdo haberlas visto es en los colegios, en las guarderías, en las bibliotecas, en la cafetería del hospital...Son de estos muebles construidos a base de un chasis de tubo de acero y superficies de madera laminada. En la silla estás superficies están ligeramente curvadas adaptándose a mi espalda y nalgas. Es una silla idéntica de tamaño, de color —un verde pálido—  a aquella en la que me senté, durante mi entrevista con el Doctor Vergonzoso; de hecho podría ser la misma. Decido que es de buen augurio la coincidencia, que estoy destinado a sentarme aquí, a poner las manos sobre la superficie lisa, resistente y fácil de limpiar, de la mesa a juego. Me lo digo una vez y otra, mientras intento dejar de temblar.   Las heroicidades siempre me producen el mismo efecto secundario; suerte que no cometo muchas. Mi mente también tiembla, toda ella no es más que desasosiego y miedo. Mi...

El caso Sarmiento -Capítulo XXI- Sol y Sombra

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  Demostenes En la plaza de toros somos cientos, puede que mil. El espacio que podemos ocupar; el que nos ha sido adjudicado y podemos considerar nuestro; está delimitado y numerado con trazos de pintura en espray. Los peores sitios están sobre la grada de sol, los mejores son sobre la arena de sombra.  Porque como hasta en los campos de concentración hay clases estos últimos  están ocupados por gente con posibles y/o contactos,   Parece que no tengo ni de unos ni de los otros y me integran con tres tarados en una esquina, un lugar que no está ni bien ni mal. Me dan un cuenco, una cuchara y una toalla, se llevan a cambio mi cartera —vacía, solo el documento de identidad, todo lo que tengo de valor o que permite el acceso a un valor está enterrado (y no en mi jardín; llámame paranoico, no me molesta). Dormimos en el suelo, sobre cartones, envueltos en mantas polares sin confeccionar que llegan en rollos y son cortadas i n situ . Comemos cada día judías con arroz y ...

El caso Sarmiento —Capítulo XX— Hogar, dulce hogar

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   Isabel Diaz Ayuso   He tardado seis horas en recorrer ciento y pico kilómetros. No sé si considerar que es mucho o poco. Igual está bastante bien, casi un récord. No hay que olvidar que soy un perseguido que debería ocultarse en las sombras. Aunque la verdad: ni lo he intentado, ¿para qué? ¿Alguien reconocería al tipo que se refleja en los espejos y escaparates de las estaciones? ¿De quién es esa cara barbuda? ¿Quién recuerda a ese hombre, al que cuatro pelos parecen querer huirle en todas direcciones desde su cabeza? Un acto, de una transcendencia singular, que está sucediendo justo en estos momentos —un suceso histórico, un cambio de época—, me vuelve invisible; si es que no lo era ya. Nadie me presta atención. Lo único que parece importar, además de esta circunstancia, es que los trenes se mueven con mucho retraso. Durante las largas esperas y frecuentes e inesperados transbordos, todos los pasajeros  — mis forzados compañeros de tren, de vagón —  tienen ...

El caso Sarmiento -Capítulo XIX- El largo adiós

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  Carlos Mazón Ya camino por la playa, dejando la central a mis espaldas. Camino, camino, camino. Al cabo de una hora me siento en la arena y me pongo a pensar en quién soy, a dónde voy y de dónde vengo; sin llegar a ninguna conclusión reveladora, como desde siempre les pasa a todos los homínidos. ¿Cuánto tiempo hace que no venía a la playa? Antes me gustaba, o quizá quería que me gustase. Sé que, a lo largo de mi vida, he intentado disfrutar de muchas cosas porque se suponía que eran agradables; y lo eran, pero no como para tirar cohetes. La playa ha de ser de agradable, ¿no? Sol, arena, calor, chicas guapas con bañadores diminutos... La publicidad miente; empezando por el Sol: hemos estropeado su cielo y ya no es nuestro amigo; no quiere darnos calor, quiere achicharrarnos. No puedo reprochárselo. Estuve un tiempo yendo a la Barceloneta, la playa de la Barceloneta. Su arena es gruesa, llena de polvo; mancha las toallas, los pies, la bolsa. Está llena de tipos y tipas que quie...

El caso Sarmiento -Capítulo XVIII- Zona de guerra

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    Víctor Aldama   Sigo al dúo maravilla, que parece que sabe a dónde van. No sé si es cierto, pero al menos nuestros pasos nos van alejando de los soldados y de la central. Los vamos dejando al norte, hasta que ambas amenazas, una mucho antes que la otra, desaparecen de nuestra vista. El par de iluminados que llevo delante de mí se detiene un segundo, tienen un breve cabildeo —diría que sobre: ¿dónde?, y ¿cómo?—, y continúan caminando; conmigo, a trompicones, detrás. Me digo que si me voy tropezando, enganchandome con todo, es porque estoy cansado, pero si yo lo estoy ellos también; y si ellos pueden continuar yo no soy menos. Y como soy un mono tozudo al rato estoy pasando, detrás de ellos, por un túnel largo, húmedo, estrecho y oscuro —bueno, no mucho de nada de esto: se ve la luz al otro lado antes de entrar y todo; pero huele raro; un olor que te dice que mejor no estar ahí—. El pasadizo este resulta que cruza por debajo de la autopista, la que sigue, más o...