El caso Samiento -Capítulo VII- El pastor cuida de su rebaño
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| Elon Munsk |
Como mis personajes parecen querer darme más disgustos que satisfacciones, al cabo de dos días aprovecho la excusa de un encargo que me publicará un magazine de internet —aunque no comprendo las nuevas relaciones entre los medios y el autor, porque ellos se empeñan en hacer constar que soy yo quién lo publico— para volver a meter la libreta pautada en el cajón. En un ataque de gamberrismo —y de necesidad de llenar la olla con algo— escribo lo que no sé si llamar un artículo humorístico o un ensayo demencial.
Con la excusa inicial de las cartas de JD Salinger a las chicas del tiempo, me pongo a comentar el aspecto físico de las distintas presentadoras/colaboradoras de los informativos y programas de debate político de la televisión, alabando o criticando sus atributos e ignorando conscientemente su profesionalidad o falta de ella, para después poner sobre la mesa la audaz teoría —tontería— de que cuanto más hermosa, en una forma convencional, es una presentadora, más a la derecha está la línea editorial de la cadena y a partir de esta elucubración sacarme más conclusiones facilonas del sombrero sobre la sociedad patriarcal, el miedo a salir de la norma y cosas así.
Mis lectores se toman a mal el escrito —lo que es estupendo, vivo de la polémica—, soy acusado de plagiar los textos graciosillos de este y el otro. Es posible, lo reconozco; también afirmo que si sostuviera que la tierra es redonda me acusarían de plagiar a Galileo; después admito que se pueda decir que soy de una total falta de rigor en mis conclusiones; pero que yo podría contestar que mi artículo es reflexivo, quizá humorístico, nunca científico, por lo tanto no me tengo que regir por un estándar excesivamente curoso y que una visión sesgada del tema no es un defecto sino una virtud. Mi argumento vuelve a ser tachado de plagio, yo agradezco que se me considere hombre de lecturas tan vastas y variadas, pero confieso que lo que más he leído de siempre son diarios deportivos y miento diciendo que cualquier cosa que pueda ser considerada profunda me produce un sueño invencible. En realidad, me produce aburrimiento. El dicho aquel de que no se hizo la miel para la boca del asno se confirma conmigo. La verdad es que la miel no me entusiasma, tiene un gusto excesivamente protagonista que conquista cualquier plato en que se añada. María Sarmiento la tomaba en lugar del azúcar.
María, enredado con el texto hacía días que no pensaba en ella. María está muerta y se desvanece poco a poco en mi mente. No sé si esto es bueno o malo, desde luego es natural. Tribus de indios americanos no vuelven a nombrar nunca a los difuntos, consideran que eso retiene sus almas en un interregno no deseable ni para ellos ni para los vivos. Dejarla ir, hay que dejarla ir. Puede que me resulte fácil, no he vuelto a tener todas esas visitas indeseadas que parecían todas consecuencias de su traspaso, lo que me parece un alivio.
Cuando el humilde escándalo de mi última aportación al mundo de las letras se calma me quedo sin excusas e intento pasar los días trabajando en el difícil paso del texto entre la libreta pautada y el ordenador, con no demasiado éxito, pero sintiendo que me muevo en alguna dirección. A ratos siento que mi historia, la prosa, pasa por mi mente como agua fresca por la garganta; en serio es como si me bebiera el texto y otros pienso que es basura. Siempre me pasa igual.
El día que suena el timbre de la puerta me doy cuenta de que lo estaba esperando; este lugar secreto ya no lo es tanto, pero al menos me depara visitas cuanto menos curiosas, solo hace falta mirar por la mirilla de la puerta para comprobarlo.
Hay dos tipos en el zaguán. Uno me es ya conocido, le di una hostia, ¡joder, ya hace tanto tiempo?, parece que con mayor éxito del que creía, a juzgar por el resto de festival de lilas y amarillos que rodea su ojo izquierdo. Va vestido con la vestimenta de masajista que ya le conocía, complementado con un gorro puntiagudo de cartón que luce en forma precaria sobre la cabeza; lleva en éste escrito con letra infantil algo que no consigo leer. El otro tipo parece una estrella de cine, lleva un traje de tres piezas de color claro, sin corbata y el pelo —largo, dorado y ondulado— enmarca una cara ancha de ojos enormes bajo una frente abovedada.
En el paragüero de al lado de la entrada tengo un mango de azada recortado hasta la longitud idéntica que se cubre desde la punta de mis dedos hasta el codo, largura que me recomendó para un garrote, hace mucho tiempo, un gitano, que sabía de dar leches en sitios estrechos, como recibidores, caravanas, celdas y pasillos. Le echo un vistazo y lo coloco en la posición adecuada para poder hacerme con él rápidamente si es necesario y abro la puerta.
—Buenas tardes.
Me dice la Estrella de Cine y me ofrece un tiesto de flores que sujeta en la mano y no había visto por la mirilla. Dudo si en cogerlo, Ojo a la Virulé parece no saber a dónde mirar. Ahora distingo que la palabra escrita en el cucurucho de cartón que lleva como sombrero en la cabeza es “TONTO”, lo ha hecho una mano infantil con rotuladores de colores, el capirote se aguanta sobre su cabeza gracias a una goma elástica que le pasa bajo la barbilla. El tipo de las flores le da un codazo y eso le hace tomar aire y comenzar a hablar.
—Buenas tardes… perdone que le molestemos, aquí en su casa, pero querríamos, querría disculparme, por nuestro, por mi comportamiento del otro día.
—Estuvo totalmente fuera de lugar —añade el tipo del tiesto mientras lo inclina, haciendo más evidente su ofrecimiento— ¿No le gustan las flores?
—Sí, desde luego —afirmo, pero no hago ninguna intención de cogerlas, prefiero tener las manos libres.
—Capuchinas, además de hermosas son comestibles. La capuchina me gusta mucho, sus hojas tienen un sabor delicadamente picante.
—Lo había oído decir. ¿Puedo preguntarles el motivo de su visita?
—Como ya hemos dicho disculparnos, sobre todo disculparnos, aunque no tenemos excusa. También pedirle auxilio en un tema, un tema que puede o no le ataña, eso ya lo dejo a su consideración.
Estoy aburrido, si los envío a la mierda, cierro la puerta y vuelvo al interior de casa tendré que continuar trabajando. Si les dejo que me suelten el rollo igual consigo material para escribir algo. Tampoco quiero dejar entrar esta gente en mi casa. Tengo una solución de compromiso, les invito a sentarse en el jardín trasero junto a mis tomateras y sin esperar a que acepten o no cierro la puerta. Cruzo por el interior, cojo una chaqueta ligera y salgo por la puerta trasera. Allí están ellos acomodándose. El trajeado coloca el tiesto en el centro de la mesa y lo gira en una dirección y otra, peina las flores hasta que parece se queda satisfecho y lleno de placidez, sonriendo, se dedica a observar lo que le rodea.
—Tiene un bonito jardín o quizá debería llamarlo huerto, ¿cómo lo ve usted?, ¿algo consagrado a la utilidad?, ¿o a la belleza?
—¿Hay alguna diferencia?
—Pensé que esa sería su opinión, por eso le traje capuchinas. Debe disculpar a Serenidad, es un hombre muy poco sutil, en su caja de herramientas solo hay martillos. Discúlpate Serenidad.
—¡Ya me he disculpado!
—Pues lo vuelves a hacer. Por favor, ahora.
Serenidad parece estar a punto de tener una rabieta, algo muy poco adecuado en un hombre de su nombre y edad, pero al final consigue balbucear algo que se parece remotamente a una excusa y luego se queda callado mirando furioso a ninguna parte.
—Eso ha estado mejor, Serenidad. Ahora coge esa silla y siéntate mirando a esa pared. Reflexiona sobre la futilidad del deseo.
El tal Serenidad se levanta como un resorte y sujeta la silla por el respaldo, pienso que la va a utilizar para abrirle la cabeza al tipo del traje, pero hace lo que le dice y se va a contemplar el entramado de ladrillo del muro trasero de mi casa.
—Serenidad es un hombre lleno de cuentas pendientes, siente que el mundo le debe algo, puede que tenga razón, pero lo cierto es que el mundo es mal pagador, cuando comprenda esto crecerá interiormente. En su anterior encuentro lo que más deseaba eran respuestas, tanto que olvidó las formas, sé que apresurarse en una u otra dirección, siguiendo lo que él llamaba pistas, le parecía tan importante, que olvidó preguntarse si le daba derecho a irrumpir en la vida de los demás sin invitación. En cuanto a las cartas...
—Le aseguro que yo no las tengo, me molesta tener que decirlo y todo. Ni siquiera me pregunto qué interés puedan tener para nadie. No estoy interesado en las confesiones de nadie, aunque sean eróticas tengo bastante con las mías.
El tipo me contempla durante un segundo, su expresión es la de alguien que confirma algo que ya sabe, después se remueve en la silla buscando una posición más cómoda. Tengo la sensación de que va a endilgarme un rollo larguísimo y me arrepiento, para empezar, de haberle invitado a sentarse.
—Creo que lo mejor será que empiece por explicarle porque estas cartas son importantes para nosotros, para la congregación, pero antes me gustaría hacerle una pregunta personal, quizá la más personal de todas: ¿tiene usted inquietudes religiosas?, ¿profesa alguna religión?
—No, sinceramente, no.
—Y por ello ¿le resultan totalmente extrañas las personas que si lo hacen? ¿Sus motivaciones, sus anhelos, le son totalmente ajenos?, o ¿puede entender lo que otros desean y lo que están dispuestos a hacer por conseguir cumplirlos?
—Entiendo que alguien esté dispuesto a hacer sacrificios a los dioses, este comportamiento, aunque no los comparta no me resulta extraño; al menos no más que el de otros grupos, que también han decidido sacrificar la individualidad para unirse bajo lo que yo veo una etiqueta, las más de las veces deliberadamente confusa, para que pueda acoger a la mayor cantidad de individuos bajo ella.
—Yo siempre, desde niño, busqué respuestas, unas respuestas que me resultaron esquivas, aun todavía las busco, pero he de reconocer que donde más cerca he estado de encontrarlas ha sido en la religión.
—¿No encontró todas sus respuestas en los Desavenencias?
—En los Desavenencias encontré una misión.
—¿Qué misión?
—Salvar al mundo de idiotas como ellos.
No es posible que haya dicho lo que he escuchado, pero el tipo continua frente a mí medio sonriendo, como quién te cuenta algo bochornoso y gracioso simultáneamente.
—Disculpe, no sé si le he entendido, ¿salvar al mundo, dice?
—En efecto, ¿le sorprende?
—Ciertamente un poco, el mundo está en peligro lo reconozco, pero siempre he pensado que sobre todo era por una mezcla de estupidez y fatalidad, y contra eso poco podíamos hacer. Además, creo que los líderes providenciales suelen acabar siendo más parte del problema que la solución.
—Líder providencial, me gusta cómo suena... aunque estoy de acuerdo con usted. ¿Sabe lo que han tenido, tienen en común, las más grandes religiones que los hombres nos hemos dado y han sobrevivido en el tiempo? Son milenaristas, con ello quiero decir que creen en la destrucción del mundo, en el juicio final, en la separación de los justos y los no tanto y en el castigo, mucho castigo para todo el mundo. Siempre hay algunos, los que se tienen por los verdaderos creyentes, que parece que no les importaría acelerar el proceso. Los verdaderos creyentes están deseosos por demostrar su fe en que serán los elegidos. Hasta hace poco no era un problema; vale que de cuando en cuando arrastraban a una cruzada a la sociedad, pero esta tenía sus propios motivos para efectuarla, normalmente la codicia o el orgullo, y cuando estos se cumplían o fracasaban se acababa la historia. Ahora la tecnología permite al verdadero creyente independizarse de la sociedad. Sí, ya sé que esto es de una simplificación pueril, pero ¿sabe cuántos mal encaminados estarían encantados de provocar el fin del mundo?
—Los Desavenencias ¿son unos de ellos?
—Ciertamente descubrí que ciertas agrupaciones simpatizaban con ideas cercanas, antes de mi administración. Entiéndame el fin del mundo llegará, de eso no hay duda, pero no podemos echarle una manita para que llegue antes, eso sería hacer trampa. ¿No cree?
Y me dedica una sonrisa de vendedor de coches usados llena de amor y comprensión y me digo que he encontrado un poco de material, pero no el material que normalmente voy buscando. Como historia es bastante... obvia, sino ridícula, no sé si sería capaz de escribirla. Además, detesto las historias en que todo, absolutamente todo, depende del héroe. Detesto a los salvadores del mundo, de la patria, de los océanos, por detestar, detesto hasta a los Goonies y a Superman cuando baja gatitos de los árboles. Decido que el tipo está loco, joder como he podido dudarlo ni un segundo, ¿no es el líder de una secta religiosa espiritual?, ¿no va acompañado de un tío con un gorro de soy tonto por la calle? Pienso en echarlo a patadas de mi jardín-huerto. Me imagino la escena y decido que el que parecería loco soy yo. Después recuerdo a unos idiotas japoneses liberando gas Sarín en el metro de Tokio y me acojono. Solo me queda preguntar:
—¿Me está usted diciendo que los fieles de su iglesia tenían un plan para provocar el fin del mundo?, me parece excesivamente fantasioso.
—Estoy de acuerdo. Un proyecto tan monumental desanimaría a los blandos. Soy más partidario de que se plantearan el de una gran catástrofe, algo que inyectara miedo en el alma de una gran cantidad de personas. El miedo, la desesperanza, el dolor son de las herramientas más útiles si uno desea que un corazón se vuelva hacia Dios. Penitenciar a unos cuantos y conseguir salvar un gran número de almas, hay mentes que aceptan esta aritmética.
—No creo, no quiero creer, que María... aceptase semejante contabilidad.
—Conocí poco a la Hermana María. El que no se haya probado definitivamente si su muerte fue un suicidio u otra cosa no ayuda a tranquilizarme sobre lo que pueda estar o no en marcha.
—¿Cómo sabe usted todo esto?
—Me encantaría decir que los fieles Desavenencias están por todas partes y que todos me abren su alma sinceramente, pero sería mentira, esto que le he explicado son las conclusiones a las que uno llega después de seguir un rastro de miguitas muy tenue hasta algún arrepentimiento exagerado. Solo puedo afirmar que alguien pensó en la segunda venida, otros en como realizar la purga, que algunos los escucharon, que aquel lo rebatió y el otro lo niega. Todo muy vago, lo único en que todos coinciden es en que la hermana María siempre estaba presentando ideas, textos, en esas reuniones, unos textos que tomaban la forma de cartas y ahora está muerta. ¿Sabe lo del sobre? ¿La pieza que le señala en este lío?
Vuelvo a imaginarlo, ahora es un sobre acolchado de gran tamaño, doblado por la mitad, que deja adivinar en su interior un taco de cartas atadas con un cordón azul ¿Cordón azul?, Einstein supo describirlas, si es que hablamos de la misma correspondencia.
—Lo sé. —admito.
—La existencia de ese sobre para ciertas mentes simplistas parece probar la existencia de otros anteriores dirigidos a usted. Pensaba congraciarme explicándole esta parte del rompecabezas, pero veo que tiene sus propias fuentes.
Reflexiono, no sé sobre que exactamente, todo me parece irreal, una tontería.
—¿Qué piensa usted de esas cartas?, ¿fueron enviadas a otra persona? —acabo preguntando.
—No lo sé, es lo que intento averiguar, si la Hermana María fue asesinada estarán en poder de quién cometió el crimen.
—¿Y este es un miembro de su iglesia?
—Me gustaría demostrar que no, no sé si será posible. Todos los implicados han oído hablar de ellas, igual que parecen creer que usted es el depositario o habría de serlo, sí no de su forma física sí de su contenido intelectual.
—¿Todo esto por un sobre vacío?
—Por un sobre y los comentarios pre mortem de la Hermana María. Se había vuelto muy locuaz sobre su persona en los últimos tiempos, me aseguran. Ante la duda, la dificultad, se debía buscar su consejo, su apoyo.
—¿Consejo? ¿apoyo? ¡No sé qué podría hacer yo!
—Nadie lo sabe. Usted asegura que había perdido la relación con la hermana María y hasta donde yo sé, que es hasta donde las fuerzas del orden han querido compartir su información es cierto. Debe haber un motivo por el cual ella considerará que usted era el hombre idóneo para esto; debo preguntarle: ¿Tiene usted alguna idea por la cual pudiese pensar esto?, ¿qué papel quería otorgarle en la... tragedia? Su personalidad no casa con la de un conspirador silencioso, usted es un agitador. Su voz es escuchada, aunque sea para tacharla de, perdóneme, rebuznos; y es bastante difícil hacerle callar, me lo ha de conceder. Por lo tanto, si usted tuviese las cartas, si supiese reconocer su contenido como ¿planes terroristas?, quiero creer que gritaría a los cuatro vientos la existencia de estos, entonces ¿cuál es el motivo?, ¿qué le hace a usted el indicado para recibirlas?
Pienso durante unos segundos, comprendo su proceso mental, pero creo que se equivoca, olvida o ignora una cuestión básica.
—No tiene por qué ser nada comprensible, disculpe mi crudeza: María estaba...desequilibrada, o al menos lo estaba en los últimos tiempos en que... salimos. Esa presunta cualidad que usted busca en mí puede ser imaginaria, solo la percibía ella, no tiene por qué ser real.
El Tipo del Traje —joder, no sé ni su nombre y no sé si quiero saberlo— sonríe tristemente y su cara parece la de un querubín al que han dejado sin postre.
—Es una posibilidad, desde luego, pero ¿me hará el favor de pensar en ello? También querría pedirle que si alguien se pone en contacto con usted, en relación con estos temas, además de las medidas que tome de acuerdo a su conciencia, ¿podría avisarme?
—Lo haré —digo automáticamente, aunque me parece que estoy mintiendo.
—Gracias, ahora si me permite, hemos de marcharnos, he de regir una congregación bastante fracturada, hay ovejas perdidas por ahí que tendría que encontrar. Serenidad, ¿nos vamos?
Mi interlocutor, pausado, se levanta, se estira el traje, me tiende una mano grande y suave —que efectúa un simulacro de presión antes de liberarse como un animal nervioso—, saca una tarjeta de uno de los bolsillos del chaleco, la deja sobre la mesa junto a las flores, se da la vuelta y sin esperar a que le muestren la salida desaparece, seguido por el tipo del capirote, —que me envía una mirada de franco odio mientras le sigue—, dejándome con la sensación de estar metido en un drama de dudosa calidad. Mi elemento, según mis críticos.
