El caso Sarmiento -Capitulo IX- Doctor Vergonzoso

 

 

Leni Riefenstahl

 Me he dormido en el sofá, la televisión solo ofrece nieve y gruñidos, tras las ventanas el exterior se esconde en la oscuridad. Algo me ha despertado, pero no sé el qué. Esto es un recurso horrible, algo fatal en una historia; recuerdo leer en alguna parte el consejo, la orden perentoria, de que se podía comenzar una escena narrando como un personaje despertaba solo en el caso de que encontrase un desconocido en su cama o a él mismo transformado en insecto. Mis manos continúan siendo igual que siempre, no han cambiado en palpos, ni en extremidades serradas y no hay nadie a mi lado en el sofá, o sea que no parece un buen comienzo. Me despejo del todo cuando escucho los golpecitos en la puerta, son ligeros pero insistentes. Miro por la mirilla, es Einstein. Abro.

  —¿Qué hora es? —es lo único que se me ocurre decirle.
  —¿Hora?, no sé ¿Las dos? Sí, eso, las dos.
  —¿Por qué estás arañando mi puerta a la dos de la mañana, Einstein?
  —No quería hacer ruido, el timbre se escucha desde muy lejos.
  —Es un timbre, se supone que es su función, avisar que hay alguien en la puerta.
  —Veo que lo entiende. Tranquilícese no he visto a nadie vigilando, pero hay que ser cuidadosos, ahora tiene que venir conmigo y hablar con él.
  —¿Hablar con quién, Einstein?
  —Con Vergonzoso, claro.
  Hay una mirada en Einstein que comienza a molestarme, la está haciendo justo ahora, es una mirada de asombro teñida con un pelo de indignación, en ella refleja lo pesado que es tratar con gente tan espesa como yo y lo difícil que es su misión en la vida, sea cual sea esta.
  —¿Vergonzoso, el corresponsal de María?
  —Nada de corresponsal, el amigo de María, no puede ser que hayan sido novios, es viejo, más que usted. Y no le gusta follar. ¡Qué tonto!
  —Vaya, vamos a hacer una reunión de antiguos amores.
  —No, ¿qué dice? Mire, mejor cambiese de zapatos, hemos de caminar un poco.
  —Einstein, ¿por qué quiero hablar con él?
  Ahora pone cara de impaciencia, mira a un lado y al otro, luego decide que no ve nada y que mejor que no le vean a él y se sienta acurrucado en las escaleras. La noche está llena de ruiditos, el viento trae un rumor desde lejos que creo identificar como la lejana autopista, pasa pocas veces, pero cuando pasa es un coñazo. Me siento tentado de simplemente entrar en casa cerrar la puerta e irme a dormir, quizá ser magnánimo y tirarle por la ventana un paquete de mini croissants rellenos de chocolate, que ahora me doy cuenta, he comprado para tenerlos cuando apareciera, ¡sí, era para eso!, porque estoy seguro de que detesto la bollería industrial.
  —Para aclarar el misterio, ¿no? —me pregunta
  —No sé si hay algún misterio, además ese es el trabajo de la policía.
  —La policía, la policía. A la policía no le importa nada María, ni usted, ni yo. Esto hemos de resolverlo nosotros.
  ¿Resolver el qué? María se mató, a María la mataron ¿por qué? Las cosas con María no tenían por qué ser lógicas, tener principios, finales, motivos, eso eran limitaciones de seres pobres de espíritu. María, un día decidí olvidarla, creí que lo había conseguido, que ya me era ajena, ¿por qué no lo entiende Einstein y de paso María Sarmiento Madre, el Querubín Trajeado y la policía? Por un sobre vacío dirigido a mi nombre. Un sobre que ahora imagino como uno antiguo, de correo aéreo, orlado de rojo y azul. Einstein me mira con la cara de un perrito, un perrito enorme, que espera que le saquen a pasear. Dejo la puerta abierta y entro en casa, sigo sus consejos y me pongo unas deportivas un poco gruesas y de propina cojo mi chaqueta por si acaso.
  —¿Dónde vamos, Einstein?
  —No muy lejos, bueno un poco, vamos.
  Cierro la puerta con llave y luego la escondo en un hueco de la valla y salgo tras él.
  —Einstein, Vergonzoso ¿cómo lo encontraste?, ¿te encontró él a ti?, ¿sabías quién era?
  —Había visto una foto, fui al cementerio a ver a María, y allí estaba.
  Parece pasarse media vida siguiendo o vigilando gente. No entiendo como lo consigue, ¿no le ve todo el mundo?, es alto, ancho y con cara de chalado. Quizás por eso la gente desea ignorarle y acaba siendo sí no invisible translucido. Debe ser cierto, porque no llevamos un minuto caminando, yo me peleo con la cremallera de mi chaqueta y cuando levanto la vista ha desaparecido. Avanzo confundido, pero por suerte la noche no es muy oscura y un poco más abajo, a la derecha, le veo avanzar por el estrecho pasillo que queda entre los muros que delimitan los terrenos de dos grandes chalets. No tiene más de medio metro de ancho, está lleno de hierbajos y gira un poco hacia la izquierda no dejando ver si tiene salida. Encajonado entre muros de ladrillo sin enlucir siempre pensé que era un derecho de paso de la época de la catapún o que por aquí, bajo el suelo, corría una tubería, lo cierto es que nunca me pareció transitable. Acelero el paso y le alcanzo cuando sale del pasaje a la calle inferior, él se gira, me sonríe y antes de que me dé cuenta estoy sin aliento, intentando seguir sus largas zancadas que siguen o atraviesan caminos y carreteras, recorriendo una ruta invisible donde los tramos de bosque son cada vez más abundantes mientras se aleja de las zonas urbanizadas. Al cabo de un rato mientras descendemos por el corta fuegos del tendido de una línea eléctrica —una sucesión de toboganes y repisas que dibujan la montaña bajo nuestros pies— me doy cuenta de que lejos de estar perdido tengo una idea bastante aproximada de hacia donde nos dirigimos. Como vamos en dirección contraria a la ciudad y cada vez perdemos más altura, si seguimos a este ritmo en media hora acabaremos en el río. Lo cansado será volver a casa, ¿dónde puedo conseguir un taxi aquí, a estas horas?, ¿por qué no he cogido la cartera?, ¿por qué estoy siguiendo a Einstein?, Un perro me ladra muy cerca a la derecha y después un poco más adelante otro a la izquierda le hace coro, antes de que abandonemos una pista de tierra para cruzar un bosquecillo, donde tropiezo  y me hago polvo el dedo gordo con el cerco de hormigón de una tapa de alcantarilla que incongruente surge entre las agujas de pino. Estoy a punto de pegar un grito y enviarlo todo a la mierda. Einstein parece notarlo, se lleva un índice a los labios haciendo la señal de silencio y mira a derecha e izquierda antes de colarse por el hueco de lo que primero me parece un talud de tierra, luego una valla y resulta ser montones de leña vieja apilada, cubierta por glicinas y zarzas de todos los tamaños.

  Estamos en el patio trasero de una casa —no un chalet, ni una torre, tiene el empaque de algo agrícola, utilitario—, al frente la pared brilla plateada bajo la luna. Einstein flota arriba y abajo buscando algo hasta que parece encontrarlo, vuelve a hacerme la seña de silencio y rebusca en el interior de un tiesto roto, que sostiene un arbolito seco abandonado a su suerte. Encuentra una llave grande que encaja en la cerradura de una puerta baja, que al momento empuja para que se abra silenciosa. Me hace el gesto de adelante, pero yo le contesto, también con gestos, que él primero, así que espero que vuelva a dejar la llave en su sitio y entro detrás de él. Según lo hago la puerta parece que se cierra sola detrás de mí y me encuentro como sumergido en tinta china. Antes de tener tiempo de asustarme alguien rasca una cerilla, se escucha un chirrido y una vela en un rincón titubea un segundo y luego reparte un simulacro de claridad que oculta más que revela donde estamos.
  ¿Dónde estamos? No tengo ni idea, a cubierto seguro, en un granero, una cuadra a medio reformar, algo así. La estancia es grande, alta, pero han amontonado formando torres todos los muebles y cajas del mundo, además de una cantidad enorme de antiguos ordenadores y pantallas, de aquellas culonas, el conjunto a simple vista forma un laberinto del que solo es visible el rincón donde luce la vela, sobre una mesa en la que se apoyan —o se esconden debajo— un montón de sillas plegables.
  La luz de la vela parpadea por un segundo, un tipo ha encendido un cigarrillo con ella, solo he llegado a ver una barba, y unos ojos que parecen mirar más allá de mí. Einstein despliega una silla de las de bajo la mesa y luego se pelea con otra hasta que consigue abrirla también y me la ofrece. Estoy cansado, me parece una buena idea sentarme.
  Mis ojos se han ido acostumbrando a la oscuridad y comienzo a ver con más claridad lo que me rodea y al hombre sentado a la silla que fuma en silencio. Barba, pelo largo recogido en coleta, más ancho que alto, o es la impresión que da con todas las capas de ropa que lleva encima, no es un indigente, pero poco le falta, parece un trampero o un buscador de oro; si esto fuera Alaska no te extrañaría su aspecto, pero definitivamente esto no es Alaska.
  —Este es Vergonzoso —hace los honores Einstein.
  —No me llamo Vergonzoso, me molesta el mote que me ha puesto, aquí el lince este.
  —¿Cómo quiere que le llame? —digo yo, por decir algo. Él parece pensárselo por unos segundos.
  —Llámeme Doctor.
  —¿Doctor?
  —Sí, Doctor, claro. Doctor.
  —¿En medicina?
  —¿Estás enfermo, capullo?
  —No, no lo estoy, ¿lo estás tú, idiota?
  Me sale de natural, desde el fondo, creo que es por llevar más de una hora siguiendo a un colgado por la sierra , para acabar en el paraíso del síndrome de Diógenes, donde un tipo de dudosa higiene me insulta. Ya no soy muy conciliador de natural y ahora mismo una gran parte de mí estaría encantada con tener una buena bronca.
  —Es Doctor en atroponosequé y también en ciencia de la política —interviene Einstein con la boca llena de... no lo sé, algo con mucho chocolate y mermelada de fresa.
  —Antropología y ciencias políticas. ¡Memo!
  —¡Vergonzoso! —replica Einstein, no muy conforme con el adjetivo.
  —¡Memo!
  —¡Vergonzoso!
  —¡Memo!
  Están así unos segundos, con el añadido de un ¡tú más!, de cuando en cuando hasta que parece que se cansan. El Doctor vuelve a fumar, y Einstein comienza a lamer el envoltorio de la cosa que estaba comiendo. Yo decido que si aquí hay algún memo desde luego soy yo. El Doctor parece darse cuenta de nuevo de mi presencia y muerde el cigarrillo con furia.
  —¿Qué hace usted aquí? —me pregunta.
  —Ni idea, ¿qué hago aquí Einstein?
  —Hablar con Ver... con el Doctor.
  —¿Sobre qué he de hablar con el Doctor?
  —¡Joder! Sobre el asesinato de María.
  Vuelvo a ver en Einstein la miradita esa que me irrita tanto y como ya estoy calentito comienzo a sopesar mas profundamente la posibilidad de coger cualquier mierda de las que tanto abundan por aquí y liarme a palos, pero Einstein saca más pastelillos de los bolsillos, me da uno a mí, otro al Doctor y como ellos comienzan a abrirlos y a comérselos yo acabo haciendo lo mismo. Es algo que contiene un noventa por ciento de azúcar, el resto debe ser aceite de palma, moriré rápidamente. Einstein va comiéndose el suyo a pequeños mordiscos que le hacen parecer la rata más grande del mundo; Doctor por el contrario se lo traga en dos mordiscos, tiene un ataque de tos, la silla en que está sentado rechina preocupada, hasta que aquel expulsa gran cantidad de migas que se posan en su barba; Después aspira fuertemente por la nariz, le da una calada al cigarrillo —está hecho a mano y parece a punto de desmontarse— y se queda mirándome como si yo fuese algún tipo de objeto que le desagradara profundamente.
  —Este idiota amenazó con tirarme la policía encima ¿piensa usted hacer lo mismo? —me pregunta.
  —¿Cómo podría hacerlo si no sé quién es usted?
  Parece masticar la respuesta durante unos segundos, hasta que toma alguna decisión.
  —Ahora resulta que María y yo éramos amantes, es ridículo. Soy contrario a las relaciones sexuales improductivas, envilecen al ser humano, le hacen retornar a su base primate, lo único que diferencia al hombre de los otros animales es su capacidad de ponerse limites, de sobreponerse a sus deseos primarios. No sé por qué le explico esto, no creo que lo entienda, me he informado sobre usted, defiende el abandono, la no reflexión en los asuntos de la carne. Aunque quizás no es usted sincero, igual es solo un provocador.
  —No creo que haya un hombre totalmente sincero en el mundo, tampoco considero la provocación algo malo en sí misma. En cuanto sus preferencias sexuales o la falta de ellas no me sorprenden, el celibato ha sido una alternativa desde que el mundo es mundo, puede que lo considere antinatural, exagerado, pero mi opinión solo es una opinión, en esto y en todo. Le diré una cosa, ni siquiera acabo de entender porque estoy aquí y si me aprieta tampoco por qué está usted, Einstein se empeña en presentar todo esto como un misterio y asegura que la clave está en una serie de cartas que usted envió a María, cartas que él asegura que han desaparecido; cartas cuyo tema a algunos preocupa y piensan que me remitió. Eso no es cierto, yo no las tengo. Quizás debería preguntarle por el contenido de esas cartas, pero sinceramente no sé si me interesa. En este momento me siento arrastrado por una trama que no comprendo.
  Callo. Tengo sed, mi cuerpo pide agua para recuperarse de la caminata nocturna y procesar el azúcar saturado del dulce que me he comido. Dejo de prestar atención, por eso tardo un segundo en darme cuenta de que el Doctor continúa mirándome con furia, aunque a estas alturas creo que esta se dirige equitativamente a todo el género humano, no es algo que guarde solo para mí. Einstein interviene.
  —¿No comprende, eso, la trama?
  —No.
  —¡Por eso es un misterio! No sé cómo Maria podía considerarlo tan listo.
  —María siempre estaba hablando de las virtudes de sus otros amantes, creo que exageraba estas para mantenerte intranquilo, en desventaja. María era una hija de puta que instintivamente sabía leer la debilidad de cada cual, pese a ello no era manipuladora, en el sentido de que intentara convencerte de que hicieras cosas, no creo que buscara otro fin que denigrar a la gente y así compensar la vergüenza que sentía por su necesidad de ser... utilizada.
  El Doctor se pone tenso bajo sus muchas capas de ropa, la silla plegable donde está sentado también y cruje malévola, en serio así me suena el ruido que hace.
  —¿María no era manipuladora? Discrepo, no hay mujer, perdone, ser humano con más necesidad de que las cosas sucediesen de acuerdo a sus deseos y sí, si para ello tuviera que denigrar, mentir, sobornar o matar no dudaría en hacerlo.
  Suelta como un torrente el Doctor, hasta que acaba y al relajarse un tanto, consigue que la silla suelte un crujido que esta vez suena afirmativo. El mueble, al menos, está de acuerdo con él. En el silencio subsiguiente Einstein parece deglutir cada palabra y dejarla fermentar en su cerebro. Su cara cambia, parece dolido.
  —María no era mala —afirma.
  —María no era mala ni buena, era María —me sale, de natural, puede ser mentira, que no piense eso, pero me sale. En mi cultura no se habla mal de los muertos, de los vivos... pues como que es otra cosa.
  El Doctor, y la silla, parecen no querer discutir el punto, al menos él abre la boca y la vuelve a cerrar sin decir ni pío, yo aprovecho para preguntarle.
  —¿Me va a decir que mató usted a María?
  —¡Cielos! No, en realidad no es seguro que la matara nadie, por lo que he podido informarme en el poco tiempo que he tenido. El único que parece seguro de eso, como usted dice, es aquí el amigo Einstein, él es quién me obliga a interesarme por ello, ya le he dicho que me amenaza con dirigir la policía hacia mí. Es una amenaza estúpida, los justicias cuando quieran encontrarme me encontraran. ¿Cómo consiguió traerle hasta aquí?, ¿qué poder tiene sobre usted, además de ese aire de necesidad que le rodea? Él tiene algún tipo de fe en su raciocinio.
  —Tiene fe en la opinión de María sobre mí, al menos la tenía. Tiene fe en la idea de relación que mantenía con ella, una relación en la que no cabe el suicidio. Por mi parte no puedo negar la posibilidad de que María se suicidara, lo que no me cuadra es... el decorado, el attrezzo, no parece cuadrar con su carácter. ¿Pertenecía usted a la misma iglesia que ella?
  —Pertenecer es una palabra demasiado fuerte para definir tanto su relación, como la mía con los Octavos días, yo realizaba un estudio antropológico, creo que ella buscaba... ¿público? Una iglesia suelen ser un grupo de creyentes y otro de personas llenas de preguntas y puede que de dudas. Estos, sentados en los últimos bancos de la iglesia, son bombardeados por la exigencia del otro grupo de que renuncien a su individualidad en aras del servicio a un ser, un ente superior. Esto no es tan extraño, las religiones, los ejércitos, las empresas, explotan la necesidad de pertenecer a un grupo que es intrínseca a todos los hombres. Un día, durante una ceremonia, no pude contener la risa, había bebido, fue muy poco profesional. Alguien allí en el púlpito dijo una gran estupidez, no recuerdo exactamente qué, no importa, era tan evidente que solo la decía por agradar al resto de la comunidad, repetía un eslogan, pero lo decía mal y simulaba entender la carga mística... Ella sorprendió mi risa, mis ahogos intentando disimular y me abordó a la salida. Hablamos, decidí ser sincero, le hablé sobre mi trabajo de campo, pareció fascinada, ¡habló de financiación para mis estudios! Por eso cuando volví a Frankfurt nos escribimos. Nuestras cartas siguieron las pautas de nuestras conversaciones, básicamente eran irreverencias, salidas de tono, planes inverosímiles... después nuestra correspondencia se fue espaciando en el tiempo y un día no contestó, posteriormente descubrí que había muerto. Visite su tumba y allí Einstein me localizó. Fue muy persuasivo, ya le he dicho como, acepté a hablar con usted. ¿Quiere preguntar algo?
  —Pregúntele donde estaba cuando murió María —apunta Einstein.
  —Ya te lo dije, no sé cuándo murió exactamente, pero no volvía al país desde... desde hace mucho. Es fácil de comprobar, si eres un policía, claro —contesta el Doctor dirigiéndose a mí más que a él.
  —Pues entonces pregúntele por qué quería tanto que le devolviese sus cartas.
  —Eso era una broma, yo le pedía que las destruyese antes de que acabaran con mi reputación, siempre añadía que la suya era imposible ya que carecía de ella.
  —¿Tiene las de ella?
  —Claro, debe haber un puñado en algún rincón de mi estudio.
  —¿No se ha planteado que si realmente alguien hubiera matado a María para llevarse las cartas que le remitió, Doctor, puede que también esté interesado en las de ella?
  —No me he planteado nada, para mí no existía misterio, ni conspiración, ni nada, hasta la mañana que este simple me abordó en el cementerio. Quizás lo más inteligente sea remitírselas a la policía, con la máxima publicidad posible. Sí, eso haré.
  —Lo considero lo más adecuado —me levanto, quiero irme, cuanto antes mejor— Siento su pérdida.
  La cara del Doctor, la parte que deja ver su vello facial se pone roja, arroja lo que queda del cigarrillo al suelo antes de casi chillarme a coro con la silla.
  —No es ninguna perdida, si fui al cementerio fue a asegurarme de que la maldita loca estaba realmente muerta.
  No tiene bastante con decirlo una vez, ahora se lo repite, vocalizando, a Einstein. Mientras le veo declamar, me pregunto qué estudio —trabajo de campo— realizaba el Doctor entre los miembros de una secta, pienso en preguntárselo, cuando acabe de pegar gritos, pero con la última silaba de su declaración la estancia se llena de una luz blanca tan fuerte que me ciega, seguida de un estruendo que me rebota en el estómago. Escucho como la silla lanza un alarido de muerte y un instante antes de desmayarme me doy cuenta de que me he meado encima. Caigo al vacío sintiéndome muy avergonzado.