El caso Sarmiento -Capítulo X- Un mono en una jaula

 

 

José de Ribas y Boyons

La habitación estoy seguro que es subterránea, tiene planta rectangular y una valla metálica —que va de parte a parte y de abajo a arriba, paralela al lado corto— delimita el tramo que es mi aposento. Este debe ocupar aproximadamente una tercera parte de la superficie total y asusta comprobar que no tiene nada que pueda ser considerado una puerta.

Cuatro parejas de fluorescentes —cada pareja se alinea siguiendo también el lado corto y después se extienden escalonadas hasta el fondo del sótano— la iluminan. Existe algún sistema que los enciende y los apaga remedando un ciclo de día y noche, hay un momento que podemos llamar mediodía en que las cuatro parejas están encendidas y otro que podemos llamar medianoche en que están todas apagadas. No tengo manera alguna de medir el tiempo, así que no sé si los ciclos coinciden realmente con días solares; creo que no, pero el único dato que tengo es que no concuerdan con mis ganas de cagar, aunque el haber tenido que hacerlo en un orinal que consiste en un cubo de pintura de treinta y cinco litros no es que me ayude a guardar un ritmo coherente.

Cagar en un cubo de estos es complicado, no puedes apoyar las nalgas en el borde porque es muy estrecho y a la vez también es demasiado alto para la posición habitual de la letrina turca, que es con el culo muy cerca del suelo. En esta mierda de cubo te quedas en la misma posición que si te acabasen de quitar una silla de debajo las posaderas. Al menos cierra hermético, me dije tras mi primera cagada y unas cuantas meadas. Tengo a mi disposición además del cubo una cama plegable con un colchón muy fino y un saco de dormir igualmente muy delgado, no paso frío, pero me gustaría que me hubieran dado una almohada.

Cada día, justo cuando el primer grupo de fluorescentes —el más alejado de mí— se enciende, la puerta metálica que veo en la pared opuesta de la habitación se abre y un tipo, ni alto ni bajo, ni gordo ni delgado, vestido con un mono de mecánico gris y un pasamontañas azul oscuro aparece por ella, llevando dos botes de pintura, se supone que uno debe sustituir al que uso de retrete y que en el otro habrá víveres para pasar el día. El diseñador de mi celda, aunque ha olvidado la puerta, ha tenido la precaución de construir un torno —más bien una esclusa— que me permite intercambiar mis potes usados por los nuevos, mediante una ceremonia silenciosa llena de gestos de pon eso aquí, aléjate, ahora lo otro y etcétera etcétera. Digo permitiría porque al tercer ciclo de estar aquí me pareció que el pote que contenía mis heces el primer día era el que contenía la puta barra de pan, las manzanas y las sardinas de lata —sin lata, metidas en un vaso de plástico— y el que había sido despensa se suponía que debía usarlo como orinal. Mi carácter afable me traicionó y bueno... ahora está todo lleno de mierda por todas partes, yo llevo dos días sin beber y el tipo del mono se habrá tenido que comprar uno nuevo.

No creo que pueda pasar mucho más tiempo sin beber, o sea que de aquí a nada tendrán que aparecer y darme agua e intentar ponerme reglas o yo intentar ponérselas a ellos. Eso o moriré, lo que no me parece tan descabellado, al fin y al cabo, utilizaron una puta granada aturdidora para atraparme. Son una gente exagerada, desde luego. Digo gente, aunque solo he visto a pasamontañas lleno de mierda, porque todo parece obra de más de un tipo. Todo el montaje parece parte de una rutina avalada por el tiempo. Es como Alcatraz, nunca nadie escapó de aquí.

Llevo los dos últimos siglos derrumbado en el camastro intentando parecer lo más indefenso y destrozado posible —cosa nada difícil, porque lo estoy de cojones— mientras me dedico a tener ensoñaciones basadas en todas las tías con las que estado. Comencé construyendo una aproximación a mi mujer ideal con piezas de cada una, digamos los labios menores de esta con el esfínter de aquella y el Mini Cooper de la otra, para pasar a construir monstruos a base de celulitis, cicatrices y mal carácter de diferentes donantes. Esto es distraído, pero con lo que más estoy disfrutando es con rumiar la posibilidad de arrancar, en un próximo futuro, la cara de un mordisco a alguien que se acerque demasiado confiando en mi pachuchez, lo que me resultaría muy placentero.

Quiero creer que tengo un plan. Es muy sencillo: me pienso quedar aquí quieto sin moverme en absoluto hasta morirme o que alguien se aproxime lo suficiente para darle una sorpresa. No es un gran plan y no tiene, digamos, un largo recorrido, pero no me parece peor que conformarse con comer en el mismo cubo donde cagas.

Mi plan resulta ser una mierda en cuanto siento el chorro de la manguera sobre mi cuerpo, este parece tener ideas propias y aprovecha para beber, al final no puedo evitarlo y acabo incorporándome en el camastro, siento los párpados pegados y la vista nublada, solo acierto a escuchar el ruido del torno y la voz.

—Necesitará esto.

Consigo enfocar la vista y a través del patrón de rombos de la tela metálica descubro dos figuras al otro lado de la valla y un cubo nuevo, que parece humear ligeramente, dentro del torno. Creo reconocer a una de las dos figuras como mi habitual carcelero, ha cambiado su mono de mecánico por otro azul, pero su porte es el mismo; junto a él hay un viejo con gafas más pequeño que yo, sin un gramo de grasa y con el poco pelo que le queda rapado. Da una mirada imperativa a Mono Azul que parece resistirse solo por un segundo antes de ponerse a fregar y limpiar la reja y sus alrededores, cuando parece darse por satisfecho de como este realiza el trabajo vuelve a dirigirse a mí.

—Tendrá que limpiar su lado. Entienda esto: no es un castigo, no es una demostración de poder. Tiene que hacerlo usted, nadie va a pasar al otro lado de la valla por ninguna razón. ¿Lo entiende?, por su comodidad es mejor que mantenga limpia su habitación. Que se mantenga limpio usted mismo. Entre el cubo del agua caliente, por favor, luego le daré esto.

Y señala un cesto de mimbre que hay un poco más atrás. Sopeso la posibilidad de tirarle el agua caliente encima, pero está bastante lejos, no creo tener bastante fuerza y me lo ha pedido por favor; así que me levanto del camastro y lucho por arrastrar el cubo al interior, dentro veo que hay un cepillo de cerdas.

—Aléjese del intercambiador, por favor.

Lo hago y el viejo deja la cesta de mimbre en él y da dos pasos atrás, el cesto contiene dos botellas de agua de litro y medio a las que alguien les ha quitado la etiqueta, dos tápers y un juego de cubiertos, todo en plástico. Me muero de hambre y sed, pero procuro mirarlo todo con indiferencia.

—Necesito una servilleta, también una toalla, ropa seca y calzoncillos limpios, de algodón, las mierdas modernas me hacen sudar el culo —digo.

El tipo que limpia se detiene, primero me mira a mí y luego mira al viejo, como este le aguanta la mirada agita ligeramente la cabeza y continúa limpiando.

—Sí, desde luego, pero no todavía, ahora coma y beba, luego limpie, después le daré más agua para que se limpie usted, ¿tiene frío? Cúbrase con el saco, aquí hace humedad. No cause problemas y cada vez su estancia será más cómoda. ¿De acuerdo?

Se da la vuelta y desaparece por la puerta del fondo, cuando es seguro que se ha marchado el tipo que limpia se detiene un momento y parece estudiarme, luego continua con lo suyo. Yo abro los tápers y me encuentro con una ensalada muy variada, tortellini al pesto y filetes de merluza rebozados todavía ligeramente calientes. Me lo como todo, nada tiene sal, parece comida de hospital.

Pasan los días, Mono azul continua sin hablarme, aunque consigue parecer bastante intimidador en sus poses, hasta que un día el viejo le pilla en una de ellas y le da una breve charla en algún idioma que me parece masticado y luego le envía a hacer algo y se queda solo conmigo.

—Los jóvenes siempre están intentando demostrar algo. ¿Tiene jabón, pasta de dientes, necesita algo?

—No. ¿Cómo va el Barça?

—¿El Barça? Primero, pero juega fatal.

—Mierda.

Me doy la vuelta y me siento en el camastro de espaldas a él, no sé si quiero demostrar que los ignoro o darles la oportunidad de que me den un tiro en la nuca. Además... sé que este comportamiento lo copio de una película, como de costumbre no recuerdo cual. Hasta ahora ha servido para construirme una cierta intimidad, no quiero veros, no estáis aquí, largaos. Suelen hacerlo, pero hoy escucho una silla que primero se arrastra por el suelo y luego cruje cuando el viejo posa con un gruñido casi inaudible sus posaderas sobre ella, obligándome a reconocer su presencia a girarme.

—¿Quiere un cigarrillo? —dice mientras saca un arrugado paquete del bolsillo.

—No fumo.

—¿Por qué?

—¿Por qué? Es caro, no coloca, mata.

—¿Le molesta que lo haga yo?

No le contesto, él parece tomárselo como una respuesta porque enciende un cigarrillo y expulsa el humo, por encima de su cabeza, la habitación se llena del olor a tabaco rubio, creo que ya hace más de tres años que no fumo y de golpe me apetece muchísimo, le odio por ello. Paladea una calada y luego otra y al final se dirige a mí.

—No sé cómo explicárselo, pero ahora mismo necesita un amigo.

—Desayuno en Tiffanys.

—¿Cómo dice?

—Una película, su frase es casi la misma que le suelta un personaje a otro, cuando son totales desconocidos, alquílela, Audrey Hepburn, George Peppard…

—¿El del equipo A?

—Ese mismo.

—Entonces no creo que me guste.

—Dele una oportunidad, tenía más registros. De todas maneras, si necesita un amigo vaya a un club gay, no pienso follar con usted.

—Conozco gente que le mataría sin dudar si les hablase así.

—No joda, ¿y qué haría esa gente si la metieran en una jaula?

El viejo se mete otra calada de humo en el cuerpo y continúa observándome.

—¿No se pregunta por qué está aquí?

—Continuamente. ¿Por qué estoy aquí?

—Por una cuenta pendiente de cobro, alguien le dijo a alguien que usted atendería el pago, que tendría acceso a los fondos

—¿Y?

—Parece que es mentira.

—Entonces suéltenme.

—No es tan sencillo, tenemos una reputación, han habido unos gastos... Si todo continua como hasta ahora, si va en la misma dirección, alguien tendrá que pagar. Nos preguntamos quién podría ser; lo hemos buscado, pero parece que usted no tiene a nadie, nadie que esté dispuesto a sacrificar nada, ni un céntimo por usted. ¿Qué se siente al estar tan solo?

No acierto a contestar, porque en realidad nunca me lo había planteado. Ni siquiera era consciente de estarlo. Yo no estoy solo, yo soy un solitario, son dos cosas diferentes.

El viejo acaba el cigarrillo, lo tira al suelo, lo pisa con la bota, se levanta y con el mismo gesto, vuelve a acercar su asiento al montón de trastos.

—Procure ponerse cómodo, estas cosas llevan tiempo —son sus palabras de despedida.

Esa noche me dan una mesa plegable, una silla de resina, y dos diarios viejos, cuanto de viejos no lo sé, no sé qué día es hoy. Me llama la atención que en ambos han suprimido dos páginas, ¿de qué hablaban estas?, en ellas se ve que había algo más importante que el que los independentistas proclamaran la República —independiente, claro— y luego la dejaran en suspenso, ¿qué significa eso exactamente? Parece que hubo un referéndum a la brava en el que solo votaron, pues eso, los que se veían con fuerzas para hacerlo a la brava. Me leo hasta los anuncios y luego me dedico a hacer grullas, pajaritas y barquitos con el papel.

Los días pasan todos iguales, al viejo parece importarle una mierda que le vea la cara, eso puede significar que no voy a salir vivo de aquí o que le importa una mierda que le vea la cara. Esta sola cuestión me hace tambalear. Me pregunto si piensa hacerlo él personalmente. El otro notas se pasa el día entrando y saliendo, normalmente metiendo y sacando que si una escalera, que sí un taburete del montón de trastos que medio ocupa el subterráneo allá al fondo, cuando no, se queda mirándome desde un rincón.

Los días pasan todos iguales, el viejo aparece más que antes, siempre saluda al entrar o irse, pero noto que si coinciden está más pendiente del tío del mono que de mí. Durante nuestras cortas conversaciones él todo lo pide por favor y yo nunca le doy las gracias. Un día se disculpa por el cerdo a la brasa con patatas, dice que en la alimentación de la bestia hubo demasiado suero de leche y por eso la carne está ácida. Paladeo el asado —sin sal, como siempre— y sí, creo descubrir allí al fondo la acidez. ¿Por qué no lleva nunca sal la comida?, ¿saben que tengo la tensión alta?, ¿tienen acceso a mi historial médico?, ¿como lo mismo que come él? Decido que el viejo es carnicero, eso me aterroriza.

Los días pasan todos iguales. No llevo bien el encierro. Me doy cuenta de que me niego a aceptar que este pueda ser consecuencia de las cartas, de los planes de Maria Sarmiento— soy un hombre lleno de prejuicios—, continuo considerándola incapaz de organizar nada, esto conjuntamente con que me niego a aceptar que yo pueda acabar en una situación como esta, bajo la inclemente luz de los fluorescentes, me ha llevado a un estado de estupor. Constantemente recorro arriba y abajo mi celda, recordándome cada pocos pasos de que esto es real, también me cuesta aceptar que no tengo ninguna capacidad de decisión; la ilusión de que diriges tu vida aquí desaparece, solo puedes esperar. Querría proteger mi mente, poder dejarlo allí y simular que lo olvido; no lo consigo casi nunca.

Intento no pensar, pero claro pienso; llego a conclusiones inesperadas, por ejemplo que era María Sarmiento la que tenia cualidades ocultas, súper poderes; si te lo paras a pensar era súper egoísta, súper intransigente. También tenia facilidad para atraer a tipos de carácter auto destructivo y marginal, solo tienes que fijarte el circulo que se acababa formando en los bares en sus inmediaciones, solo tienes que fijarte en mí. Maria S promotora del fin del mundo, ¿tan cabreada estaba?, ¿conmigo? Con el tiempo la imagen de ella siendo el alma de la fiesta de una reunión de idiotas peligrosos se me hace más posible. La imagino escuchando con interés los motivos que tiene cada cual para pensar que esto no tiene remedio y que es mejor empezar desde cero, desde cero y estando en el centro de todo.

¿Qué se siente al estar tan solo? La pregunta del viejo, aquella que me resbaló alegremente parece ha ido cogiendo densidad. Cada vez que la recuerdo me estremezco como la protagonista de un folletín. Usted no tiene a nadie, nadie que esté dispuesto a sacrificar nada, ni un céntimo por usted. El viejo no ha descubierto nada nuevo, desde luego nadie va a pagar un rescate por mí, vamos no creo. ¿Quién iba a hacerlo? ¿The Penguin Club? La certeza de que si nadie paga no van a dejarme ir —o algo peor— cada día, cada hora, se me hace más presente. Porque esta gente es paciente y profesional, al menos este hoyo es profesional, solo hay que mirar el desagüe justo al otro lado de la verja, es profesional. Profesional e implacable. ¿Nadie va a pagar un rescate por mí? Tenían que saberlo antes. ¿Para qué les contrataron? ¿Que servicio o mercadería origino la deuda?, una deuda de la que soy, ¡garantía!

Garantía, vaya timo. ¿Quién querría quitarme de en medio un tiempo, y por qué?, ¿por joder? Aunque puestos, si tanta mala leche guardaba contra mí, ¿no es más fácil darme un puñalón? Con mi fama yo me hubiera cosido a navajazos y abandonado el cuerpo con los pantalones bajados en alguna carretera de aquellas donde las tías del Este hacen la calle. Puede ser qué acabe así. ¿Voy a acabar así? Hasta ahora he conseguido que mi pensamiento acabara aquí, he conseguido no ponerme a chillar, chillar, chillar… aunque al rato regresa al principio, vuelve a comenzar. ¡No entiendo que hago aquí!

Me debo estar portando bien, más periódicos. Hay una maldición china que te desea vivir en tiempos interesantes, tiempos como estos. Según las noticias los jueces se mueven, hay muchas citaciones, el presidente republicano se da a la fuga y acaba en Bélgica, donde descubro la gente todavía le tiene tirria al Rey de España. El vicepresidente es encarcelado. Las listas de agravios se hacen más y más largas por ambas partes. Los republicanos se quedan esperando que alguien reconozca su república —pero nadie lo hace, por suerte pienso; la alternativa era que lo hicieran Rusia o Corea del Norte— o en su defecto que el gobierno envíe el ejército, provoque una masacre y eso obligue a intervenir a Europa. Esta se mira sus propios nacionalismos preocupada y no levanta la mirada. Tengo mis propias ideas sobre los impuestos o la educación, pero no creo que ninguna de las dos partes esté dispuesta a escucharlas, empeñadas en que todo gire alrededor de quienes somos, si los mismos o diferentes de los otros y que porcentaje de la cuenta nos toca pagar por ello.

Preocuparse de política cuando estás secuestrado por unos tipos que me parecen más calabresi que corsos —si me preguntes por qué, diría que por el menú— es trivial. Lo importante es que cuando conoces con tanto detalle tu pequeño mundo, el triste espacio que abarca empieza a parecer cada día más pequeño, más monótono, más opresivo, y sí dejas de preocuparte por la política, y también por el cielo y por la tierra; solo lo haces por el ritmo de encendido y apagado de los fluorescentes sobre ti. Siempre parece que la luz es demasiado intensa, cosa que comienza a sentarte como una broma de mal gusto, un insulto deliberado. Pasas casi todo el día caminando a través de lo que te parece un torrente de luz, contando los pasos para evitar pensar, hasta que tu cerebro se acostumbra y es capaz de realizar la tarea en segundo plano y casi sin darte cuenta las preguntas sin respuesta, de respuesta imposible, van ocupando más y más espacio en tu cabeza: ¿cómo he acabado aquí? ¿Qué es lo que he hecho, bien o mal, para merecer esto? Yo no encuentro respuestas que me satisfagan y al final todo queda reducido a dos preguntas: ¿hasta cuándo va a durar esto? ¿Cómo acabará?

En los peores momentos estoy convencido de que moriré en este agujero, en los buenos simplemente no pienso nada, consigo un remedo de meditación y en mi mente solo se escucha el eco del zumbido de los fluorescentes mientras camino. Comienza a dolerme la mandíbula de llevar siempre los dientes apretados y me siento como una cuerda de piano, tan tensa que está a punto de estallar. ¿Hasta cuándo va a durar esto? Intento por todos los medios pensar en otra cosa, cualquier otra cosa, que no sea mi situación, pero no lo consigo, ¿es la señal de que he perdido el control de mi mente? ¿Hasta cuándo va a durar esto? Una mañana, o lo que parece una mañana, me quedo mirando a la pared, sopesando la posibilidad de lanzarme contra ella y chafarme el cráneo. No me parece una mala idea, me liberaría de esta molesta espera. Comienzo a calcular cuántos golpes necesitaría, cómo debería efectuarlos…

El giro de mi mente se detiene antes de cambiar de dirección, ¿por qué?, ¿es por qué la tarea me parece conocida? Sí, ya he realizado aritméticas parecidas antes y recuerdo que los resultados fueron negativos: no soy capaz de quitarme la vida de una forma tan burda, violenta, repetitiva. La conclusión genera nuevas preguntas: ¿cuándo he sentido antes que la única salida era romper mi frente como un huevo contra una pared?, ¿cuándo? Sé que ya he estado casi convencido de que esta era la única manera de dejar de repetir en mi cabeza un continuo ¿por qué?, ¿o era un eterno: cuándo? Y entonces recuerdo, y me siento fatal, pero como es sentirse fatal por una circunstancia diferente a la actual, abrazo mi desespero y comienzo a revolcarme en él.

Pido herramientas para escribir. Ya las había pedido antes sin demasiada insistencia, ahora insisto: pido herramientas para escribir, no me lo dan. Vuelvo a insistir: pido recado de escritura, como no me lo dan, dejo de comer. El viejo gruñe y al poco me dan una libreta escolar y rotuladores de punta blanda. La libreta es cuadriculada, no me gustan las páginas cuadriculadas, pero me aguanto. Tengo una primera declaración: «Una vez le contagié una mierda a una tía, fue lo peor que podía haberme pasado, de golpe mi mundo se vino abajo». A partir de ella escribo un relato inspirado —muy inspirado— en mi noviazgo con Marisa, una historia que comienza cuando un tipo sale arrastrándose del pozo de droga y pobreza en que se había metido —solo o con la colaboración de otros, como dicen los informes policiales—, decidido a construirse una vida lo más convencional posible, harto, cansado, de caminar por unos márgenes en los que no recuerda exactamente cómo acabó y en los que no es que se defienda especialmente bien. Encuentra un trabajo de mierda, un piso diminuto y después de extinguir los flecos de los líos con tipas poco recomendables — de esas que no han tenido un trabajo en su vida y no piensan tenerlo, de las que se llevan el dinero que tienes apartado para el butano para coger un taxi o que mientras te quitan el condón, al segundo polvo, empiezan a hablar de hijos— acaba con una novia, una chica que tiene un empleo y no parece que esté loca. Ella no es una belleza, podía ser calificada de fea. Sí, es la novia más fea e indiferente a todo que se pueda encontrar, pero él quiere creer, que esa indiferencia, esa cierta dejadez, solo es una armadura contra la vida, que todas las chicas son hermosas, si es a ti a quien sonríen y para completar su ataque de buenismo se dice que la belleza pasa y que es más importante la comprensión, la compañía y otros etcéteras que un hombre de su edad no sabe ni de qué color son.

Con estos supuestos el tipo intenta ser el novio lo más convencional posible, dentro de la relación más convencional posible. Descubre que esto no es que sea muy gratificante, se siente paseado, exhibido, peón de un juego que no comprende, pero que acepta esperando unas compensaciones que no tiene muy claras, pero que desea. Hasta que una enfermedad de transmisión sexual —indetectable en el hombre, pero, ¡atento!, qué él tendría que haber tenido presente como posibilidad, como parte de sus zonas oscuras, partes que no iban a desaparecer solo por su deseo de un nuevo comienzo— destruye cualquier atisbo de convencionalismo en la relación y le genera simultáneamente una culpabilidad del tamaño de un elefante adulto y un resquemor —más bien un incendio— por sentir que ha sido estafado, que todos sus presuntos esfuerzos y renuncias no han tenido la retribución merecida. Sus relaciones sexuales desaparecen, basta con que él la toque para que ella sufra infecciones fungicas o al menos eso asegure. Ella se puede decir que no le vuelve a sonreír, ni a hablar, solo le mira con pasividad, aunque sale con facilidad de ese estado si coinciden con cualquier tercero. En ese punto el tío no soporta la relación, tiene la sensación de que tras el incidente, que se solucionó con veinte minutos de dermatólogo, su trato para él es una sucesión de silenciosos reproches, solo interrumpidos por solicitudes de colaboración en actos sociales, cosa no muy diferente a lo que ha sido hasta ahora, con la diferencia que ahora él no cree que la relación con el tiempo pueda aportarle nada más. Atenazado por una mezcla de culpabilidad y tozudez no es capaz de romper la relación y se limita a esperar que ella lo haga. Imagina que será una escena en que ella le escupirá a la cara todo lo que está mal en él y quizás le sugiera arrancarse su pene infeccioso. Imagina diferentes escenas —todas ellas escabrosas—, pero todas tienen en común que son el clímax del castigo y después, tras él viene el perdón o el olvido. Ninguna de ellas se produce, un día ella le abandona, bueno él en realidad se entera por terceros que lo va a hacer, que lo ha hecho, que aprovechando que Periquita ha dejado a Menganito y Zutanito y Suputamadre ella se ha apuntado a la tendencia y lo ha comunicado a sus íntimos. La relación se detiene de súbito y ella ni siquiera le devuelve el coche. No hay penitencia, no hay perdón, su arrepentimiento cubre todo el horizonte… Después se tira un par de años teniendo una conversación inacabable conmigo mismo —¿por qué me ha pasado esto?, ¿en que momento cometí el error? ¿por qué tolere aquello? ¿cuanto va a durar esto?— hasta que su mente deja de sangrar, de la misma manera que podía no haberlo hecho.

A partir del otro punto de vista reescribo la misma historia. Un punto de vista muy inventado, el modelo era una mujer de silencios, miradas al vacío, desinterés y no-te-entiendos, por lo que hay poco material de partida. Con lo que hay construyo una situación en que él, para ella, al principio es una especie de trofeo, un pez que muerde un anzuelo sin cebo y que ella enseña entusiasmada a todo su círculo. Es la prueba de que ella puede aspirar a todo sin hacer nada, como en su fuero interno siempre ha mantenido delante de sí misma, luego este pez resulta estar podrido, lleno de mercurio —esto mola, el mercurio se usaba para el tratamiento de la sífilis— y toda su preocupación es como deshacerse de él de manera que pueda convencer, a todo su círculo. que es ella la que da el paso y únicamente por sentir que no puede amarle, pese a toda la adoración que él le profesa. O quizás no le preocupe la opinión de sus amistades y lo que no puede soportar es imaginar a su madre arrugando la nariz mientras comenta a) que ya imaginaba que él no es tan perfecto como ella lo había vendido y/o b) que ella es incapaz de retener a un hombre por las n razones que viene repitiendo desde siempre.

Pido otro bloc, más que escribir he vomitado la historia sobre el papel, no es muy diferente a como lo hago siempre y comienzo la segunda versión intercalando las historias, pretendiendo que se mantenga en un lenguaje plano y a la vez... ¿más escabroso? Me quedo clavado en la segunda página.

Mastico el extremo del rotulador, pensando si no habré escrito antes ya esta historia. Si mis historias de inválidos emocionales —de gente que de tan rechazada acaba aceptando a cualquiera, aunque este cualquiera no sea siquiera una promesa de compañía—, han sido disfraces de esta.

Me acuso de mentirme, de buscar ya tarde una excusa para no continuar ocultando de mí y de todos una herida que todavía supura a ratos. Una herida con la que solo te puedes enfrentar desde una celda, mientras miras a la cara de tu verdugo y este te comenta el menú.

Luego me perdono y decido que una historia es una historia y solo yo puedo prohibirme o autorizarme a contarla y ataco la tercera página.

No paso de la primera frase, noto vibrar la mesa bajo el codo que tengo apoyado en ella. Son tan raros los estímulos externos aquí, en la jaula, que primero no sé interpretar la sensación. Apoyo las palmas sobre la mesa y escucho con todo el cuerpo, ¿nada? Ahora sí, aquí, quizás hay algo.

La puerta del fondo se abre de golpe y mono de mecánico entra tambaleándose, sin mono, sin pasamontañas y sujetándose la axila derecha con la mano izquierda; tiene una cara de lo más vulgar. Le veo apretar los dientes, fruncir la frente y arrojarme una mirada de odio, un segundo antes de intentar alzar el brazo derecho, en esa mano lleva lo que parece una pistola, ¡joder, sí que es una pistola! No llega a subirlo treinta grados, apaga un gruñido de dolor y deja caer el brazo de nuevo.

En algún momento me he levantado de la silla sin pensar, quiero huir, pero no tengo adónde. Él vuelve a intentar levantar el brazo, pero el resultado es el mismo. Se pone blanco, cae de rodillas. Inmóvil veo cómo saca la mano de bajo la axila y contempla sangre en sus dedos, su rostro se llena de desesperación que cambia a desagrado cuando nuestros ojos vuelven a encontrarse. Cambia la pistola de la mano derecha a la izquierda, levanta el brazo y dispara. Dentro del hoyo resuena como un cañonazo, escucho el proyectil estrellarse contra la pared muy a mi izquierda mientras me estremezco de arriba abajo. Sé que voy a morir. Saberlo me cabrea, me cabrea mucho, tanto que enloquezco.

Me quito la camiseta, la enrollo hasta hacer una pelota, la tiro contra la verja —donde inmediatamente se desdobla y cae al suelo—, me pongo a bailar, mientras me meto la mano dentro de los pantalones y me toco la polla, imitando a Iggy Pop, el Iggy de antes de los anuncios de tónica, la jodida iguana yonqui. Suena otro disparo pero yo ya estoy lanzado y me pongo a recitar a Gil de Biedma a gritos mientras ofrezco el culo, hasta que suenan dos disparos seguidos, siento como esquirlas de algo se me clavan en un hombro y el aire se llena de olor a pólvora y cordita —solo supongo que a eso, porque solo tengo una referencia literaria de cómo huele el aire durante una balacera— y policías, todo casco, chaleco y blindaje llenan el hoyo y se quedan a falta de algo mejor que hacer apuntándome mientras yo les apunto a ellos con mi erección. Luego empiezo a reírme hasta que me doblo sobre mí mismo, ruedo por el suelo y no me entero mucho de como consiguen abrir la jaula ni de cuando los enfermeros me ponen la inyección.