El caso Sarmiento -Capítulo IV- Para que discutir, pudiendo pelear

 

William Randolf Hearts


 Hay tres bares cerca de la estación, un par en la plaza de abajo y en el que estamos, encajonado en un rincón de la plaza de arriba, la que hay sobre el túnel del ferrocarril. Cada tren que pasa saluda haciendo dringar las cucharillas del café.


—Me llaman Einstein —dice mi invitado con la boca llena del segundo croissant—, pero me llamo Albert. Es un chiste, por Albert Einstein, ¿lo pilla?

—Sí, lo pillo. ¿Cómo quieres que te llame?

Es una pregunta estúpida, no quiero llamarle de ninguna manera. Lo que quiero es que se largue, que se esfume de mi vida. ¿Entonces por qué te lo has traído al bar? Era la manera más fácil de sacarlo de frente mi puerta. ¿No tenías nada de curiosidad?, ¿curiosidad? ¿Por sobre cómo puede ser el novio de María? Uno que a mil metros se ve que está un poco ido, pero como otros por el estilo que he conocido la parte que se le marchó primero fue la de la vergüenza de pedir. Lo curioso es que no he dudado ni un momento de que es, o al menos se considera, el novio de María. No necesito pruebas, aunque vuelvo a mirar una tras otra las fotos que orgulloso Einstein ha sacado de su cartera. En el papel satinado descubro una María desconocida, parece más joven, más llena, más hermosa, en sus ojos vive una expresión que yo desconocía, una expresión que me asusta, parece mirarme directamente, dispuesta a cobrarse todas sus deudas, aunque no recuerdo deberle nada. Einstein en las fotos a su lado hace la vertical o pasa el brazo sobre sus hombros ¿Es por él este cambio? Me digo mientras le veo tragar café con leche y croissants como un leviatán traga... bueno, lo que traguen los leviatanes. Charrupa el último sorbo de café y se sacude las migas de la pechera antes de limpiarse con delicadeza los labios con una servilleta de papel que parece un papel de fumar en sus manos.

—Ya está ¿Cuándo comenzamos?

—¿Comenzamos a qué?

— A buscar pistas, a interrogar sospechosos.

— No sabría por dónde empezar.

—Solo tiene que pensar un poco y se le ocurrirá.

Lo dice con tal seguridad que estoy a punto de creérmelo. Cuando sonríe le desaparecen los ojos y quedan solo dos líneas a lado y lado de una nariz agradablemente rota. No debe llegar ni pasarse mucho de los treinta.

—¿Cómo estás tan seguro?

—María decía que era usted la hostia de listo, que a nadie se le daba mejor tocarle las pelotas a la gente, si se lo proponía…

—Vaya.

—…decía que sería el hombre perfecto, si no tuviera la polla tan pequeña. ¡No se avergüence, hombre!, eso son cosas que no se pueden escoger, es como un sorteo, te toca lo que te toca. Yo no tengo mucho cerebro, pero carajo... ¿quiere que le enseñe a Pepe Carajo?

—No, mejor no, este es un bar de ambiente familiar.

Pago la cuenta y recibo a cambio una despedida más empalagosa que el recibimiento en un Apple Store; repaso el cambio, por si acaso, y salgo a la calle donde me dejo acariciar por el sol. Einstein a mi lado me imita, creo que en cualquier momento se pondrá a ronronear. Me equivoco lo que hace es estornudar y buscarse en los bolsillos hasta encontrar un pañuelo de papel arrugado con el que se limpia la nariz.

—Perdón, es la primavera. En primavera todo está lleno de polen y de poetas, a los poetas los matará el invierno cuando llegue, eso decía María.

No, eso lo decía yo. María, me pongo nostálgico, la verdad no sé porque, al final de nuestra relación tuve que tragar mucha mierda, en realidad no solo al final. Si tengo que hacer caso a lo que yo mismo digo y follar no es importante, lo nuestro no fue ni una relación, fue una pelea. Ni eso, fue un espectáculo, para los demás uno de esos en que los actores quieren, te obligan a participar. Me viene a la cabeza una vez que fuimos al cine o debería decir la vez que fuimos al cine. La película era del oeste, había un revival del western por entonces. La película era tediosa, pero yo disfrutaba del aire acondicionado. Llegó un momento en que María comenzó a quejarse en voz alta de que todas las mujeres de la película fueran lavanderas o prostitutas. Era cierto, también que aquello era el Far West y no era un sitio muy indicado para encontrarte con sufragistas. También salían unas cuantas tipas muy estiradas dispuestas a abrirte la cabeza con una biblia a la mínima que te descuidaras, pero omití comentar el detalle, me limité a cuando se levantó de su asiento a acompañarla hasta la salida mientras regaba con su indignación el patio de butacas. Nadie se quejó, no sé si es que toda la platea estaba de acuerdo o que nadie quería darle marcha. ¿Por qué aguantaba el número? Quizá porque me gustaba salir por ahí y era la única tipa que estaba dispuesta a dejarse ver conmigo. Salíamos a cenar, salimos unas cuantas, pero siempre pedía lo más caro de la carta —foie, como le gustaba el foie— y yo no iba sobrado de pasta, para nada. Eso podía soportarlo, lo que no podía ver era como se bebía su vino y el mío y se ponía a hablar con la gente de la mesa de al lado, casi siempre elogiando mi talento literario, mis pretensiones artísticas, en una forma que a mí me parecía una retorcida burla. María que encendía un cigarrillo con otro y me hacía comprarle más tabaco antes de devolverla a casa. María que al final, pese a todos sus desplantes y a sus burlas, me hacía sentir un crápula que… Cuando tu acompañante está obviamente loca ¿qué piensa la gente de ti?, ¿piensan que te aprovechas de una pobre loca? ¿Te importa?, no, no mucho, solo exploro las capacidades dramáticas de una circunstancia que...

—¡Señor! Señor, ¿qué piensa?, ¿ya sabe quién es el asesino? Súper.

— No Einstein, no lo sé, ni siquiera estoy seguro de que haya uno.

— Eso es porque no sabe lo de las cartas desaparecidas. ¡Ostras! Ya sabía yo que se me olvidaba contarle algo.

—¿Cartas desaparecidas? Vale, te lo voy a preguntar, no me interesa y luego me arrepentiré: ¿de qué cartas hablamos?

—De las cartas de María, todas aquellas cartas atadas con un cordel azul, las cartas de Vergonzoso; María decía que eran secretos de amantes, yo pienso que eran muuuuuuy verdes. Vergonzoso se la escribió cuando eran novios y ahora estaba muuuuuuy avergonzando de las guarradas que decía en ellas y quería que María se las devolviera, pero ella nunca se las quiso devolver porque... bueno porque no quería.

Esto me suena de algo, sin duda Kundera, he leído el cuento, no solo lo he leído lo he vivido. Las cartas son dirigidas a una amante sumamente fea y ella supone que él las quiere recuperar porqué se avergüenza de que existiera tal relación y que recuperándolas podrá negarla ante sí mismo o algo por el estilo. Kundera me parece engañosamente profundo. Yo también he escrito cartas a amantes feas, feas de cojones. Siempre he tenido la necesidad de escribir cartas de amor, tanto como de tocármela. Todas tendrían que comenzar diciendo: si pudiera amarte es así como te amaría…

Cuando era joven, pobre y solitario, tenía tendencia a enamorarme de jóvenes feas —nunca eran más pobres ni solitarias que yo, no había nadie más pobre y solitario que yo—, esta practica no creo que sea más que una variante perversa de la masturbación. Me acabo de dar cuenta de que ya no tengo la necesidad de escribir cartas de amor, ¿es algo que se olvida a partir de cierta edad? ¿Cuál es esta? Einstein, otra vez, interrumpe mi reflexión.

—¿Ya lo sabe? ¿El asesino?

—No.

—¿Le cuento los detalles? ¿Cuándo desaparecieron? ¿Cómo era la letra?

—No es necesario. Ahora tengo que bajar a la ciudad.

—¡Claro! Hoy es miércoles, va al gimnasio ¿Con quién pelea?

—Espero que con nadie.

No le satisface la respuesta, parlotea sin parar, yo le devuelvo sus fotos e intento ignorarle hasta que llegamos a los tornos de la estación donde pico mi tarjeta multiviaje. No he llegado a pasar que él ha volado, literalmente, por encima de mí —y de toda la parafernalia mecánica puesta precisamente para intentar evitar este acto— antes de aterrizar con una elegante pirueta, haciendo que los cuatro gatos que a esta hora remolonean por el andén queden extasiados. Como uno de esos cuatro gatos es un guardia de seguridad, vuelvo a picar más lentamente la tarjeta.

—¿Por qué ha hecho eso? —pregunta ofendido Einstein.

— No quiero comenzar a pelear antes de llegar al gimnasio, me gusta poder ducharme después.

—¡No hacía falta! Soy pensionista. Tengo mi tarjeta, mola más que esa —la saca del bolsillo— y la blande en dirección del segurata.

—¡Tío! Tarjeta. ¡Libertad de circulación!

Por un momento me imagino a María y a Einstein en un restaurante pidiendo más foie, ¡más foie!... y no puedo dejar de sonreírme y sentirme a la vez avergonzado. Todo mi histrionismo tiene mucho de pantalla para ocultar mi profunda humanidad, me digo a mí mismo sin llegar a convencerme, además ¿es bueno ser humano?, ¿qué significa realmente histrionismo?

Voy al gimnasio, comencé a ir con la idea de ver tías con trajes ajustados haciendo posturitas. En un rincón de mi cabeza sopesé la posibilidad de ligar y todo, pero me tuve que rendir a la evidencia que esto era imposible. En un gimnasio eres consciente del envejecimiento de tu cuerpo, el deporte se transformó en una obligación, la alternativa era quedarse rígido como un leño, además el médico me encontró la tensión alta. Como pasé de los relucientes salones de spinning y las piscinas cubiertas a esta mierda al lado de un centro social de barriada se me escapa. Miento, es el único sitio que soporta mi presencia, es mi condena por bocazas, una más.

Durante lo que ahora me parece un corto periodo de tiempo fui una especie de invitado continuo en un programa de radio —un programa en clave de humor en el cual se esperaba que yo aportara grandes dosis de irreverencia—, desde aquel púlpito dije muchas estupideces, muchas. Intento excusarme delante de mí mismo diciendo que era la época en que estaba dejando de ponerme y con el rollo ese de ahora no, ahora sí, no me enteraba mucho. Pero eso sería mentir, nunca me han hecho falta excusas para comportarme como un capullo. Fue allí donde conquisté mis primeras querellas por difamación y ataques al honor, como si tales cosas existiesen.

Esto de las querellas es un deporte, un deporte costoso, sobre todo para el contribuyente, la ciudadanía, el estado, porque son casi siempre cosméticas, ¿que quiero decir? pues que cuando ya se ha hecho eco la prensa normalmente se retira, si es que el juez no la ha desestimado antes porque tiene cosas más importantes que hacer. Así una y otra vez. Es un juego en el que supongo se pretendía que yo colaborara —Vicentín me arreglaba un precio apañadito por la gestión de cada una y todo.

Pero yo dije en la radio —arrastrado por mi suficiencia, ganas de dar la nota y antidepresivos sin receta— que yo era un tipo profundamente conservador que prefería arreglar estos asuntos a la antigua, o sea a hostias y que los más sencillo es que Fulanito o Menganito, si se sentía ofendido, se presentara el miércoles a las doce del mediodía en mi gimnasio y en tres asaltos de tres minutos solventáramos la cuestión. Fue un rato después cuando recordé que siempre he sido el más escuchimizado de la clase y con el tiempo esto no había cambiado y que igual me había pasado de provocador.

Cuando la primera reacción a mi bravata fue que me expulsaran inmediatamente del gimnasio suspiré aliviado. Como la segunda fue que se negaron a aceptarme en ningún otro —en serio lo intenté por teléfono, en directo, desde la radio varias veces y la gente me colgaba el aparato en cuando se daban cuenta quién era yo— continué encantado, hasta que me aceptaron en el actual. Como ya he dicho es un antro lateral, colateral, como quieras decirlo, al centro cívico de un barrio obrero, profundamente tradicionalista y conservador en su izquierdismo, a la dirección del cual le parece que el que la gente solucione sus diferencias a puñetazos y luego se vayan al bar es una manera tan buena de purificar el alma como la confesión o el psicoanálisis.

Acudí aquel primer miércoles un poco acojonado, pero no apareció ninguno de mis ofendidos y para que no me aburriera unos cuantos obreros metalúrgicos y repartidores se ofrecieron a partirme la cara —en un ring, con las debidas protecciones y reglas— y yo no pude más que aceptar. Cuando dejas que alguien te rompa la boca por deporte, nunca nadie más podrá volver a amenazarte con la violencia; es mentira, pero suena bien. La verdad es que casi sin darme cuenta me he ido adaptando a la rutina de estirar, comba, saltos, saco, ring, puñetazos, estirar, ducha, patatas fritas, coca cola y hasta otra. Creo que pelear es tan íntimo como el sexo e igual de fútil. También creo que Chuck Palahniuk es un tontaina que no ha entendido nada.

El único miércoles que sé presentó alguien fue una mujer. El día anterior, en la radio, solté unas cuantas paridas sobre el primer trabajo discográfico de una cantante, dije chorradas sobre, no sé, su aspecto, sus letras o algo. Es igual, en realidad no lo recuerdo, solo sé que yo estaba bailándole al saco y de reojo veo entrar por la puerta a una chavala que me pareció alta, rodeada por cuatro chiquillos —pensé que eran sus sobrinitos o algo porque uno llevaba un tebeo—, el trozo de mi cerebro que se ocupa de estas cosas en seguida registró que vestía una malla blanca bajo la gabardina entreabierta y en mi lista de tareas quedó pendiente echarle un vistazo con detenimiento, porque señores: el spándex blanco, es el spándex blanco.

En tres segundos tuve la oportunidad de verlo de cerca, pero fue después de que me soltó una patada en el culo que me estrelló contra el saco. Puede que lo siguiente que me hiciera fuera una zancadilla porqué un segundo después la tenía sentada encima de mi espalda. Mientras me retorcía el brazo se disculpaba por no haberme avisado primero, pero le parecí un tipo rápido, de pies y lengua y prefirió tirar por la directa, después comenzó a interrogarme sobre mi opinión sobre el paralelismo entre la creación literaria y la composición musical, en un lenguaje tan llano como agradable. Tengo algunas ideas sobre el valor de la repetición y quejas tanto por su abandono en la música llamada culta como su exagerado uso en la popular. Pero con una tipa, perdón: hermosa señorita, que parecía pesar más de cien kilos sentada sobre mi espalda —porque definitivamente no es que fuera alta es que era, es, enorme— solo te preocupas por respirar. Cuando pensaba que me moría se levantó me dio una palmadita en la coronilla y se fue por donde había venido, no sin antes saludar desde las alturas a aquí y allá para devolver los aplausos. Cuando conseguí levantarme tenía frente a mí al chaval del tebeo, que no era tan chaval y de alto era como yo o más.

—Has tenido suerte, yo le toqué el culo una vez y me dio un sopapo que me estuvo zumbando el oído quince días.

—¿Valió la pena?

—¡Joder, claro!

Y se largó con cara de no entender cómo podía ser yo tan tonto. Me compré su disco y nunca lo pongo. Es una mierda de venganza.
 

En el gimnasio todo el mundo me considera un idiota buscarazones y nadie se corta un pelo en expresarlo. Yo opino que en general todos harían mejor en leer un poco más y levantar un poco menos de pesas y tampoco lo oculto demasiado. Esto provoca una situación de tensa calma, pero calma, al fin y al cabo, así que nadie me echa más de un vistazo cuando entro seguido de Einstein. En efecto he renunciado a deshacerme de él y aquí no hay mariconadas como tornos y tarjetas magnéticas, solo el portero: Trueno, un viejo, antiguo boxeador, que vigila como un Polifemo la entrada.

—Tres euros, tarifa visitante.

Exige a Einstein amenazándole con el taco de tiques de entrada que me recuerdan a los antiguos billetes de tranvía. No me quedo para esperar el desenlace y tiro hacia el interior donde me recibe el olor a linimento y sudor que me acompaña hasta los vestuarios del fondo.

Estoy descalzo y en calzoncillos cuando me veo rodeado por tres desconocidos, vestidos como los masajistas de un spa. Aquí no hay spa y al único masajista lo que se le da bien bien es cerrar cejas abiertas, además han invadido a lo que por aquí llamamos espacio propio, que equivale a un poco menos de la longitud de tu brazo estirado. Hacer esto sin invitación se considera de mala educación, cuando no una búsqueda directa de greña.

—Salud y prosperidad —dice el más pequeño de los tres.

—¿Es usted vulcaniano? le contesto, como siempre no he conseguido mantener la boca cerrada.

—¿Qué?

—Vulcaniano, nacido en Vulcano el planeta más cercano al sol ¿O es Mercurio? No Vulcano, seguro, de ahí el nombre. No parece Vulcaniano, no tiene las orejas puntiagudas y sus amigos no desprenden un aire de desapegada eficiencia…

Continúo diciendo chorradas mientras me pongo las bambas. Estos idiotas me dan mala espina y sin zapatos es difícil huir o pelear. Mientras lo hago uno de los tipos que parece un armario ropero y huele como él —sé que es una frase hecha, pero parece más ancho que alto y apesta a naftalina— abre la papelera y le veo arrojar dentro el talonario de tiques de Trueno. Esto me sugiere que los ha comprado todos y tienen derecho a estar aquí. No se me ocurre otra razón, excepto quizá la muerte súbita de Trueno, único motivo por el que se avendría a soltar las llaves del paraíso. El tipo que me ha abordado se cansa al final de mi cháchara y me interrumpe.

—No entiendo de lo que está hablando.

—Star Trek, cojones, su saludo es casi clavado al del Doctor Spock.

—¿El pediatra americano?

—No puede estar más equivocado.

A estas alturas ya he conseguido ponerme el calzón y la camiseta y ya me siento relativamente vestido.

—¿En qué puedo servirles? Si quieren zurrarme tendrán que pedir turno, quizá firmar un disclaimer, hace tiempo que pienso en redactar uno y luego lo olvido.

—¿Tiene usted miedo del silencio?

—No, me siento cómodo callado, siempre y cuando los demás callen también.

—Entonces permanezca en silencio un segundo y nos explicaremos.

—De acuerdo.

—Es de nuestro conocimiento que está en su poder una cosa que nos pertenece, unos documentos escritos.

—Se equivoca, quise en su día imitar al personaje más celebre de un novelista catalán y le pegué fuego discretamente, libro a libro, a mi biblioteca; no se perdió gran cosa, siempre he sido criticado por mi falta de gusto, pero el del común también me parece censurable… Sinceramente ¿qué coño le ven a Paul Auster? Nunca he conseguido pasar de las primeras cien páginas ¿Don de Lillo? Insoportable, su sociedad me parece totalmente extraña y su prosa espesa como un ladrillo ¿Le gusta Jethro Tull?

—Me gustaría creerle, pero…

—¿En referencia a Paul Auster?

—¿Se está riendo usted de mí?

—No, le aseguro que no soporto a Paul Auster, ni a Martin Amis, aunque no me lo haya preguntado.

El tipo hace un gesto a medio camino del desasosiego y el aburrimiento y luego me señala con el dedo. El armario que está más cerca de mí suelta un sopapo al sitio donde yo estaba un instante antes, esto porque el tío es lento como una barcaza carbonera, ahora ya estoy a su espalda y camino ligerito hacia la puerta y la sala principal. No llego muy lejos no sé si el mismo armario o el otro me atrapa y me empuja contra el saco donde me doy un hostiazo. El tío que lo está usando me echa una mala mirada y yo intento excusarme, pero no sirve de nada.

—Joder, ya la estás liando otra vez, espera turno para el ring o buscaos un hotel.

Ríe de su propia gracia y se queda con los brazos en jarras esperando a ver por donde continúa el número. Como el saco y yo somos viejos conocidos me las apaño para ponerlo en el camino de mis visitas a la vez que recupero el equilibrio. Empujo el saco hacia el celador —porqué de eso tiene pinta con el puto pijama— y me desplazo hacia el otro lado sin suerte, a juzgar por la hostia que me dobla. Me siento levantar y poner recto, para encontrarme con la cara de Spock frente a mí a la vez que se me llenan las narices de olor a naftalina.

—Su cháchara no le va a librar de esta, queremos las cartas, nos pertenecen, usted nos la va a dar. ¿Entiende?

Cartas, eso me suena de algo, aunque yo no tengo carta alguna. Encuentro el género epistolar desfasado y en esas novelas pseudomodernas que lo travestizan de email infumable.

—¿Dónde están las cartas? —insiste, el muy jodido.

—Nunca juego a los naipes.

—Esto va a ser complicado, controla a la gente.

Dice Spock y ahí la caga. Su gorila favorito sé gira y pone su cuerpo entre nosotros y el resto del gimnasio y suelta alguna bravata que no llego a entender. Lo cierto es que si se hubieran limitado a enjabonarme posiblemente la peña hubiese pasado alegremente. Yo solo soy ese bocazas de la radio que va provocando a la gente y les reta a pasarse por aquí a partirse la boca. Que alguien se presente con sus dos cuñados más grandes tiene hasta un pase, no vaya a estar el cabrito del enano —yo— esperándote con un palo. Pero que aparezcas por aquí y pretendas decirle a esta peña lo que puede o no puede hacer, eso es otra historia, como se entera el gorila en cuanto la chica que hace la limpieza le rompe la fregona en la cabeza. A mí me han roto alguna y sé que no hace daño, pero el tipo lleno de tatuajes con la mancuerna que lleva en la mano que se le acerca... ese sí que te lo puede hacer y no le puedes saltar los dientes de una hostia porque parece que no le queda ninguno.

—Señor…

—¿Qué? —refunfuña Spock muy ocupado en meterme miedo para enterarse de la movida.

—Será mejor que nos vayamos.

—¿Cómo?

Gira la cabeza un poco para mirar y es cuando le hostio. No me sale un golpe elegante, pero bueno, no soy un estilista. A partir de ahí ya no puedo relatar lo que va antes y lo que vas después, solo sé que acabo con un diente flojo y la ceja abierta gritándoles a unos tipos en pijama que van corriendo calle abajo que yo no sé nada de sus putas cartas y que Julian Barnes mola, pero no sabría decirles por qué. No sé si me creen.

 

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