El caso Sarmiento -Capítulo III- Viejos y nuevos conocidos

 

Sargón de Acadia
 

María Sarmiento madre está en mi puerta, como ha conseguido llegar hasta aquí es un misterio; decido que como la tengo frente a mí no vale la pena pensar en ello. Tiene el mismo aspecto que le he conocido siempre, una mujer entre los cincuenta y los seis mil años perfectamente arreglada; más que vestida enfundada en ropas que ocultan totalmente su figura a la vez que prometen feminidad. Sus manos blancas, llenas de anillos, engarfiadas sobre su bolso son la única señal que delata la tensión que debe estar pasando. Con María Sarmiento madre he hablado pocas veces, la primera fue al pie de las escaleras de la casa familiar —la suya, no la mía— cuando fui a devolver un batiburrillo de llaves y documentación olvidado por su hija en la caja de mi motocicleta —¡cómo amaba aquella Vespa! Dios maldiga mil veces al hijo de puta que la quemó—. No veo ninguna manera de zafarme de la situación así que invito a pasar a la doliente con un gesto.

—Madruga usted mucho Doña María.

—No podía dormir.

—Ese es también mi castigo. Estoy tomando café. ¿Puedo ofrecerle?

—Solo tomo uno al día y el de hoy ya lo consumí. ¿Tiene usted coñac?

—No señora, cuando empiezo no puedo parar.

—Igual que María.

Silencio. En realidad, miento, no creo ser un alcohólico, más bien un politoxicómano estacional en potencia. El pecado que más me puede es la vagancia, quizás por eso alardeo de otros, para ocultarlo. Como esos idiotas que aseguran haber dejado los destilados en favor de los fermentados, como si el alcohol resultante su hígado fuera capaz de distinguirlos.

—¿Piensa que he venido en busca de algún tipo de venganza? —dice ella.

—No lo sé, no suelo empezar a pensar hasta las once de la mañana y aun así nunca pienso nada muy coherente.

—Siempre me ha resultado usted muy desagradable.

—¡Ah, ¿sí? Creo que el sentimiento es mutuo.

Doña María arruga los morros por un segundo, no está acostumbrada a recibir críticas, más bien a ejercerlas, consiguiendo que tiemblen las piernas de sus interlocutores en el acto. Aseguraría que se siente por encima de todo y de todos y su pose convence a sus interlocutores de ello. Realmente no comprende porque no me siento aterrorizado como un conejo delante de los faros de un coche. Me digo que olvida que no formando parte del servicio y no recibiendo emolumento alguno por su parte su poder sobre mí es relativo.

—Ahora que ya nos hemos sincerado, nos resultará más fácil hablar —dice sin cambiar el gesto.

—¿Así lo cree? ¿De qué quiere usted hablarme?

—Es evidente, de María. ¿De qué podríamos hablar sí no usted y yo?

De lo último que me apetece hablar ahora es de aquella y menos con ella. He conocido a unas cuantas mujeres —menos de las que querría— y un amplio tanto por ciento, sobre todo en su juventud, odiaba a sus madres con gran espíritu deportivo. Es un coñazo oír hablar a una amante de su madre horas y horas, es casi como escuchar a un tipo hablar sobre el servicio militar sin tregua. Gracias a Dios este último hace años que desapareció como obligación ciudadana; aunque como contrapartida defiendo que es por eso que los hombres son ahora más huraños y violentos; como los perros que nunca van al pipí-can.

—Usted dirá Doña María.

—¿Reconoce esto?

Me pasa una fotocopia de un trozo de papel, el papel es una hoja de libreta espiral separada con cierta violencia de sus hermanas. Este detalle es solo una suposición basada en que uso libretas pautadas parecidas para escribir mis chorradas y tengo una idea de como quedan las perforaciones cuando estiras con mala leche. En la hoja hay catorce líneas, un soneto, un poema rollo Emily Dickinson escocida, pero no hay que hacerme demasiado caso, ya he dicho que yo y la poesía somos como el agua y el aceite. Es la letra de María, tenía una letra preciosa, un poco picuda, con carácter, regular... todo lo contrario que ella.

—Es un poema de María —contesto sin pensar.

—Es la carta de suicidio de María.

—No.

—No.

O sí, pero qué coño, María... María habría elaborado una larguísima lista de acusaciones, una enumeración de ofensas, un compendio de castigos. María no sabía estar callada ni con una polla en la boca —la retiraba cada diez segundos para comentar lo decepcionante que le parecía en tamaño, dureza, color, aspecto, olor…—. Ella era la exageración en vida. La veo más capaz de pegarle fuego a la casa familiar y arrojarse a las llamas que a reciclar unas líneas de un poema antiguo y... ¡Oh, no! Mierda, mierda.

—Veo en su cara que no es de la opinión de que María dejase tras de sí tan escueta despedida.

—No, no lo soy. Pero ¿quién puede asegurar lo que pasa por la cabeza de... un ser humano en sus momentos finales?

—Nadie.

—Nadie.

—Me turba, me molesta estar tan de acuerdo con usted.

—Si lo desea le llevaré la contraria.

—Me resultaba desagradable cuando le conocí. Era usted un don nadie con pretensiones artísticas.

—Continúo siendo la misma persona.

—Cierto. ¿Qué hará cuando esto termine?

—¿El qué, Doña María?

—Esta adoración pasajera, que el vulgo parece sentir por usted.

—Me lo he planteado, bastante en los últimos días. Quizá busque una vieja chocha que disfrute humillando a los menos afortunados que ella y me deje disciplinar, a cambio de un estipendio.

—Dígame: ¿es usted un invertido? Esta retorica suya me recuerda... ¡Ay! Ahora no me sale el nombre; un tipo bajito con gafas, que también se decía escritor... Creyó pertenecer al gran mundo y solo era un bufón.

—Este último sustantivo es el que mejor me define.

—Yo lo utilizaba más como un adjetivo ¿es eso posible? Me tengo que marchar. Disculpe mi intromisión, ayer le vi en televisión y…, no sé cómo llegué a pensar que usted podría darme… una respuesta. Le dejo, tengo unas obligaciones ineludibles.

—Permítame.

Acompaño a la Doña a la puerta, al pie de la entrada hay un automóvil viejo y reluciente con un chófer igual de viejo y reluciente esperando.

—Me gustaría decirle que la acompaño en el sentimiento, Doña María, pero desconozco cuales son estos.

—Si le interesan: fastidio y turbación, la muerte de María... no puedo dejar de pensar en ello como si fuera su última gran gamberrada. También culpa y pena; siento que ni ella ni yo supimos estar a la altura.

Silencio, la anciana que está frente a mí con sus palabras parece haberse vaciado del todo y ahora ser solo ser un envoltorio. Pese a ello o quizás por esto mismo, por primera vez desde que la conozco me parece que realmente es un ser humano, no un estereotipo, no un personaje dibujado con dos frases, cuatro adjetivos apresurados.

—Como dijo usted antes, me turba profundamente coincidir tanto con usted.

Ella hace un gesto inconcluso y desciende las escaleras, cruza la verja entreabierta y el chófer le abre la puerta trasera del auto y al cerrarla la hace desaparecer tras unos cristales tintados. Al poco, en nada, el cristal de la ventanilla desciende y Maria Sarmiento madre me hace gestos de que me acerque, pienso en ignorarla, cerrar la puerta y entrar en casa, pero me acerco y me inclino frente a ella —que sospecho que es lo que quería, ante todo, que hiciera.

—Sinceramente, ¿hace mucho que no veía usted a María?

—Creo que unos tres años.

—Sí, más o menos, por el tiempo en que ella abandonó... sus diversiones. Al principio me alegré. También me alegró que comenzara a expresar un gran desprecio por usted, después... No sé si llegó a aceptar que usted... que usted ya no era su juguete.

Me mira, tiene los labios apretados, no sé si me va a escupir o se va a echar a llorar; suspira, mientras el cristal comienza a subir me deja una última sentencia.

—María prefería romper sus juguetes antes que compartirlos con otros niños.

Su cara, sus ojos desaparecen tras los cristales tintados. El coche, silencioso, se marcha dejándome una sensación de déjà vu. No es hasta un rato después, en la ducha, cuando comprendo que la sensación no me la produjo el coche, ni la triste mañana, ni el olor de la hierba recién cortada, ni ninguna de esas mierdas, sino la nota: las líneas de un poema arrancados de una libreta, como carta de suicidio. No es algo que ya haya visto, es algo que he leído, no recuerdo donde, pero estoy seguro de haberlo hecho. En una novela policiaca, no era parte de la trama principal, era casi un chascarrillo lateral. Pienso en ello mientras me retiro el prepucio con delicadeza y me enjabono el glande con un jabón intimo femenino abandonado en mi ducha desde vete a saber tú cuando y por quién.

Me miento de una manera descarada a mí mismo, sé perfectamente a quién pertenece, a María Purificación, pero no quiero pensar en ella ahora, aunque su recuerdo parezca adueñarse de mí —un mucho, un poco, siempre algo—, en cuanto me meto en la ducha. Joder ya estamos, me estoy enjabonando los testículos, el perineo y parece que ya no puedo pensar en otra cosa que en la puta fanática de la limpieza. Mari Puri, MP. La Muy Puta. ¡Déjalo! Ahora, estabas pensando en otra cosa.

Líneas de un poema, en un papel de libreta, líneas escritas sin duda por la chica muerta. Vale, pero ¿dónde está la libreta?, se pregunta el policía. Ese era el intríngulis, de la pequeña trama lateral. Los polis de verdad deben haber pensado lo mismo ¿Dónde está la libreta?, ¿estará llena con más poemas tristes, acusadores y ligeramente guarros, como un self-service de cartas de suicidio? ¿La tiró y solo conservó este? Si fuese así, eso quiere decir que hace mucho que lo preparaba. ¡Basta! Estoy fantaseando.
 
Nunca he intentado escribir novela negra, aunque me salga algo que creo parecido. no sé nada de métodos de investigación, ni psicología criminal, ni procedimiento judicial, no me hace falta, escribo sobre los rincones sucios del alma, solo tengo que buscar uno dentro de mí, arañarlo un poco, pasar la escoba y ver que recojo.
 
Me estoy vistiendo cuando vuelve a sonar el timbre de la puerta, es una hora más normal —pero, insisto: ya nadie me visita sin invitación—. Está vez me acuerdo de mirar por la mirilla, según lo estoy haciendo pienso que es un acto poco útil, si no tomas algún tipo de precaución para que el que esté al otro lado no se dé cuenta de que lo haces. Hay dos tipos en mi porche, en cuanto los veo sé que son policías, un poco por las circunstancias también por esa pose de grave seguridad del que se siente respaldado, pero sobre todo por como van vestidos, que parece que van disfrazados de polis. Abro; uno de ellos se dispone a hablar, pero le interrumpo.

—Pasen, den un vistazo, guardaba las drogas en aquel secreter, pero no hay nada, de cuando en cuando vuelvo a mirar, la carne es débil. Tengo que acabar de arreglarme, estoy con ustedes en cinco minutos.

He tenido poca relación con la policía, casi siempre mi único contacto ha sido estar al extremo equivocado de una porra. La primera vez tenía dieciséis años, bajaba del coche del más enrollado de la colla, todo orgulloso de que me hubiesen dejado ir con ellos, cuando el más borracho —y más idiota— decidió ponerse a mear tal cual en el callejón, una pareja salió de ninguna parte y le atizó un poco para bajarle los humos y al resto nos cayó una propina, aunque no habíamos hecho nada. Desde entonces estoy de parte de los terroristas; solo un segundo, pero cada vez, lo juro.

No tengo ganas de atender a mis invitados y me distraigo buscando un cinturón — ¿por qué quiero ponerme un cinturón?—. Unas notas vuelan huérfanas hasta mí desde el lejano piano. Alguien ha puesto los dedos en mis teclas. Es algo muy maleducado, algo parecido a la violación; quizá no tanto, dejémoslo en como si alguien me hubiera palpado las nalgas sin permiso. Regreso a la sala, los dos tipos están plantados equidistantes de todas partes, observando mis cosas con un pelín de desgana, eso me irrita más que si lo estuvieran poniendo todo boca abajo.

El más joven y guapo se dirige a mí desplegando una gran sonrisa que deja ver un trabajo dental carísimo o así lo parece, ¿tienen los policías seguro dental? ¿Lo tienen los funcionarios? Me doy cuenta de que todavía no ha abierto la boca y ya le tengo manía.

—Tiene usted una casa muy bonita.

—Tener, tener, todavía hay un trozo que es del banco.

—¿Es un trozo muy grande?

—Casi no puedo dormir por las noches.

—Siempre ha tenido fama de ser un barrio caro.

—¿Quiere decir? Yo creía que era un sitio donde vivían un montón de jipis en casas semirruinosas, las que antes eran las de veraneo de sus abuelos, cuando la ciudad tenía la decencia de mantenerse a distancia. O quizá tenga usted razón y ahora sea así. O lo sea, seguro, el trozo más cercano a la estación. ¿Buscan una propiedad por la zona, caballeros?

¡No, no, no! Desde luego que necesito las preguntas por anticipado, si no inevitablemente me pongo a buscar pelea y más con cualquiera que crea tener un poco de autoridad. ¡Qué coño crea!, estos notas tienen autoridad.

El guapo sonríe más y se dirige a su compañero, como si yo no estuviese delante.

—Ya te dije que es fantástico, de otra época.

—Yo creo que es una mierda de mucho cuidado, todo boca y pocos cojones, este no sé cargó a la menda. Eso, si a la menda se la cargó alguien.

—¿Quieres sacudirlo un poco?

—No, al enano este le va el rollo masoca seguro. Es de los que les pone todo, luego no te los quitas de encima, ya me conozco yo a estos maricas. Dale charla, a estos tipos les pierde la lengua.

El tipo guapo me vuelve a sonreír, lo que comienza a aburrirme y retoma la conversación conmigo, hay un tono de solicitud en su voz, siento que me está pidiendo una contribución más generosa a la parroquia.

—Pensamos que usted podría ayudarnos en una investigación que llevamos entre manos.

—Lo dudo, creo fervientemente que los cuerpos de policía están sobradamente preparados por sí mismos para llevar adelante sus tareas, aunque no he tenido nunca muy claras cuales son, más allá de mantener a cada cual en su sitio.

—Eres un gilipollas —dice el feo.

—Tú también, es por eso que te dejó tu mujer, lo de la preocupación y lo del horario solo eran escusas.

—¿Qué coño sabes tú de mi mujer?

—Estadísticas nada más y la marca del anillo en ese dedo tuyo, a no ser que se te haya quedado en el culo del bujarra de tu amigo, como en la peli aquella.

Ya está, ya la he liado, ahora a lo hecho pecho. Los dos tipos se miran el uno al otro y comienzan a partirse la caja durante un rato hasta que al feo sé le saltan las lágrimas y todo.

—¡Oh sí! Igual que en la radio, igualito... Desafíalo, va, desafíalo que yo no puedo. ¡Ay, me ahogo! —dice entre hipos.

—Voy, voy... Me parece que he cambiado de opinión y voy a sacudirte un rato.

—Será un placer, pero en este momento no tengo tiempo, mi agenda está muy apretada.

—¿Por qué tienes que follarte a mi madre?

—¿Hoy es martes?

—Miércoles.

—A tu hermana, pero pueden pasarse sobre las doce por mi gimnasio, creo que ya lo conocen, van muchos de vuestros novios. No tenéis perdida soy el tipo al que zurran en el cuadrilátero.

—¡No faltaremos!

—Sobre las una ya me he desmayado, lleguen antes.

—Antes de las una. A todo esto ¿Mataste a María Sarmiento?

—No.

—En serio, donde estabas el... —y me suelta una fecha.

—Un momento.

Soy fatal con las fechas, creo que tiene que ver con la hierba o con cualquier otra cosa, no llego a más de hace mucho, hace poco, ayer, antes, ahora... No me preocupa, para eso están las agendas. Solo tardo un segundo en encontrar la hoja que corresponde al día y aunque podría estar vacía está llena de anotaciones.

—Todo el día en Frankfurt avergonzando libreros y a gente que estúpidamente confió en mí. ¿Puedo preguntar yo ahora?

—Dispara.

—¿Como murió María?

—Asfixiada, ahorcada, autoeróticamente o no —dice el guapo.

—Mirando a La Meca —apunta el feo.

—Vas a molestar al caballero, era amiga suya.

—El sexo solo es sexo, no se cansa de decirlo en sus libros.

—Igual para él es así o a lo mejor miente. Mi mujer no tragó con la historia de que solo fue un rollo físico o igual sí pero me envió igual.

—Lástima.

—No, es igual.

—Nos vamos, venga.

—Gracias por su tiempo, caballero.

—Somos sus mayores admiradores, nos encantaría enchironarlo para poder decir que fuimos nosotros.

—Otra vez será —contesto.

—Hay más días que longanizas.

—Si, señor.
 
Vuelvo a estar solo, me siento hasta decepcionado, ¿esperaba ser un culpable más creíble pero solo soy un bufón? Según María Sarmiento madre ni siquiera eso —es un oficio muy especializado—, solo hago bufonadas. No creo que en realidad nadie me tome muy en serio.

O puede que sí lo haga el tipo enorme que, ahora que salgo, me parece espera en la estrecha acera de enfrente de casa. ¡Joder!, pensaba que era un lugar secreto y ahora resulta que igual sale en algún tour turístico; casas de pringaos venidos a más, tipos que piensan con su pene o algo por el estilo —esto de los tipos que a la hora de tomar decisiones mande su hermano pequeño igual daba para un ensayo—. Podrías pensar que el tipo grande está disecado o muerto, de lo inmóvil que está, lo piensas hasta que de golpe se enchufa y en dos atléticas zancadas se planta frente a ti.

—¿Esos, los de antes, eran la policía? —pregunta.

—No, testigos de Jehová, pero del brazo armado.

—Te pisan los talones.

—Se mantienen un paso atrás, así me ven el culo mejor ¿Tú quién eres? ¿Mark Chapman?

—¿Quién?

—Es igual, los chistes si no los pillas a la primera se quedan fríos.

El tipo parece examinar la cuestión durante unos segundos, no encontrarle sentido, ni valor moral y por eso preguntar:

—¿Eso es malo?

—No eres muy despierto.

—Dicen que no, por eso tengo los papeles de débil mental, ¡y los de esquizofrénico! Me dan dos pensiones.

—Me parece bien. ¿En qué puedo ayudarte? ¿Quieres qué me suscriba a una revista? ¿Qué escriba en ella?

Puede que sea débil mental de verdad, si hablo rápido su cara sin mostrar confusión parece quedar en standby detrás de una sonrisa hasta que procesa todo lo que he dicho y recupera la expresión.

—Yo quería ayudarle a usted.

—¿Ayudarme a qué?

—A resolver el asesinato de María.

—¿Asesinato? ¿Cómo sabes que fue un asesinato?

—María no se suicidó, María era feliz, María y yo éramos novios ¿Me invita a un café con leche?
 
 
 
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