El caso Sarmiento -Capítulo I- El apóstol de la infamia

 

 

Pedro Franqueza


 

Hay algo que no me gusta en esta tipa. He desconfiado de ella desde que le he puesto la vista encima. Acepto que soy un hombre lleno de prejuicios y no he podido dejar de pensar, mientras besaba sus mejillas y me dejaba acompañar a mi asiento, que para estar donde está ella ahora no basta con ser lista y tener padrinos, sobre todo has de ser una gran hija de puta de mirada franca y sonrisa preciosa.

El resto de las sillas del plató permanecen vacías, aunque ella ya está hablándole al público, ya no hay dudad; es una encerrona, me había jugado los huevos a que lo era y mira, parece que los conservaré. Me dio mala espina desde que Vicente se presentó con la invitación al programa, no las recibes de un día para otro y la excusa de que había fallado no sé quién me pareció endeble. A Vicente también, solo se nos ocurrió que podría encontrarme con alguien en el plato, algún capullo con el que haya tenido un rifirrafe en algún otro plato, un escaldado con ganas de venganza. Puedo encargarme de eso, puedo hacerlo. O no, todo este circo me cansa cada vez más.

Entonces si te tiemblan las piernas, ¿por qué has acudido a su llamada? Dinero, publicidad, y sobre todo aburrimiento, he perdido la radio, no me llaman de ningún lado que no recuerde a un cementerio de elefantes. Estoy démodé, no sé si es una suerte o una desgracia.

Se le acusa de que sus personajes femeninos son planos, sin profundidad ¿Está de acuerdo?

Me he ido, ha sido por pura casualidad que volvía a mirarla cuando me ha hablado y así he entendido la pregunta. Me gustaría contestarle que no son planos sino generalmente horizontales y tan profundos como hasta donde mi pene pueda llegar, pero claro no puedo hacerlo, esto es televisión y hay que guardar las formas, al menos en este tipo de programas. ¿Qué tipo de programa es? Un magazine de tarde, una revista del corazón con unos pocos toques políticos y culturales. Si quieres que la olla hierva estos pocos toques mejor que sean escandalosos, cuanto más mejor. ¿Es por eso qué estoy aquí? Sí, soy un enfant terrible de las letras, el enfant terrible más viejo que existe.

Es posible que sea verdad, es difícil escribir de lo que no se conoce y para mí las mujeres siempre han sido, son, un misterio.

Casi puedo escuchar salivar a la muy zorra mientras simula prestar atención a lo que digo. Después baraja las cartulinas, en las que se supone tiene preparadas las preguntas, y llena de circunloquios la introducción a la próxima; no la escucho, estoy casi seguro de que si no es esta la siguiente será alguna con la que intentará violentarme. Eso sería una traición a la letra y al espíritu del contrato modelo que el bobalicón —o avispado, todavía no lo he decidido— de mi agente barra abogado le debe haber hecho firmar. Nunca lo he leído, pero Vicentín asegura que se especifica que solo hablaré de las cuestiones pactadas, garantizando a cambio una cantidad comedida de exabruptos y opiniones chocantes que sacudan alegremente el sentido del decoro de la clase media, allí sentada en el sofá.

¿Tengo miedo a las preguntas que puedan hacerme? No debería tenerlo, tengo pocos secretos y sobre todo carezco de vergüenza. ¿Esto es un defecto o una cualidad? Un refrán en la lengua de este mi pequeño y desgraciado país asegura que la vergüenza era verde y un asno se la comió. Nunca he acabado de entenderlo, a no ser que donde dice asno se refiera a uno mismo y entonces el mensaje sea que la carencia de pudor es un síntoma de estupidez. Si exijo conocer las preguntas por adelantado es porque, pese a todo lo que digan mis aduladores —que, ¡oh sorpresa!, los tengo—, no me considero brillante hablando. No tengo el desparpajo de un tertuliano, ni el desprecio a la verdad de un político, me defiendo mejor escribiendo —bastante mal, según mis críticos—, aunque no soy escritor por esto, lo soy por casualidad. En realidad, a la pija de enfrente y a todas las marías del público, que no parecen haber trabajado un día en su vida, mi obra literaria no les interesa, ¿le interesa a alguien? Solo me quieren por el escándalo. Mal dicho: me odian por el escándalo, todas desean verme arder en el infierno, desde un asiento en primera fila.

¿Eso ha condicionado mucho sus relaciones con ellas, con nosotras debería decir?

Pregunta fuera de la lista, además de todo el bla bla bla anterior... De un momento a otro se levantará y me meará en la cara. Una vez lo probé y no me gusto. De todas maneras, le contesto.

Mucho, mis relaciones con, ¿debería decir vosotras?, son parecidas a las de mis historias, sucesiones de momentos que pareciendo… iba a decir buenos, pero mejor los llamaré adecuados, al final no consiguen ocultar el desastre que espera a la vuelta de la esquina. No hay nada más condenado al fracaso que la vida en común.

Suelto mi parrafada y metafóricamente me repliego, Veamos por donde continua, le he dado un poco de carnaza igual se entretiene masticándola un rato. O no, esa mirada, seguro que es la misma que tiene una serpiente cuando descubre un pajarillo en un nido. ¿Qué tiene? ¿Qué cree saber? ¿Drogas? ¿Alcohol? Todo el mundo sabe que estoy limpio, sobre todo el puñado de camellos que han tenido que volver a trabajar desde que pasé de excesos. Además, debe tener claro que le montaré un mitin a favor de la legalización y el derecho de cada cual a matarse como y con lo que quiera. Igual es con la inmigración, no sé si es un tema para esta franja de horario y todo el mundo conoce también mi opinión, es la misma que sobre las banderas: no te puedes saltar la ley, ni retorcerla, y si yo fui al calabozo por pecadillos que vaya todo el mundo... Se me ocurre que, en esta franja de horario, en este programa, puede ser alguna revelación estilo infidelidad flagrante o abandono doloso, pero ni yo ni mis rollos creo que demos el perfil.

Hay relaciones para que el adjetivo desastroso se queda corto.

Puedo pasarme el día buscando un adjetivo y no quedar satisfecho —esto es mentira, lo ley en alguna parte, como suena bien lo uso.

Es usted un hombre difícil de satisfacer, al menos así le considera el equipo de investigación de este programa…

Se vuelve hacia la cámara y comienza una introducción que teóricamente tendría que poner en ascuas al público y a mí acojonarme. La verdad es que lo consigue, aunque en sí lo que dice no es nada, solo una gran flecha que me señala, el instrumento que me obliga a estar a la vista de todos. Un todos infantil que primero se maravilla de mi rareza y luego intenta aplastarme para ver de qué color tengo la sangre; si lo consiguiese se decepcionaría al ver que es roja como la suya.

En algún momento, en cuanto entienda que coño me está preguntando, tendré que contestar, espero que no me falle la voz, quisiera tragar saliva o carraspear, pero sé la cámara y la mirada del realizador tras ella clavadas en mí, dispuestos a magnificar cualquier gesto que pueda reflejar debilidad, doblez. Me entretengo en mirar las manos, las joyas, de la presentadora. Destaca desde su muñeca una riviere bastante gorda que sin duda necesita una limpieza, se la ve deslucida, seguro que está llena de depósitos de maquillaje. Eso o todo lo que tiene de gorda lo tiene de falsa.

¿Conoce a María Sarmiento?

Tardo más de un segundo en contestar; eso no importa lo hago siempre, así no parezco indeciso sino reflexivo. Puede que no sea muy ágil improvisando, pero siempre tengo algunas respuestas en la recamara. María, así que es María. ¿Por qué? ¿Acabó aquel libro del que hablaba y en él me pone a parir? ¿Soy tan famosuelo?

¿María? Sí, María —triste mirada a un punto invisible por encima y a la derecha— claro que la conozco —me inclino hacia adelante un poco y comienzo mi ataque a la bruja y a la docena de guionistas que mascan chicles de nicotina fuera de plano— ¿Quiere que les hable de María? ¿María Sarmiento? Claro que quiere, por eso me ha traído aquí. Le diré quién es María: María es una mujer a la que le hice daño, mucho daño…

Dejo de mirarla, me dirijo directamente a la cámara que está tomando mi primer plano continuo y presento mi mejor rostro de filósofo psicópata, el chirimbolo sobre la puta cámara robot se pone verde y sé que gano uno a cero.

El presentador y el realizador tienen una alianza, están de acuerdo en despellejarte vivo y luego vender tus despojos. Para sobrevivir tienes primero que nada romper esa alianza. Seduce al realizador, ofrécete a él, prométele que serás todo suyo, que no tendrá que compartirte con ella. Sácala de la ecuación, envíala a buscar café.

—… Hay muchas maneras de hacer esto... creo que ella sintió que lo hice con mi indiferencia, fallándole, no cumpliendo con sus esperanzas. María deseaba, quería, ser mancillada. Pensaba que el sexo podría marcarla, que tras yacer con un sátiro su naturaleza de chica de colegio de monjas se transformaría, que renacería como una ninfa. Que sus ojos relucirían y sería temida y deseada, rechazada y perseguida, y… se equivocó, porque follar solo es follar. Se le da mucha importancia... La tiene claro, pero no nos engañe el corazón sobre la verdadera profundidad del acto, en mi caso unos tristes trece centímetros.

El público tarda tres segundos en entender el chiste, pero escucho como se remueve en el asiento, dispuesto a escucharme, pero yo ya he acabado y miro a ninguna parte. Pienso que por ahora he conseguido descolocar a la presentadora, mi pseudoconfesión ha cubierto el hueco que ella había abierto y ahora... ¡María!, María, jodida María, aparecía cuando le daba la gana, sin avisar llamaba a mi puerta y follábamos. Fue hace mucho tiempo, o hace un rato, según como lo mires. María se sentaba en mi salón, mientras se bebía mi vino barato —estaba yo muy orgulloso de mi buen vino barato— y fumaba de mis petardos, enumeraba todo lo que estaba mal en mi concepción de la vida, todos mis profundos fallos intelectuales. Después criticaba mi pasividad y que pasara la tarde viendo la tele en vez de hacer algo de provecho —como colaborar en alguno de los movimientos sociales de los que se enamoraba y desenamoraba continuamente— o al menos buscar un trabajo que me permitiera comprar un vino mejor.

Reconocía cuando era el momento de tomarla: cuando sus ojos comenzaban a brillar y sus labios dibujaban aquella mueca de desprecio que ella creía dirigida hacia mí y yo pensaba que era dirigida hacia sí misma. María, todas aquellas discusiones finales, el no comprender que es lo que esperaba de mí, fuera de obediencia total o reconocimiento de mi inferioridad delante de ella…

¿Cómo acabó todo? Perdimos contacto, desapareció, ¿o fui yo quien lo hice? Dejar mi casa, cambiar de teléfono, de vida, debió ayudar bastante; aunque entonces ya estaba convencido de que había dejado de interesarle y tuve que olvidar su inmovilidad entregada. Inmovilidad entregada, debería apuntarlo, es buen porno para mamás.

Veo a la presentadora mover los labios, tengo un Don, un súper poder, que he ido perfeccionando a lo largo de los años: soy capaz de no escuchar en absoluto lo que dice una mujer; no tiene mucho mérito, sé que no será nunca nada agradable sobre mí... Me obligo a prestar atención ¿Qué pasa con María? Últimamente está de moda acusar a los hombres de acoso, de violación, de abusos, aunque haya pasado mucho tiempo, aunque ellos, todos aseguran recordar justo lo contrario. ¿Realmente hay tantos hijos de puta corriendo por ahí? ¿Todos? Se hunden carreras, se destruyen matrimonios, los abogados ganan dinero.

Mi carrera no puede ser destruida, está toda ella basada en mostrarme como el representante de los instintos más bajos. Soy el defensor de la lujuria y de la desobediencia... ¿Qué pasa con María? No, no puede ser el libro. Era de poemas, hablaba poco de él y nunca me lo dejó mirar. ¿Tiene un hijo mío? ¡Cielos, no! Imposible. ¿Me acusa de algo?... Entonces lo leo en los labios de la rubia sentada con cara de victoria frente a mí y pierdo el control de mi lengua.

Repite lo que has dicho, zorra.

No toleraré que se dirija a…

¡Repite lo que has dicho, zorra!

Ella me mira, mira alrededor del plató, —hay un montón de guardias de seguridad, hasta un idiota con la porra en la mano listo, ¿para qué?—. Sopesa si atacarme por mi lenguaje o echar más leña al fuego. Su cerebro calcula índices de audiencia, considera que todavía me puede hacer perder más los papeles y que eso sería magnífico.

Se lo repetiré otra vez ¿Niega usted las acusaciones vertidas en la carta de suicidio de María Sarmiento?

Mi cuerpo está inmóvil, a medio levantar, las dos manos en los reposabrazos de la silla, no pienso separarlos de ahí en ningún momento, soy muy consciente del cabronazo de la porra. Callo, es normal, mi público está acostumbrado a que hable despacio, que tarde en contestar una pregunta, que trate los temas escabrosos con un tono falsamente profesoral. Como si sopesara las respuestas dejo de mirarla a ella, miro a alguna parte más allá de mi pie izquierdo, más allá del suelo, hasta que mi vista llega al infierno, me estremezco y vuelvo a recostarme en la silla muy lentamente.

María escribía poesía, una poesía oculta, nunca leí más de algún fragmento. Si me preguntase en que poetas se inspiraba no sabría decirle, soy un ignorante de las rimas…

No le he preguntado sobre los gustos literarios de…

—… los únicos poetas de los que he leído algo son los que te hacían leer en el colegio, ya sabe: Con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela...

Señor…

Su poesía era secreta, no puedo opinar sobre ella, menos sobre su texto de... ¿despedida?

Las acusaciones de continuada humillación…

Ninguna mujer es humillada porque se la metan por el culo o por que un amante la abandone. Sin embargo, creo que una mujer es humillada cuando una zorra, Vulpes vulpes, animal hermoso y astuto, transmisor de la rabia, terriblemente egoísta, airea sus últimas letras por, ¿cómo lo llaman... el share?

Entonces, ¿lo niega, señor…?

No niego ni afirmo nada, solo proclamo que no es de su incumbencia mi relación o mi falta de relación con María Sarmiento.

No acaba ahí, no. Ella pregunta, que si yo estaba con esta otra a la vez que con ella, qué si esta lo sabía... chorradas de la crónica rosa; yo le contesto siempre lo mismo, que no le importa, que no es de su incumbencia, que eso atañe a la intimidad de otras personas y no hablo de ellas por televisión, que a lo mejor las trasfiguro en personajes en algún cuento, pero entonces todo queda entre ellos, si quieren reconocerse, y yo. Al final comienza con historias de ladillas, mocos y pedos y es cuando con tono cansado le digo que si tan interesada está en detalles pegajosos le puedo describir mis técnicas masturbatorias. No espero su asentimiento, me levanto y comienzo a quitarme los pantalones mientras le digo:

¿Querrá usted ayudarme?

El público comienza a aplaudir, sinceramente no lo esperaba. ¿Por qué se pone de mi parte? Ella lleva demasiado tiempo dando golpes de timón innecesarios en su línea editorial, las matronas de los otros canales mordisquean su clientela. Empieza a aburrir a la gente. ¿Soy su último cartucho?

Volvemos en cinco minutos.

Alguien que manda le ha dado la orden por el auricular escondido en su oreja izquierda, tiene una ligera marca de disgusto, de derrota en la faz, pero se recupera rápidamente con la ayuda de Maquillaje. No rehuye la mirada. Me vuelvo a arreglar los pantalones lentamente, todo mi cuerpo transmite una sensación de cansancio, al menos eso espero, es posible que alguna cámara me esté filmando. Permanezco junto a la silla hasta que el pipa me libera de la petaca y el micro, le doy las gracias y sigo las instrucciones del tipo de los auriculares grandes para salir del plató. En sus límites Vicentín mi agente y abogado me está esperando, tiene la cara que pone cuando oposita a paño de lágrimas.

No necesito un hombro sobre el que llorar, mejor cállate, no me ofrezcas consuelo. ¿El coche está en la puerta? ¿No? Ves a buscarlo, cinco minutos, voy a mear, me lavo las manos, salgo, tú estás ahí. ¿Conforme?

Me giro y me voy directo hacia los baños. Sé dónde están, en otra época ya había trabajado en este plató en el extrarradio algunas veces. Confío en que Vicentín hará lo que le he pedido; desde hace unos años he descubierto una fuente de autoridad en mi interior o quizá una de tolerancia en los otros hacia mis desplantes, tolerancia que durará mientras siga siendo una fuente de ingresos para esa reducida troupe de rémoras que me sigue. La imagen que me devuelve el espejo mientras me lavo las manos no es la de ningún tiburón. Es más la de un perrito pequeño y chillón que ladra por delante de un grupo de canes que simulan que les guío a cambio de ser quién reciba las pedradas. Suena bien, es lo que suele pasar con las buenas mentiras.

Al tipo del espejo se le quiebra la expresión, ha recordado que María está muerta. María alivio de mi soledad, María descenso a los infiernos. Recuerdo nuestros últimos días. Su cuerpo hinchándose en vida por el alcohol y creo que por algún fármaco. María, recluida en el chalet familiar, creyéndose la emperatriz de un reino invisible. María una eterna discusión telefónica sin sentido. María la del sexo asimétrico. Un labio interno, el izquierdo exageradamente desarrollado, pétalo de una flor mórbida y el derecho vestigial como el de una núbil.

Ahora hay otro tipo a mi lado en el espejo, pelo al uno, gafas de pasta, polo y tejanos, un guion en la mano enrollado a lo largo, casi como si hubiera querido fabricar un garrote con él.

Hola, te conozco —le digo—, no recuerdo tu nombre, pero sé quién eres, estabas en la mesa de guionistas de una mierda en la que trabajé hace años. Retinas, Miradas, algo así, un plagio de El Show de Truman, un plagio ridículo ¿A quién se le ocurrió aquella mierda de idea?

¿Poesía secreta? Le has soltado palabra por palabra un trozo de Descargo —me contesta.

¿Qué?

No te hagas el loco, Descargo de Gascón Travener.

¡Ah! Eso era. ¿Hicieron la película?

Acusado del suicidio de mi amante —¿acaso hay algo más ridículo que ser acusado del suicidio de otro?— me vino un sonsonete a la cabeza y lo solté. Así que era Descargo. No recuerdo haberla leído, solo le debo haber echado un vistazo en la Librería La Central o en algún otro hospital de heridos por las letras. María está muerta y tú tenías preparado un descargo por si llegaba el momento en que alguien te lo echaba en cara. No era para María, era para nadie, era para todos. ¿Cuál ha sido mi descargo? ¿Qué si no leí nunca sus jodidos poemas, como coño quieres que conozca el contenido de su carta de suicidio? Cartas de suicidio, quizás podría hacer una recopilación, comentada, imprimir un millón de copias y luego pegarles fuego en Frankfurt, en la Dokumenta, que se jodan los de la feria del libro. Mientras yo elucubro el tipo parece querer decir muchas cosas, pero no decidirse por ninguna, solo sigue ahí enrollando el guion entre las manos. Así que continuo yo con el peso del dialogo.

¿Bien? ¿Qué se supone que debía pasar? ¿Debía derrumbarme y confesar que me probaba sus bragas? ¿Fue idea tuya el humillarme en directo?, o todo continúa igual, solo pones palabras a las ideas estúpidas de otra gente.

Me eras más simpático cuando descargabas camiones.

Mentira, entonces no te era nada, nada, ni me veías. Y ahora te soy desagradable, ¿no?

Eres un fraude.

Es una opinión que comparto, podía quedarme aquí con él un rato, discutiendo sobre la vacuidad de cualquier éxito humano y la imposibilidad de la originalidad, pero quiero irme, el lavabo me parece muy pequeño, las luces muy fuertes y María está muerta. No había vuelto a pensar en ella desde hace... ¿Tres años?, desde que te volviste famoso y comenzaste a parecerle atractivo a todas esas palurdas que antes no te miraban a la cara, las mismas que se aplastaban contra la pared opuesta de los ascensores o cambiaban de asiento en el tren. Aparecieron de debajo de las piedras, todas dispuestas a demostrar que tú no eres realmente así, que ellas pueden llevarte por el buen camino, solo necesitas un tirón de orejas y un golpe de cadera de cuando en cuando. Aparecieron, como también lo hicieron tipos como este, tipos que te odian, cada uno por su propia y profunda razón.

Bueno, ha sido una conversación muy agradable, que todo te vaya bien.

No parece muy satisfecho, no se corta en demostrarlo, arroja el guion a la papelera y se larga con una mueca de desprecio en la cara, causo este efecto en mucha gente. Una foto mía me contempla desde la papelera, me inclino y recojo el mazo de papeles, más que un guion es un informe, un expediente sobre mí y mis gustos en la mesa y la cama, lo leo en diagonal y es francamente exagerado, ridículo, no soy Sade. También hay muchas fotos, solo salgo yo en ellas, todas en pelotas, confirmo que tengo el culo huesudo y eso sí que me duele; pienso en llevármelas, pero me digo ¡a la mierda!, y las vuelvo a dejar en la papelera. No me entra en la cabeza quien puede haberse molestado en preparar estos papelotes y luego guardarlos por si surgía la oportunidad de usarlos.

Camino de la salida del plató todo el mundo me ignora, esquivan conscientemente mi mirada, soy un apestado, nadie quiere tener que ver nada conmigo. Nada nuevo, nunca he tenido demasiados amigos, tampoco compañeros de viaje en lo literario —los literatos no me consideran uno de ellos, demasiadas faltas de ortografía, demasiada mala leche— y en lo político me he quedado en la tierra de nadie en que siempre he estado mientras todo el mundo ha tomado posiciones. ¿Es por eso por lo que se me ha considerado una pieza fácilmente derribable, un sacrificio en el altar catódico? El único que reconoce mi presencia y me lanza una mirada desafiante es el segurata de la porra en la mano, aunque ahora cuelga de su cinturón, uno de muy lleno de cosas más o menos intimidantes.

¿Por qué me odia tanto este tipo? ¿Qué imaginaba mientras acariciaba el mango de su defensa? Así la llaman en su ramo a la herramienta, ni garrota, ni tranca, ni cachiporra; defensa. No se me ocurre ninguna circunstancia en que la necesite contra mí. ¿O puede qué sí? Mientras continuo mi camino hacia la salida casi antes de darme cuenta estoy barruntando un dialogo, puede que un cuento, uno en el que una sucesión de circunstancias vuelvan esa agresividad que retiene contra si mismo. Pongamos que alguien se acerca a él y le susurra en voz baja como comprende lo duro que es su trabajo, todas las horas que ha de estar de pie, los gilipollas con los que tiene que tratar. Cuanto se espera de él, como se le exige, por la boca grande y por la pequeña, y como será abandonado, sacrificado, olvidado, a la mínima que algo se tuerza —esto tengo que trabajarlo, explicar el cómo y el porqué—. Quien sea le dice que conoce todo esto y más, porque... ¡porque él también ha pasado los días, las semanas, los meses con el escudo de una empresa de servicios sobre el pecho!... Justo en ese momento cuando la agresividad inicial se le debe comenzar a diluirse en la confusión le hace una propuesta: le ofrece uno, dos años de sueldo si se corta el meñique con la puerta del coche de empresa, en su presencia, le servirá de testigo. Jurará que fue un accidente. El desconocido intenta convencerle de que es un buen negocio, una cantidad respetable, unas largas vacaciones, todo a cambio de una o dos falanges del dedo pequeño y un poco de dolor.

Me encuentro sonriendo, podía ser una idea. Cuando llego a la calle estoy preguntándome si ya como planteamiento no se parece demasiado a alguna cosa. ¿A Una proposición indecente con el tono de Extraños en un tren?, ¿está muy visto?, ¿o no? Vuelvo a recordar al tipo de la porra, desde luego él no hubiese reflexionada tanto sobre el potencial dramático de la situación, si me hubiese puesto a tiro me hubiera sacudido y punto.

Sí, aquel tiene razón, soy un fraude, casi todos mis excesos ocurren en mi mente, mis venganzas solo lo son sobre el papel. Aunque me funciona bastante bien, el tipo de la porra ahora es un personaje, me pertenece. Eso, si lo supiera, debería cabrearle bastante.

El coche está en la puerta, entro y cierro suave, me limito a hacer un gesto de adelante y se pone en movimiento.

Siento mucho… —lloriquea Vicentín, pero le interrumpo.

No sientas nada. ¿Has cobrado?

Hicieron la transferencia ayer.

Compruébalo. ¿Me demandará?

¿Por qué? ¿Por llamarla zorra en directo? Podrían intentarlo, así estirarían el espectáculo un rato más.

¿Lo harán?¿Qué pasará si lo hacen?

Primero yo estudiaría que juez de guardia es más celoso de la familia, la moral…

No te enrolles. Es a mí a quién pagan por eso.

Eres tú quien ha preguntado. Si hay alguno con ese perfil en los próximos, digamos tres, como mucho cuatro días, probarán suerte. No la tendrán, nadie les seguirá el juego. Joder tenías una relación con esa pobre mujer y te montaron una encerrona en directo…

Veo como toma aire, tiene una idea, sus ideas suelen asustarme, no tengo una mente legal

Deberíamos demandarlos nosotros.

Yo no demando a nadie contesto sin pensar, es normal era un latiguillo que soltaba dos o tres veces cada programa de radió.

Vicente palmea el claxon dos veces saludando a alguien que me es invisible y después me riñe sonriente.

Tú peleas, dices que peleas, y cuando lo haces siempre pierdes. No acabo de entenderlo, ya ni siquiera tiene eco.

Se trata de pelear, no de vencer.

Vicentín pone cara de no entender nada, y al siguiente segundo continúa intentando llevarme por el buen camino.

Tengo algunas propuestas que comentarte.

No.

Le contesto. Ya me lo imaginaba, por eso se ha empeñado tanto en hacerme de chofer, era eso o que le encanta pasearme, reducirme al nivel de mascota, ¿por qué te tengo tanta manía Vicente? No hay motivo alguno, deben ser celos de como vistes, de tu pelo, de algo.

Vale luego hablamos.

Ni luego, ni nunca, se acabó. No quiero ser jurado en un concurso de talentos. No quiero ir a La Carrera de los Famosos. No quiero bailar con una enana. Me largo, se acabó.

Vicente asiente, como si estuviera de acuerdo pero continua a la suya, mirar por mi bien.

Todo el mundo nos rehuye. Hay pocas cosas de tu ámbito.

No tengo ningún ámbito, no tengo idea de cómo he acabado en este coche con un abogado. Lo que sé es que tengo un anticipo para una novela que unos idiotas se atrevieron a darme. ¿No pueden reclamarlo?, ¿no?

No, mientras cumplas los plazos.

Rellenaré unas cuantas cuartillas, pondré mi cabeza en orden.

Vicentín intenta blandamente convencerme de lo contrario, es su obligación, sobre todo para consigo mismo. Este coche, su traje elegante, no se pagan haciendo comprobaciones registrales, se pagan paseando a monstruos, hoy al apóstol de la infamia. Este mote también se lo he robado a alguien, no recuerdo a quién.

 

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