El caso Sarmiento -Solapa-
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| Román Malinovski |
Preguntado —cosa extraña, nunca nadie parece demasiado interesado a qué dedico mis días— en una sobremesa por El caso Sarmiento bajo la fórmula: «¿Qué estás escribiendo ahora?», la resumí como un cuento en el cual un Houellebecq descubría que se acostaba con una especie de Lady Floïd, cuyo máximo deseo parecía ser que el país en el que vivimos se pareciera más a Corea del Norte. Los pocos comensales que no se ofendieron por lo que consideraban una burla hacia las circunstancias históricas que se vivían en aquellos momentos, sacudieron la cabeza y dibujaron una sonrisa con la que querían significar la poca sorpresa que les causaba la idea de que, para mí, el movimiento —el proceso en que vivía la sociedad— no pudiera tener otro fin que la llegada a la Arcadia. Ya era sabido que yo era un hombre sin criterio, de poca profundidad moral, no más que una mascota, una nota de color en el grupo, alguien por el que sentir tolerancia sino piedad.
Una señorita —no recuerdo su nombre, aquella fue la única vez que la vi— preguntó si ella, la Lady Floïd, conseguía sus intenciones. Le contesté que sí, aunque después de muerta, consecuentemente con el texto, que pretendía ser una tragedia. Después, animado por el vino, comencé a lanzar eslóganes del tipo: «el nacionalismo tan solo es una especie de religión, una creencia mística que, al igual que todas, en un principio parece inofensiva, cuando no beneficiosa, y al cabo de nada resulta tóxica». Hacia la hora de los licores, supongo que ya solo murmuraba desde los rincones que a la revolución siempre le sigue el terror, y después la restauración con más terror, por si no habías tenido bastante, y vuelta a empezar.
Lo cierto es que esta novela nació en un tiempo en que a la gente —incluidos, sobre todo, mis próximos— le dio por agitar banderas mientras defendían una concepción naïf de la actualidad y la historia. Los veía marchar por las calles, jaleados por aquellos a quienes aquello les parecía una forma excelente de intentar cubrir ya no una mala gestión, sino lisa y llanamente la corrupción. Andaba yo, pues, en aquel tiempo aterrorizado con la posibilidad de que la cosa se torciera en una dirección que nadie hubiese previsto, que es justo lo que suele pasar con estas cosas. El tiempo me ha demostrado que estaba equivocado: al final no pasó nada o, mejor dicho, pasaron cosas más grandes que implicaban a mucha más gente, a muchos más países, y nuestra bronca provinciana quedó sepultada por asuntos más urgentes. Ahora estamos casi como si no hubiese pasado nunca; es lo que tienen los movimientos de masas populares: se diluyen muy deprisa en la actualidad.
Cocino con mis miedos una novela, eso es lo que tendría que haber contestado; pero mejor hablemos ya de esta, arropado en la ficción siempre me encuentro más cómodo. Del protagonista de El caso Sarmiento nunca llegamos a conocer su nombre; averiguamos rápido que es un escritor —más bien un plumilla— de fama tardía, asombrado de que su máxima fuente de ingresos sea exhibir por platós de televisión y estudios de radio sus ideas incómodas y su desparpajo para hablar de sexo. Es en un estudio de televisión donde, en directo, durante la emisión de un magacín de media tarde, recibe la acusación de haber empujado al suicidio a una antigua amante, María Sarmiento.
A raíz de esta circunstancia, su rutina, o falta de ella, se ve desbordada por las visitas de diferentes personajes que le demandan, primeramente, explicaciones (que él no está capacitado ni interesado en dar) o implicación en la resolución de un misterio que no acaba de ver. A su pesar estas entrevistas le revelan una María Sarmiento que le era desconocida: una mujer que, con unos fondos y una entrega inacabables, se dedicaba a financiar grupos, entidades e individuos opuestos los unos a los otros, cada cual aún más radical que el anterior, con fines que solo podemos adivinar.
Si continuas leyendo después acompañarás al protagonista —en realidad, al país mismo— en una acelerada caída en barrena desde aquel estudio de televisión mencionado hasta un campo de concentración instalado en una plaza de toros, y aún más allá. Durante este hundimiento nos cruzaremos, entre otros, con un débil mental atlético, policías más o menos corruptos, calabreses profesionales de lo suyo, cuadros políticos femeninos tan implacables como concienciados y el líder de una secta religiosa totalmente sereno y de fiar. Todo así, como de pasada, porque el protagonista nos recuerda a la primera oportunidad que, pese a que le arrastran, está poco interesado en las circunstancias que invaden su vida; prefiere dedicarse a intentar acabar la novela que tiene entre manos o, en su defecto, recordar a las mujeres que amó, folló o las dos cosas. Como las circunstancias se empeñan en impedírselo, en su última defensa y como desafío, tiende a sacarse el pene y masturbarse frente a sus torturadores, como afirmación de su yo en los momentos de más tensión.
Con estos mimbres, es comprensible que el negocio editorial mire hacia otro lado cuando le hablas de El caso Sarmiento, ¿no? Aun así, espero que disfrutes de lo que simula ser, en principio, una comedia de batacazos, pasa al poco por una fábula de política-ficción y acabó siéndome un texto negro, negro del todo. Y si no disfrutas, deseo que al menos te sientas insultado; odio la indiferencia, la tengo muy vista: suele ser el pago habitual que recibo por mis escritos.
Respetuosamente,
Paco de Torres
Como "Quince minutos" y "Mr Útil", anteriores folletines puestos a disposición del público por el autor, "El caso Sarmiento" será publicada cada diez días por capítulos en este Blog y en
este ocasión y hasta que se aburra las ilustraciones serán retratos de gentes poco de fiar.
Como siempre el autor, yo, se reserva todos, todos, los derechos, excepto el de lectura libre, el cual es posible que no exista.
