El caso Sarmiento -Capítulo XXI- Sol y Sombra

 

Demostenes

En la plaza de toros somos cientos, puede que mil. El espacio que podemos ocupar; el que nos ha sido adjudicado y podemos considerar nuestro; está delimitado y numerado con trazos de pintura en espray. Los peores sitios están sobre la grada de sol, los mejores son sobre la arena de sombra. Porque como hasta en los campos de concentración hay clases estos últimos están ocupados por gente con posibles y/o contactos,

  Parece que no tengo ni de unos ni de los otros y me integran con tres tarados en una esquina, un lugar que no está ni bien ni mal. Me dan un cuenco, una cuchara y una toalla, se llevan a cambio mi cartera —vacía, solo el documento de identidad, todo lo que tengo de valor o que permite el acceso a un valor está enterrado (y no en mi jardín; llámame paranoico, no me molesta).

Dormimos en el suelo, sobre cartones, envueltos en mantas polares sin confeccionar que llegan en rollos y son cortadas in situ. Comemos cada día judías con arroz y naranjas; a los niños y los ancianos les dan también medio litro de leche aguada que debe proceder de polvos. Una cincuentena de váteres químicos no da abasto con los detenidos. Somos tratados con exquisita cortesía, siempre y cuando obedezcamos sin protestar a la primera indicación. Estamos aquí para ser clasificados de acuerdo a categorías que desconozco, pero que a mí me suenan a: ¿tú a quién quieres más, a papá o a mamá? 

Corre la voz de que si dices que quieres irte del país te liberan de seguido, siempre que puedas demostrar que tienes propiedades o alguien que responda de ti al otro lado, porque si no los otros no te dejan pasar la frontera. Me quedo con las ganas de preguntar dónde está exactamente ahora esa frontera y sobre todo quiénes son los otros.

Por la noche miro al cielo y pienso que pasará si llueve. Dicen que también hay gente en el Palau Sant Jordi, están más apretados, pero a cubierto. Los altavoces de cuando en cuando se molestan en culpar de nuestra situación a incontrolados, incapaces de aceptar y adaptarse a la nueva situación. Cuál es esta tampoco lo sé exactamente, solo escuchas repetir: república, república con tonos que van del sortilegio al insulto.

Todos los rostros me parecen iguales, creo que esa misma despersonalización yo también la sufro. Los tarados con los que convivo un día se ponen a hablar de atacar a los guardias, tomarlos como rehenes y huir no sé a dónde. Yo les digo que son gilipollas. Me miran mal y se ponen duros, hasta que tumbo a uno de una hostia —la mejor de mi vida, lo juro— y les hago comprender que si el enano se maneja así figúrate los notas de los rifles. Esos tipos que en realidad nunca entran en la plaza, solo vigilan desde arriba los movimientos de sus amables compañeros.

Durante las horas de luz los altavoces gritan números, si coincide con el del brazalete que llevas en la muñeca —el todo incluido, como se le conoce con falso humor— has de acercarte a la puerta de Sombra donde alguien se te lleva no sé dónde, algunos regresan al cabo de nada, otros tardan un poco más; unos pocos nunca lo hacen. Los llaman valencianos, se supone que han sido puestos de patitas al otro lado de la frontera.

Al tercer día un rumor se extiende como el fuego por la hierba seca —qué metáfora más sabida, ¿alguna vez me tuve por escritor?, pero ¿qué he de decir? ¿Como las ladillas en un burdel?, quizá esto es más mi estilo, si alguna vez tuve uno, pero seguro que alguien lo habrá usado también antes—. ¡Ha estallado! ¡Ha estallado! Se dicen unos a otros, yo me pregunto qué es lo que ha estallado, no puedo creer que haya sido la central. La locura de los hombres no puede llegar tan lejos, me repito.

No es la central, ha sido el objetivo número dos. ¿Había un objetivo número dos? En los corrillos de enterados uno se informa rápidamente. Podado de todas las exageraciones creo averiguar que simultáneamente al golpe de Tarragona un comando tomó una central —teóricamente clausurada—, junto al río Tajo que escondía un centro de enriquecimiento de uranio; ordenado inicialmente construir por el dictador y olvidado de clausurar por todos los gobiernos posteriores.

Eso me hace recordar que el país, el gobierno central como quieras llamarlo —aquí es muy peligroso equivocarte al calificar un territorio o sus gobernantes— no suscribió el tratado de no proliferación hasta 1978 y si, como parece, todos los gobiernos, todos, han procurado mantener engrasadas en secreto las herramientas para, en caso necesario, tener acceso a la bomba. Eso nos pone a la altura de un Sadam cualquiera; y a él ya ves como le fue.

Radio macuto zumba un par de días hasta que llega a la conclusión que no ha sido una explosión nuclear, sino más bien el equivalente al estallido de una bomba sucia. Esta ha contaminado grandes extensiones de terreno y la imagen internacional del país. Los independentistas —seguros/hipotéticos responsables del audaz golpe de mano/masacre indiscriminada— claman en todos los foros internacionales que la instalación es una prueba de lo que han mantenido siempre: que el gobierno central es de índole fascista, agresivo y represivo y que la comunidad internacional ya no puede continuar mirando hacia otro lado, como hacen desde el fin de la segunda guerra mundial.

Mi número es gritado por los altavoces. Mientras me acerco a la puerta creo ver al Poli Guapo sentado junto a un grupo que juega a las cartas y murmura por lo bajo; él también me mira, pero su mirada resbala sobre mi rostro sin reconocerme. Por un momento creo tener una revelación: saber el papel de cada uno interpreta en este drama, ver las cosas muy claras, pero en seguida se me confunden, las respuestas paren más preguntas y me quedo igual de descolocado, sí no más, que al principio.

En la puerta de Sombra un grupo de tres muchachos adornados con brazaletes y entusiasmo más un adulto vestido con un uniforme que no sé identificar me rodean y cruzamos bajo las gradas de la plaza de toros, un bosque siempre en sombra de columnas y arcos de mampostería ¿imitación mudéjar? Suavemente el grupo me lleva hacia delante y luego en cuanto recogen, en lo que debe de hacer las veces de cuerpo de guardia, sus armas, ya no tan suavemente. Con un empujón final me hacen entrar en un recinto enarenado con una arena gorda y sucia, que guarda el olor de mil bestias.

El espacio es cuadrado de paredes muy altas y solo techado en una tercera parte. Dan a él media docena de puertas trabadas con maderos y garabeteadas con los restos superpuestos de viejas anotaciones en tiza, pesos y nombre de bravos que ya solo deben ser recuerdos. Una de estas puertas podría exhibirse en el MOMA. Basquiat llamaba actos a las anotaciones que efectuaba sobre los lienzos: estas puertas son todas ellas un acto. Me gustaría comentárselo a alguien, pero los muchachos que me empujan con la punta de sus rifles y me llevan hasta la pared no parecen muy amantes del arte moderno. Allí uno de ellos me pregunta si quiero que me venden los ojos; tardo un segundo en comprender lo que pasa y otro en aceptarlo. Contesto.

—No prefiero ver el cielo y tu cara de hijoputa; quiero reconocerte cuando llegues al infierno.

El chaval intenta darme un culatazo, pero yo ya no estoy donde él apuntaba, sino un paso atrás y a un lado. Si todo me saliera tan bien en la vida como evitar una hostia…

—Eres lento y con el cerebro lleno de mierda —le escupo.

Pero casi no se me oye porque todos me gritan, me apuntan con sus armas y me azuzan para que vaya hacia la pared. El tipo del uniforme parece muy satisfecho, pienso que es a él a quién debería atizarle, pero está muy lejos. Así que les doy la espalda a todos y camino lentamente hacia la pared, alzo la cabeza, miro al cielo, es azul como siempre. ¿Debería hacer balance de mi vida?He follado menos de lo que quería, no he aprendido a tocar el piano, no he escrito ninguna buena novela, no he conocido alguien a quien amar para siempre… Qué mierda, mi vida parece construida con cosas que no he conseguido... y según lo acepto me viene una canción a la cabeza y antes de llegar al muro ya la estoy cantando.

Es en la lengua local, que es bonita, seca y precisa, y acabará mutando y fundiéndose con sus vecinas cercanas y lejanas —como todas—, en lo que debería ser considerado no una lucha, sino un largo acto de amor. Definitivamente no vale la pena ir a la guerra por evitarlo. La canción habla de que quién me quiera acompañar en la vida no debe pedir un camino llano, sencillo… Es una canción muy romántica, la única mierda que soporto del idiota del cantautor maricón que la escribió. Cuando llego a la pared me saco la polla y empiezo a pajéarme suplicando a mi pene que no me falle, que nos vayamos por la puerta grande y claro él no me falla y se me pone dura y apunto a los idiotas de los rifles con mi pene y canto más alto, procurando no perder el tono ni el ritmo y los chavales de los brazaletes me miran con caras de asco, repugnancia y sorpresa. El tipo de uniforme se parte la caja y le suelta un toque en la cabeza con la palma abierta al más cercano para que despierte mientras le grita a él y a todos ¡disparar ya, disparar ya! Y todos recomponen la postura pero sin muchas ganas y disparan.

Y suena un clic y ningún pum y yo me corro y todos ponen cara de decepción y yo, aunque no fumo, les pregunto.

—¿Tenéis un cigarrillo, niñas?

Y entonces todos ponen cara de estar muy cabreados y pienso que me van a fusilar de verdad, pero se abre la puerta del fondo y María José entra con su paso de sheriff y su pistolita negra apuntando al suelo. Igual que la última vez que la vi; como si algún tipo de agujero de gusano uniera el momento y la calle desierta de la central con este momento y la puerta de los chiqueros —¿se llama así este sitio?— y se dirige recta al tipo del uniforme. Pienso que le va a meter un tiro, pero lo que hace es soplarle una patada en los huevos y, claro, mientras ha hecho su entrada y su escena de valquiria escuálida cabreada los cuatro chavales se han quedado colgados mirándola, y yo, como quien no quiere la cosa, he llegado hasta ellos, me he tirado sobre el más cercano y antes de que diga ni mu le he arrancado de las manos el rifle y la oreja de un bocado; aunque no ha sido en este orden ni al revés, sino todo con más barullo. Lo siguiente ha sido enarbolar el rifle como una maza y tirarme hacia los otros tres, a ver a cuantos les puedo abrir la cabeza antes de que alguno reaccione y consiga cargar su trasto. Pero escucho un tiro al aire y una voz de pito que me ordena alto y me detengo; para alivio de los otros tres joputas que cuando tratan con tipos de tú a tú ya no son tan valientes.

María José me apunta, esto comienza a ser una tradición. Sopeso si tengo posibilidades de meterle con el rifle, pero no las tengo y, desde que le ha dado la patada en los huevos al cabrón que se retuerce en el suelo, me ha comenzado a caer simpática. Así que le sonrío, tiro el rifle a lo lejos y le enseño las manos desnudas. Ella me hace una señal de vamos con el arma y yo me voy tras ella, solo me paro un segundo a meterle una patada en la rabadilla al tipo del suelo; el hermano pequeño lo vuelvo a guardar dentro de los pantalones mientras voy detrás de ella. Es entonces que decido que es la única de su colla, de la gente de Uno, como quieras decirlo, que definitivamente no tiene tipo de matrona.