El caso Sarmiento —Capítulo XX— Hogar, dulce hogar
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| Isabel Diaz Ayuso |
Un acto, de una transcendencia singular, que está sucediendo justo en estos momentos —un suceso histórico, un cambio de época—, me vuelve invisible; si es que no lo era ya. Nadie me presta atención. Lo único que parece importar, además de esta circunstancia, es que los trenes se mueven con mucho retraso. Durante las largas esperas y frecuentes e inesperados transbordos, todos los pasajeros —mis forzados compañeros de tren, de vagón— tienen un aspecto más furtivo que yo; atentos a sus teléfonos, a los comentarios que parecen volar en el aire y transmitirse más rápido que la gripe.
Regreso a casa porque no tengo adónde ir. Y aunque huí de ella, en su momento, creo que ya hace demasiado tiempo de la movida para que haya un retén de la policía vigilándola de continúo —aunque, seguro, ahora estará en la ruta de todos los coches patrulla de la zona—. Regreso a casa; para lo que posiblemente será solo un corto descanso antes de que alguien se presente, me detenga y me vuelva a encerrar por algo que no entiendo. Regreso a casa, porque huir es muy cansado, tanto como ir detrás de los que se supone saben adónde van y que resulta ser ninguna parte; al menos para mí. Vuelvo a casa.
Cuando desciendo en mi estación —después de cinco transbordos— veo a la gente de las banderas. En realidad, hace rato que he ido viendo alguno, pero ahora ya es evidente que se reúnen, se vuelven a reunir. Una pequeña multitud en el andén de enfrente se prepara para bajar a la ciudad. Ellos no parecen furtivos, sino pletóricos. Una muchacha se pone a cantar —que manía con las canciones— y al momento todo el mundo la acompaña. Mientras me alejo de la estación me sigue la melodía, se me queda enganchada y me sorprendo tarareándola cuando llego a la puerta de casa.
No hay cintas de plástico con emblemas, ni sellos de papel junto entre la puerta y el marco; ni restos de que pudieran haberlos habido en algún momento. Mi llave continúa escondida en el hueco de la valla; está fría, húmeda y sucia. Siento una extraña satisfacción al limpiarla frotándola con los dedos.
Entro en casa. La tele está enchufada, en la pantalla una multitud avanza por una calle enarbolando banderas. La calzada, al frente, está cortada por vehículos militares verdes que parecen ladrillos descantados. Einstein tumbado en el sofá duerme. Está descalzo, junto a él en el suelo hay un par de zapatillas que reconozco como mías —deben ser simbólicas, solo le deben caber dentro los pulgares—. Junto a la cabecera del sofá la papelera de mi estudio está mediada de envoltorios de bollería.
Doy
un portazo para cerrar la puerta. No es que esté enfadado, ni
siquiera sorprendido; solo que me parece la manera menos traumática
de despertarlo. Le veo dar un respingo y volver la cabeza hacia mí
con cara somnolienta.
—Espero
que estés cómodo.
En
cuanto oye mi voz se despereza inmediatamente.
—¡Ha
regresado! La barba le queda fatal. ¿Ya sabe quién mató a María?
Lo
había olvidado. ¿Quién mató a María Sarmiento? ¿Alguien mató a
María Sarmiento?
—No,
no lo sé. No creo que se sepa nunca, levanta, ¡cojones! Déjame
sentar.
Einstein
me hace sitio, yo me siento, miro la televisión. En ella la gente continúa
avanzando, agitando sus banderas, por la carretera hacia los
vehículos blindados —los TOA, me ha venido a la cabeza, creo que se
llaman así—. La voz en off
que lo retransmite se pone nerviosa, se acelera. Es una voz que
reconozco: me parece haberla escuchado antes retransmitiendo
acontecimientos deportivos. De golpe desaparece, junto con la imagen
en la pantalla. Einstein bufa y se pone a manotear por los rincones
del sofá hasta que encuentra el mando a distancia y cambia de canal
una y otra vez. Porque en todos parece reinar la carta de ajuste o la
niebla. O un hombre uniformado sentado en una mesa, con banderas a su
espalda, que lee de un papel que lleva en la mano. Einstein vuelve a
bufar, esta vez más fuerte, y cambia de canal, cambia y vuelve a
cambiar; hasta que parece cansarse y apaga el televisor.
—No
entiendo cómo María confiaba tanto en usted.
—María
no confiaba en mí.
—Pues
siempre estaba con que usted esto y usted lo otro.
—Lo
hacía para joderte, y de paso joderme a mí.
—¿Joderle,
qué quiere decir con joderle?
—Einstein,
vuelvo a mi casa y me encuentro un chalado muy grande y cada vez más
enfadado acostado en mi sofá. ¿Cómo has llegado aquí? ¿Quién
te dio mi dirección? ¿Quién me cargó con un trabajo para el que
no me siento capacitado? ¿No crees que eso es una manera de joder a
la gente?
Parece
pensarlo un momento, un momento de los suyos que se prolonga durante
cinco o seis segundos, después contesta solo a la primera cuestión; todas las otras desaparecen en la niebla de su cerebro.
—Usted
no estaba y pensé…
—Que
podías instalarte aquí. Bueno, al menos todo está bastante limpio.
—Me
gusta tener las cosas limpias.
—Es
una buena cualidad; dime: ¿recuerdas que te dijo María? ¿Por qué
decidiste venir a verme cuando ella murió?
—Decía... ¡que si le pasaba algo le buscara! Y que usted se ocuparía.
—¿Me
ocuparía de qué?
—No
sé, solo dijo eso: que usted se ocuparía.
—¿Qué
creía que le podía pasar?
Parece
pensarlo —cinco o seis segundos—, al fin suspira y contesta, con
un hilo de voz, fuera de lugar, saliendo de su cuerpo de
gigante.
—No
lo sé, pero estoy seguro de que no iba a suicidarse.
—¿Cómo
lo sabes?
—Porque
me lo dijo, dijo que me quería y que nunca iba a suicidarse. Me lo
dijo muchas veces.
Lo
cree, absoluta, totalmente. Lo leo en su cara ancha, franca y
colgada. No parece extrañarse de lo retorcido de la situación. De
que un amante —¿quizá en el lecho después de hacerlo?— te
repita una y otra vez que no piensa acabar con su vida. Eso casi
presupone admitir que lo está pensando. ¿Por qué lo está
pensando? Es la pregunta que inmediatamente te viene a la cabeza.
Bueno, es evidente que a la cabeza de él no. Vive en un mundo más
sencillo, en que lo que alguien dice significa exactamente eso.
La
madre de María dijo que le extrañaba que se hubiese quitado de en
medio dejando como todo testamento un poema por escueta despedida, ¿o fui yo? No
supimos reconocer que este solo era la punta del iceberg, que el
mensaje de María llevaba meses, quizás años, escribiéndose. ¿O puedo negar que su relación conmigo no era enfermiza, destructiva,
extrema? La María que yo conocía estaba matándose, tan seguro como
el sol sale por la mañana. Ella no dejó una carta de suicidio en
forma de poema, la dejó en forma de subvenciones a todos esos grupos
y tipos con ideas locas —¿locas para todos, excepto para ellos? ¿O
locas solo para mí?
—Vuelve
a poner la tele, por favor —digo.
Pasamos
la mañana viendo la tele, yo convencido de que en algún momento
aparecerá la justicia —algún tipo de ella— y me detendrá; pero
llega la tarde y nos acercamos al supermercado, junto a la parada de
autobús —tengo hambre y a Einstein se le han acabado los
pastelitos—, y nos encontramos con una locura de gente vaciándolo.
Me dejo contagiar por la histeria colectiva y compro absolutamente de
todo —otra sorpresa: mi cuenta no parece bloqueada y mis pagos son
aceptados.
Al
regresar a casa tengo una falsa sensación de trabajo cumplido.
Parece lo adecuado, lo que se espera de nosotros, que compremos
alimentos y nos quedemos pendientes de las noticias. Esperando que
los que están interesados, por estos asuntos que nos sobrepasan, nos
digan que ya podemos aplaudir a los vencedores y maldecir al resto.
Lo acepto, estoy demasiado cansado para comportarme como un rebelde.
Paso los siguientes días cocinando. Cocino lentejas, garbanzos, macarrones... que Einstein devora. Mientras, los canales de televisión y la radio emiten y dejan de emitir, ocultando y descubriendo el ritmo con que ambos bandos toman y pierden posiciones en la magnetosfera, en el concierto internacional, en los mercados, en nuestros corazones.
Un
día todo deja de funcionar; todo lo eléctrico quiero decir, y al
poco, como por solidaridad, el resto. Ya no surge agua de los grifos,
ni gas de los quemadores de mi cocina.
Tenemos
una cierta cantidad de agua que en un momento de terror me preocupé
de envasar y como realmente estamos rodeados de leña por todas
partes, considero que nuestro retorno a la Edad Media es lo menos
traumático posible. ¿Cuánto tiempo durará esto? No tengo ni idea,
igual es para siempre. El barrio, la urbanización, está silenciosa, tranquila,
todos los vecinos parecen haber desaparecido; es imposible, creo.
Decido ahorrar agua y clausuro los váteres. Abro definitivamente un
paso sencillo entre mi jardín y el de la casa del lado y allí, con
la ayuda de Einstein, construyo una letrina en el rincón más
alejado y al nivel más bajo posible con referencia al resto de las
dos parcelas. Esto
siguiendo el modelo de un libro, lleno
de ilustraciones preciosistas a la pluma, titulado La
vida en el Campo.
Quedo hipnotizado por los dibujos y tras la letrina comienzo a
plantearme expandir el huerto y vallar de todas las maneras posibles
la propiedad. ¿Exagero?, me lo digo a mí mismo, pero no puedo
olvidar aquel ensayo en que leí que una sociedad compleja se podía
venir abajo fácilmente si la golpeabas en el momento y el lugar
adecuado, que
era probable que esta circunstancia ocurriese más pronto que tarde,
que era una consecuencia de no sé cuál ley de la Termodinámica.
¿Es así este ahora? Me encojo de hombros, leí de niño, al menos
tres veces, La
Isla Misteriosa de
Julio Verne y el ser un náufrago autárquico siempre me atrajo. Por
mí se puede quedar todo al otro lado de la valla de cipreses.
Las últimas proclamas patrióticas que nos brindó la televisión —cada vez más exageradas, más autistas, más ideológicas— y las pocas gentes de caras asustadas, que pasan silenciosas y furtivas por las calles de la urbanización parecen confirmar la opción de enclaustrarse todavía un poco más. A Einstein no le gusta la parte del plan que necesita de usar la azada, pero noto que instintivamente se vuelve silencioso y casi invisible. Siempre parece estar detrás de algo escondiéndose.
Una noche subimos hasta la cresta, justo donde la caída de aguas cambia y la montaña comienza a descender hacia la ciudad, pero esta parece haber desaparecido, invisible en la oscuridad; exceptuando por un fuego disperso aquí y allá. Permanecemos en silencio, dormitando bajo las estrellas, hasta que el amanecer la ilumina. El sol es más clemente con la vieja urbe: parece estar como siempre, fuera de delgadas columnas de humo que señalan hacia el cielo azul. Eso no nos tranquiliza; regresamos a casa hablando en cuchicheos. Son nuestras últimas conversaciones coherentes.
Einstein después de unos días de parloteos incontrolables —en los que sus frases iban perdiendo por momentos el sentido, hasta transformarse en lo que he leído nombrar como ensalada de palabras—, cae en un mutismo casi total. Decido que su lenta mente está por fin aceptando la situación, de que todo, todo, ha cambiado y que las certezas que uno pudiera tener han desaparecido. También me planteo si tomaba alguna medicación y que el efecto benéfico sobre su carácter está desapareciendo.
Es él quien lo hace, el desaparecer. Un día recupera el habla, se pasa la mañana gruñendo por tener que trabajar la tierra —rascar el culo del mundo lo llama— y a la tarde cruza el hueco en la valla para ir a la letrina y desaparece. Me siento solo, abandonado; después aliviado, ciertamente cada día me daba más miedo. Aun así, me siento como un Robinsón que ha perdido a su Viernes.
Pese a su falta —que se nota, era como un tractor que funcionara con legumbres— continúo intentando tomar medidas contra la catástrofe total que presiento y comienzo a planear recuperar el pozo de la finca antes de que se me acabe el agua. Me vendieron la casa asegurándome que tenía en él un caudal importante, aunque nunca lo comprobé; me limité a conectar los goteros a la línea principal de agua corriente y lo dejé para más adelante.
Es
el día en que he descendido al pozo siguiendo la escalera de hierro
—encastada en los laterales de ladrillo— y luego por una de
cuerda —fabricada por mí mismo— y he descubierto casi un metro de
agua fría esperando en el fondo. Estoy retirando muy despacio, con
gran dificultad, con la ayuda de una polea y un cesto, todas los palos, piedras y
trastos que tres o cuatro generaciones de idiotas han pensado que era buena
idea tirar dentro. Casi he terminado con la extracción del cadáver
de una bicicleta infantil —jurándome, mientras rechino los
dientes, que es la última mierda que saco— que, al asomar la cabeza
por encima del murete que protege la boca del pozo —¿brocal?, ¿así se
llama?—, escucho música procedente de mi casa.
La
radio está funcionando, eso significa que la electricidad ha
regresado. Así es, el dial me lleva a través de las emisoras: hay
mucho ruido de estática, música clásica, y proclamas patrióticas
de uno y otro bando; la apago inmediatamente. No estoy preparado para
discernir lo que en esas voces imperiosas es verdad y qué propaganda.
Regreso al pozo y al final de la tarde he conseguido limpiarlo del
todo, el agua parece clara, pero no me decido a beberla. Tras un rato
de dudas la hiervo y me hago un té. Bebiéndolo despacio, sin
azúcar, miro la pequeña bicicleta. Está apenas oxidada; parece algún
extraño mensaje que no soy capaz de interpretar.
Esa madrugada, cuando los muchachos con brazaletes entran por la fuerza en casa y se me llevan, comprendo que el mensaje era: márchate ahora que todavía estás a tiempo.
