El caso Sarmiento -Capítulo XIX- El largo adiós
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| Carlos Mazón |
Ya camino por la playa, dejando la central a mis espaldas. Camino, camino, camino. Al cabo de una hora me siento en la arena y me pongo a pensar en quién soy, a dónde voy y de dónde vengo; sin llegar a ninguna conclusión reveladora, como desde siempre les pasa a todos los homínidos.
¿Cuánto tiempo hace que no venía a la playa? Antes me gustaba, o quizá quería que me gustase. Sé que, a lo largo de mi vida, he intentado disfrutar de muchas cosas porque se suponía que eran agradables; y lo eran, pero no como para tirar cohetes. La playa ha de ser de agradable, ¿no? Sol, arena, calor, chicas guapas con bañadores diminutos... La publicidad miente; empezando por el Sol: hemos estropeado su cielo y ya no es nuestro amigo; no quiere darnos calor, quiere achicharrarnos. No puedo reprochárselo.
Estuve un tiempo yendo a la Barceloneta, la playa de la Barceloneta. Su arena es gruesa, llena de polvo; mancha las toallas, los pies, la bolsa. Está llena de tipos y tipas que quieren venderte algo y de jóvenes magrebíes que se conforman con robarte. A pocos metros de donde rompen las olas el mar se vuelve súbitamente profundo, lo notas en el cambio de temperatura, en el frío que llega del abismo. La playa de la Barceloneta siempre me ha parecido una trampa y todos los urbanitas, que rondan por ella, conejitos que danzan alegremente en la boca de un cepo. La Nadadora decía que era un exagerado, pero claro yo nado como una piedra y ella... ella... ¿Cuánto tiempo hace que no pensaba en La Nadadora?
Tanto como el que hace que no voy a buscar cangrejos. ¿Se debería decir: cazar cangrejos? La gente de por aquí dice: “ir a cazar setas”, las setas —els bolets— se cazan. Los cangrejos deben de sentirse ofendidos de que a ellos se considere que solo hay que recogerlos. La última vez que vi a La Nadadora yo estaba buscando cangrejos, sin mucha dedicación, solo por hacer algo. Ella pasó nadando, a unos diez metros del final de la escollera, se paró un momento y agitó ambos brazos en el aire. Toda su cara era una sonrisa bajo su gorro de goma rojo. Yo saludé con una mano y continué, infructuosamente, buscando cangrejos. El mar se la llevó. Odio al puto monstruo azul. No me gusta pensar en La Nadadora, solo me acuerdo de ella en la playa. ¿Es por eso que nunca vengo ya?
Luego me pongo a pensar en política —¡porque todo lo que está pasando aquí es algo político!—, y pienso que es algo que la gente se toma demasiado a pecho; que es una falla del carácter humano. Todos un día se levantan, se miran en el espejo y deciden que individualmente no pueden tomarse en serio y que mejor implicarse en algo más grande: algo que les transcienda. Y que, inevitablemente, más que transcénderles les supera.
Se me ocurre, por un momento, que la gente debería intentar definirse más por cómo es su interior que por con qué o con quién se identifica. Me pongo triste, pero al segundo ya estoy agitando la cabeza, encontrando ridículo pretender haber encontrado las instrucciones de uso del ser humano. Concluyo que algo está mal, algo no funciona y, en general, el resto de los tipos parecen olvidarlo más fácilmente. Después se me va del todo la perola. No es para menos.
Solo escucho más que miro un mar que parece tranquilo —pero yo sé que es mentira; es como un gato, haciéndose el dormido a la puerta de la madriguera de un ratón— y vuelvo a pensar en La Nadadora, se llamaba María no sé qué. En realidad, no la conocí mucho; más bien nada. Solo coincidimos en la barra del chiringuito playero dos o tres veces; aquel verano que yo todavía intentaba hacer funcionar lo mío con María Luisa y me sentía fuera de lugar y culpable, como si todo yo fuera una estafa —que a lo mejor es verdad, porque siempre hay alguien acusándome de serlo—. Pero recuerdo cómo se rio de algo que dije, que en realidad no era un chiste sino una confusión, y cómo se tocaron nuestros brazos cuando estirados intentamos coger la misma bolsa de patatas fritas. Y cómo, al otro día, la sorprendí mirando por encima de mi hombro, justo en el momento en que yo acababa el crucigrama del periódico y me confesó, con un tono de total confianza, que ella nunca había acabado ninguno y yo le pregunté que cuántos había intentado hacer y ella puso cara de sorpresa antes de reírse otra vez y decir que en realidad no muchos. Y que yo era estupendo, que acababa de conseguir que dejase de verse como la tonta de las palabras cruzadas.
Y la vi más veces nadando, siempre muy lejos, siempre mucho rato. Hasta el día aquel que yo buscaba cangrejos y ella me saludó y... en un segundo tuve que admitir que aquella chica me gustaba. Que María Luisa era un rollo y que en realidad no le debía nada o sí, pero no importaba, porque ella en realidad no querría aceptar ningún pago. En ese momento me rendí y fue un alivio saber que aquel noviazgo, aquel matrimonio de fin de semana se había acabado. Ya no tenía que seguir intentando compensar nada y estuve muy tranquilo hasta el mediodía, que me enteré de que el mar se había llevado a la Nadadora.
Vi llorar a una versión de ella de pelo más oscuro y lacio, que era su hermana y me alegré de que llorara tanto, porque así no tuve que hacerlo yo; porque no tenía derecho a hacerlo Y acabó el verano y me enteré que María Luisa me dejaba y creé dentro de mí como una gran pelota de bramante, un hilo hecho de una sucesión de amarguras sin principio que acababan en el fin, que era un ahora que parecía sólido y frío como el hielo…
—¿Quién es usted?, ¿qué hace aquí?, ¡levántese! No se puede estar aquí.
Me interpela un soldado —un cabo, las tres bandas rojas en sus hombreras así lo indican—. Es bajo y ancho, muy ancho con toda la impedimenta que carga. No va solo, le acompañan dos soldados más, igual de bajitos y cargados de cosas -que parecen todas terroríficas, modernas y caras-,; los tres me parecen centroamericanos. Durante la crisis —¿cuál?, una— muchos jóvenes de por allí se alistaron buscando un empleo y la nacionalidad. No acierto a contestar, el cabo parece prestar atención a algo que le llega a través de la radio, que parece integrada en el casco, y azuza al resto de la tropa hacia la central.
—Lárguese de aquí, es peligroso, vuelva a casa. ¡Vuelva a casa!
Veo trotar al grupo, cómo se aleja de mí. Uno de los soldaditos hunde su bota en la arena suelta y trastabilla; una ola, más fuerte, más decidida parece trepar por la arena hasta casi llegar a él, no lo consigue. El monstruo azul nunca se rinde.
Decido que volver a casa es un buen consejo
