El caso Sarmiento -Capítulo XVIII- Zona de guerra
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| Víctor Aldama |
Sigo al dúo maravilla, que parece que sabe a dónde van. No sé si es cierto, pero al menos nuestros pasos nos van alejando de los soldados y de la central. Los vamos dejando al norte, hasta que ambas amenazas, una mucho antes que la otra, desaparecen de nuestra vista.
El par de iluminados que llevo delante de mí se detiene un segundo, tienen un breve cabildeo —diría que sobre: ¿dónde?, y ¿cómo?—, y continúan caminando; conmigo, a trompicones, detrás. Me digo que si me voy tropezando, enganchandome con todo, es porque estoy cansado, pero si yo lo estoy ellos también; y si ellos pueden continuar yo no soy menos. Y como soy un mono tozudo al rato estoy pasando, detrás de ellos, por un túnel largo, húmedo, estrecho y oscuro —bueno, no mucho de nada de esto: se ve la luz al otro lado antes de entrar y todo; pero huele raro; un olor que te dice que mejor no estar ahí—.
El pasadizo este resulta que cruza por debajo de la autopista, la que sigue, más o menos, la costa mediterránea. Cuando llegamos al otro lado caminamos, un rato más, en dirección sur. Resulta que a la búsqueda de otro paso —más corto, pero más angosto y apestoso aún—, que nos deja cruzar bajo la vía del tren. Después de hacerlo, salimos a un bosquecillo de pinos achaparrados. La tierra bajo nuestros pies ha cambiado: ya no es piedra y grava, sino una franja de terreno arenoso, que se desprende de los árboles cincuenta metros antes de llegar hasta el mar; que allí espera: lanzándose juguetón contra la playa.
Ahora, si vuelves la vista al norte, puede que a un par o tres de kilómetros, se puede ver con claridad, por encima de una sucesión de vallas y muros, la masa que debe ser el reactor. Tiene la forma de un cilindro coronado por una semiesfera —todo en hormigón gris—. Me da por preguntarme si esta forma geométrica compuesta tiene su propio nombre y cuál será.
Recuerdo haber visto la instalación, la central, desde la carretera, desde la autopista. Haberme parecido grande, muy grande, poderosa; pero ahora, en este momento, me parece que su gran perímetro la hace vulnerable; que entrar en ella es tan sencillo como caminar por la playa, acercarse al muro y simplemente saltarlo.
Hay gente junto al mar, no mucha. La presencia de la central debe intimidar a los bañistas, aunque no a todos. Algunos valientes disfrutan del espacio, cosa imposible en cualquier otra playa. Mientras camino y mis pies se hunden en la arena, observo en la distancia cómo una pareja de tipos recién entrados en la tercera edad —varones, morenos, en buena forma— juegan a las palas. El rítmico vaivén de la pelota contra las raquetas de madera marca mis pasos, me arrulla. En llegando a su altura, uno de los jugadores falla —la golpea con el borde de su pala— y la pelota, después de buscar el cielo, cae un par de metros por delante de mí. Cuando paso junto a ella me inclino, la recojo y se la devuelvo. Sentir el resto de arena, el que la pelota ha dejado en mi mano, tiene un efecto que no esperaba: me devuelve a la tierra; me devuelve una consciencia que no sabía amortiguada.
Esto es real. Me doy cuenta de que llevo semanas en que tengo, de cuando en cuando, que recordármelo. Que, en general, vivo mi vida como si la estuviera viviendo otra persona: una que no estuviera muy interesada en lo que pasa —en eso coincidimos—, distanciada del exterior por una membrana transparente de incredulidad. Un jodido preservativo mental que acaba de romperse sin avisar —como suele pasar con todos los preservativos— y, ahora, lo que tengo delante de los ojos me parece tan brillante, tan peligroso, que aunque quiero continuar negando su existencia ya no me es posible.
Los mártires del octavo día —porque no hay duda de que es el papel que han escogido en este drama— se han detenido. Serenidad discursea sobre unos folios que lleva en la mano. Cuando llego a su altura solo recibo un leve reconocimiento de mi presencia. Los folios son planos, esquemas, algunos hechos a mano alzada... Lo más comprensible para mí es una foto satelitar de donde nos encontramos. Desde el cielo los terrenos de la central tienen la silueta de unas alas extendidas, unas alas truncadas en las puntas, como una cometa de kitesurf. Intento no prestar atención, pero Serenidad no hace más que enumerar maneras de provocar un desastre; son muchas y relativamente fáciles; si tienes bastantes petardos o ingenio o mala leche. Desde luego ninguna es fácilmente reversible o controlable. Una por una el conciliábulo las va eliminando, de la lista de posibilidades prácticas que el otro bando pueda querer utilizar. Hasta que se quedan en silencio, mirándose primero el uno al otro y luego a mí, con insistencia; hasta ponerme nervioso.
—¿Qué?
—Nos preguntábamos si tendría alguna idea, usted sabe algo sobre el tema, ¿no? Sus artículos eran divulgativos, pero parecían muy meditados.
Serenidad bufa. Eso me molesta, y como efecto secundario hace que me interese por lo que me dicen.
—Una idea ¿sobre qué?
—Sobre cómo actuarán, cómo tomarán la central. Qué harán después con ella…
—No tengo ni idea cuáles, son sus planes, sus intenciones; se lo aseguro.
—¿Usted qué haría? ¿Cómo se llamaba su ensayo?, ¿El diablillo nuclear? Desde luego no es un neófito total; ni en la tecnología ni, disculpe, en pergeñar planes retorcidos. ¿Cuál sería su plan? ¿Cómo tomaría la central?
¿Sé algo sobre el tema? En su día leí sobre ello. No mierdas de artículos de ecologistas, ni informes de compañías eléctricas; sino libros de texto, cosas asépticas con problemas al final de cada capítulo. Todos se resumían en que, curiosamente, si a los ingenieros nucleares les dejabas trabajar, sin cortapisas económicas, durante el suficiente plazo, lo más seguro es que te diesen, al cabo de un tiempo, una fuente de energía segura y barata. Si les ponías criterios de producción y prisas acabas con Chernóbil. ¿Pero no pasa con todo igual? Las caras continúan observándome, esperando respuestas.
— Nadie está interesado en destruir, o inutilizar la central. Todos lo que quieren es controlarla. Díganme que sí, la alternativa es demasiado horrible.
Ninguno de los dos dice nada; solo continúan mirándome con atención; así que me siento obligado a continuar con mi exposición.
—Para conseguir controlar la central no tengo idea de qué puertas se han de cruzar, cuáles dejar abiertas y qué otras cerrar. Pero si lo consiguiese, si la tuviera en mi poder, después, de entrada, no haría nada. Solo lo más sencillo: cortar la comunicación entre la central y el exterior. Así nadie sabría lo que estás haciendo y todos se acojonarían por lo que podrías hacer.
El Querubín Trajeado parece que va a decir algo, que tiene una opinión, pero no tiene tiempo de darla: una pequeña explosión —lo que parece una pequeña explosión desde esta distancia— llega traída por el viento desde más allá de la autopista. Un segundo después le responde otra, aún más lejana.
—¿Qué ha sido eso?
Serenidad contesta entornando los ojos.
—Han volado un poste.
—¿Qué poste?
—No se ve, estaba junto a la autopista; muy cerca de donde hemos cruzado. Ahora no está.
—Entonces ahora mismo hay un puñado de soldados yendo hacia esa dirección y otros pocos hacia la del otro petardo…
Parece decirse a sí mismo el Querubín Trajeado, antes de que, para dar su opinión autorizada, una tercera explosión le interrumpa. Esta ha sido mucho más cercana: en el interior de la central.
—Tienen alguien dentro —sentencia Serenidad.
Me parece una presunción tan buena como otra cualquiera, me digo, mientras una columna de humo negro sube hasta el cielo por sobre el muro; haciendo parecer, por contraste, la arena pedregosa de la playa mucho más blanca. Una sirena aúlla durante unos segundos antes de enmudecer. El petardeo de un motor —que me resulta conocido— llega desde el mar a nuestra espalda y lo que parece —es— un ultraligero pasa a un par de metros sobre nuestras cabezas, en una trayectoria que parece que lo estrellará sin remedio contra el muro. Me equivoco: el piloto hace algún tipo de maniobra brusca, el motor sube de revoluciones y el cacharro parece saltar sobre el muro con la gruesa agilidad de un abejorro.
—Son osados —afirma el Querubín Trajeado—, ¿vamos?
Se pone en marcha, otra vez, hacia la central sin esperar respuesta. Vuelvo la vista atrás; la gente recoge apresurada sus cosas, la partida de palas se ha detenido, los competidores nos observan; somos los únicos que vamos en dirección a la explosión.
La playa por la que caminamos se ondula y se vuelve agreste. Plantas tozudas, espinosas, se agarran a las dunas. Como restos del naufragio de un buque de piedra, retazos de grandes placas de hormigón, del tamaño de grandes automóviles, afloran aquí y allá en la arena; cada uno atacando el aire en un ángulo diferente. Tardamos veinte minutos en llegar a la depresión de un torrente seco —excepto por un hilo de agua no muy limpia en su fondo—. Después de él, un talud artificial eleva el terreno hasta la valla de malla de acero, que corre perpendicular a unos veinte metros del que me parece el muro principal de la instalación. No sé si decir que tenemos suerte, pero el tramo de valla frente a nosotros está arrancado, pisoteado por la fuerza de un vehículo del que solo vemos las huellas en el terreno suelto. Huellas que desaparecen al llegar a la altura del camino asfaltado que sigue el muro, que, ahora, frente a nosotros, tan brillante bajo la luz del sol, me parece más alto, más sólido. Sus cinco metros de alto, pulcramente pintados de blanco —sin ni rastro de los grafitis que lo cubrirían en cualquier otro lugar— le dan un aspecto irreal. Desde donde estamos a la izquierda se extiende recto hacia el interior y a nuestra derecha, en dirección al mar; donde, a unas pocas decenas de metros, gira dejando una esquina tras él. No es que parezca más prometedor, pero como este límite está más cerca caminamos hacia allí, notando el calor del asfalto bajo nuestros pies. Cuando doblamos la esquina me quedo embobado, primero mirando el muro, que la perspectiva hace simultáneamente desaparecer y darle una longitud eterna, y después atisbando al frente, al mar y más allá: al horizonte
Vuelvo en mí. La valla ha desaparecido. A la cinta de asfalto por la que caminamos —que supongo debe circunvalar por el exterior la central— ahora solo la bordea, un poco por debajo de su nivel, un caos de bloques gigantes de hormigón, que se internan unos veinte metros en el mar y actúan de rompeolas. El Querubín Trajeado y el capullo de Serenidad y su carabina vuelven a ir muy por delante de mí. Caminan, igual que yo, pegados al muro y no parecen tener ningún plan; más que no pasar por los sitios más evidentes, creo. Hasta ahora no les ha ido tan mal, la deidad del Querubín Trajeado —estoy dando por sentado que es el mismo Dios que el de los cristianos, pero a lo mejor no lo es, o solo hay un único Dios y el Querubín su becario para todo— parece ir abriéndoles puertas; no sé si lo conseguirá en este muro tan blanco.
A mi derecha el mar cambia de textura. El dibujo que trazan los rizos de las diminutas olas es diferente. Ahora, que avanzo más, veo que también el color del agua es más claro. Debe ser a esta altura por donde la central devuelve al mar, en forma de vapor ardiente a presión, el agua que mueve las turbinas generadoras de electricidad. Agua que, además, creo recordar, forma parte del ciclo secundario de refrigeración.
Llegué a entenderlo todo bastante bien. A vista de pájaro sé que el fondo marino —desde este punto, donde la uretra de la central se vacía hasta cincuenta, cien metros hacia el horizonte— parece estar escaldado. También recuerdo lo cuidadoso que se ha de ser para manejar esta ingente cantidad de agua salada —más que hirviente y básicamente corrosiva— que es la sangre de la central. Lo pendiente que se ha de estar de los kilómetros de cañerías de acero inoxidable que son sus arterias.
Recuerdo el libro en que se planteaban estas cuestiones. Era de portada amarilla y no muy diferente, en su maquetación, a un manual de informática o de ortografía. Lo intenté leer —la primera vez— como una obra literaria; obviando que era un libro de texto. Su mensaje era simple: la ciencia no es moral, la realidad no es moral; solo existen problemas y soluciones.
Otra pequeña explosión me devuelve al presente. No parece haberse producido cerca, pero los muros deben enviar el sonido hacia el cielo y aquí, tan cerca de ellos, es muy difícil hacerse una idea de la distancia y la intensidad de los sonidos que nos llegan del interior. El Querubín Trajeado se ha detenido; Serenidad descuelga su arma del hombro, ambos se pegan al muro encogidos. Miro más allá de ellos, pero no veo nada ni a nadie; entonces comienzo a escuchar el sonido que les debe haber llegado a ellos antes que a mí. No me da tiempo a identificarlo, solo veo cómo la hoja de una puerta metálica —tan alta como el mismo muro e invisible hasta el momento— se abre violentamente hacia fuera, acompañada de un quejido de desgarro metálico; empujada por lo que parece un pequeño camión amarillo. Este, después de abrirse camino, continúa recto, atravesando la calzada, se engancha no sé dónde, intenta una improbable vertical y acaba volcando fuera de la carretera, sobre el caos de cubos de hormigón.
Nadie parece salir del interior del vehículo. El Querubín Trajeado y Serenidad no se lo piensan ni un segundo y se introducen por lo que ahora es un paso franco al interior del recinto. Mis pies parecen decidir que tienen prisa y aceleran la marcha, pero cuando llego frente a la gran puerta metálica arrugada —que, colgando de sus goznes, dibuja un corto y lento vaivén mientras se queja con un lamento metálico—, me detengo a observar el paisaje interior. No parece muy diferente de cualquier otro polígono industrial: una larga calle formada por naves, con pocas ventanas y menos puertas, llega desde posiblemente el centro hasta la entrada donde me encuentro. Cincuenta metros más adelante otra calle cruza en perpendicular. Es por esta que, ahora mismo, giran a la derecha mis compañeros de excursión perdiéndose de vista.
Se escuchan pequeños estampidos, que parecen venir de todas partes. No son continuos, pero acojonan bastante; al menos a mí, que no gozo de la protección divina. Dudo entre entrar o no hasta que una explosión —esta sí que ha sonado cercana— me quita totalmente las ganas de hacer turismo industrial.
¿Qué hago ahora?, ¿vuelvo atrás?, ¿continúo adelante? Si entro es muy posible que acaben dándome un tiro; demasiada gente lo ha intentado en los últimos tiempos y hasta ahora si me he librado ha sido por los pelos. Sí, me quedo fuera...
Suena un claxon. Me sobresalta, de entrada, no tengo ni idea de dónde llega. Arriba y abajo no hay ningún auto. El claxon vuelve a sonar, viene del achaparrado vehículo amarillo que ha envestido la puerta y luego se ha ido a buscar cangrejos entre las piedras.
El claxon es insistente, repite su llamada. Al fin acepto que hay alguien en problemas dentro del vehículo. Alguien atrapado, que con el tiempo verá cómo sube la marea y sentirá el abrazo frío del agua. Es una chorrada, eso no va a pasar: el vehículo está poco menos de a la altura de la carretera. El agua nunca llegará ahí, ni en marea alta —que debe ser ahora mismito— ni nunca; solo durante alguna hipotética gran tormenta que el azul del cielo promete lejana. Además, me digo, mientras comienzo a saltar de un gran paralelepípedo de hormigón a otro, esa imagen de ahogamiento que tengo en la cabeza —un hombre atrapado bajo un gran árbol, el agua subiendo—sucede en un libro.
¿He olvidado el título? Igual que el nombre del autor, pero no el día que lo compre: en una librería de viejo, en la plaza Redonda de Valencia. En unos tiempos que no eran mejores, pero al menos tenía más esperanza. Porque era joven y —no como ahora— mucho más capaz de ir dando saltos entre bloques de piedra, absurdamente convencido de que era imposible que me rompiera una pierna o el cráneo. ¿Por qué lo hago ahora que ya no me creo un saltimbanqui infalible? —Sí, ¿por qué?— No lo hago por intentar sacar de un aprieto a un total desconocido; sino porque tengo mis propias cuentas con el monstruo húmedo. El que se extiende hasta el horizonte, enfadado con todos los idiotas que se atrevieron a ponerle por nombre Tierra a este mundo que debería ser llamado Aire o Agua.
Una zancada más y llego hasta el cacharro. Es un trasto eléctrico, con la estructura muy cercana al suelo. Recuerda mucho a otros vehículos por el estilo que he visto en los aeropuertos; creo que los llaman góndolas,. Se usan para remolcar o cargar casi cualquier cosa. Este ha acabado volcado sobre un lateral, lo que ha cegado una de las puertas; la otra, que ha quedado mirando al cielo, está trabada por un batiburrillo de tubos de todas las anchuras y larguras que debían ser la carga original del vehículo y ahora está repartida por todo el alrededor.
El claxon vuelve a sonar. Hay un olor acre en el aire y, creo adivinar, alguna voluta blanca saliendo de donde no debería salir. Imagino que habrá petado alguna de las baterías y está ahora derramando ácido sobre el hormigón, quizá llegando al agua salada. Cojo un trozo de cañería y golpeo el amasijo de metales dos veces. El claxon me contesta, inmediatamente, con dos toques y, entonces, me pongo a retirar el material. Es fácil, desde fuera al menos, solo tengo que pelear un poco con algún tramo que ha quedado enganchado entre los huecos de las rocas, pero, en menos de cinco minutos, consigo llegar hasta la puerta. Esta también parece estar un poco atrancada —el vidrio es una telaraña que impide ver el interior—. Meto el extremo de una barra en un hueco entre la puerta y el marco. Hago palanca, mientras oigo cómo el conductor da patadas desde el interior.
No parece moverse en absoluto... ¡hasta que cede y se abre totalmente! —ciento ochenta grados— girando sobre sus bisagras, golpeando el lateral y haciéndome caer de culo; porque no estaba preparado para que se rindiera tan de golpe.
Estoy frotándome la rabadilla cuando veo intentar salir a María José de dentro del habitáculo. Cuando me reconoce no parece muy contenta de verme: lo primero que hace es apuntarme con un arma; pero pierde el apoyo y casi todo el cuerpo que ha podido sacar vuelve a hundirse en el interior. Creo que necesitará usar las dos manos para conseguir salir.
—¿Dónde están los otros? —pregunta, sin dejar de apuntarme.
De entrada, no sé a quién se refiere. Ese “otros” debería señalar a un grupo común, al que ella y yo pertenezcamos. Pero yo este paseo lo comencé con una gente —ahora parece que hace mil años— y luego lo continué con otra. ¿A quién se refiere? Opto por una respuesta neutra.
—Los que quedan están dentro, creo —y señalo a mi espalda con el pulgar.
Ella deja de vigilarme por un segundo y dirige la mirada hacia el interior, a través de las puertas reventadas; luego vuelve a clavarla en mí. Como estoy muy incómodo aquí, desparramado entre las rocas, y no me parece buena idea moverme sin permiso le pregunto.
—¿Puedes salir sola o te ayudo?
Ella parece dudar, pero comprende que no puede apuntarme y encaramarse entre los hierros y las piedras, y decide que es mejor guardar la pistola y apañarse sola, no obtengo más contestación que un gruñido. La veo emerger, buscar vacilante apoyo, encontrarlo, erguirse y avanzar a saltitos sobre las piedras. Se detiene un momento junto a mí. No sé si va a ofrecerme una mano para levantarme, o a recriminarme mi falta de sentido de la historia. Al final no es ni una cosa ni la otra; bufa algo por lo bajo y continúa su camino; trepa hasta la altura de la carretera y, sin mirar atrás, entra en la central mientras vuelve a desenfundar su arma.
La veo avanzar por el centro de la calle y recuerdo que Max —¿se llamaba Max?— dijo algo sobre que se había criado con muchos hermanos y que siempre estaba buscando greña. Desde luego hace la pinta: avanzando con paso firme y el brazo derecho estirado en un ángulo que lo separa del cuerpo y le hace apuntar el cañón del arma al suelo. Sus hermanos se sentirían impresionados; aunque yo pienso que no es una pinta muy aconsejable cuando uno avanza en solitario, en línea recta, por una calle ancha. Me gustaría explicárselo, pero no creo que quisiera escucharme. La veo caminar hacia adelante y noto que soy yo el que me encojo esperando que, de un momento a otro, un disparo de rifle —desde mucho más lejos de lo que puede alcanzar con su pistolita— la tumbe.
No soporto la tensión; ver a los imbéciles caminar hacia el desastre siempre me ha producido ansiedad; así que dejo de mirarla. Yo también trepo hasta la carretera, abandono el atzucac de rocas y deshago el camino que me ha llevado hasta allí. Me marcho acompañado por los estampidos de las armas, que, de cuando en cuando, enfadadas, parecen intentar reclamar mi atención. En cuanto me alejo de la puerta desgajada son cada vez más tenues, hasta que dejan de escucharse.
