El caso Sarmiento -Capítulo XVII- Bella Ciao
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| Kim Ju-ae |
Un tipo con el que nunca he cruzado una palabra —aunque tengo un mote para él: el Monaguillo— me está sacudiendo suavemente. Soy consciente de ello, pero tardo, lo que me parecen mil años, en darme cuenta de que no es nada sexual, sino que quiere despertarme con suavidad.
No recuerdo cuándo me he dormido, ni dónde estoy, ni quién soy. Solo sé que él es el Monaguillo y, en el orden de las cosas, mis cosas, no tiene casi importancia. Solo es una figura —por ahí al fondo— asintiendo a lo que dicen los que mandan y acercándoles cosas en el momento oportuno. Un trabajo muy parecido al que yo hacía en el cine, en la televisión; en toda esa mierda que ahora llaman lo audiovisual. ¿Qué cosas lleva él? ¿Qué invisibles pequeños problemas soluciona? No tengo ni idea, como tampoco tengo idea de quién soy yo en este momento. Justo antes de despertarme, solo soy una sensación de desconcierto, pelusa en el fondo de un cajón, un mal poeta.
—¡Mierda, despierta!
Lo hago, al fin. Vuelvo a saber quién soy, dónde estoy. Vuelvo a tener todos mis recuerdos. Esto no es una mejora a cómo me sentía antes.
—¿Qué pasa? —es todo lo que se me ocurre decir.
—Nos vamos, rápido, en silencio, recoge tus cosas.
Lo dice con la mirada brillante. Parece que por fin ha llegado el momento de algo que hace mucho tiempo que esperaba.
—¿Qué cosas?
—Tus cosas, tu ropa, tus papeles.
—Vale, ¿tienes una bolsa?
Monaguillo se queda parado: está descubriendo, muy deprisa, que solo con entusiasmo no se puede ir por el mundo, bufa y desaparece. Yo salgo de la cama y comienzo a vestirme, mientras observo que mis compañeros de dormitorio se mueven rápidos y en silencio; ellos sí que parecen tener cosas que recoger y bolsas donde meterlas. No he acabado de ponerme los pantalones, cuando Monaguillo aparece de nuevo entre la casi oscuridad —debe ser muy temprano, apenas se filtra luz del exterior— y arroja un macuto caqui sobre mi cama antes de desaparecer de nuevo. La ansiedad que hay en el aire está comenzando a contagiarme, ¿dónde vamos?, ¿por qué? ¿No hay desayuno?
Sí que lo hay. Sentado entre dos matronas, en el asiento trasero de un Renault 18 familiar —en muy buen estado para lo antiguo que es—, me dan un sándwich mixto todavía caliente y un pequeño cartón de una bebida de leche con cacao, ambos salidos del zurrón floreado de una de ellas —es un bolsón bonito, veraniego; las flores, muy coloridas, están bordadas usando lana reciclada—. Yo, recién levantado, tengo hambre; así que me lo como mientras doy una ojeada al paisaje. Vamos hacia el sur, eso es lo que indica la posición del sol y los carteles de la carretera.
El cielo está despejado. Hará un día magnífico, un día de sol y playa. Es lo que parecemos opinar todo el grupo que viaja en el coche, es por eso que llevamos atadas a la baca sombrillas, mesas y sillas plegables, y lleno el amplio portaequipajes con un montón de bolsas y neveras de playa. Somos la más fiel representación de un grupo de amigos urbanos que marcha hacia el mar.
Renunciamos a las playas del Maresme, que están a tocar, y rodeamos la gran ciudad por las pequeñas carreteras de la sierra. Luego buscamos el río para franquearlo y volver a trepar la cadena litoral. Después cruzamos en silencio una alfombra verde de viñas que nos lleva hasta la línea de la costa. El camino se hace más lento, hemos renunciado a la autopista y vamos atravesando, o rodeando, uno a uno los pueblos. Aun así tenemos suerte, el tráfico no es espeso, solo nos detenemos en algún que otro semáforo.
Ignoramos el desvío que lleva a las plantas químicas y después el del parque de atracciones que, aunque está bastante lejos, deja ver sus gigantescas montañas rusas como pinceladas de acrílico en el cielo sobre el horizonte.
El paisaje se va volviendo más agreste y las poblaciones se van espaciando mientras continuamos hacia el sur. Observo los rostros de mis compañeros de auto, son totales desconocidos para mí, he compartido un espacio con ellos, pero no sé nada sobre quiénes son; solo sé que comparten un destino, el querer influir en él. Dentro de este auto todo el mundo —menos yo— parece muy decidido, muy callado. Agobiado por el silencio —una cosa que no me solía agobiar— recuerdo que soy el cronista y de puro aburrimiento me pongo a ello, con la facilidad con que te calzas unas zapatillas viejas.
—¿Cómo creéis que seréis recordados?
Las miradas se cruzan entre ellos. Mi pregunta les sorprende, además de por el contenido, quizás porque no les debo haber parecido, hasta ahora muy hablador. Tengo la sensación de que antes tenían órdenes —ellos dirían consignas— de no decirme nada que pudiera comprometer su misión. Su primera reacción es quedarse callados; pero yo no pregunto por ahora, pregunto por después, pregunto por ellos. Una matrona abre y cierra la boca, el Monaguillo mira interesado por la ventana, el chófer al final contesta.
—No sé mis compañeros, pero yo no pienso en eso. Sería como... esperar una retribución, ¿no?
El resto del pasaje asiente y murmura, menos el Monaguillo más interesado en lo que ve por la ventanilla que por el interviú. El chófer ha tomado aire y continúa.
—Además: ¿recordados por quién? Aunque se cumplan todas las expectativas... El enemigo, los otros, no tienen por qué aceptar la fuerza de los hechos, el nuevo status quo.
—No lo harán nunca. Los medios, sus medios, dirán... —deja en el aire una de las matronas.
—Dirán lo que quieran, pero la evidencia será la evidencia —le contesta la otra.
—Mejor me lo ponéis —retoma su declaración el chófer— seremos recordados por ellos como locos, como criminales. Encontrarán en nosotros señales de nuestra depravación desde la infancia. Escupirán en nuestras tumbas. Ni eso: no tendremos derecho a una tumba, nos arrojarán al mar o a un vertedero. Si triunfamos... muchos, de nuestra propia gente, solo podrán vernos como males necesarios. Pero eso no importará, porque la patria volverá a ser plena.
El chófer calla, toma un tanto de aire, rebusca en sus reservas de… de lo que sea, continúa.
—Triunfemos o fracasemos, creo que unos nos maldecirán durante mil años y otros simularán que nunca existimos. Aunque ahora que lo pienso, eso es una manera como otra de no ser olvidado nunca. ¿No?
Una de las matronas ríe con una risa corta que parece un gruñido, la otra —la de los bocadillos— se pica los muslos —le he visto hacer este gesto a muchos de ellos, creo que copian inconscientemente a Uno—. El chófer me mira a través del retrovisor, parece esperar mi conformidad; yo solo escucho, así que él continúa.
—Pero yo no deseo esto, ni nada para mí, yo lo que espero…
—Esa furgoneta. ¿Siempre estamos llevándola detrás?
Es una furgoneta negra como la muerte, un trasto pesado. El R18 no es que sea ligero. Me viene a la cabeza que lo importante, en esta situación, es mantener el impulso y que frenar o soltar el gas es una idiotez; sé que lo he leído en alguna novelucha. Nunca tendría tiempo de explicarlo, pero el chófer parece conocer su trabajo, porque el motor ruge como una bestia —o soy yo quien lo imagino porque deseo que pase— y no perdemos la dirección de marcha. Aunque nos bamboleamos un poco y, por eso, me hundo alternativamente en una y otra de las matronas, que bufan con el choque de mi cuerpo. Nuestro coche pierde la partida y gira sobre sí mismo entre chirridos —el paisaje de pinos, interrumpido por: un local de comida rápida, una tienda de náutica y un lavacoches automático, va pasando de una a otra ventanilla mareándome—. El chófer gira el volante, en dirección contraria al carrusel, y el auto recupera tracción y agarre.
Ya no vamos hacia el sur, sino que parece que volvemos al norte; solo es por un segundo. Ahora el chófer tira del freno de mano y la ranchera gira sobre sí misma —perdiendo una de las sombrillas, que sale despedida desde la baca donde estaba atada, golpea el suelo y se abre en un estallido de rayas de colores— y recupera su dirección original.
Acelerando, cien metros al frente, la furgoneta negra sigue nuestra propia dirección. El chófer pisa a fondo: tiene la mandíbula rígida y su labio inferior dibuja una mueca de desprecio. El Monaguillo le mira y le suelta un flojo puñetazo en el hombro.
—Despierta, ¿qué pasa? ¿Quieres continuar jugando a los autos de choque?
El chófer por un momento parece que le devolverá el puñetazo con intereses, pero afloja la presión sobre el gas.
—Deshagámonos del coche, ¡Dios! ¿Habéis visto la gente? Toda esa gente lavando el carro. Nos ha visto la mitad de Tarragona. Ahora mismo están llamando a los guardias —dice.
—Por eso lo han hecho aquí. ¡Putos lejías!
Todos están de acuerdo con el Monaguillo. Menos yo, claro, que no tengo zorra idea de quiénes son los lejías. Un segundo después tomamos por una carretera secundaria que lleva hacia alguna urbanización, pero la abandonamos al poco, para meternos en un camino agrícola, y luego en otro, más pequeño y peor mantenido; hasta que acabamos a la sombra de un algarrobo. Cuando se apaga el motor, nadie dice nada, nadie se mueve; todos están muy ocupados en recuperar el aliento. Escucho, fuera del coche, a todas las chicharras del mundo, que parecen haberse puesto de acuerdo para interpretar su canción aquí y ahora.
—¿Quién demonios era esa gente? —pregunto.
Nadie me responde; pero mi voz les saca de la estupefacción y las puertas del auto parecen abrirse todas a la vez. Parecen seguir un plan, porque se ponen a desmontar todo el equipo de playa a toda velocidad.
El chófer extiende sobre el capó un plano —que me parece muy detallado— de un trozo de la costa e intenta sobreponerlo a uno de carreteras, con la ayuda de una brújula y muchas miradas aquí y allá. Las muchachas llenan y rellenan los macutos. El Monaguillo vacía las neveras de playa y de dos patadas las rompe. Dejando a la vista un falso fondo, donde hay armas cortas que reparte entre todos. Entre todos no, a mí no me da ninguna. Parece esperar que me queje, por hacer esta excepción conmigo, y me desafía con la mirada, mientras oculta la pistola en la cintura. El chófer se reconcilia con su brújula y los planos, y sin decir nada, solo con un gesto silencioso, se pone en camino guiándonos hacia los márgenes y las terrazas que conforman un paisaje amarillo y seco.
Nadie habla, nadie me invita a unirme a ellos, pienso en quedarme aquí sentado. Dejarlos marchar en pos de su santa misión, no me parece una buena idea seguirlos, pero tampoco quedarme. A regañadientes me pongo en marcha, soy el último de la fila y me doy cuenta, de golpe, de que eso acojona bastante.
Conozco este terreno, son tierras viejas y secas, pedregosas, pobres, y rellenan el espacio entre peñascos que todavía guarda el recuerdo de haber sido parte del fondo del mar. Más al norte, también más al sur, allí donde los peñascos se transforman en montañas y se alejan del mar, encontrarías campos como estos más extensos. Allí, como aquí, el ingenio de los hombres consiguió sacarle provecho, con los algarrobos, los almendros y las oliveras; aunque ahora estos bancales estrechos parecen solo un poco menos que abandonados.
El camino hace subida, una lenta y eterna subida aliviada por pequeños repechos. A veces se torna senda y casi desaparece entre arboledas de pinos bajos. El sol comienza a estar alto, las chicharras cantan más alto si es posible y nuestra fila se va estirando. Siento que, si quisiera, podría ir más deprisa, pero me limito a mantenerme a tres pasos de quien llevo delante, que ha acabado siendo la matrona de los bocadillos, que resopla y mueve su exceso de carnes dentro de un chándal desbocado. Me parece que murmura algo. Llego a pensar que está rezando, dudo si preguntarle ¿por qué o por quién rezas?, ¿rezas por ti o por mí?, ¿quién crees que te escucha?
Son preguntas que me siento impulsado a hacer, después de toda mi indiferencia. Ahora, que la cuesta se hace tan pronunciada, tengo la curiosidad de preguntarle, a la mujer que va delante de mí: por qué no está trabajando en unos grandes almacenes o criando hijos o presentando un programa de cocina en la televisión, en vez de estar jugando a los terroristas por los campos de Tarragona. ¿Tiene alguna respuesta? Supongo que sí, al menos una que le sirva para ella. ¿Y para mí? ¿Por qué estoy en este momento trepando por un camino, que se deshace bajo mis pies, mirándole el culo a una muchacha sobrada de peso, no ya desde un punto de vista estético, sino de salud?
María Sarmiento, jodida mala puta. ¿Había una cláusula, en todas sus contribuciones, que de alguna manera me implicaba? Siempre pensé que nuestra relación se agotó por sí misma, que hubo un consenso en ello o quizá es así como quiero verlo. Igual ella se ofendió sobremanera el día que llamó a mi puerta y yo no estuve allí, para dejarme insultar antes de que pudiera utilizar mi pene para su satisfacción.
La reina de los bocadillos resbala enfrente mío, ahoga una maldición e interrumpe mis pensamientos. Sin pensarlo, la ayudo a levantarse. Tiene la cara muy colorada, diría que está al borde de la apoplejía —esto solo es una frase hecha, porque no sé qué es exactamente una apoplejía, digamos que tiene muy mala cara y los ojos vidriosos; no es una muchacha acostumbrada a hacer excursiones—, ella resopla aún más y murmura algo que parece un agradecimiento.
El camino sigue subiendo, y más adelante un repecho oculta el resto de nuestra frágil columna que ha continuado avanzando. Ella bebe con escrupulosidad de una botella que ha sacado del zurrón floreado —manteniendo el gollete por encima de sus labios entreabiertos y dejando caer un hilo de agua entre ellos— y después me la ofrece, todavía estoy intentando imitar su manera de beber, sin llenarme la cara de agua, cuando escucho los disparos.
Me quedo clavado, ella rebusca en la bolsa y saca su arma. Nunca he visto a nadie que parezca más ajeno al concepto de arma, pero mira: ahí está; con esta en la mano. Intenta montarla —como hace todo, con pulcritud, con la punta de esos dedos gordezuelos y sonrosados, que parecen diseñados para hacer pasteles, pellizcar mejillas de niños felices y acariciar gatos—, pero se le escapa el cerrojo de entre el índice y el pulgar sudados.Vuelve a intentar montar el arma, ahora desliza la corredera con la palma —en una manera que me parece más ortodoxa— consiguiendo, no sé cómo, que una bala salte en el aire, desde lo que llaman ventana expulsora —¿ya había conseguido montar el arma al primer torpe intento?— y le golpee en la mejilla, asustándola tanto que deja caer la pistola al suelo. Se escucha un estampido y un agujero redondo aparece en su frente y se derrumba.
No me lo puedo creer; me pongo a mirar estúpidamente alrededor, buscando un inexistente testigo que me confirme que lo que acabo de ver es real, no una alucinación. Los algarrobos retorcidos ni afirman ni niegan nada, se limitan a permanecer como han hecho en los últimos doscientos años. Ese es el mensaje: no hay respuestas, tú solo permanece.
Dos detonaciones más me devuelven al instante; han sonado más cercanas. El repecho que antes ocultaba ahora revela al Monaguillo que corre —¿corre?, casi vuela: saltando de piedra en piedra y de repecho en repecho, en una frágil alianza con la gravedad y el desnivel—, hasta detenerse a pocos metros de mí. Su cara desencajada se desencaja más al ver el cuerpo en el suelo. Sus labios parecen retraerse enseñando un montón de dientes pequeños y amarillos, levanta el arma y me encañona —esto comienza a parecerme una costumbre de muy mal gusto.
Yo primero intento hablar, y señalar a la pobre tonta que yace muerta a nuestros pies, y al arma un poco más allá —que por cierto: el orificio del cañón parece mirarme, como todos los orificios de todas las armas que se acercan a mí últimamente, que son todas las que lo han hecho en mi vida; porque yo siempre he sido más de hacer el amor que la guerra—, pero decido que al Monaguillo le da igual lo que pueda decir y escondo la cabeza entre los hombros y busco refugio tras el algarrobo más cercano mientras escucho unos, dos y después un tercer disparo que me parece más lejano y de un timbre diferente.
Me quedo quieto, encogido tras la retorcida madera que, la verdad, no me parece muy sólida, tengo una piedra en la mano, no recuerdo cuándo la he recogido. Es una buena piedra —un disco ni muy grande ni muy pequeño— que parece hecha a medida de mi mano. No es gran cosa, pero los lobos hace diez mil años que decidieron que mejor no acercarse a ninguno de los putos monos calvos cuando tuvieran una en la mano. ¡Qué ridículo!, me estoy contando una historia para no cagarme de miedo. Decido que no tengo otra; asomo la cabeza un segundo por el lado contrario del algarrobo y lo que veo es al Monaguillo derrumbado en el suelo con el culo en pompa, como si se dispusiera a recibir un encargo por la puerta trasera y, un poco más arriba, a Serenidad —sí, el del gorrito de "soy un asno porque el jefe lo dice"— con una ¿carabina? —no parece un arma muy gorda, no lo llamaría escopeta, tampoco tiene las formas largas y estilizadas que asocio con un rifle, digo carabina porque... Al fin y al cabo, como soy escritor me siento más cómodo si soy capaz de ponerle un nombre a las cosas—. He oteado a Serenidad justo en el gesto de apartarse el arma de la mejilla. Gesto que interrumpe cuando me ve tras el árbol, sonríe encantado de verme, acerca la carabina a la mejilla nuevamente y me dispara —qué manía tiene la gente de hacerlo— una, dos, tres veces... detonaciones que suenan falsamente inofensivas, como las piulas de la noche de San Juan. Esos petardos diminutos que son la iniciación de lo más pequeños en el terrorismo y la devastación.
Con la espalda pegada al rasposo algarrobo, oigo cómo un sonido como de cremallera gorda, que supongo que es el que hace al montar el arma entre disparos con; tras el que hace cuatro me aparto del árbol y le tiro la piedra. Se la tiro fatal, le pasa medio metro a la derecha y lo único que consigo es sacarle una risita a Serenidad, que no parece casar con su careto de hijo de puta rencoroso. Vuelvo a escuchar el sonido de cremallera mientras tanteo en el suelo buscando otra piedra; cuando escucho una voz conocida.
—Serenidad, ¿qué estás haciendo?, hemos quedado que fuerza la justa.
Silencio, no más disparos, no más cremallera gorda ni resbalar de piedras y tierra. La misma voz vuelve a imponerse a los elementos y a los hombres, cosa que tengo la sensación de que tiene mucha práctica en hacer.
—¿Además, no reconoces al señor? —continúa la voz.
Me atrevo a asomar la cabeza un pelo y, ahora, el tipo aquel que me regaló flores está en el centro de la composición. Lleva el mismo traje —o uno del mismo estilo— que cuando me visitó en mi casa hace... no recuerdo cuándo; parece en otra vida o hace un rato.
Serenidad tiene la mandíbula descolgada, como si la respuesta que tenía preparada se le hubiera caído al suelo y todavía se la estirara desde allí. La cara del Querubín Trajeado pasa suavemente de la interrogación a un ligero fastidio para continuar hacia lo que no sé llamar de otra manera que tolerancia y perdón antes de continuar caminando hacia mi precario refugio, donde me ofrece la mano para que se la estreche.
—Me alegra de volver a verle. ¿Ha visto qué desastre? ¿Cómo ha llegado usted aquí?
—Recibí una invitación y me encontré con que no podía negarme. El resultado es que me han ido empujando de un lado hacia otro y he acabado aquí.
—Empujado, me siento exactamente igual. Me encantaría charlar un rato con usted, pero ahora mismo estamos un poco liados… ¿Por qué no se une a nosotros? Como observador, quiero decir.
Su cara franca y ancha me da un poco de repelús. ¿Por qué? ¿Por qué va por el mundo acompañado con tipos que llevan carabinas de repetición? ¿Porque desconfío de los líderes, más de los religiosos? ¿Por qué estoy lleno de prejuicios? Miro detrás de mí, tampoco es que tenga muchas alternativas allá abajo.
—Me parece descabellado, caballero; pero no más de lo que es mi vida últimamente. Le acompañaré, sin ni siquiera preguntarle a dónde vamos.
—No es necesario que lo pregunte —dice mientras gira sobre sus talones y se pone en marcha— usted mismo puede verlo allí adelante.
Camina ligero, como si en vez de una pronunciada cuesta lo hiciera en un salón de baile; tiene tiempo de posar su mano en el hombro de Serenidad y confortarlo —este no parece agradecer su contacto; ocupado en gruñir por lo bajo y recargar la carabina con un montón de balas pequeñitas y jodidamente mortales—, antes de llegarse por delante de nosotros hasta el repecho, donde un poco más allá, se detiene y con un amplio gesto de la mano parece descubrirme el paisaje.
A partir de ahí, el terreno desciende hasta el mar bastante bruscamente en dos o tres lomas de piedra gris y arboledas de pinos de un color verde claro; la mano del hombre ha partido el paisaje transversalmente primero con la cinta gris de una autopista y después con una vía de tren; y ya junto al mar ha construido algo que parece un silo gigante de hormigón rodeado de garajes, pero es una versión moderna del infierno.
—¿Eso es una central nuclear?
Acierto a preguntar. Aunque sé perfectamente que sí; hasta debería conocer el nombre —un nombre seguido de un número, era así, seguro—. Pero ahora es uno más de esos sustantivos que han desaparecido de mi mente, dejando huecos oscuros e impenetrables, confirmaciones de que algo que estaba allí ya no está.
El Querubín Trajeado —¿cómo coño se llamaba?— hace un gesto triste y afirmativo a la vez y comienza a descender hacia ella con paso seguro hablando por encima de su hombro conmigo.
—¿Así que recibió una invitación? Es curioso, encontré otra para usted entre un montón de… es igual. Disculpe que no se la hiciera llegar: en aquel momento no sabía cómo ponerme en contacto con usted y por lo que veo coincidían las fechas. No me la tome muy en serio. Me pareció una invitación interesada, como cuando alguien distante te invita a un festejo, solo para obligarte a hacer un regalo. Sus acompañantes, ¿tiene idea de cuántos eran?, ¿cuántos vehículos?, ¿o guarda algún tipo de lealtad o agradecimiento para con ellos y prefiere callar?
¿Lo guardo? ¿Estos tipos…?
—Dos docenas, tres o cuatro coches, ¿más, menos?, no lo sé. ¿Es esto lo que pretenden... tomar la central?
—Bueno, no puedo asegurarlo, pero... no se me ocurre otra conclusión de los datos que tengo.
—¿E intenta detenerlos, usted?
—Sí, yo y Serenidad, perdón, Serenidad y yo.
—¿No es una tarea... más propia de las autoridades?
—¿De qué autoridades? Me parece que, en este caso, se encuentran divididas en cuanto a las medidas a tomar.
—¿Unos pirados quieren tomar una central nuclear y no saben qué medidas tomar?
—¿Pirados? Para mucha gente, gente dentro del mismo gobierno, no son pirados, son patriotas. Quizás equivocados en la táctica, pero en absoluto en la estrategia, en el fin último. He llegado a la conclusión de que están dispuestos a dejarlos actuar, renegar de ellos si fracasan y si triunfan recoger los frutos.
Yo no acierto a decir nada más y le sigo. Bastante más abajo acierto a descubrir una hilera de los que desde aquí parecen cochecitos de juguete pintados de camuflaje, interrumpiendo la línea casi amarilla que debe ser un camino de cabras. El Querubín Trajeado también los ha visto, chasquea los labios con disgusto y saca del bolsillo de su chaqueta unos pequeños gemelos —más adecuados para ir a la ópera que para la campiña— y se enfrasca en lo que me parece una detallada observación de los bultos manchados de verde.
—Parecen soldados o la Guardia Civil o vete a saber. Sectores del gobierno central también están al tanto. ¿Los ve?
Dice ofreciéndome los gemelos, pero yo los rechazo.
—Los he visto, ¿por qué no están custodiando las entradas, los muros?
—No quieren ser vistos. Sospecho que debe haber muchos más en el interior apostados. Su plan debe ser detenerlos cuando ya hayan forzado la entrada.
—¿Por qué no antes?
—Quedará mejor en las noticias. Alguien, en la capital, ahora mismo, se frota las manos convencido de que va a tener la excusa perfecta para aplastar definitivamente el nacionalismo de este rincón del país y de paso catapultar su carrera. ¿Conoce las teorías del Doctor Laurence J. Peter? ¿que el mando siempre acaba en manos del estúpido más decidido? ¿En las de alguien que ha llegado a su nivel de incompetencia y sigue allí por incompetencia y avaricia?
—¿Peter? ¿Es real? Pensaba que era una leyenda, como Murphy.
—Murphy, en realidad, se puede decir que también existió, era el acrónimo de un estudio de la US Navy. Me encanta charlar con usted, tengo la sensación de que nunca le van a sorprender mis referencias, mis citas. Eso facilita la comunicación, la hace ligera. Alejémonos de aquí, vayamos en aquella dirección. Intentar acceder a las cercanías de la central directamente es complicado. Vayamos a la playa, creo que estará mucho menos vigilada, tanto unos como otros serían muy visibles allí. Esperaremos nuestro momento.
—¿Continúa con su intención de intervenir en los hechos? ¿No cree que la presencia de los soldados impedirá que tomen la central?
—No podemos permitirnos el riesgo de que lo consigan.
Yo no veo cómo puedan hacerlo, hay soldados al frente nuestro —en realidad al frente no, un poco a la izquierda y muy abajo, apunta una vocecita en mi cabeza—, soldados en el interior —que no has visto, insiste la voz— y Uno Más y su gente son solo... un puñado de gilipollas suicidas. Más o menos lo mismo que es un soldado, dice el Pepito Grillo de mi conciencia, que ha decidido salir del armario en el momento menos indicado. Le hago callar: los gilipollas de verde tienen enormes rifles de asalto y la gente de Uno —por lo que he visto— pistolitas del año de la catapún que se disparan solas: es imposible que lo consigan. La figura del traje frente parece dispuesta a continuar con su paseo, solo se detiene un segundo más para arrancar una ramita de romero y llevársela bajo la nariz.
—¿Cómo puede estar tan seguro de que pueden conseguirlo? —pregunto, según lo hago me pregunto a mí mismo: ¿conseguir el qué, exactamente?
—He tenido un sueño —dice mientras aspira el aroma de la ramita.
—¿Un sueño?
—No espero que lo entienda, por eso mucho menos debería esperar que me crea, pero he soñado este momento y sé lo que va a pasar. ¡No!, sé lo que puede llegar a pasar. ¿Quiere saberlo?
La pregunta me pilla de sorpresa. La respuesta me sale desde algún punto muy profundo de mi mente, un punto que todavía respira con branquias.
—No —escupo.
—Lo esperaba. Le he leído, he leído todas sus irreverencias, sus salidas de tono, su destilado de misantropía. Es usted bastante divertido, a la vez que falsamente ligero; he de reconocérselo. Usted ya sabe lo que va a pasar. Dios me concede iluminaciones puntuales, profundas. A veces he pensado que, a otros como usted, se las da en manera diferente, de una forma más pausada, continua... pero el conocimiento al fin es el mismo. ¿No?
Conocimiento, no sé de qué hostias habla este tipo; solo sé que está como una regadera. Como los tipos vestidos de verde de abajo, los capullos muertos a nuestra espalda y los que andan por ahí, en coches viejos, hablando de la patria... y cuando tantos idiotas se juntan todo acaba en… desastre. ¡Todo va a acabar en un gran y colosal desastre!
Entonces comprendo que eso es lo que dice que ha soñado, como si hiciera falta que Dios te iluminase para llegar a la misma jodida conclusión. Abro la boca, no sé qué voy a decirle; no importa, otro pensamiento, un recuerdo instantáneo, cruza por mi mente y se apodera de mi lengua.
—El síndrome de China.
—¿Qué?
—Una película de catástrofes, una película de catástrofes, que vi con María Sarmiento.
El Querubín Trajeado, asiente ligeramente, se encoge de hombros más suavemente todavía y continúa su camino. Me pregunto si se ganaba la vida como mimo, o esta capacidad gestual la enseñan en el colegio de predicadores, María Polanco seguro que lo sabe.
—¿Qué va a hacer ahora? ¿Qué vamos a hacer? —pregunto.
—Usted no sé, nosotros continuaremos, caminaremos hacia la central y... ¿sabe algo sobre los reactores de agua a presión? Es igual, no importa, yo sé bien poco, solo sé que nadie... se puede acercar a él, no importa el motivo que esgrima.
—Los soldados…
—Nadie, ¿entiende?, nadie.
—No conseguirá entrar.
—Debería estar de acuerdo con usted, pero soy un hombre de fe y esta ha de ser puesta a prueba.
—Le pegarán un tiro.
—Escuche, sé que es muy posible que hoy muera. Sé que Serenidad también, él lo sabe. Lo hemos aceptado, es nuestro destino. Bajaremos hasta allí y será lo que Dios quiera. Por supuesto no está usted obligado a seguirnos. No quiero sonar como un vidente, pero me parece que usted tiene su propio karma, su propio destino. Sígalo si le es posible.
Y nuevamente continúa su camino, por un momento parece resbalar un poco y es cuando me fijo que no lleva un calzado muy adecuado para caminar por la montaña; son unos zapatos de piel marrón, de cordones y brillantes como castañas, aunque llevamos mucho tiempo zascandileando por caminos de cabras y ahora ni eso. Serenidad pasa a mi lado sin dedicarme una mirada y me deja atrás, lleva la carabina colgando del hombro, oculta dentro de lo que parece una funda de caña de pescar, ¿qué se puede pescar por aquí? Dragones, hay ahí uno, al frente.
Durante treinta segundos mientras ellos se van alejando imagino a Uno Más retirando las barras de grafito —que envuelven el núcleo, como sabían todos los niños de primaria, cuando yo lo era— y amenazando al mundo con líarla parda si no reconocen a su amada patria. La imagen se me mezcla con el recuerdo de la cara de la matrona de los bocadillos con la frente agujereada por su propia pistola, un agujero limpio, no como el de la cara del Poli Feo, un desgarro instantáneo y horrible. Me estremezco, creo notar otra vez el salpicón de sangre en mi cara e intento pensar en otra cosa, en algo alegre, en algo bueno.
Y me viene a la mente la sonrisa de una chica —una niña— de la que estaba enamorado en el colegio y con la que nunca me atreví a hablar, porque yo era muy tímido, muy apocado, muy niño y tenía que pelear continuamente porque a los otros enanos no parecía gustarle que yo fuera así. Que yo fuera yo.
Y no sé qué relación tienen todas estas cosas, pero me pongo a andar, siguiendo el camino del puto cabrón del traje y sus mensajes divinos, que anda allí cincuenta metros por delante de mí.
