El caso Sarmiento -Capítulo XVI- Vieja gloria

 


Teodora. Emperatriz en Bizancio

Un día, otro, otro. Tras la cena, la gente se reúne en alguno de los cobertizos que aquí y allá se reparten por la propiedad. A veces escucho cómo sale, desde el interior de alguno, el petardeo de pequeños motores. En otro sé que los trastos ocultan una escalera que desciende a un sótano, que imagino como una sala de tiro a juzgar por el olor que creo adivinar en el aire. Un tercero, cuando tiene las puertas abiertas, deja ver lo que parece un aula en la que se junta la gente. El fin de estas reuniones me es desconocido. Parte de mí se sorprende de que no me pueda la curiosidad, que no invente historias sobre los temas que tratan en estos sínodos, que planes se tejen para el buen devenir de la patria. Uno y sus acólitos hablan de patria, no de nación, ni de país. La patria, un padre severo que siempre exige obediencia, respeto, sacrificio, ¿a cambio de qué? ¿Una cierta satisfacción personal al saber que inequívocamente perteneces a algo? ¿Certeza de continuidad tras tu inevitable extinción?

Soy un descreído, que sin duda es lo peor que se puede ser en estos ambientes. Una posición peligrosa que me es difícil disimular; por suerte, mis anfitriones sí que parecen poder hacerlo y no manifiestan molestarse por mi herejía. La única que no tiene miedo de demostrar su censura hacia mí es María José; sin disimulo me vigila con el ceño siempre fruncido. Ahora mismo que he levantado la vista por unos momentos de los papeles en los que trabajo —trabajar, eso es decir mucho, digamos que intento ordenar mis impresiones— he descubierto su mirada fija en mí, mientras habla con quien hoy cumple la función de ser mi disimulado guardián. ¿Qué le consulta?, ¿qué instrucciones le da? Se me ha rogado —o sea, no exactamente prohibido— que me mantenga lejos de las reuniones privadas, del interior de los cobertizos y yo así lo hago. Creo que ella no renuncia a ver cómo traiciono esta confianza o alguna otra y así poder... no sé qué exactamente, quizá abrirme el cráneo con el golpe de una de esas azadas, que hay por todas partes olvidadas, como si quien las usaba estuviese a punto de regresar en cualquier momento.

Cae la noche. Las tareas o los rezos a Baal deben haber acabado y gente sonriente aparece en el dormitorio comunal. Max —su brazo inmovilizado, su clavícula soldando correctamente, el más alegre de todos como siempre— enciende el televisor y sube el volumen para que las noticias inunden el recinto. El gobierno central herido de muerte por la corrupción ha caído; el principal partido de la oposición consigue formar gobierno, con un exiguo y condicional apoyo del resto de las formaciones políticas. El presidente dimitido en un último gesto —que solo sé interpretar como la expresión gráfica de aquella cita atribuida al antiguo dictador que decía: después de mí el diluvio—, convoca elecciones primarias en un partido muy poco acostumbrado a la democracia interna. La primera sorpresa es que la enorme masa de militantes de la que siempre ha alardeado es falsa. Más del noventa por ciento de ellos no está al corriente de pago de las cuotas ni participan en ninguno de los órganos del partido: eso confirma que su financiación es fraudulenta a unos niveles mayores que la que castigan los jueces. La segunda es la victoria en las primarias de un candidato tan joven como rancio, de dudosa formación en leyes —ya que su título de abogado parece un regalo de rectores de universidades subvencionadas—. Los espectadores de la noticia abuchean por lo bajo la aparición en la pantalla del dimisionario presidente, el cual renuncia a todas las prebendas que merece por su cargo —mejor dicho, por su excargo— y se deja filmar por las unidades móviles de todas las cadenas jugando al dominó y fumando puros. Es un tipo que siempre me ha producido cierta antipatía no muy meditada por el mero hecho de ser quien es y estar donde estaba —cada día me doy más cuenta de lo lleno de prejuicios que estoy—. Así que cuando tengo la revelación de que puede ser que en breve lo añoremos y comencemos a reinterpretar lo que antes llamábamos pasividad como prudencia no quiero creerla, aunque solo hay que escuchar las declaraciones del nuevo líder para planteárselo. Estas declaraciones parecen el eco de las de un nuevo partido, surgido aún más a la derecha, al que cojo manía inmediatamente, no tanto por su declaración de principios, sino por nombrarse a sí mismo con un latinajo, ya que considero todos como de mi exclusiva propiedad. Urbi et orbi.

Como demostración fehaciente de la segunda ley de Newton, los nuevos líderes de la derecha centralista —coreados al fondo por casi todos los antiguos— defienden que la manera de enfrentarse al independentismo es la supresión de todas las formas de autogobierno, fuente de la destrucción de la identidad de la nación y el endeudamiento; idénticos males de los que son acusados por la periferia los paladines de la centralización del poder.

 Aun así, he de reconocer que soy —cada día más— un hombre falto de criterio. Si bajo mis defensas y olvido lo que puedo llamar la base de mi ideología —que no es importante dónde los hombres nacen, sino que todos mueren— y escucho a las partes, ninguna me parece que vaya desencaminada del todo en sus quejas y pretensiones. Hago el esfuerzo de recordar que no mienten en lo que dicen, sino en lo que callan y que la sociedad parece funcionar pese a ellos, no gracias a ellos. Que cuando cualquier grupo determinado ha conseguido tomar el control total de esta siempre se ha producido un desastre.

—Tiene usted problemas con la autoridad —me asegura Uno Más. Un nuevo día volvemos a estar en un rincón del huerto. Le encuentro más excitado que de costumbre, ¿se refiere a la circunstancia de que soy perseguido por las fuerzas de la ley, acusado de cargarme, de un tiro en la cara, a un pasma, a un bofia, a un madero, a un ser humano cuyas últimas palabras fueron mostrar interés por mí, o ¿a algo más profundo, más genérico? Metido como estoy en mis reflexiones, creo que se refiere a esto. Además, no puedo negar que tiene razón. Tengo la sensación de que detrás de la autoridad siempre hay imposición, fuerza, que en realidad nadie la acepta, excepto cuando saca algún provecho. La gente hace sus vidas procurándose mantener lo más alejado posible de ella en todas sus formas y cruzando los dedos para no tener que solicitar su participación. Como algo tengo que decir.

—Podríamos decir que sí, a la vista está mi situación.

—¿Cuál cree que es el motivo de su... persecución?

Pues, parece que Uno no se interesa por el fondo de mi psicología, le apetece más hablar de mis avatares recientes. No me parece muy inteligente contestarle que es porque diferentes grupos piensan que tengo la pasta de los Sarmiento. Aunque algo de esta molla sí creo que llegué a tenerla.

—No sé qué podría aportarles, ahora soy un perseguido, y antes no es que mi situación fuera nunca muy boyante.

La mirada de Uno se suaviza, parece aliviado; yo no lo estoy.

—La verdad es que lo imaginaba. No importa, en realidad, ya no va a ser necesario.

Uno acompaña su declaración con un gesto de la mano y una sonrisa; yo intento alejar la conversación de mis haberes.

—María... No me explico tanto empeño en implicarme.

—¿Quiere mi opinión? Esa mujer quería demostrarle algo. ¿El qué? Si alguien lo sabe debería ser usted.

No contesto, ya lo he pensado por mi cuenta antes. A veces creo ver la respuesta por el rabillo de un ojo imaginario, pero prefiero mirar hacia otro lado. ¿Qué querías enseñarme, María? ¿Qué tenía que comprender? ¿Que yo no era nadie? Ya me lo ponías claro, siempre, antes de follar. A Uno no le intimida mi silencio y continúa con su discurso.

—A la vista de los hechos usted, nosotros, solo éramos, parte de una retorcida fantasía en que ella era una especie de protectora de la nación, de impulsora de la historia. ¡Era la abeja reina!, y los demás zánganos que seguimos sus indicaciones. ¡Se equivocó!, creía poner fuerzas en marcha, pero esas fuerzas ya estaban allí. No creo que fuera consciente de la inercia que estas tenían ya.

Uno se da una palmada en los muslos para remarcar su discurso. Parece satisfecho, cree en su declaración, esta le vindica. Hoy está eufórico. De golpe le encuentro un parecido a Mao, un Mao con más pelo, no mucho, la verdad. Continúa hablando, ¿nunca se va a callar este hombre?

—Dicen que está en el espíritu del mismo país el gusto por pagar las deudas, no importa con quién las contraigamos. Llegado el momento decisivo. decidimos cumplir el trato y acercarnos a invitarle a ser testigo. ¿Por la posibilidad del apoyo futuro que pudiese proporcionarnos? Quizás, pero sobre todo porque no creíamos, sinceramente, que aceptase nuestra invitación. Como se encadenaron las circunstancias, hasta que usted acabó aquí... son la confirmación de que nuestras presunciones son solo eso, presunciones.

Uno da un trago del botijo esmaltado y mira hacia el ocaso. No dudo que me está ofreciendo su perfil, para que lo memorice. El perfil de un líder oteando el futuro y las miles de responsabilidades que allí le esperan. Cuando se cansa de posar adopta un tono de humildad.

—Me alegro de haber cumplido nuestro compromiso y haberle traído aquí. Algunos pensaban que usted no sabría cumplir los suyos; que podría demostrar una curiosidad excesiva por nuestro día a día y que esta podía ser un problema.

Uno me observa; yo no digo nada. ¿Comprende que mi silencio lo que quiere decir es que, si no sé nada, es más posible que no me pegue un tiro? Porque estoy seguro de que lo harías, cabronazo narcisista, sin dudarlo un segundo. En cuanto creas que el retrato que pueda hacer de ti no te satisfará, o en cuanto te convenzas de que no tengo acceso al dinero de María Sarmiento. ¿Cuántos tipos más creen que tengo acceso a, cómo lo dijo el Poli Guapo, las claves y las cuentas?

—La curiosidad mató al gato —acabo por soltar.

—Eso es cierto, creo. De todas maneras, todas las preguntas que pueda haberse guardado pronto tendrán respuesta, todo está ya en movimiento, ¿no ve? Aquí está la prueba.

María José ha aparecido en nuestro campo de visión y ruega, con su sola presencia, la atención de Uno, que se vuelve a palmear los muslos antes de ponerse en pie y esbozar un saludo de despedida, que interrumpe antes de terminar, para sonreírme mientras me evalúa. Su gesto concede al final que he aprobado su examen.

—Afile sus lápices, mañana los necesitará.

Gira sobre sí mismo y desaparece a largas zancadas, seguido de María José que no se digna a darme una última mirada. Yo sí que se la doy, sobre todo a su culo, que en un ranking de redondez y presunta dureza sería sin duda el ganador entre todos los que se ven por aquí. Ya que en general todos los de por aquí tienen porte de posaderas de matrona, lo que, como digo siempre, puede tener su atractivo para según quién; pero no es mi caso.

Estas charlas rebozadas de educación cada vez me agotan más. Uno es un colgado, un colgado nacionalista romántico. Que en lo único que se diferencia del general de estos tipos es que él no tiene un plan para devolverle su antigua grandeza a la patria, sino uno para darle una de nueva. Y esperaba —puede que todavía espere— que una parte de la factura la pague yo.

Al rato, sin proponérmelo, llego a la conclusión de que Uno Más no es que me acepte como biógrafo, sino que desea uno. Alguien que hable de él, que eternice sus gestos y sus ideas, puede que hasta su olor corporal, y si para conseguirlo tiene que dotar de grandeza a su país… así sea.

Todo el mundo desaparece de mi vista, ocupado en cosas secretas e importantes, lo que me parece premonitorio de algún desastre. Regreso a mi rincón, me siento en la litera y dejo pasar el tiempo mirando al vacío frente a mí. Pienso en mi novela, inacabada, abandonada sobre la mesa de la que ya no creo que sea mi casa nunca más. Interrogo a los personajes sobre mi situación, les pido consejo. Por suerte no me contestan, si lo hicieran eso significaría que definitivamente se me ha ido la pinza. Después pienso en el cuento que se quedó en el hoyo, una libreta escolar cuadriculada, no dos, la segunda acabada de empezar. Era importante acabar de escribir aquello...

Un arpegio me saca de mi abstracción, la Vieja Gloria acaba de entrar en la nave tañendo su guitarra. Parece contento de encontrarme allí, se sienta en la litera de al lado, hincha los mofletes hasta parecer un arrugado pez globo, para a continuación levantar ligeramente una pierna y la nalga que cuelga de ella y soltar un cuesco ruidoso y apestoso mientras hace una pedorreta con los labios. Después se pone a reír como el chalado que es.

Yo le sigo la gracia, ventilo el aire con las manos, pongo caras terroríficas... no sé qué alternativa tengo. Su risa se estrangula en una tos y cuando esta acaba comienza a tocar. La música llena el espacio entre nosotros hasta que, de súbito, se detiene y el majara pone boca abajo la guitarra sobre sus muslos. Rebusca en sus bolsillos, de los que extrae tras un concienzudo examen una piedra enorme de hachís negro, una bolsa de tabaco y un mazo de lo que en un principio debían ser quinientas hojas de papel de fumar y ahora son sobre la mitad, dispone todo sobre la tapa trasera de la guitarra en un orden que solo él conoce y comienza a pegar dos papeles en un ángulo de noventa grados uno con otro.

—¿Tú fumas? —me pregunta.

—Lo dejé —contesto.

—¿Por qué?

—Creí que era el momento.

—¿Cómo lo supiste?

—Me olvidaba de todo, perdía la piedra constantemente, me dejaba las llaves... cosas así.

—Olvidar, a veces está bien olvidar, ¿no?

A estas alturas ya ha acabado de liar un petardo de tamaño considerable. Recuerdo que cuando era joven, mi peña llamaba a estos porros una T, por el parecido de los papeles una vez liados con la letra del mismo nombre. ¿Parecido?, yo no le veía parecido y me emperraba en llamarlo una alcayata, hasta que el mote caló. Ese día descubrí que las palabras son poderosas, las palabras pueden obligar a la gente a ver las cosas como tú las ves. Siempre he andado descubriendo la sopa de ajo.

—Pues yo todavía no he encontrado mi momento.

Afirma antes de envolverse en una nube de humo blanco; toses y risas. Con el porro colgando de un extremo de su flaca boca, vuelve a recoger todo su arsenal y abraza la guitarra contra su pecho un momento, antes de comenzar a picotear las cuerdas con algo que al principio no tiene sentido y luego parece transformarse en una melodía fúnebre.

—¿Conocías a la bruja? —masculla con el porro en la boca.

—¿Cuál bruja?

—La loca. La que les dijo que todo era posible, que todo era bueno, que todo es necesario y no sé cuántas chorradas más. Ellos la creyeron, son bastante tontos. Bueno, no tontos, les gusta pensar que todo tiene un sentido. Que pueden ser héroes, que son héroes.

—¿Tú no lo crees?

—No. He visto la sangre de los héroes, a las moscas les encanta. Las moscas no tienen buen gusto.

—¿Qué hacen aquí entonces?, ¿no es esta tu casa?

No contesta; parece más concentrado en la música. Que ahora mismo no tiene sentido, solo es un ritmo, hasta que parece atrapar una melodía y la sigue durante un minuto; hasta que recuerda que tiene un porro en la boca y vuelve a dedicar sus manos y su atención a él.

—Patria, Dios, papá, vaya mierdas. ¿Contarás esto? Ella dijo que lo harías. Todo el mundo dijo que ok, mientras aceptaban sus bendiciones y sus billetes. Ella te quería aquí, cuando todo estallase, que lo hiciese en tu cara de lamecoños. Esa mujer quería el fuego, lo acabará consiguiendo. ¿Es verdad que está muerta?

—Eso me han dicho.

—Así se pudra en el infierno.

Se levanta, sin un gesto de despedida, va hacia la puerta. Es la conversación más coherente que he tenido con él. Es el único intercambio que se puede considerar una conversación. María S. también tenía un don para despertar antipatías. Vieja Gloria se detiene un segundo antes de salir, levanta y estira una pierna y me obsequia con otro cuesco antes de pirarse entre risas. Podría haberme pasado el porro.