El caso Sarmiento -Capítulo XV- La clandestinidad

 

 

Trofim Lysenko

 



La familia, la célula, el comando —como quieras llamarlo— está compuesto por dos docenas de descerebrados y descerebradas que entran y salen sonrientes y con discreción de esta masía en las bajas colinas que observan, un poco más abajo, al Maresme y el mar.

La masía es propiedad de una vieja gloria de la contracultura del país —sí, existió algo así aquí—, muy cascado por la vida y las drogas, que se pasa el día dormitando al sol o tocando bellas melodías inconexas en una muy usada guitarra. He intentado tener un diálogo con él varias veces, pero, igual que las tonadas que le saca a la guitarra, su conversación no sigue un rumbo lineal; sino que se desvía, se fragmenta cada pocas frases, perdiendo o ganando significados; generándome una confusión que a él parece complacerle, pues cuanto más perdido me ve más sonríe.

La clandestinidad me aburre. Me hace sentir como castigado mirando a la pared, obligado a reflexionar sobre lo que pudo ser, lo que no y en lo que, desde luego, ya no será. Para otros, por el contrario, es estimulante; se les nota, tienen fe en un futuro que, en un enfoque general, pretenden será algo espectacular.

No me tomo en serio la tarea de testigo del cambio de los tiempos, supuesta ocupación que me tiene aquí y que nadie parece querer facilitar —todo el mundo cierra la boca y pone cara de iniciado en cuanto me ve cerca—. Ante estas poses, por eliminación, he concluido que se espera de mí que sea un observador de los resultados y que mantenga una distancia de los actos y las reflexiones, que llevan a ellos. En realidad intento ignorar lo que sucede a mi alrededor, ya que estoy convencido de que todo esto tiene demasiadas posibilidades de acabar siendo una colgadura sangrienta.

Este pesimismo no es algo muy meditado, se basa solo en estadísticas. Vamos, que los cambios nunca acaban bien, o debería decir nunca comienzan bien, y muchas veces ni siquiera permanecen. El mismo acto de creer que se puede influir en la historia en una dirección determinada me parece una ilusión peligrosa. Y aunque así no lo fuera, he decidido que intentar empujar o detener el péndulo de la historia —por cualquier método— es tarea de Sisifo, tan gratificante como hacerle una paja a un muerto. Por el contrario: es una evidencia que estos, mis compañeros de comedor, no ven tarea más noble.

Para ellos soy un fugitivo, todo el mundo lo sabe y le parece estupendo. Silbaban de entusiasmo cuando mi cara aparecía en los telediarios, me daban palmaditas en el hombro y las chicas, que las hay, pusieron ojos tiernos por un segundo, antes de devolver su mirada a la invisible bandera que ondea sobre todos nosotros. El tipo que me trajo —Max, de mote— contó a todo el mundo que yo era totalmente inocente de las chorradas que decía la tele. Que un tipo duro de verdad, como atestiguaba su fractura que era yo, podía masticar policías para desayunar y si me hubiera puesto no me habría hecho uno solamente, sino la media docenita con facilidad.

Esto fue aceptado por todo el mundo y cambiaron el canal para ver programas de cocina. Parece que, por consenso, es lo que más les gusta a todos. Al menos más que las noticias, que en la opinión general son mayormente: tergiversaciones de la realidad que intentan tapar la evidencia de que estamos en esos momentos finales en que los contrasentidos inherentes a la sociedad están a punto de destruirla. Hay que decirlo, todo seguido y sin respirar.

Cuando dejé de ser una novedad, la peña, la hermandad, esta iglesia —no sé qué nombre darle a este grupo de alegres chalados—, dejaron de sonreírse y darse codazos unos a otros. cuando me veían venir, y continuaron a lo suyo que, sea lo que sea, les merece mucha atención. Cuando los veo en este plan —tan dedicados, tan enfocados en algo que me asusta—, es cuando más claro veo que, si me animo, tengo posibilidades de largarme sin avisar. Me impide hacerlo el saber que mi cara, que antes podía ser considerada como relativamente desconocida, abrió los noticiosos y también que cada vez que levanto la mirada siempre veo a alguien cerca ocupado en algo incomprensible que le obliga a estar cerca de mí. Miro las copas de los árboles por encima del muro de piedra y decido que no me queda más remedio que aparentar agradecer que me hayan concedido un rincón, en lo que antes era una nave agrícola y que ahora acoge, en un puñado de literas, a la fauna que compone la infantería de la familia.
 

Cuando todo esto acabe, alguien intentará encuadrar, bajo una misma definición, a todas las gentes que descansan sus cabezas en las finas almohadas, de donde sacan sus sueños. Si triunfan ,serán declarados héroes, si fracasan, se acuñará alguna definición psicológica para definir la ilusión y la estupidez, las ganas de revancha, el inconformismo, el deseo de sacrificio, que anima al grupo. Yo, el asesino mediático, aseguro que no hay dos personas iguales aquí, como se empeñan en recordarme continuamente.

—Todos somos diferentes, solo nos une el amor a la patria.

Asegura Uno Más —la única persona con la que mantengo algo que se acerca a conversaciones reales—, que es sin duda el líder de esta deshilachada comunidad; aunque él lo niegue y defienda una supuesta igualdad entre los miembros. Le he puesto este nombre porque siempre está con que solo es uno más, cuando a las claras se ve que pasan por él todas las decisiones. Ahora, que tenemos confianza, le llamo Uno, eso le gusta; aunque comprenda que yo intentaba ser ácido. Le agrada pasar tiempo conmigo, al principio parecía sondear mi patriotismo, como si no acabara de fiarse de mis declaraciones públicas, o fuera incapaz de comprender que alguien que no estuviera con los otros tampoco estuviera con él. Después supongo que —al contrario que María José— ha aceptado que es posible que yo acabe siendo su biógrafo y, por lo tanto, es mejor que reciba mis impresiones de primera mano, aunque no comparta para nada mi criterio sobre la importancia de las cosas.

—Leí su ensayo sobre el concepto de nación; me pareció que trataba a la ligera conceptos de gran calado. Que despreciaba, nada sutilmente, lo que para mucha gente es el andamiaje principal de su concepción del mundo —me dice.

—Tiene razón, hay muchos conceptos que considero convenciones, convenciones que perduran porque son útiles para mantener el control de unos sobre muchos. Convenciones que la gente acepta porque quién está a su lado la acepta también y resulta más cómodo seguir el lento trote del rebaño que ir en dirección contraria.

Hablamos bajo la sombra de una higuera. Uno lleva sandalias y huele ligeramente a sudor, ha estado haciendo toda la mañana alguno de los muchos trabajos físicos que la vida comunal obliga. Ahora se digna a charlar conmigo mientras echa tragos de agua de un botijo esmaltado que me ofrece. El agua tiene un ligero aroma anisado, un sabor que me retrae a una infancia olvidada o leída hace mucho, una que no sé si es la mía.

Uno habla pausadamente y destila confianza en sí mismo y en su mensaje. ¿Cuál es su mensaje? Que la independencia de la nación es buena, merecida y necesaria. No sabría decir por qué merece estos calificativos. Se me escapan los argumentos que aporta porque, en realidad, no me interesan. Como casi nada en la actualidad, prueba de que sufro algún tipo de shock inducido por el estrés.

Cuando me quedo solo, intento recordar el nombre exacto de lo que creo padecer —en su día lo leí en una revista—, pero la palabra siempre parece estar buceando, en la sopa de mi entendimiento, un poco más allá, con el aspecto de estar a punto de salir de las profundidades de mi cerebro y flotar hasta mi consciencia; pero como las burbujas de un gas atrapado bajo el cieno, al final nunca lo hace. No me pasa solo con esta palabra, también con nombres de plantas que veo en el jardín trepar por las paredes de piedra, actores que salen en televisión; incluso frases, silogismos, que yo mismo me inventé, y de los que me sentía moderadamente orgulloso, todo ha desaparecido, o más bien: se ha ocultado tras una cortina. No: tras un visillo, oscuro y muy tupido, que me deja adivinar formas, volúmenes, sin que lleguen a concretarse jamás el qué en un sentido definido.

Uno habla sobre la patria y la liberación. Pone muchos ejemplos históricos y cita a multitud de plumillas antiguos —que me suenan, porque tienen calles con sus nombres por todo el país, pero de los que no creo haber leído una línea—. Al final he comenzado a percatarme que sus charlas no son meramente hagiográficas: parece recordar también las sombras, además de las luces de cada cual.

Uno Más es consciente de que el periodo en que rebrota la identidad del país es hijo de su tiempo y está impregnado de profundo racismo cientifista. Que los médicos higienistas también eran frenólogos y leían, en los bultos de los cráneos, los vicios y las virtudes de sus coetáneos. Sus conclusiones siempre eran las mismas: los habitantes del norte peninsular,;al no haber sido contaminada su raza por el excesivo contacto con individuos africanos, semíticos y otros tipos de orondos orientales; habían desarrollado, desde siempre, mayor inclinación a la independencia personal, al trabajo duro y la capacidad de pacto y negociación.

—Todo esto es una mierda, claro; excusas de mal pagador.

Uno no utiliza nunca palabras gruesas, por eso el mierda resuena como un latigazo en la frase.

—¿Qué quiere decir con esto?

—Gente con poco carácter que intenta, mediante palabrería, hacer del vicio virtud. Una muleta psicológica, a nivel del país, para poder continuar mirándonos al espejo y poder olvidar que fuimos derrotados, arrinconados. No por la falta de moralidad de nuestros adversarios, sino por nuestra propia pusilanimidad.

¿Qué significa pusilánime? No es una palabra que haya oído decir en voz alta a nadie nunca. Me suena a no tener bastantes cojones para hacer lo que se debe hacer; siempre la dice el que cree tenerlos. ¿Para qué cree tener cojones Uno?

—Me está diciendo que todas las presuntas cualidades de las que tan orgullosos estaban los próceres que me ha comentado eran, son, falsas.

—Falsas como cualidades, muy reales como aspiraciones, aun así, estas: ¿Qué valor cree que tienen los deseos en la geopolítica? La actual, la pasada, la futura.

—Ninguno.

—Lo ha comprendido usted muy rápido.

—No lo he hecho, es lo que he pensado siempre. Parece usted tener muy mala impresión del país que dice defender.

—Yo amo mi patria, mi amor es incondicional. No necesito verla como la más fuerte, ni la más justa, ni la más antigua. Creo que su única condición especial es que es la mía y por eso la amo. No espero nada de ella y quiero dárselo todo. ¿Le parece lógico?

—No. Sé que es una pregunta retórica: conoce perfectamente mi posición. El amor a la patria me parece infantil. Es como el cariño depositado en un muñeco de peluche en nuestra infancia. ¿Entiende lo que le quiero decir? ¿Ese sentirlo como algo vivo que nos acompaña? ¿El verse visto por esos ojos de vidrio que miran sin ver? Redescubrirlo en la madurez en el fondo del armario y no ver una pieza de ropa y estopa, apolillada por el tiempo y los mocos, sino algo tan vivo como entonces... lo encuentro enfermizo.

—¿Es para usted ese cariño, ese amor falso?

—Todo amor que no puede ser correspondido, solo es medio amor y por tanto nada.

—¿Ha amado usted alguna vez?

—Sí, por supuesto. También a muñecos y a puestas de sol. Y a libros poco edificantes. Y a una multitud de mujeres diferentes. Hasta que llegué a la conclusión que le acabo de expresar.

—Usted me entristece…

—No es la primera vez que alguien expresa sufrir esta reacción con mi trato. Lo he encontrado siempre... un desprecio poco sutil a mi persona. Un rodeo para no tener que afirmar que carezco de una parte fundamental en mi humanidad. No suele enfadarme, tengo que reconocer que yo continuamente estoy cuestionando el comportamiento de los demás, lo que creen, lo que sienten... es bueno recibir un poco de la propia medicina.

Creo que a Uno le gustaría darme un poco de la suya, pero considera que no es el momento, todavía, y asiente con un gesto de diversión y tolerancia.

—Es agradable hablar con usted, pero tengo que dejarle. ¿Le falta de algo? ¿Necesita alguna cosa?

—No, gracias otra vez por su hospitalidad.

—Le veré después.

Uno se levanta con un movimiento suave y se pierde hacia la casa. No me he atrevido a preguntarle qué es el todo ese que quiere darle a la patria.