El caso Sarmiento -Capítulo XIV- Tierra por medio
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| Oliver North |
—Esto tiene que ir rápido ahora, puedes hacer una de dos cosas: darme las cuentas y los códigos y vives, o... no me los das y mueres, ¿qué eliges?
Y da un paso al frente, vuelve a levantar el hierro grande y negro y me lo planta a un centímetro de la frente. Yo abro la boca, quiero preguntarle qué coño de cuentas y códigos de mierda, pero una voz en mi interior me dice que no importa más que eso: una mierda. Que los ponga junto a las cartas, las listas y cualquier otro McGuffin que vaya apareciendo. Que soy un mal escritor, pero hasta un mal escritor sabe que todo esto no son más que excusas, que lo importante es cómo la acción se mueve. Y hablando de moverse, la posición del guaperas es una de las más idiotas con las que un tipo grande puede amenazar a un enano rabioso, que pelea semana tras semana con reponedores de supermercado llenos de odio y tatuajes.
Mis pies se mueven solos hacia un lado y adelante, mi cabeza adelanta a la pistola por debajo y le suelto un gancho corto bajo el ala antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo. Noto que he golpeado contra algo duro, lleva un chaleco o algo por el estilo bajo la chaqueta. Eso me motiva y le vuelvo a atizar más fuerte, pero hacia la cintura, mientras me pego a él para que no tenga espacio para usar el arma. Ahora soy todo yo el que estoy bajo su axila, empujando con el hombro e intentando zancadillearlo. Tengo suerte, mi cadera queda por debajo de la suya y lo derribo. Suena un disparo que se pierde en el techo. No me quedo a ver si tendré goteras cuando llueva y salgo lanzado hacia la puerta trasera. Resbalo en la sangre del poli que hay en el suelo y trastabillo, escucho, tras de mí, un clic y una interjección y antes de que consiga recuperar la vertical y coger velocidad, hacia la salida, la pistola me da de refilón en un lado de la cabeza haciéndome un daño de la hostia. Como no tiene balas me ha tirado el puto hierro como quién tira una piedra. Eso no me detiene —me digo: no te quejes, peor sería que te hubiera metido un tiro— y corro hacia la puerta. Consigo salir por ella justo cuando oigo otro estampido y confirmo que el cabrón tiene otra fusca, seguro que la suya. ¿No es policía? Debe tener más pistolas que amigos.
Salgo recto por la puerta y prácticamente me sumerjo de cabeza en el huerto —el paso de la luz del interior a la oscuridad exterior me ha dejado ciego, decido que estupendo, a él le pasará lo mismo y yo conozco mi parcela; es mi ventaja—. Las tomateras están espesas. El riego automático no ha fallado y han crecido sin ton ni son. A la derecha están, o tendrían que estar —no me he preocupado mucho por ellas últimamente—, las berenjenas y los pimientos, matas bajas que no me ocultarán de nadie o sea que sigo corriendo, recto entre las solanáceas, hacia el final del huerto, que está delimitado por una cerca de alambre oxidada invadida por cipreses viejos.
Sé dónde están todos los agujeros de esta valla precaria. Me he prometido a mí mismo cerrarlos algún día; me alegro de que este no haya llegado. Otro disparo, me lanzo al suelo, el olor de las tomateras me invade. De las tomateras todo es tóxico, raíces, hojas, tallos, todo excepto los tomates —¿por qué me viene esto a la cabeza? ¿Pienso en arrancar alguna y metérsela por el culo al Guapo?—. Deprisa, deprisa, soy una serpiente sobre la tierra, repto hasta el fondo y ruedo por debajo de la valla. Me equivoco de cinco centímetros y me arranco media camiseta y un trozo de espalda. Ahogo un quejido y me medio yergo, ya al otro lado, donde continúo corriendo lo más silencioso posible. Escucho otro disparo, seguido, casi inmediatamente, de un sonido acampanado, metálico; le ha dado a algo, quizás a un poste de la valla, al menos no me lo ha dado a mí.
Estoy cruzando, a toda hostia, el jardín de la casa vecina —nunca he visto a nadie aquí, aunque no se ve abandonada del todo— intentando poner los árboles entre mi espalda y el jodido madero. Me giro un momento, sin parar de correr, solo veo oscuridad. Cuando vuelvo a mirar adelante ya es demasiado tarde. No puedo frenar y caigo en la puta piscina vacía, que había olvidado que estaba aquí.
He tenido suerte, de entrada es el lado, digamos, infantil, es poco profundo. Aunque he acabado todo lo largo que soy en el fondo, este está lleno de hojas y mierda vegetal, un casi compost, que me ha amortiguado un poco la hostia. Aun así, el abductor de la pierna derecha, la que ha recibido el impacto de saltar un escalón de poco más o menos un metro, sin estar concienciado para ello, se queja de cojones. He de mantenerme en marcha, si se queda frío ya no podré moverme. Vamos, me digo, pero me quedo quieto. Escucho algo que se mueve; cerca.
La piscina debe tener cien años. Es toda de gresite azul y blanco, menos los bordes que parecen más de barro vitrificado que de cerámica. Aunque alguna pieza ha saltado en algún punto, desde aquí abajo parece bastante entera todavía. Zumban mosquitos por todas partes. Detesto a los mosquitos, si me pican, a veces, me dan reacciones alérgicas y acabo con la cara hinchada, ejecutando mi propia versión del hombre elefante; hay que joderse. Me quedo quieto como un muerto —que es como acabaré de aquí a nada, sospecho— intentando escuchar, separar los sonidos de la noche, todos estruendosos. El más fuerte de todos: el redoblar de mi corazón.
El Guapo aparece en el borde de la piscina. Veo que mira directamente hacia mí. Luego arriba y abajo, mientras camina a lo largo del borde. Lo veo claramente, la misma luz de la farola que, desde la calle, a él le alumbra, me oculta a mí. Se da un palmetazo en la cara y bufa, a él tampoco le gustan los mosquitos. Ni respiro, escucho cómo se separa de la piscina y recorre el jardín. Hasta que el petardeo de una motocicleta, que recorre la calle al otro lado del muro y después desaparece poco a poco, parece actuar como una señal y creo que entonces decide que yo no estoy aquí y regresa a mi casa. Intenta volver por el mismo camino, le oigo gruñir cuando lucha por atravesar la valla, él no conoce todos los huecos tan bien como yo. Cuando uno de sus gruñidos me suena distante y a triunfo, es entonces cuando me levanto, silenciosamente y, después, me arrastro como un gusano fuera de la piscina, y en un plis estoy fuera de la propiedad; pegado al sitio más oscuro del muro que la delimita.
No sé a dónde voy, de lo único que estoy seguro es que tengo que largarme. Me imagino al Guapo llamando a todos los polis del país y contándoles alguna historia, en que yo soy el malo, y un montón de tipos de gatillo flojo recordando lo buena persona que era el Feo y lo majos que son sus pobres hijitos. ¡Ahí vienen!, se escuchan sirenas a lo lejos. Deben estar cabreados de cojones, porque aquí en la zona residencial, ¿para qué coño las necesitan?
¿A dónde voy? Tengo una inspiración, cruzo la calle y prácticamente me sumerjo agachado por el estrecho derecho de paso por donde seguí a Einstein hace... parece que fue en otra vida. Otra vida más sencilla, que parece que he perdido para siempre.
Comprender esto me hace detenerme de golpe en la oscuridad, aquí entre dos muros de ladrillos sin enlucir, un pasillo que va y viene de ninguna parte, lleno de ortigas, que crecen entre los restos de escombros, que la gente tira y olvida. Siento algo que nunca he sentido antes: una sensación de fatalidad, de inutilidad, de cansancio. Las lágrimas luchan por saltar de mis ojos. El corazón no es que se me dispare, es que parece expandirse y contraerse mucho más que lo habitual. Eso hace que se me suba la tensión o alguna mierda por el estilo. Lo cierto es que ya no es solo el corazón sino todo mi yo el que parece hincharse, presionar contra la piel.
Comprendo que estoy a punto de tener un ataque de algo y me digo que tengo que tranquilizarme. ¡¿Tranquilizarme?! ¿Por qué he de tranquilizarme? Aquí inmóvil, con la nariz llena del olor a vegetal en descomposición que arrastro desde la piscina, me enfado mucho. Deseo gritar con todas mis fuerzas, hacer daño, hacer daño, a quién sea, con lo que sea. Trago saliva, me froto los ojos y hago desaparecer mis lágrimas antes de que broten.
Las sirenas están cercanas, sopeso la posibilidad de buscar un arma —un palo, una piedra— y emboscar a los primeros idiotas que lleguen. No creo que se lo esperen, que el fugitivo se dé la vuelta y los ataque. ¿Por qué he de hacer eso?, ¿de qué sirve? Si he perdido mi mierda de vida, me llevaré unas cuantas de la vuestras conmigo. ¿Vuestras?, ¿quiénes son ellos? Esa es la pregunta: ¿Quiénes son ellos? No los idiotas de azul que llegan ahora, sino el Guapo y quién más. Me gustaría tener la oportunidad de tener una charla con él. Tener una charla con el Guapo. Decido que ahora tengo un objetivo —uno de mierda como siempre, pero por ahora es suficiente— y me pongo en marcha, ¿en marcha hacia dónde?, ¿a dónde puedo ir? Necesito un lugar donde lamerme las heridas. El mismo camino que tengo al frente me da la respuesta: la casa donde tuve mi entrevista con el Doctor, donde me secuestraron. Creo que soy capaz de llegar desde aquí. Sí, sí que puedo y no creo que nadie espere que vuelva allí. Vamos, rápido.
El camino está más iluminado que la última vez. La luna, grande en el cielo, pierde la timidez y aparece, de cuando en cuando, entre las copas de los pinos, plateando todo a mi alrededor. Todo se ve hermoso, pero no tengo tiempo para ponerme poético; solo para apretar el paso. Cuando estoy a punto de salir de un bosquecillo y atravesar el camino, un coche de la policía cruza frente a mí; no lleva luces ni sirena y parece ir con el motor apagado, dejándose llevar silencioso por la gravedad. Intuyo las caras que desde el interior miran hacia afuera. Me acuclillo y espero. Tendría que seguir este camino hasta que, más adelante, no recuerdo exactamente cuánto, la línea eléctrica y su cortafuegos me permita descender deprisa hacia el río. El auto se detiene más abajo. Sus luces de freno destellan por un instante y luego se apagan. La luna se quita de la cara algunas nubes y vuelve a iluminar el paisaje. No me gusta lo que veo: el coche está detenido un poco después de una torre de tensión, eso significa que el camino que quería tomar ahora está bloqueado. ¿Han adivinado a dónde voy? Imposible, me digo, solo es una casualidad. Más adelante hay un cruce, ahí está, creo, la parada del autobús local, una cabina telefónica que no sé si funciona, un bar, un pequeño supermercado... todo cerrado a estas horas. La luz del interior del auto se enciende —mostrándome las siluetas de los tipos que van dentro—, solo dos o tres segundos antes de volverse a apagar, y de que el coche arranque con un gruñido, para perderse acelerando más allá del cruce. Cuento hasta diez mientras el ruido del motor se pierde en la distancia. Cuando me levanto, la ingle se me queja, se me queja de cojones. El tirón de antes está quedándose frío, me digo que no tengo tiempo para quejarme y me pongo en marcha. Estoy al descubierto, en medio del camino, cuando, de entre las sombras de los laterales, dos figuras aparecen y se detienen, a unos diez metros de mí, dándome un susto de muerte. Tardo un segundo en reconocerlas, son la pareja de visitantes indeseados. El tío grande me enseña las manos vacías, bueno, enseña una más que otra; uno de los brazos le cuelga al lado del cuerpo como si no lo pudiera utilizar —que no puede—. La tía no me enseña nada, coge al tío de los faldones de la parka e intenta retenerlo, cuchicheando algo que no entiendo. Él se revuelve por un momento y le dice algo, que me suena como un basta o algo por el estilo, ella le suelta y él me mira, creo, a través de la oscuridad, y se acerca cuatro o cinco pasos hacia mí. Como yo no salgo corriendo, él se detiene y poco más que me susurra.
—María José es muy agresiva. Se crio con un montón de hermanos y siempre pega primero y pregunta después…
Yo no contesto nada, solo me desplazo un poco hacia un lado y no pierdo de vista el camino bajo los cables eléctricos. Él se da cuenta de que no estoy mucho por la cuestión de mantener una agradable conversación y vuelve a hablar un poco más deprisa, un poco más alto, mientras detrás de él, la chica, que ahora sé que se llama María José, intenta mirar a todos lados a la vez.
—¡Vale tío! Entramos en tu casa sin permiso. Pensábamos que no estabas... era la manera más sencilla de conseguir rápido un poco de intimidad. ¡Joder! No cogiste el teléfono... No es muy buena excusa, lo acepto... pero, ahora hemos de salir de aquí, no podemos recoger el coche, me has jodido la clavícula... Este es tu barrio ¿no? ¿Cómo salimos rápido de aquí?
No sé qué contestar, lo único que tengo claro es que estos dos están entre mí y el camino y que no estoy en condiciones de pelear. Así que le hago un gesto de vamos y procuro pasar a un par de pasos de distancia de él antes de meterme bajo el tendido eléctrico.
No miro atrás. Una vez escucho una interjección y doy por sentado que me siguen. El abductor vuelve a calentarse y deja de molestarme tanto. Bajamos rápido por la sucesión de rampas y terrazas que es el cortafuegos. Un par de veces veo, a lo lejos, destellos azules, naranjas. Parece que hay una gran fiesta allí, en lo que, hasta hace nada, era mi casa. Pienso en la cara del poli feo, perdiendo la forma delante de mis ojos, el olor a pólvora y me pregunto, sin demasiada fe, si no estaré soñando; quizás si me lo propongo con bastante fuerza conseguiré despertarme. Lo único que consigo es pasarme de largo un desvío y tener que volver atrás.
La casa está silenciosa. No parece haber nadie ni en ella, ni en un kilómetro a la redonda. Detrás de mí, oigo la respiración del tipo grande —soy un puto enano, todos los tipos son el tipo grande para mí— me acerco a la puerta, esperando encontrarme con restos de esos de cinta de la policía, o sellos del juzgado, o algo por el estilo, pero no hay nada de nada; no parece que la justicia haya pasado por aquí. Me acerco con precaución hasta la maceta con el arbolito seco y palpo a ciegas y ¡joder!, sí que está la llave. Me acerco a la puerta, la abro, e igual que hizo Einstein en su día, regreso la llave al macetero, un minuto después vuelvo a estar a la luz de una vela, sentado en una silla plegable frente a una mesa.
—¿Dónde estamos?
Pregunta ella, yo no le contesto. Todavía recuerdo el entusiasmo con que me disparaba no hace todavía una hora. Lo que hago es mirar alrededor nuestro y preguntarme por dónde vino la otra vez el ataque. No veo ninguna otra puerta, ni ventana. No recuerdo que reventara la puerta, ni nada por el estilo. Solo la deflagración, la luz que me dejó ciego. El estruendo que me aflojo la vejiga; y luego la nada.
No había pensado mucho en ello, solo se me ocurre que el comando —¡cómo quieres sino llamarlo?— ya estuviera dentro, o que ellos también usaran la llave —¿y luego educadamente la volvieran a dejar en el sitio?—. Me pregunto de quién es este sitio, quién lo encontró, quién le dio un uso. Einstein se supone que es demasiado zoquete, el Doctor jura pasar la mayor parte del tiempo en el extranjero, aunque... a juzgar por su pinta le pega más a él que a Einstein. ¡Tengo tantos prejuicios! Einstein es idiota y no puede aportar nada a la movida, el Doctor viste fatal...
—Es una de las casas de la camarada Sarmiento.
Contesta el tipo grande, dejándome más confundido que nunca, y eso que comienza a ser difícil.
—¿Habías estado aquí? —me atrevo a preguntar.
—Sí, hace bastante tiempo. Era un laboratorio de cálculo. Da mucha pena ver todas esas máquinas desenchufadas.
—Cálculo, ¿qué calculaban?
—En realidad no lo sé. Aunque el tipo, que era el jefe, lo explicó. Tenía que ver con que, en realidad, no necesitábamos a las compañías telefónicas, ni a Microsoft, ni a ninguno de los grandes jugadores para mantener en marcha internet, solo un puñado de aparatos viejos y colaboración...
—¿La llamada, tienes claro cómo hacerla en la forma correcta? —pregunta ella, enfadada, no le gustan las digresiones.
—Sí, pronto estaremos fuera.
Dice él y vuelve a quedárseme mirando, como si esperase explicaciones o preguntas de mí, pero yo no tengo ninguna, ni de unas ni de otras. Ni siquiera me importa quién es él o su compañera. Solo los veo como una injerencia más, partes de un desastre que me arrastra hacia no sé dónde. Ella me mira, sus ojos parecen haber mejorado. Su piel, a la luz de la vela, continúa colorada; con pequeñas ampollas aquí y allá. No sé leer su expresión, tampoco me importa. Arruga la frente y se dirige a su compañero.
—¿Horario?
—Muy poco, espera.
Continuamos en silencio un rato más. El tipo está blanco, creo que tiene la clavícula rota. Ese era el objetivo: inutiliza al atacante y, a la vez, es el hueso más fácil de soldar; pregúntaselo a los motoristas. Pienso: ¿qué voy a hacer ahora? Palpo el bolsillo de mi chaqueta, dentro está mi cartera, en el bolsillo lateral ¡el móvil, mierda! Lo saco y le quito la batería, luego vuelvo a guardarlo en el bolsillo. Debería haberlo hecho hace mucho, no tengo mucha experiencia como fugitivo, como preso comienzo a tener alguna. El tipo grande saca, con dificultad, su propio aparato del bolsillo. Se queda un minuto mirándolo, hasta que teclea sobre la pantalla durante unos segundos, después veo como me imita y le saca la batería.
—Unos amigos tienen ahora nuestra localización, la carretera está muy cerca de aquí, hacia el oeste, ¿no?
No tengo ni idea, aunque si lo piensas es muy posible. En algún momento he paseado por estos caminos, aunque ahora se me confunden. Al final todos van a parar al mismo sitio: al río, rodeado de carreteras y autopistas en las dos riberas.
—Saldremos en cinco minutos y allí, con suerte, nos recogerán. ¿Vendrás con nosotros? La razón de la visita era esta: invitarte al espectáculo. Ahora parece que no tienes muchas otras alternativas...
—¿Siempre vais a invitar a la gente con pistolas, gas pimienta y mierdas de esas?
—A invitar no, siempre vamos con todas esas mierdas.
Y se ríe, hasta que el dolor le impide seguir haciéndolo. La chica me mira, ella no está muy conforme en que los acompañe. Por ella me podría quedar aquí, esperando a la policía, no tardarían mucho en llegar, ella misma se encargaría de avisarles.
¿Qué alternativa tengo? Tengo que llamar a Vicentín, mi jodido abogado, eso seguro, luego veremos. No tengo demasiadas ganas de juntarme más tiempo con estos y sus amiguitos. A saber quiénes serán.
—¿Espectáculo? ¿De qué va el espectáculo?
El tipo mira a su compañera un segundo, como si le pidiera autorización, o no, porque ella le ignora y él se vuelve a dirigir a mí.
—Todo va a comenzar y luego ya no va a parar. La camarada Sarmiento pidió que, justo en este momento, te invitáramos a unirte a nosotros. Que fueras testigo del renacimiento de la nación.
—La muy puta quería escoger a su propio cronista —dice ella, con un tono que demuestra a las claras el profundo desprecio que le producimos María S y yo.
—¿Qué es lo que va a comenzar?
—Ya te lo he dicho: el renacimiento de la nación.
—¿Y cómo vas a conseguir esto? Piensas refundar los coros de Clavé.
Él sonríe; ella frunce más todavía el ceño.
—No te explicaré nada. Se te ofrece ser testigo, pero nadie te va a explicar…
El canturreo del móvil de ella le interrumpe. Tras darle una mirada, ella hace un gesto afirmativo y los dos se ponen en marcha.
—Nos vamos. ¿Vienes con nosotros? Si no, pues nada, disculpas por entrar de esa manera en tu casa. Y gracias por guiarnos por el bosque.
El tipo tiene una cara alegre y confiada. Estoy convencido de que es un jodido psicópata. ¿No se da cuenta de que su jueguecito ha destrozado mi vida? No he de ser justo, no la ha destrozado, solo la ha precipitado. El Feo y el Guapo llegaron inmediatamente, ya estaban por ahí. La mascletá que montamos solo precipitó las cosas. El Guapo vio... ¿qué vio el Guapo? ¿La oportunidad de sacarme del medio definitivamente? ¿A mí o a su colega del alma?, ¿a los dos? Ahora todo eso no importa. Lo que necesito es poner tierra por medio entre yo y todos esos tipos de uniforme, que deben estar muy cabreados conmigo. Después llamar a Vicentín. Quizás conseguir un poco de pasta, antes de que me bloqueen las cuentas. Estos dos tienen, tendrán un vehículo...
—Voy con vosotros. ¿Podemos parar en un cajero?
