El caso Sarmiento -Capitulo XIII- Lentejas, bellotas, sorpresas

 

 

Silvio Berlusconi

 

Hay treinta y dos nombres en la lista. Lo he comprobado, después de acompañar a Einstein a una biblioteca de barrio de donde ha salido — al cabo de cinco minutos— con las fotocopias reducidas de las páginas 12 a 20, de lo que puede ser una escritura o un documento legal por el estilo. Es un listado de los beneficiarios de la generosidad de los Sarmiento; sus compañeros de viaje a no sé dónde.

Cada entrada es un nombre, una dirección, un teléfono. El resto de líneas enteras censuradas por el sencillo sistema de tacharlas con un rotulador negro de punta gruesa. No queda huella de cuánto, cómo o por qué. Cuento las hojas de papel, son solo cinco cuartillas que han debido estar escondidas entre las guardas de algún libro. Dudo preguntarle a Einstein cómo escoge el libro, cómo considera cuál es en el que nunca nadie va a reparar; aquel que no llamará la atención lo suficiente para que ningún lector lo saque del anaquel y lo hojee distraído.

Uno muy gordo, puesto muy arriba en la estantería.

La respuesta certifica que a veces las cosas son más simples de lo que me gustaría. De penitencia me lo llevo a comer algo con más sustancia que bollería industrial y mientras nos hartamos de lentejas, en mi gallego favorito, examino la lista. Aunque la sensación, de no hace todavía una hora, de que tenía una historia casi se ha desvanecido.

Los nombres del inventario se pueden separar en dos grupos. En el primero, unos cuantos de los pilares de la sociedad civil, esos que todo el mundo conoce de nombre y no ha podido dejar de apreciar la arquitectura de su sede cuando pasa frente a ella. El segundo es más heterogéneo, hay particulares con muchas iniciales frente al nombre, grupos de estudio, fundaciones... Ninguno me suena de nada. Esto no mitiga mi convencimiento de que más de uno o dos es un chalado peligroso y que alguno de estos está detrás de... el desgarro de mi intimidad. Cosa muy difícil de conseguir en un exhibicionista.

Ahora vamos y los interrogamos —aconseja Einstein y me devuelve a la tierra.

La verdad, no había pensado en acercarme para nada a ninguno de ellos. Yo solo estoy sobando estos papeles, como cuando lo haces con las páginas de los periódicos buscando ideas sobre qué escribir. Por un momento... pensé tener una idea, pero ahora ya se fue. Quiero volver a casa. Concentrarme en lo que tengo entre manos. Contentar a los editores. Pagar la hipoteca.

¿Cómo se interroga a la Sociedad Herética del Librepensamiento? —digo por decir algo.

¿No hay una dirección? Vamos allí y hacemos preguntas.

¿Qué preguntas, Einstein? ¿Últimamente están preparando una hecatombe? ¿Se les fue la mano y mataron ustedes a María Sarmiento?

A eso van a contestar no, seguro. Sean culpables o inocentes; piense algo mejor. Se supone que es usted el listo.

Y me obsequia con su miradita habitual, antes de volverse a dedicarse con satisfacción a las lentejas. Pienso en la lista, en la escritura a la que pertenece. ¿Quién más lo conoce? ¿Es un documento público? ¿Es algo que puedas consultar simplemente pidiéndolo en el registro de algo? ¿Esta es la lista de quiénes recibirán ahora la generosidad de la fundación Sarmiento o de quiénes la recibían? —¿De cuánto dinero estamos hablando? ¿De dónde sale?

Cuando salimos del bar tomo una decisión.

Me voy a casa, tengo que trabajar.

¿Trabajar?

Tengo que escribir. Además, tendré que leer todo esto, poner cara a estos nombres; preparar preguntas...

Me callo lo más importante: decidir si hay una historia que contar. Si la quiero contar.

Bien hecho —estrella su manaza contra mi espalda satisfecho, creo que fisurándome de paso el omóplato—. Ahora no puedo ir con usted, tengo cosas que hacer. Hasta luego.

Y se da la vuelta . Según desaparece entre la gente, se me ocurre que podía haberle hecho más preguntas. Que nunca le pregunto nada... porque tengo prejuicios —contra su cara de chalado, su desvergüenza, en definitiva: su minusvalía—, tantos que no se me pasa por la cabeza que pueda saber nada interesante.

Y esa es la verdad. Lo que él sabe es interesante para él y para su misión de... ¿venganza? ¿Vindicación?, pero para mí no lo es, él quiere transformar la historia de María S en el centro de todo y hacerme orbitar alrededor. He de acabar con esto. Aunque... igual ya ha acabado. ¿No buscaban las cartas? Ahí están: en la red. ¿Por qué creo que no satisfarán a nadie? Porque primero fue la libreta, ¿o eso solo me preocupó a mí? El viejo carnicero buscaba la pasta, ¿La que tengo de más en mi cuenta u otra pasta? Ahora es la lista lo que me empuja a ¿qué?

No es la lista, es Einstein quien me empuja. De golpe la hace aparecer y yo le busco significados. ¿Qué más cosas tiene? ¿Son todas iguales para su intelecto? ¿Todo se resume en hacerle la pregunta adecuada? Eh, nen: ¿Dijo algo la señorita S de dejar de pasarle pasta a alguien? ¿Alguien que se cabreó mucho? Me pregunto cómo puedo ponerme en contacto con él; antes de decidir que no lo deseo en absoluto.

Entro en casa con la decisión de dedicarle algo de tiempo al caso Sarmiento —el caso Sarmiento, suena bien, casi como algo de Simenon—, pero empiezo examinando la copia de seguridad de la novela que acabo de recuperar de la nube. Está compuesta por una versión escaneada de la libreta pautada original y muchas menos páginas mecanografiadas de las que me gustaría. Me parece que si me resulta incómodo el paso desde el papel al ordenador, más me resultará desde el soporte electrónico. Pruebo a dividir la pantalla en dos mitades horizontales, una para el scan y otra para el procesador de textos. En cuanto continúo la transcripción descubro que el sistema la hace mucho más cómoda de lo que espero. Me olvido de todo y me sumerjo en una intriga, que me parece más plausible que la que vivo en la realidad.

El teléfono suena, lo ignoro. Un par de horas después me levanto de la mesa y me estiro satisfecho. Hasta que recuerdo que todavía tengo pendiente decidir qué hacer con El Caso Sarmiento, así con mayúsculas.

Dejar la lista al alcance de todo el mundo. Puedo probar a publicarla como comentarios en el blog del Doctor. No quiero seguir atrayendo los focos, ¿buscáis secretos? Los haré públicos, dejaran de serlo y podré dejar de preocuparme por vosotros, espero.

No me apetece escribir sobre María Sarmiento y sus protegidos. Me digo un segundo antes de preguntarme ¿quiénes son?, ¿qué cara tienen?, ¿qué piensan?, y estas dudas me hagan regresar a la lista. Hay treinta y dos nombres en ella, decido tachar como sospechosos a los que no me parecen evidentes promotores de masacres: Unicef, Hospital de Sant Pau, Palau de la Música Catalana... De todos los demás, los que han dejado alguna huella en internet y la encuentro, me parecen tipos a un accidente de laboratorio de transformarse en un supervillano. Río de mi propio ingenio —aunque en el fondo sé que se lo he copiado a alguien, mientras el teléfono vuelve a sonar solitario. No tengo ganas de hablar con nadie y lo dejo dringar, hasta que quien sea se cansa y yo continúo mirando esos rostros que sonríen forzados en la pantalla de mi portátil. Nuevamente casi puedo oler que hay una historia. Debe ser algo parecido a lo que siente un pescador cuando una trucha comienza a masticar el cebo y estira perezosamente el sedal, es un momento de… no tengo adjetivo, pero sé que durará mientras no comiences a preguntarte si vale la pena el esfuerzo de sacarla del agua. Todas mis historias, mis cuentos, mis novelas, al principio siempre son un sentimiento. El entrever entre todo el caos un patrón y saber que este se llama trama.

Debería escribir sobre esta sensación y no sobre las circunstancias que la provocan. Deja los grandes temas para otros, cíñete a los pequeños, pero ¿qué son exactamente los pequeños temas?  ¿Y si no hubiese diferencia?

Sopeso la posibilidad, hasta que me parece escuchar movimiento en el zaguán y vuelvo a la realidad. Sí, hay alguien frente a mi puerta. Mientras espero que suene el timbre, me planteo que vivo sumergido en un vodevil. En que los cambios de escena y los giros de guion se producen según se abren y cierran las puertas, dejando pasar a los personajes que se cruzan y descruzan.

El timbre de la puerta no suena. Una serie de ruidos amortiguados continúan desde aquella dirección y luego se desplazan siguiendo el lateral de la casa. Ha oscurecido, el tiempo ha pasado sin darme cuenta, sobre todo porque el teclado del portátil está retroiluminado y no he necesitado encender la luz cuando oscurecía. Lo cierro y me quedo inmóvil, sé que aquí sentado en mi ahora oscuro rincón. Lejos de las ventanas, es difícil que alguien pueda verme desde fuera; creo. Le doy vueltas a la cuestión mientras veo pasar a una pareja de jóvenes —él, ella—, al otro lado de las ventanas, iluminados débilmente, por la luz perdida que llega desde las farolas en la calle, más allá de los setos. Mi nueva cerradura les ha detenido, pero no parecen dispuestos a rendirse. Decido que a lo mejor han equivocado la dirección, pero no el barrio, ya que su estilismo encaja con un cierto habitante de por aquí. Una mezcla de ropa con vocación por el excursionismo y cortes de pelo que creo llaman cola de pato. Continóo sintiendo —más que oyendo— como circunvalan la casa, probando con delicadeza la solidez de las ventanas y de la puerta trasera; donde se detienen.

Desfallezco, soy incapaz de moverme. Solo puedo continuar mirando, a través del pasillo, a la puerta, de donde parecen llegar pequeños crujidos metálicos. ¿Quiénes son esta gente? Las autoridades llaman a la puerta, ¿no? ¿Okupas? Es una posibilidad. ¿Por qué no hago ruido? ¿Por qué no llamo a la policía? ¿Por qué tardarían demasiado en llegar? Hay otra posibilidad: de que quien ronda en mi jardín sean amigos del Viejo Carnicero. ¿Todavía piensan cobrarme a mí las deudas de…? ¡Coño María Sarmiento! ¿De quién sino? 
Un chasquido, más largo que los demás, me obliga a salir de mi aturdimiento y a levantarme en silencio. Me doy cuenta de que llevo mucho tiempo sentado y que estoy anquilosado, me estiro ligeramente y me acerco a la puerta delantera, donde fiel me espera, dentro del paragüero, mi mango de azada.

Mientras cruzo toda la casa, me doy cuenta de que estoy súbitamente alegre. No entiendo por qué, hasta que el peso de la porra en mi mano me da la respuesta: yo también tengo unas pocas facturas pendientes, puede que haya llegado el momento de cobrarlas. Me acerco como un fantasma hasta la puerta trasera y me pego a la pared, detrás del perchero, donde siempre hay demasiada ropa de lluvia o de trabajo colgada. Allí me quedo como un impermeable más, respirando lento y profundo por la nariz.

Con un último chasquido, la puerta se abre. Creo que he leído esta frase cien veces en cien novelas, algunas infumables, otras fantásticas. Me resistiría a utilizarla, pero es tan precisa: con un último chasquido la puerta se abre y… revela a un tipo casi invisible plantado en el umbral.

El efecto dramático no disminuye cuando veo cómo se palpa los bolsillos y saca algo, una linterna, y después cuando pasea despacio un estrecho rayo de luz por las paredes y el suelo antes de decidirse a entrar. Muy lentamente da un único paso y se detiene a iluminar el interior de la habitación de la derecha, desde donde el lacado, de ese piano que me es desconocido, le devuelve la luz suavemente. Ahora el fino rayo de luz —creo que a estas linternas las llaman sordas— me pasa por sobre la cabeza, y el tipo da un par más de pasos cautelosos, sobrepasa el perchero y entonces es cuando, sin ceremonias, le atizo donde el cuello se une al tronco. Imagino cómo su cara de concentración se transforma en una de sorpresa y luego deja de tener expresión ninguna, mientras se derrumba sobre sí mismo. Enciendo la luz del recibidor  —está junto al perchero—y me enfrento a la chica que todavía permanece fuera.

¿Puedo ayudarte en algo?

No contesta, solo echa mano frenéticamente al interior de la bolsa que cuelga de su hombro buscando algo, yo le digo:

No.

Una sola vez, no me hace caso. Buscándole la mano dentro del bolso le atizo fuerte. Acierto, ella grita. Por debajo de su grito escucho un ruido silbante y el bolsón parece primero hincharse y luego escupirle por la boca un montón de gas pimienta encima. Da un torpe giro sobre sí misma intentando evitar la descarga, sus pies se enredan con los de su compañero caído y acaba derrumbada sobre él, en el pasillo trasero.

Sois unos maleducados, mira que venir sin avisar...

Digo, pero mi discurso se interrumpe en cuanto el gas que flota huérfano en el aire me alcanza, trastabillo al retroceder y me apoyo en la pared, un poco alejado de los cuerpos amontonados; no sirve de nada me arde la cara, me lagrimean los ojos. Todo el ambiente está saturado de gas; durará poco, espero.

El tío gruñe algo, supongo que está regresando. Espero que haya aprendido que el mundo está lleno de gente desagradable, más desagradable que él. Ella está ciega, toda su cara parece una fresa, manotea y es solo por el tacto que me da la sensación de que reconoce a su compañero debajo, entre mis propias lágrimas veo cómo introduce la mano bajo la parka de él y tira de algo; hasta que consigue sacarlo. ¿Es una pistola? No me quedo a averiguarlo en dos zancadas me quito de en medio mientras suenan los estampidos del arma. Uno, dos, tres, cuatro, ¿Cuántos tiros tiene una pistola hoy en día? Ahora ha parado. Tengo los ojos jodidos, si yo los tengo así puedo imaginar cómo los tendrá ella. Dispara a ciegas, se guía por el sonido. Está escuchando, igual que yo; ¿qué oímos? Gruñidos, los gruñidos del tipo. Ahora también se la escucha a ella.

Levanta, levanta, ayúdame, vámonos…

He acabado junto al equipo de música. Subo el volumen del amplificador y enciendo la radio: la casa se llena de música. Algo pegadizo que me suena, pero no sé situar. No quiero bailar, solo que cubra el ruido de la ventana que abro y me deja salir al jardín. Rodeo la casa y justo antes de llegar a la puerta trasera me tumbo y me asomo lo mínimo posible. Ella está intentando levantar al tipo estirándole de la ropa con una mano, mientras la de la pistola apunta al techo. Veo la oportunidad, me levanto y golpeo la muñeca de la mano con la que sujeta el arma con mi porra. La pistola sale volando mientras ella grita de dolor, y se derrumba otra vez sobre el tipo para rodar sobre él y quedar apoyada contra la pared. Todo en su gesto dice que se ha rendido. Es por eso que no le abro la cabeza a palos.

La música se detiene un segundo, el locutor nos invita a ser jóvenes y felices, continúa después ofreciéndonos algo rítmico y pegadizo. Pese a ello el ambiente continúa pareciéndome irrespirable, el tipo gruñe e intenta darse la vuelta en una dirección, pero ahoga un grito de dolor y no lo consigue. Le oigo respirar pesadamente, lo intenta en la otra dirección, lo consigue. Abre los ojos, pero los cierra enseguida.

Estoy harto de la radio, paso junto a ellos sin volver la espalda, me acerco hasta el amplificador y lo apago, la música desaparece con un último pop que suena como si algo hiriera a mis altavoces.

La chica se pone a cantar bajito —no me lo puedo creer— una canción ¿patriótica? Escucho, decido que el nivel de idiotez de la juventud actual no es ni superior ni inferior al de mi época. Luego pienso que me he pasado, podían haber sido okupas buscando una casa vacía o un sitio donde pegar un polvo rápido. Podían, pero no lo son y aunque lo fueran, no podía arriesgarme ni esperar a la policía. Tengo razón, pero me siento culpable, profundamente culpable. El usar la violencia siempre me produce este efecto, luego se me pasa.

Tú, voz de pito, cállate ya, desentonas.

Ella se pone a cantar más fuerte, no mucho; no creo que tenga mucho aire disponible para reivindicarse.

Vale, Juana de Arco.

Desearía que desaparecieran, que simplemente se evaporaran sin dejar rastro y volver a lo que estaba haciendo, como si nunca hubiera pasado. ¿Qué es lo que estaba haciendo? Escribir, pensar en lo que siento cuando me decido a hacerlo, ahora mismo no puedo ponerme. Mi vagar por las cercanías del campo de batalla me ha acercado a la pistola abandonada, la recojo. Es negra y está caliente. Parece título de película porno, me sonrío mientras me vuelvo a apoyar en la pared, estoy cansado de cojones. No pensaba que el que te dispararan cansara tanto. La chica acaba con su canción justo cuando reflejos intermitentes azules llegan desde la calle. La policía. Miro la pistola en mi mano y pienso que no es buena idea que, cuando entren, me vean con ella en la mano. Así que la tiro deslizando por el suelo hacia el centro del comedor.

Miro a la chica y sorprendo su mirada detrás de lo que parece la peor conjuntivitis del mundo. No sé qué veo en ella, pero me dejo deslizar por la pared hasta quedar en cuclillas. Hay algo que no me gusta, algo me parece fuera de lugar. Comprendo que son los destellos azules, han aparecido de la nada. Demasiado rápido; vale que ha habido un tiroteo, pero ha sido muy breve dos, tres, segundos, ¿suficiente para que un vecino asustado llame a la policía?. ¿Cómo han llegado tan rápido? La chica parece opinar... no sé qué mierda opina, pero parece olvidarse de que estoy aquí y se levanta con dificultad y comienza a murmurar mientras estira de la pechera a su compi. El tipo está más recuperado, parece, porque consigue levantarse con dificultad y en silencio, cuando está erguido lleva la mano a donde le he dado el golpe y por un momento parece que perderá el equilibrio, pero se rehace. Me dirige una mirada de reconocimiento antes de, empujado por la chavala, dirigirse hacia la puerta por donde han entrado, donde dan miradas cautelosas a un lado y al otro. Ella parece decidir una dirección y se hace humo. Él duda si seguirla, le veo serrar los dientes, me vuelve a mirar, queda inmóvil un segundo y al final parece decidirse y me hace gestos de ven, ven con una mano. Los repite dos o tres veces. Yo estoy congelado, todo está silencioso, solo puedo pensar que los destellos azules parecen de un ovni que haya venido a llevársenos a todos. El tipo parece rendirse, su cara dibuja un gesto de incomprensión —tan parecido al de Einstein, cuando considera que no estoy a la altura, que me arrepiento de no haberle pegado un tiro cuando tuve la oportunidad— y desaparece del encuadre delimitado por la puerta.

No tengo tiempo de aburrirme, la puerta principal, justo al otro extremo de la casa, reclama mi atención. Suena el timbre, la golpean, mientras se escuchan voces...

¡Abran! ¡Policía!

Es la ley, abro la puerta, me encuentro con dos caras conocidas.

¿Está usted bien?

Creo que sí, ¿de dónde salen?

De por aquí cerca. ¿Esa arma es suya?

Dice el guaperas señalando la pistola tirada en medio del comedor, mientras su compañero descubre la puerta abierta al fondo y va hacia ella, supongo que a dar un vistazo.

No. Se la han dejado unas visitas, visitas inesperadas.

¿La ha tocado?

¡Eh! Sí, hubo un momento en que la aparté de en medio.

¿Ha disparado con ella?

No, no. Soy pacifista, más o menos.

Se inclina y recoge la pistola —me fijo en que lleva guantes, unos guantes finos que me parecen de piel—, con facilidad le saca el cargador. Es tan negro como el arma y en el extremo asoma, como una bellota maligna, una reluciente bala dorada. Tras la comprobación, rápidamente, vuelve introducirlo en la culata con un chasquido. Alguien tropieza en mi jardín y ahoga una maldición. Es el otro pasma que entra por la puerta; mirándose las manos manchadas de lo que parece resina. Se las frota una contra otra con una mueca de resignación.

Se han largado, por detrás —señala con un gesto un walkie que lleva colgando en el cinturón—, esta mierda no tiene pila. Voy al coche, necesitamos un operativo.

Con paso alegre cruza mi casa. Se detiene un momento a mi altura para preguntarme

¿Se encuentra usted bien?

Abro la boca para contestarle, pero no tengo tiempo de decir nada. Su compañero levanta la pistola y le descerraja un tiro en la cara. Está tan cerca de mí que noto como algo de sangre salpica la mía. Luego se derrumba como un saco de patatas.

Sí, también es una frase hecha, pero lleva una cazadora marrón y... hace un segundo era un hombre, un montón de piezas que funcionaban a la vez con un fin, ahora es un envoltorio —marrón, acabo de decirlo— que se derrumba con todas sus partes, ahora independientes, golpeando unas contra las otras en su interior, mientras se desploma; como un saco de patatas. Pienso todo esto en un instante y me lamento de que nunca podré llegar a escribir algo realmente original. Que todas las imágenes, las buenas metáforas, están pilladas desde hace siglos. Quiero explicárselo a alguien, pero solo tengo a mano al guaperas que me está apuntando con una media sonrisa en la boca.

¡Sorpresa!

Ya puedes jurarlo —me veo obligado a aceptar.