El caso Sarmiento -Capítulo XXII- Lo que necesita el país
| José María Ruiz-Mateos |
El tipo de silla en la que estoy sentado de últimas la veo por todas partes. Recuerdo haberlas visto es en los colegios, en las bibliotecas, en la cafetería del hospital...Son muebles construidos a base de tubos de acero doblados en conjunción con asientos y respaldos de madera laminada. Estás superficies están ligeramente curvadas adaptándose a mi espalda y nalgas. Es una silla idéntica a aquella en la que me senté, durante mi entrevista con el Doctor Vergonzoso. Decido que es de buen augurio la coincidencia, que estoy destinado a sentarme aquí, a poner las manos sobre esta superficie lisa, resistente, fácil de limpiar, de la mesa a juego. Me lo digo una vez y otra, mientras intento dejar de temblar.
Las heroicidades siempre me producen el mismo efecto secundario; suerte que no cometo muchas. Mi mente también tiembla, toda ella no es más que desasosiego y miedo. Miedo de haber hecho algo irreparable, algo qué no sé exactamente lo que es. Me pregunto si no hubiese sido más cómodo que realmente me hubieran fusilado, si no sería más cómodo morir y dejar que los otros continúen con sus desaguisados. ¿Pensaba esto antes de palmarla la jodida María Sarmiento?
María José me ha dejado aquí sentado y ha vuelto a sus asuntos. Por donde anda va derramando autoridad; eso es fácil de verlo: la gente se aparta para dejarla pasar y luego la miran disimuladamente y no parece de que sea para sopesarle el culo.
Los culos tienen poderes, cuando más los miras, más te haces a sus hechuras, más aceptables te parecen, sobre todo si no tienes otros culos con los que compararlos. No es que no hallan más por aquí, pero tanto como entre los detenidos, —retenidos, investigados... los he oído calificar de estas y otras formas—, como entre la chavalería del brazalete prima una moda que consiste en ponerse algo encima de algo —preferentemente oscuro, viejo, desgastado y diseñado originalmente para corretear por la montaña— y, así, de esta manera, los culos, todos, quedan escondidos, disimulados; a la espera de tiempos mejores. Las revoluciones, las guerras de liberación, no son buenas para los culos.
Entra una conocida en este cuartito amueblado con sillas y mesas de escuela: alguien que ha triunfado, al menos en imponer su manera de entender la moda. Anna Maria además de brazalete, también lleva uniforme. Parece condensar en su persona todo el poder de los dos mundos, el de los pensantes y los actuantes.
—¿Cómo estás?—me pregunta.
— Cachondo. Me ponen las mujeres de uniforme.
—Y otras cosas... todo el recinto ya conoce tus últimas aventuras.
—¿Te parece gracioso? Todavía me tiembla las manos. La mierda del fusilamiento, ¿qué es?, ¿una novatada?, ¿una iniciación? ¿Mandas algo aquí? ¿Por qué lo permites?
—El movimiento es muy amplio, atrae a gentes de todas las raleas. Fíjate que digo raleas, así es.
—Hasta hace cuatro días, hablabas de crear una sociedad más justa; no de deportaciones y torturas.
—No torturamos a nadie.
—¿Como calificas un fusilamiento simulado?
—Eso no volverá a pasar.
Lo dice mirándome a los ojos, con una total seguridad que es imposible tener. ¿Quiere creer que para que un eslogan se haga realidad solo hace falta tener fe? ¿Que la gente creerá cualquier cosa que le repitas suficientes veces? ¿Sobre todo si es uno mismo quien lo ha inventado?
—Perderás, perderéis, tú y los tuyos, el control de esto. Pasa en todas las revoluciones.
—Esto no es una revolución.
—Vale, lo que tú digas, no quiero discutir; solo quiero que dejen de temblarme las manos.
Anna María calla, la veo cómoda dentro de su uniforme. Un tipo bajito —más que yo, todavía— entra por la puerta y deja dos tazas de algo caliente sobre la mesa. Ella coge una y la retiene entre sus dos manos, como si hiciera mucho frío, que no lo hace; yo la imito, es la única manera de que el temblor de mis manos no me tire el líquido por encima; ahora lo huelo: es caldo. El caldo es un lujo en un campo de concentración, aunque esté sea redondo y proyecten una película cada noche. En serio, hay una gran pantalla y en cuando oscurece proyectan películas infantiles, debe ser para tranquilizar a los niños; que piensen que están en algún tipo de camping. Creo que el truco lo han copiado de otra película.
Es agradable sentir el calor en las palmas. Mis manos poco a poco dejan de temblar.
—¿Sabías, sabíais que María Sarmiento financiaba a la gente de Uno? —pregunto.
—¿Quién es Uno?
—El tipo cuya gente tomó la central.
—Él... En realidad, no la tomaron... no del todo al menos.
—¿Qué quieres decir?
—No llegaron al reactor.
—No había escuchado eso.
—Prácticamente nadie lo sabe, no controlamos el reactor.
—¿Quién lo hace?
—Parece que unos amigos tuyos. Preguntan por ti.
—¿El Querubín Trajeado?
Ella me mira extrañada por un momento; después parece comprender algo y arruga la nariz.
—¿Nunca te molestas en aprenderte lo nombres de las personas que conoces?
—Solo de las tías; aunque al final os llamo a todas cariño.
—Eres repugnante, un falócrata.
—No es ninguna sorpresa para ti.
—Vamos a trasladarte: tus amigos se niegan a hablar con nadie más que contigo.
—¿Hablar de qué? ¿Qué quieren?
—Ni idea, preguntan por ti. No es mi decisión el llevarte hasta allí; estoy convencida de que carecen de cualquier modo de presionar a nadie. Sí, uno de ellos tiene amplios conocimientos de ingeniería, la central continúa bombeando electricidad a la red, es la prueba, pero no creo que pretendan fisionar el núcleo. Si no estás dispuesto a hacerlo... poseerla no te concede ninguna autoridad.
—¿Dispuesto a hacerlo como vosotros?
—Nunca lo estuvimos, solo era una distracción; mientras robábamos el plutonio.
Y comienza a relatarme el magnífico plan con el cual han conseguido hacer arrodillar al gobierno central —de un solo golpe desprestigiado ante el mundo y sin su golosina secreta— y de paso ponerse a la altura de naciones como la vecina Francia —gente que no son de fiar y cada x tiempo les da por cruzar los Pirineos, e intentar engancharnos al Cabernet—. No sé por qué, no viene muy a cuento, también me habla también de héroes caídos, por lo que decido que Uno la ha palmado; creo que demasiado pronto para tener derecho a una estatua en el parque de la Ciudadela o el castillo de Montjuic.
Al final hace una parada dramática en su exposición, para que quede bien claro que hay un trozo que no puede contar. Sus ojos brillantes me reclaman una respuesta, aunque no he entendido la pregunta.
En realidad, como siempre, me he distraído y no la he escuchado —bueno, solo un poco—, ocupado en pensar que robar plutonio me parece un plan seténtero a tope. Algo adecuado para las películas de Bond, las que de niño veía en el cine de verano. Pero no veo por aquí, desgraciadamente, chicas en bañador, ni coches descapotables y la plaza de toros no es ningún hotel de lujo. Por todas partes, lo único que ves es peña sin el más mínimo glamour, tan poco que no sabes quienes son los malos y quién los buenos en realidad.
Dice que tienen el plutonio, no encuentras plutonio de forma natural en la naturaleza, cuando se forma dura poco, ¿veinte mil años? Si alguna vez hubo fue en la juventud de la tierra, mucho antes de lo que lleva el hombre cagando por aquí. Para conseguir plutonio, además de un centro de enriquecimiento de uranio, necesitas un reactor generador en alguna parte, de donde puedas sisarlo sin que se de cuenta el resto del mundo. En los setenta, a los americanos, se les cayeron cuatro pepinos en el mar ,frente a Palomares —¿eso es Murcia, Almería?—. Dos se hundieron enteritos en el mar, los otros dos estallaron. Por suerte no estaban montados y las cargas lo único que hicieron fue diseminar el material radioactivo en trozos por la costa. Esta desgracia a Franco se la puso dura, fue, justo en ese momento, cuando pudo observar a los yanquis intentando encontrar una bomba y pudo saber con precisión la capacidad que tenían para detectar cacharros de estos y toda la tecnología asociada.
Desde luego es posible que hayan centrifugadoras y reactores, escondidos por ahí. Lo único imprescindible para entrar en el club nuclear es tener uranio y hay minas de uranio en la península. ¿Esta es una de las respuestas a por que la dictadura fuera tolerada tras la segunda guerra mundial? ¿Eso y su declarado anticomunismo? Desde luego da para una historia, una historia que nadie querría publicar, o quizá sí. Historias, yo escribía historias, historias con más roce que violencia, historias para bonobos, no para chimpancés. Me canso de escuchar las crónicas de la nueva patria e interrumpo a Anna María.
—¿Dónde está mi ordenador? No iré a ninguna parte sin mi ordenador.
Lo he dicho por joder, pero resulta que la muy puta lo tiene.
Una hora después me han dejado ducharme, me han dado una muda limpia, un botellín de agua, mi ordenador y estoy volviendo a viajar hacia el sur. Tengo el portátil cerrado sobre los muslos, solo lo abrí un rato para comprobar que la copia de la novela continúa allí.
He leído unos párrafos. Los que siempre me parecieron más difíciles de tragar; porque contenían bombas y violencia. Esas cosas que, en general, pese a verlas cada día por los telediarios, consideraba extrañas a mí. Ahora ya no lo son, los súbitos estallidos de violencia de la trama ahora me parecen comedidos, mesurados, quirúrgicos y los que no estúpidos, una solución equivocada en un momento de tensión. No escribo ni una coma, cierro el aparato y dejo que la historia vuelva a estar presente en mis pensamientos, mientras me entretengo mirando por la ventana.
El país parece continuar siendo el de siempre, quizá hay algunos comercios —más de lo habitual— con la persiana bajada, quizá la gente va con la cabeza más gacha y más apresurada y, desde luego, antes no se veían esos grupos de jóvenes y no tan jóvenes con brazaletes en los cruces. Al rato junto a la carretera las viviendas se van espaciando, la montaña llega hasta el mar y es allí donde una barrera custodiada, por muchos tipos de uniforme, nos detiene.
Es una barrera que me parece muy profesional: comienza siendo una sucesión de hileras de bloques de mediana de hormigón que se alternan a un lado y otro, transversales a la carretera casi ocupándola, obligando al chófer a conducir en lentas ziga-zagas hasta verse obligado a detenerse frente a una hilera que cruza el asfalto casi totalmente, solo le faltan dos piezas en el centro. Ese hueco lo tapa con su pala una excavadora.
Los tipos al cargo de la barrera miran nuestros papeles una y otra vez, hacen llamadas, que rebotan de teléfono en teléfono hasta que, ironía, llegan al de Anna María, siendo esta la última responsable de autorizarse a sí misma a superar el checkpoint.
Mientras han durado las gestiones me he dedicado a observar como desciende la carretera por la que hemos venido y más al Sur, a unos quinientos metros cuando comienza a levantarse otra vez cómo esta cortada por lo que sin duda es un foso. Más lejos —¿a un kilómetro?—, justo antes de que la calzada desaparezca tras un repecho, hay otra barricada, otro puesto, en que quizás cambian los colores de los uniformes. Distingo allí el destello de un cristal, quizá unos prismáticos o una cámara fotografiándonos. Después ya no veo nada que el paisaje degradado cercano a la carretera. Volvemos a detenernos en otro puesto de construcción similar al primero, donde nuestros papeles vuelven a ser escudriñados con más desgana. Tras dos minutos el auto supera la segunda barrera y desciende hasta la puerta de la central —que ahora me parece gigantesca, rocosa, acorazada, inviolable...— bloqueada por sacos terreros y una apisonadora. Aquí no nos piden papeles, pero dejamos el coche y después de contarnos nos dejan pasar por el hueco que se abre al retirar la máquina. Caminamos a lo largo de lo que me parece la calle principal —no tenemos posibilidad de desviarnos porque las calles laterales están bloqueadas por más barricadas de sacos terreros apilados—, hasta llegar a otra barrera que cruza de pared a pared la calle. De unos tres metros de alto, construida con chapas metálicas acanaladas, soldadas a un armazón triangular de tubos, da la sensación de ser un tejado a un agua depositado en el suelo, una larga cuña que mira hacia adentro. Una buhardilla, caída del cielo, bajo la cual un disperso grupo de uniformados están más pendientes de mirar través de unas pequeñas aspilleras hacia el otro lado que a nuestra llegada.
Me transformo en el protagonista, el grupito con el que avanzaba —Anna María, un chófer, dos tipos con cara de malos, otro con gafas...— se ha disgregado a un lado y a otro hasta que me he encontrado, solitario, frente a una escala que me permitiría subir con facilidad la barricada; eso si tuviese intención de hacerlo. De golpe me pregunto: qué gano con ello, qué gano con nada. Solo es un segundo, no puedo escoger, he sido elegido, vaya mierda. Aun así, me doy la vuelta y le digo a Anna María.
—Soy vuestro mensajero. El mensaje es: no nos creemos que seáis malas personas, nosotros tampoco lo somos, negociemos. ¿Es esto lo que quieres?
Ella asiente sin decir nada, ¿por qué tengo la sensación de que miente? Porque lo hace, Anna María tiene sus propios planes y no tienen nada que ver con negociar con nadie.
—Después de esto alguien tendrá que hacerme una mamada o al menos llevarme a casa — suelto, más que nada por romper el silencio, por tapar mi miedo.
Trepo por la escalerilla y descubro que no hay una gemela al otro lado, no es problema la chapa está inclinada unos cuarenta y cinco grados y me dejo resbalar como por un tobogán, aunque no aterrizo muy grácilmente y tengo la sensación de que me he quemado una nalga con el roce. ¿Qué tengo que hacer ahora?, caminar hacia adelante, no hay otra alternativa. Caminar por lo que parece un callejón, en el que en la pared que lo cierra al fondo está casi toda ocupada por una gran persiana metálica enrollable, que por tamaño debía permitir el paso a camiones y todo. A su lado, una puerta más pequeña enfocada al paso de los peatones, según me acerco veo como se abre tentadora. Así que entro,no sé dónde, porque está muy oscuro y más lo está cuando la puertecita se cierra a mis espaldas.
—Buenas tardes, siento venir con las manos vacías, no me dejaron parar a comprar nada —le digo a la oscuridad.
—No se preocupe, tenemos de todo —dice la voz del Querubín Trajeado mientras se encienden las luces.
Parece tan fresco como siempre. Quizá su traje esté un poco más usado, pero él está como si se acabara de levantar de la siesta. El recinto a nuestro alrededor tiene la blancura de un hospital y el brillo del acero. No soy muy sensible a la tecnología, pero no puedo negar que esto impresiona, debe ser por lo enorme del espacio o por la limpieza, o porque está básicamente vacío, fuera de dos grúas puente amarillas de las que cuelgan, muy arriba, lo que parecen dos gallineros muy complicados de malla metálica con rejillas a los lados.
—Bueno aquí me tiene, aunque la verdad no comprendo para qué.
—¿Tomamos café? Sígame, tengo un Kenia Doble A buenísimo.
No acierto a negarme: él ya va en camino; siempre con esos andares de quién conoce perfectamente su camino y se siente cómodo dentro de sus zapatos. Yo me limito a seguirle. Cruzamos una puerta y luego otra y ¡sorpresa!, nos cruzamos con dos chicas, vestidas con algo a medio camino entre túnica y el pareo, que saludan; pero van a lo suyo, sea esto lo que sea.
—Parece que no soy la primera visita que recibe.
—Visita podríamos decir que sí, las hermanas son residentes.
—¿Como consiguió que se trasladaran aquí?
—Se lo pedí, primero a ellas y luego a nuestros desgraciados carceleros.
—Tendría que amenazarlos mucho.
—Casi nada. En realidad fue... el exterior el que comenzó a ofrecer cosas a cambio de que no jugáramos con los interruptores y potenciómetros. Así conseguí mi café.
—¿Tan sencillo?
—Hemos tenido nuestros tiras y aflojas, pero Serenidad se da maña en darles cosas en las que pensar cuando se ponen cerriles. Tienen muy poca paciencia, pase por aquí por favor.
Y hace un gesto invitándome a que cruce la puerta que acaba de abrir. Acepto y entro en lo que sin duda es una sala de empleados, con sus taquillas, sus mesas y sus duchas al fondo. Parece que estamos aquí porque también en un rincón hay una cocinilla de dos fuegos, donde mi anfitrión tras quitarse la chaqueta se pone a hacer café en una cafetera moka que parece nueva de trinca.
—¿Cómo lo quiere?
—¿Con leche?, ¿tiene leche?
—Sí, sí que hay. No tenemos leche de soja, ni de avena, ni sin lactosa y eso enfada a Serenidad, pero, claro, él siempre está enfadado. A ver si traen en el próximo pedido y tenemos un poco de paz.
La cafetera burbujea, el Querubín Trajeado sirve el café con leche en vasos de cartón reciclable y se sienta con un suspiro a la cabecera de la mesa, un poco de lado para poder estirar las piernas, yo le imito. Bebemos, callamos. El café está bueno, de golpe me siento como muy relajado y creativo. Decido que es la cafeína, que noto mucho su efecto; hace mucho que no tomo café.
—¿Sabe cuál es el protocolo básico en la toma de rehenes? —me pregunta.
No me sorprende su pregunta, creo que me he acostumbrado a su forma oblicua de acercarse a los temas, su manera de plantear una cuestión empezando por las curiosas referencias que maneja.
—Lo que sé, lo sé por las películas, y los libros, malos libros en general; puede que no sea cierto o que solo se aplique en los Estados Unidos, pero creo que de entrada es dejar a los secuestradores sin luz, sin agua, sin alimentos. Intentar ablandarlos para la posterior negociación.
—¿Entonces qué haces cuando el rehén es un enorme generador de electricidad y hay un depósito con varios millones de litros de agua desalada justo al lado?
—¿Darles lo que quieran? ¿Tomar al asalto el lugar? ¿Envenenarlos con los alimentos? ¿Unirse a ellos? No tengo una respuesta, si fuera una narración podría plantearme varios escenarios y decidirme por uno, pero...
—¿Pero?
—Sin duda sería el más dramático, no el más coherente o el más... ¿ético? ¿Por qué me ha hecho venir?
—Como se supone que tengo que pedir algo a cambio, para poder concederles cosas, entre otras muchas demandas, grandes y pequeñas, pedí hablar con usted. El único motivo es que tenía curiosidad por saber de usted;temía que hubiese... La última vez que nos vimos la cosa estaba un poco caliente ¿es una buena expresión?
—Apropiada, en todos los sentidos.
—También pedí su visita porque he de reconocer que imagino a un montón de psicólogos profesionales buscando motivos, patrones a mis actos, así que de cuando en cuando intento sorprenderlos. ¿Cree que deducirán algún motivo inconfesable?
—Encontrarán algo bien retorcido, que quede bien por televisión. Además es posible que hasta sea verdad. Le seré sincero: creo que tarde o temprano intentaran entrar. No creen que vaya usted a hacer alguna locura ni a inmolarse. Se arriesgaran a quedarse sin luz unos días.
—Serenidad asegura que sin suministro de fluido eléctrico desde... el otro lado, o desde Francia se arriesgan a meses, sí no años de escasez. Carezco de suficientes conocimientos para dar la razón a uno o a otros. En cuanto lo de inmolarse, ¿cuál es su opinión? ¿Soy un suicida? ¿Un asesino de masas?
—No tenía ninguna hecha hasta este momento, pero le he visto entrar con las manos en los bolsillos en un lugar que no sé más que definir como zona de guerra. Además usted asegura ser profundamente religioso y dice tener tratos directos con la divinidad; sabe perfectamente que eso me hace desconfiar profundamente sobre mi capacidad para predecir lo que pueda usted hacer o no hacer.
—¿Qué piensa que harán ellos cuando tomen la central, si la toman?
—Lo mismo que usted ha estado haciendo con ellos: apretar al gobierno central, tampoco creo que su intención sea fusionar el núcleo. Parece que tiene su propia bomba o el material necesario para construirla. ¿Qué le dice su... visión?
El Querubín Trajeado parece masticar lo que le digo, durante unos momentos.
—Ya no hay visión, se fue. Es un alivio y a la vez… uno se queda solo, sin certezas, abandonado.
Después pone una cara con la cual resume que ser un místico no es ningún chollo. Parece que va a decir algo, pero por primera vez se queda sin palabras. Por eso habló yo.
—Parece que ahora tendrá que dar el próximo paso sin guía. ¿Tiene alguna idea sobre lo que va a hacer?
—Quisiera entregar la central, el problema es, ¿a quién? No deseo tomar partido en esta lucha, en esta guerra de baja intensidad. Ambos bandos, en el mejor de los casos, me resultan profundamente indiferentes.
—Comparto su apatía. Ha de reconocer que está usted atrapado.
—Lo estoy. O casi.
—No le envidio.
—¿Cuánta gente cree que conoce exactamente la situación?
—¿Que la central no está en manos de unos ni otros, sino de un maníaco religioso, acompañado de un montón de chicas semidesnudas y un ingeniero cabreado con un arma? No importa, nadie lo creería.
—Me molesta que me llame maníaco religioso.
—Acostúmbrese, es el epíteto más suave que guardará para usted la historia. No es tan malo, he sido clasificado como un maníaco sexual repetidas veces, en verdad pienso que no es tan cierto como hasta a mí me gustaría creer.
—Tendré que darle la razón en las dos cuestiones.
—¿Qué piensa hacer? Es una pregunta estúpida, lo sé.
—Entregar la central, en algún momento, posiblemente a un tercero. ¿alguno que contente a las dos partes? He pensado en El Vaticano. Creo que al Santo Padre no le importaría mediar en la disputa. No sé si será posible. Por ahora parece que tenemos tiempo, Serenidad sostiene que la puede mantener funcionando hasta el agotamiento del combustible y luego ingeniárselas para que la gente prefiera mantenerse alejada durante bastante tiempo... sin provocar una catástrofe, a veces no sé si creerle. También dice que, a tenor de las últimas noticias, ninguno de los dos bandos tiene capacidad para producir más combustible. Y durante muchos años nadie va a venderles ni un kilo, por lo que la central está muriendo lenta y pacíficamente.
Serenidad, las pocas veces que le he visto, demasiadas, todas, me ha parecido un globo a punto de estallar. No sé si esto no pasa solo porque es sujetado o se deja sujetar por la voluntad del Querubín Trajeado. ¿Plantearme escenarios? Los idiotas de afuera, o los del final de la carretera, se ponen nerviosos, se cepillan al tipo del traje y Serenidad, sin su freno, le pega fuego al mundo.
—Yo no confiaría en Serenidad.
—¿Por qué?
—Porque soy un tipo lleno de perjuicios y pienso que Serenidad está loco de atar, más aún que usted o que yo.
—Serenidad es parte del plan de Dios, así hemos de aceptarlo.
—No comparto su fe; no creo que ni siquiera desee tener fe.
—¿Alguna vez, en este punto o uno de similar, es cuando, quién sea, le mira como si careciera usted de algo muy importante? ¿Cómo si fuera un inválido? ¿Alguien qué necesita ayuda y no es capaz de reconocerlo?
—Sí, me ha pasado; me ha cabreado bastante.
—Cuando alguien se dedica a gritar a los cuatro vientos que lo que todos creen, lo que necesitan creer es, si no mentira, equivocado; ha de aceptar que se encontrara con reacciones de todos tipos. Encontrarse con una mirada de piedad debería parecernos una señal de esperanza en el genero humano.
—Yo como que casi la he perdido. A los tipos de afuera se les hace difícil ser piadosos, serlo es un problema logístico importante. Han aprendido rápidamente que los campos de concentración son más eficientes. ¿Le parece esto una señal de esperanza?
—Cierto, olvido siempre las alternativas más terribles; creo que no soy más que un optimista.
La puerta se abre, una chica bastante mona, redondita, vestida con el camisón que parece ser el uniforme de la congregación de los Desavenencias, pide perdón y se acerca a su líder y le habla a la oreja bajito mientras me mira con curiosidad. El Querubín se levanta con un mohín de ligero disgusto y me tiende la mano.
—Me alegro de haber vuelto a verle, de que esté usted vivo y de que continúe zarandeando las certezas de todos, yo incluido. Ese es su karma, su misión, como quiera llamarlo. Tengo que dejarle. Si desea quedarse aquí con nosotros y huir de… sus incomodidades puedo hacerle un hueco, en caso contrario María Rosa le acompañará a la salida. Siéntase libre en este caso de relatar nuestra conversación. ¿Quiere que exija algo para usted?, ¿no?, piénseselo.... Discúlpeme, soy el terrorista de más éxito del planeta y mi tiempo ha dejado de pertenecerme.
Su mano nerviosa huye de la mía y sale con paso elástico de la habitación. Me quedo mirando la puerta por la que desaparece hasta que la chica —¿María Rosa?— carraspea obligándome a mirarla.
—Cuando es así de brusco, me pone de los nervios. Hace mucho esto: te plantea... alternativas irreconciliables y cuando todavía ni has empezado a pensar en las posibilidades se larga y te deja contigo mismo. Estoy segura de que lo hace adrede.
Debo haber puesto cara de dudarlo, porque de seguido pasa ha plantearme sus motivos.
—La primera charla que le escuché se resumía en que: nada en el mundo era blanco o negro, ni siquiera para un daltónico, pero que la única respuesta que le podíamos dar al mundo se resumía en actuar o en no hacerlo; un sí o un no, un blanco o un negro. Y que en aquel momento teníamos que decidir ir con él o quedarnos allí, porque de todos modos la charla había acabado.
—¿Tú fuiste con él?
—Sí.
—Adónde?
—A la pizzería de enfrente, a cenar. ¿Y tú? ¿Quieres pensar un rato?, o ¿ya tienes decidido cuál será tu próximo paso?
Su mirada es traviesa, parece divertirse mucho viéndome en lo que ella piensa que es una encrucijada.
—Acompáñeme a la salida, por favor.
—¿Estás seguro?
—No se puede estar seguro de nada; pero siento que este no es mi lugar.
—Este no es el lugar de nadie, pero es donde están pasando las cosas.
—Cierto, por eso quiero marcharme.
—No te entiendo.
—¿Conoce la maldición china que te desea que vivas en tiempos interesantes? Estar aquí ahora es exactamente eso.
Ella reflexiona un segundo, calla, se encoge de hombros y señala la puerta, por donde he entrado. Deshacemos el camino por el interior industrial vacío y fresco, llegamos al espacio dónde cuelgan los gallineros del techo, ya veo al fondo junto a la hoja de la gran persiana metálica la pequeña puerta por la que he entrado, con la luz encendida además veo una larga escalera, apoyada en el muro, que permite alcanzar una hamaca colorida, a unos cinco o seis metros de alto, sobre el dintel de la persiana. Allí arriba, dentro de la hamaca, hay otra chica con unos prismáticos en las manos —por lo que supongo que el muro tiene alguna aspillera oculta—. Ella es muy flaca, muy pelirroja y muy sonriente; parece algún tipo de pajarito exótico. Mi acompañante me ofrece la salida y una sonrisa, después apaga la luz y abre la puerta yo la cruzo y cuando estoy en el exterior escucho que me llama.
—¡Eh! Leí uno de tus libritos.
Me giro y la miro, apenas la veo, es como un fantasma que parece flotar en la oscuridad, más allá de la puerta. Llevo durante toda nuestra breve conversación llamándola de usted, al oírla hablar de mis letras se me olvida la formalidad.
—¿Que te pareció?
—Me gustó, me ponía cachonda.
El fantasma muestra una enorme sonrisa y, como el gato de Cheshire, desaparece un momento antes de que se cierre la puerta —con un desagradable sonido metálico— y recuerdo que no sé quién se preguntaba si todas estas chicas llevan bragas debajo de la túnica. ¿Quién era?
Camino hacia la barricada preguntándomelo; llego hasta allá sin haberlo recordado y decido dejarlo para después. Bajar por la chapa acanalada antes ha sido fácil, pero subir es otra cosa. lo intento y resbalo, lo vuelvo a intentar y vuelvo a resbalar.
—¡Eh! ¿Me podéis echar una mano?
Nadie contesta, el silencio al otro lado parece absoluto, me inquieta. Vuelvo a intentar trepar por la barrera, esta vez lo hago muy poco a poco, utilizando cuidadosamente para fijar mis manos y mis pies los huecos rectangulares que supongo deben ser utilizados como aspilleras y las cabezas de los tornillos que solapan las placas metálicas, Algo más difícil de hacer que de decir. Al final consigo llegar arriba.
Cuando asomo la cabeza veo que algo ha cambiado: no hay tipos de uniforme, sino chiquillería silenciosa con brazaletes. Estoy bajando por la escala cuando todos se ponen a gritar y un par de manos me atrapan y estiran de mí. Caigo aparatosamente al otro lado; donde más manos estiran de mí y me levantan en el acto. Una chavala pequeña y blanca como la leche me da una patada en el culo y me llama xarnego. Otra gorda, grande y con granos me echa un saco o una manta por encima.
Lo último que veo antes de quedarme a oscuras —de refilón, atrás, abandonados— es un par de cuerpos en el suelo rodeados de una mancha oscura. Uno de ellos es, sin duda, Anna María.
Tumbado en la caja de lo que puede ser un camión o una furgoneta siento los pies de gente que me aprietan contra el suelo, Dos veces intento levantarme, la primera me chillan y me empujan, la segunda me dan, creo, que un culatazo y veo las estrellas. Me mareo y vomito dentro del burka improvisada en que me han metido. Tengo muchos problemas para respirar y para moverme bajo lo que parecen mil pares de piernas que me pisotean. Estoy convencido de que voy a morir asfixiado. Lucho por encontrar una posición en que llegue algo de aire a mis pulmones. Cuando lo consigo es tan poco y tan costoso que me pregunto si vale la pena seguir viviendo con la boca y la nariz llena de tu propio vomito.
La cuestión filosófica desaparece al cabo de un rato cuando entre otro montón de empujones y hostias me meten en un edificio —lo sé por como cambia el ruido a mi alrededor—. Tropiezo por pasillos y escaleras, hasta acabar en una habitación muy pequeña, donde me quitan el saco de un tirón —hace daño, debe tener una brecha donde me han dado el culatazo y la tela se ha pegado a la herida— y de un último empujón me arrojan al suelo. Oigo como se cierra la puerta a mis espaldas y, después, todo es oscuridad y silencio.
Mil años después la puerta vuelve a abrirse y otro montón de niños me saca a empujones y me llevan a una oficina en la que solo hay una mesa y dos sillas. Cuando veo que son de tubo metálico y madera laminada comprendo: sí, este es mi lugar, aquí me encuentro con mi destino. Comienzo a reírme, eso no le gusta a los chavalotes, que se ponen con entusiasmo a soltarme collejas, uno se acerca demasiado y le suelto un codazo en el cuello y se derrumba. Los otros se cabrean, se ponen a hostiarme en serio y, en nada, yo también me derrumbo.
En el suelo, a un metro de mí, la cara del caído está frente a la mía. Entre los pies de los tipos que me zurran veo intermitentemente como se sujeta la garganta mientras se va poniendo primero rojo y luego morado, su mirada fija en la mía. Le envío un beso, solo con los labios, antes de agarrar un tobillo y morderlo; alguien me da un culatazo y me desmayo.
