El caso Sarmiento -Capítulo XII- El Barrio Viejo

 

 

Lucrecia Borja

 He llegado, pocos minutos antes de las cuatro, a la Ronda. Las tiendas de informática, que por algún desconocido proceso metabólico de la ciudad, han acabado concentrándose aquí, están todavía cerradas. Por eso, mientras abrenbusco un cajero automático, para conseguir un poco de efectivo.

El que encuentro está en el exterior del banco, en la fachada, y eso siempre me da mal rollo, pero hay que joderse. Cada vez más entidades, fuera del horario comercial, cierran sus vestíbulos; es para mantener fuera a los indigentes y evitar que los usen como hostels para pasar la noche. Tengo una muda conversación con la máquina y le convenzo de que me de dinero. Cuando estoy a punto de marcharme, el cajero escupe, con un último esfuerzo, un recibo que no le he pedido. Le echo un ojo; además de la cantidad que he sacado ¡hay otra que me sorprende! A primera vista me parece el saldo correcto que podía esperar, pero con una cifra de más, un seis, a la izquierda. Un chorro de pasta de más. Regreso al cajero, repico sobre la pantalla y solicito los últimos movimientos. Espero mientras escucho como se imprime una nueva cinta de papel. Resigo con el dedo las líneas de texto, lo miro tres veces, no hay duda: Papá Noel se ha dejado caer un par de veces por la chimenea de mi cuenta y ha dejado regalos, un par de regalos muy gordos, en fechas que no eran Navidad, ni mi cumpleaños. Inmediatamente llamo a Vicentín.

¿No tienes idea quién puede haber hecho las transferencias? ¿Has contratado algo en mi nombre, Vicentín? Por ese precio me replantearía lo de La Carrera de los Famosos.

No, todo está cobrado.

¿Entonces qué? ¿Lo tratamos como un error? ¿Damos cuenta al banco?

Haré averiguaciones; hablaré con ellos. Queramos que sea un error.

¿Alguien quiere joderme? ¿Hay un plan detrás de esto? —me pregunto en voz alta; Vicentín contesta, claro.

No se me ocurre cual podría ser. Es fácil seguir el rastro de una transferencia. Un soborno no se paga por transferencia, son útiles para pagar servicios, mercancías; es la mejor manera de que un pago quede registrado. Nadie gasta dinero para implicar a nadie en nada. 

¿Qué es lo que estoy cobrando?

Lo averiguaré, hablaré con el banco. Te llamo.

No me quedo muy convencido. Recuerdo la cara del viejo carnicero diciendo que pensaban que yo tenía acceso a los fondos. ¿Son estos los fondos?, ¿fondos para pagar qué? Pienso en largarme, pero no sé a dónde.

Las tiendas de informática comienzan a abrir sus puertas, a encender las luces, y eso me recuerda lo que he venido a hacer aquí. Doy un vistazo por encima a los escaparates y a las listas de precios y al cabo de media hora salgo de un almacén, con el portátil de pantalla pequeña y poco peso más barato que he podido encontrar. Rechazo las novedades en tecnología; solo compro diseños maduros.

En una cafetería; mientras me como un croissant de mantequilla y un café con leche; le instalo, desde una tarjeta diminuta, un sistema operativo —enésima versión del que compiló un tipo con la cara llena de granos, durante un invierno finlandés— en mi nueva adquisición.

Estoy ansioso. Quiero bajarme la copia de seguridad de la novela, desde el cielo de los datos, lo antes posible y ponerme a trabajar. Esconderme y ponerme a trabajar. Miro a través de las vidrieras de la cafetería. Tengo la sensación de que ahí afuera no hay, ahora mismo, nada para mí más que problemas. Acierto: Einstein está al otro lado de la calle con su gran sonrisa de colgado partiéndole la cara de un lado a otro. Lleva un corte de pelo curioso: tiene más cabello a un lado que a otro de la cabeza; como si hubiera ido al peluquero y, a medio corte, se hubiera levantado del sillón y salido volando. Lo que, por reflejo, hago yo: cierro el portátil y salgo de la cafetería, calle abajo, casi corriendo, cruzando mentalmente los dedos para que no me vea. Al poco soy consciente de que intento poner la máxima distancia entre él y yo, y de paso también con todos los conocidos y amigos de María Sarmiento. Ya he tenido bastante.

Sigo Ronda abajo hasta que tuerzo a la izquierda y me interno en el Raval. Este podría decirse que es mi barrio, al menos es donde quemé la adolescencia y la juventud. Está desconocido y a la vez sigue siendo el mismo. Lo que más se nota es que ha cambiado la nacionalidad de los emigrantes. Lo sé de primera mano, yo fui uno de ellos.

Recuerdo cuando esta sociedad se tenía por acogedora. Si lo deseabas podías considerarte un nativo por el mero hecho de vivir y trabajar aquí; al menos era lo que proclamaba la propaganda. A la muerte del dictador hubo un sutil cambio: se comenzó a pedir también que los llegados de fuera aprendiesen el idioma, la lengua local. Últimamente parece que no puedes considerarte parte de la nación si no tienes una larga lista de agravios, con el resto de la península, y estás a favor de la independencia. No sé si en estas calles llenas de paquistaníes, magrebíes, subsaharianos, eslavos e indocumentados llegarán muchos ecos de la reivindicación.

Aumento el paso y tengo que esquivar a los grupos de gente, que ocupados en sus cosas, me barran el camino. La población del país creció de los seis millones a los siete, con la llegada masiva de emigrantes, en los años del último boom económico; este ya pasó, pero los emigrantes siguen llegando sin parar. Fenómenos más típicos del tercer mundo se ven ahora en cada esquina: niños de la calle, contratos de servitud, masiva venta callejera. Este país cambia cada día y se aleja rápidamente del modelo ilusorio que, a muchos yo inclusive, les hubiera gustado alcanzar. Ese que, por un momento, parecía que se iba a conseguir.

A mí, en lo político, las decepciones me duran poco. A los trece, o catorce años, descubrí la realidad: todo está cambiando continuamente y no lo hace en la dirección más lógica, sino hacia la que ofrece menor resistencia. La de planteamiento más sencillo, planteamiento que suele ser falso.

De todos los caminos fáciles el que más detesto es el del amor al país, a la lengua, como si todos los países del mundo no estuviesen cambiando continuamente de fronteras y pobladores. Como si las lenguas no se disolviesen las unas en las otras y su preeminencia pudiese ser explicada por algo más que por factores económicos.

¿Ofrezco alguna solución? ¿Creo en una alternativa? No, nunca lo he hecho; solo he salido corriendo hacia adelante, como ahora mismo. Mi carrera es el reconocimiento de que hay cosas que me superan, que no entiendo y no importa si es por mi estupidez o porque son incomprensibles en sí mismas.

Entro en los jardines del antiguo hospital. En este atrio siempre ha estado la escuela de arte, donde de joven hubiese matado por poder estudiar, fascinado a medias por la pintura y por las pintas de las chicas que parecían brotar aquí: sutiles mezclas de hadas y demonio, que probaban la existencia de un mundo diferente, allí en lo alto de la ciudad. Ahora además de la escuela y la biblioteca hay un par de terrazas de bares buen-rollo-hablamos-inglés y un montón de indigentes acampados bajo los porches góticos. Me mezclo entre ellos, nadie quiere mirarlos, nadie puede verlos. Observo a la gente que cruza el atrio, no veo ninguna cara conocida, no veo a Einstein. Un tipo grande, rebozado en un montón de ropa apestosa, se me acerca y me impreca, más que me pregunta, señalando el portátil en mi mano.

¡Eh, tío! ¿Que llevas ahí?

Un equipo de dentista, te meto con el canto y te dejo sin los pocos putos piños que te quedan. Luego te cobro por el puto trabajo, y después me follo a tu madre. ¿Tienes bastantes explicaciones?

El tipo se queda, con su mirada ligeramente beoda, observándome. Igual me he pasado, pero tengo —ahora me doy cuenta— malos recuerdos de estos soportales, de los sirleros que corrían por aquí —más bien te hacían correr ellos a ti—, de las bandas de adolescentes que buscaban broncas unos con otros. También de la época en que todo el mundo era un yonqui y podía pasarse del papel de víctima al de agresor con más facilidad que con la que cambia el viento. ¿Ningún tiempo pasado fue mejor? No, pero eras más joven, tenías más reservas de esperanza.

Al final el tipo acierta a abrir la boca.

Tío, tienes un problema de agresividad muy grande. La violencia puede destruirte: has de descargar esa tensión.

Yo se lo digo siempre —añade Einstein, que se ha materializado a nuestro lado.

¡Mierda!, ¡Einstein! Deja de hacer esto.

¿El qué?

Aparecer de la nada. Pareces el puto Batman.

Batman mola — interviene el beodo.

Yo soy más de Spiderman —nos ilumina Einstein. El beodo también tiene una opinión:

Lo han masificado demasiado yo creo que…

Soy de su misma opinión, pero ahora mismo lo único que quiero es largarme. Giro sobre mis talones y me pongo en marcha ignorando la voz de Einstein detrás de mí.

¿A dónde va?

No sirve de nada el correr; al cabo de lo que parece un segundo lo tengo a mi lado.

No vaya tan deprisa, hay una cosa que quiero decirle.

No quiero escucharla, cada vez que apareces... alguien intenta atizarme, detenerme, secuestrarme, o algo peor.

¿Sí? Qué curioso, no. ¡Está bromeando!

No, no lo estoy, piensa en ello.

Lo hace, como siempre que parece hacerlo, se queda en standby durante unos segundos. Yo también debo parecer que lo estoy, porque paso demasiado tiempo sopesando si es una buena ocasión para poner tierra por medio. Antes de decidirme regresa del reino de las abstracciones.

Yo pensaba que era al revés: que en cuanto me acercaba a usted acababa en líos; pero no le guardo ningún rencor por eso.

¿Rencor? ¿Rencor, Einstein?

Sí claro, rencor ¿Me invita a un café con leche?

 

Estamos en un Starbucks, un sitio donde pagas por hacer cola y que te sirvan un café horrible, al triple de su precio normal. Está hasta arriba, todo el público me parece extranjero, pero puedo equivocarme. O no, porque el camarero tiene un acento raro, no entiende mi nombre y se lo he de repetir tres veces, para que lo escriba con un rotulador en el vaso de papel, que pasa al encargado de la máquina espresso. Yo, mientras, tengo que pagar introduciendo billetes y monedas en otra máquina. Supongo que el propietario no se debe fiar de sus empleados, o hay una ola de atracos a cafeterías.

Tardan mucho —se queja del servicio Einstein.

Solo será un momento digo, aunque pienso lo mismo.

El tío de la máquina grita a voz al cuello algo que se parece a mi nombre y casi inmediatamente después Einstein; así que le envío a que recoja el pedido. Tenía que haber ido yo, se queda cinco minutos hablando con el barista, que no sabe qué cara poner.

Le he dicho que tendrían que ayudarse más los unos a los otros. Que quedarse como pasmarote, clavado cada uno en su faena, es la forma más antigua del mundo de escaquearse, ¿no? Esto no tiene azúcar, ¿no te dan azúcar? ¿Te lo tienes qué traer de casa?

Coge en aquel mostrador.

¿Sabe lo que significa coger en México?

Sí, lo sé. Ves por el puto azúcar.

Miro alrededor, casi todos los asientos están ocupados, hay cola en la entrada. Lo prefiero si tengo que juntarme con Einstein: que sea en el sitio más público posible; nada de paseos en la oscuridad por los bosques.

No hay cucharillas, para remover, solo esta especie de palillos largos. Son para eso ¿no?

Sí, has acertado.

Calla mientras añade diez o doce azucarillos a su bañera de café aguado y leche. Le da un largo sorbo, se desconecta un segundo y después sentencia.

No me gusta.

La vida está llena de decepciones.

¿Dónde se había metido?

Me hospedaron, a la fuerza, en un sitio pequeño y desagradable. ¿Qué le ha pasado a tu pelo?

La luz me lo quemó un poco, olía fatal. ¿Quién era esa gente?

¿Qué gente?

La gente que vino a por usted, se lo llevaron en un momento. El Doctor se asustó, salió corriendo sin mirar atrás.

Hizo bien. ¿Qué es lo que querías decirme, Einstein?

Se queda en blanco por un segundo, después escarba en los bolsillos hasta encontrar un papelito y me lo pasa. En él, escrita con una caligrafía infantil, hay una dirección de internet. La de un blog, .

El Doctor me llamó, Dijo que tenía que echarle un vistazo a esto.

¿Por qué tengo que hacerlo? Porque lo único que me gusta de los Starbucks es que tienen wifi y la contraseña está escrita en mi tique de compra. Tengo un ordenador nuevo de trinca, no me puedo resistir.

El blog se llama Solución Finalen mayúsculas—, y va sobre eso, precisamente. Leyéndolo me parece escuchar la voz de María Sarmiento, reconozco su tono despreciativo, esa desesperanza que te intenta insuflar, como por juego. Ese: quien bien te quiere te hará llorar; la he sufrido en mi propia carne, o la hubiera sufrido si no la hubiese considerado parte del peaje del juego erótico. La primera entrada trata sobre la falacia de la resiliencia del sistema democrático, falacia por la cual en occidente consideramos a nuestras sociedades más resistentes a los cambios, más estables y con mejor capacidad de recuperación a los avatares de la existencia. El autor, basándose en algo llamado teoría de los sistemas y que a lo mejor se inventa,  viene a decir que puedes bombardear un pueblo somalí hasta las cenizas y a la siguiente estación... todo estará igual que antes, ¿Por qué? La sociedad somalí es muy básica, su pegamento principal son las certezas religiosas, el modelo que defiende no necesita constatación con la realidad. Si bombardeas Barcelona, solo un poquito, necesitas veinte años para que la sociedad consiga reconstruir la miríada de relaciones que la componen; eso si consigue salir de una continuada devaluación interna. Dice eso u otra cosa, porque la prosa es retorcida de la ostia y va enganchando axiomas discutibles uno tras otro. Quiero entender que lo que sostiene el ensayo es que, con un buen golpetazo, sin llegar a ser exagerado, desmontas una sociedad compleja. Sociedad que, por su propia complejidad, ya está predispuesta a derrumbarse. Creo recordar que eso era el tema de fondo de Jurassic Park. 

No acabo de leer la primera entrada y clico en la segunda. El estilo viene a ser el mismo o peor. Habla sobre el imperialismo, creo entender que su tesis es que las llamadas antiguas colonias nunca vivieron mejor que cuando lo fueron, resalta los casos de la Argentina o Argelia, que cuando se producen sus procesos de independencia ni siquiera son colonias, sino provincias en toda regla. ¿Cuál es el mensaje? ¿Que si quieres joderle, bien jodido, dale a un novato más libertad de la que sepa manejar? ¿Y qué cantidad es esta? Dejo de leer el churro este y salto a otra entrada, y a otra, y otra... leyéndolas en diagonal, sin conseguir decidir si son artefactos literarios, salidas de tono queridas, o realmente son textos de esos que la gente califica de fascistas sin tener ni idea de lo que es el fascismo.

Hay un largo texto comprensible—que intenta definir el nacionalismo y fracasa al reconocer que significa algo diferente para cada cual. Otro en tono jocoso—enumera las causas que pueden exterminar al ser humano; hay una muy divertida sobre un plástico, que tras ingerirlo el cuerpo, cuando se descompone, lo toma por una hormona y nos deja a todos estériles de un día para el otro.

Hay un artículo un tanto antiguo, deduzco por el contexto que creo defiende la energía nuclear. Dice muchas cosas interesantes, de esas que nadie entiende. Lo primero que afirma es gracioso: asegura que si quieres recibir fondos lo mejor es que montes algún tipo de oposición a lo nuclear. El otro bloque —o la industria del carbón, o unos señores de Texas, o de Riad te financiará inmediatamente. El tipo después calcula el precio de la energía desprendida por una bomba, de tipo Hiroshima, y concluye que no hay nada más estúpido que tirar una bomba A. Es lo mismo que intentar ahogar al enemigo arrojándole billetes hasta conseguir cubrirle la cabeza. Te sale carísimo, en energía que ni vendes ni usas y ni siquiera puedes estar seguro de que, al año siguiente mismo, el viento no te traiga un porcentaje de partículas radioactivas como rédito a tus esfuerzos.

El siguiente texto podría ser mío, habla sobre el poder de las derrotas en la construcción del mito nacional. Enumera fiestas nacionales que tienen su origen en derrotas, también compara las sociedades en el tiempo en que se produjeron y en la actualidad. ¿Qué tienen en común? La clase dominante es la misma.

Hay un elogio de la misantropía y el comentario de un artículo en que un epidemiólogo presenta a la raza humana como una enfermedad del planeta.

Me canso, no dudo que tengo en la pantalla las cartas de María Sarmiento. El buen Doctor dijo que las haría públicas, con los máximos aspavientos posibles, o algo así. Estas cartas podrían escocer la sensibilidad de mucha gente, indignar a los biempensantes, pero no les veo recorrido ninguno, no son cargas de profundidad contra el sistema, ni nada por el estilo. Sobre todo porque presentan muchos escenarios, todos catastróficos, todos súbitos, en los que la gente no quiere creer; aunque sean posibles. Sobre todo porque son posibles.

Einstein se aburre.

¿Cree que mataron a María por esto?

¿Qué es esto? ¿Una lista de los proyectos que estaba manteniendo María S? ¿Los destinatarios del dinero de los Sarmiento?

No sabemos si mataron a María, Einstein. Tú crees que lo hicieron, pero es solo tu opinión…

¿Por qué no quiero yo creerlo? ¡Porque ya tengo bastante María!, la he visto crecer en todas direcciones. Hacia arriba, hacia abajo, prolongarse eterna en profundidad. Definitivo, tengo bastante.

María nunca llegó a gustarme en realidad, decido. Me quedé enganchado en una historia sexual con una mujer que, según me la hacen conocer, más me desagrada, o más me asusta.

Vuelvo a la primera página del blog y releo en una columna a la derecha los títulos de las entradas. Las fechas son todas del mismo día: hace tres semanas. Los encabezamientos de las cartas son muy similares: Hola, hablé con alguien más listo que tú y me explicó... ¡siempre habla de una fuente de unos terceros! Los que saben o dicen saber. ¿Intelectuales pensando lo impensable?

Entonces se me ocurre una trama, es normal, se supone que soy escritor, me enfrento a los hechos mediante un relato. Es este: a María la mataron, lo hizo uno de estos, uno de los que están detrás de las cartas. Lo hizo porque, dopado con el dinero de María, vio posible poner en marcha lo que predicaba. Lo necesitaba, lo vio necesario. María no le apoyó o se volvió atrás y ellos —él— la mataron. ¿Es una historia que quiera y pueda escribir? ¿Es una buena historia?

Dime, Einstein, ¿conocías a muchos amigos de María? —amigos que hablen de bombardear Somalia o de disolver microplásticos en el agua; estoy a punto de añadir, pero callo.

María no tenía amigos, tenía amantes y compañeros de viaje; y una marioneta, pero esa es usted, e igual no le mola mucho que lo diga.

Es un rango individual, solo existe un componente. Sin duda es un rango honorífico, pero dime: ¿compañeros de viaje?, ¿quiénes serían estos?

Tíos a los que les gusta hablar y tías que piden ¡acción, acción! Son muy aburridos y unas sanguijuelas... ¡Me está interrogando? Vaya, ¡ya era hora de que se pusiera! ¿Tan difícil era?

Concéntrate —digo, sobre todo a mí mismo—. ¿Recuerdas como sé llamaban esos compañeros, que es lo que hacían?

Recordar no, pero tengo la lista.

¿La lista?

Claro.

La cara franca y chalada de Einstein me dedica otra de sus miradas llenas de ternura y piedad por mí. Consiguiendo que, por enésima vez, desde que le conozco, me entren ganas de estámparle una hostia. Lo dejo para luego.

¿Me dejas mirar esa lista, por favor?