El caso Sarmiento -Capítulo XI -Vistas al mar
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Rutherford B. Hayes |
Vistas al Mar
—Las heridas de las esquirlas se han infectado, no es algo grave, pero mejor ponerle un tratamiento, unas pastillas. También le daré unas vitaminas y sales minerales, ha perdido mucho líquido durante su encierro.
Me dice el médico. Aunque no se ha presentado como tal, digo que lo es porque lleva bata y un estetoscopio al cuello, también una tarjeta plástica colgando del bolsillo, una de esas gruesas que son un contador de radiación. Cuando la vi me pregunté si era radiólogo, pero no dije nada. Al rato mirando las pastillas que tenía que tomarme, recordé las ensaladas del viejo y la comida sin sal y pensé que no creía que estuviese falto de vitaminas. Aquel tipo, el carnicero, sabía lo que se hacía; para él no debía ser más que ganado, pero desde luego no permitiría que me pusiera enfermo, que se estropeara la mercancía. Hijo de puta.
Palpé los vendajes por encima de las heridas y aunque eran molestos no estaban calientes y decidí que no estaban infectados. Diría que la comida aquí sí que lleva sal, poca pero lleva, no parece de hospital sino de colegio. Solo hay que probar esos macarrones tan pasados con trocitos de salchichas casi dulces...
Y continúo mirando las pastillas decidido a no tomármelas y preguntándome por qué estoy tan decidido. Me digo que es porque esto no es un hospital, ni una clínica. ¿Por qué estoy tan seguro? Fácil: siempre está todo en silencio, nunca se oyen pasos apresurados, ni los lloros y maldiciones de los pacientes, ni siquiera el gruñir de una rueda sobre el linóleo —esto del gruñido lo he leído en alguna parte—. La puerta es gruesa y amortigua bien los sonidos, ¿pero todos? Me he dado cuenta de ello y ahora no puedo sacármelo de la cabeza y mi cabeza está últimamente demasiado llena.
Soy libre aseguran los que saben, pero yo sé que es mentira. Cierto que ahora tengo una ventana y veo el mar, pero estas ventanas no se pueden abrir y los facultativos que me atienden dicen que estoy muy afectado para ocuparme de cualquier cosa, inclusive de mí mismo.
Aquí no me dan ni periódicos viejos y justo tras la puerta tengo la sensación de que siempre hay alguien, no tengo claro si para evitar que nadie entre o para evitar que yo me vaya. En algún momento, tendré que hacer un experimento, para decidir esta cuestión —¿no suena como una canción?—, por lo pronto he comenzado a solo simular que me tomo las pastillas que me dan y a dejar de hacer preguntas como: ¿dónde estoy?, ¿qué ha sido del Carnicero?, las he cambiado por: ¿cuándo seamos independientes, en que liga jugará el Barça? En realidad, sobre esto último no creo que haya mucho que pensar, creo que el Barça jugará donde quiera jugar, pero si lo hace en la liga francesa... inevitablemente bajará el nivel de su juego. Expreso esta opinión a quién quiera escucharla y a quién no también, he conseguido la habilidad de desviar cualquier tema hacia esta cuestión y esto, sumado a mi reconocida sordera selectiva, ha convencido al reducido staff médico de que definitivamente se me ha aflojado un tornillo. Quizás sea cierto.
El vivir un remake de «Solo ante el peligro» me ha acabado convenciendo que la originalidad ya es imposible. Que todo lo que puede pasar en el futuro ya ha sido imaginado en el pasado y no solo es cierto que el hombre tropiece dos veces en la misma piedra, sino que siente un extraño placer en ello. Esta opinión la expreso en voz alta cuando estoy solo en la habitación convencido de que me observan, me vigilan, me graban, continuamente, esperando que yo les dé una respuesta a una pregunta que desconozco.
Mientras tanto me atienden, me toman el pulso, la tensión y me dicen que casi estoy recuperado, que pronto podré marcharme a casa. Nunca les pregunto cuál es la enfermedad que me retiene aquí, porqué estoy convencido de que no sufro ninguna enfermedad física y si mi enfermedad fuera del alma —vamos, que si estuviera chalado— estaría en un manicomio y recibiría asistencia psiquiátrica y no las visitas de Anna María.
Ella es la única persona que cruza esa puerta que no lleva una bata blanca o uno de esos casi pijamas verdes que parecen tan cómodos. Cuando entra, si hay alguien más en la habitación, saluda con un murmullo y espera a que quien sea acabe de hacer lo que esté haciendo y se marche, después acerca una silla al cabezal de mi cama y se sienta. Quien quiera que esté en la habitación cuando ella entra responde a su murmullo —si responde—, con un murmullo todavía más bajo y evita mirarla. También me he fijado que la silla apareció el mismo día de su primera visita.
Al principio sentada ahí enfrente mío lucía confusa y aunque habló bastante parecía no saber que decir. Hacía grandes gestos con las manos que querían abarcarlo todo, subrayar lo nimio; mientras miraba hacia los rincones, como si esperase el consejo de alguien invisible que solo ella podía ver. No estaba muy diferente que cuando la conocí. Entonces no se defendía bien en las situaciones que podríamos llamar normales de la vida. Porque visitar a un amigo, un conocido, enfermo, es una situación normal, igual que ir a un entierro o a una boda. Anna María solo se encuentra cómoda en los casos excepcionales, cuanto más excepcionales mejor: hablar a una multitud, encontrar excusas para lo inexcusable, crear un país. No entiendo por qué me visita. Esta es su tercera o cuarta visita y está diferente, o la veo diferente, creo que sé por qué: hoy ha traído una carpeta, un expediente. Agarrado a él parece mucho más segura, más dispuesta, en su elemento.
—¿Cómo te encuentras hoy?
—¿Cómo ayer?
—Como ayer.
—Anna Maria, ¿por qué?
—¿Por qué qué?
—La gente me tira bombas, me secuestra, tú me visitas…
Ella calla, tengo la sensación de que lo sabe, que es por el mismo motivo que estoy ahora en esta habitación tan blanca y con tan bonita vista al mar. Tengo la sensación de que todo el mundo sabe algo que yo no sé; a la vez que todo el mundo cree que yo sé algo que no sé. Igual que antes de dejar de tomar drogas llegué a creer que todo el mundo era algo y yo había dejado de serlo.
—Es por María Sarmiento, era una mujer compleja. ¿Crees que la conocías bien?
—No. Se supone que éramos amantes ¿No?, pues no creo que ni dentro ni fuera de la cama llegara a conocerla bien. Imaginaba que me despreciaba y por eso le encantaba que la follara. Le iba un poco el rollo masoca, masoca mental, no le gustaba que nadie la humillara, le gustaba hacérselo ella misma. Era una zorra retorcida. Me encantan las zorras retorcidas, me ha costado reconocérmelo a mí mismo, pero sí no ¿qué explicación tienen todos mis rollos?
Por ejemplo, el que tuve contigo, el que tuvimos, estoy a punto de añadir, pero no tengo demasiadas ganas de bronca en este momento. La verdad es que necesito amor, ya ni me acuerdo de la última vez que tuve un poco de la pequeña muerte, que dicen los franceses; solo de pensar en la posibilidad de que Anna Maria retire las sabanas, se deje de personalidades complejas y me la chupe me la está poniendo como un palo, lo que a mi edad debe considerarse todo un éxito. Me parece ver un brillo de interés en su mirada, no sé si por mi descripción de María S o por la charla guarra en general.
Me engaño a mí mismo, no le interesa más que el poder, la influencia sobre los demás, pero es la única tía que he tenido a tiro desde hace... No lo sé, el tiempo se estira y se contrae; no hace falta saber física para darse cuenta de ello, basta con estar encerrado en una jaula o tomar barbitúricos. Tomo una decisión estúpida, darle coba, seguirle la conversación a ver si consigo en algún momento llevarla hacia mi terreno. Lo decido a la vez que otra parte de mí se burla de lo desesperado que estoy y me recuerda toda la mierda que he tenido que tragar tantas veces por un polvo guarro —que digo guarro, torpe— con una colgada.
—¿Por qué dices que María S era una mujer compleja? —pregunto.
—Por sus actividades.
—¿Actividades? Yo creía que se pasaba el día discutiendo con su madre o durmiendo, para recuperarse de la resaca.
No creo eso, no sé qué creo, no he pensado nunca mucho en ello. Sé que era de buena posición, que tenía estudios y que en lugar de trabajar estaba metida en rollos de ONG o algo por el estilo. Anna Maria sabe mucho más que yo, mejor darle la oportunidad de hablar y que pueda demostrar todo lo lista que es y lo controlado que lo tiene todo.
—¿Tan poco sabías de ella?
—¿Qué hay que saber? Respeto la intimidad de los demás, no interrogo a la gente más allá de cosas como la música que le gusta y si usa anticonceptivos.
Ahora me he pasado, Anna María no puede evitar arrugar el ceño. Esta respuesta no es igualitaria, integradora, solidaria... Ella también me desprecia, eso lo he sabido siempre. Anna María quiso salvarme, no lo consiguió y quedó muy decepcionada; ¿cómo puedo pretender que no necesito ser salvado?, ella lo necesita, salvar a alguien lo pone definitivamente por debajo de ti. Desprecia a todo aquel que no quiere ser salvado.
—Ese desinterés... puede ser ofensivo.
—Puede, o no; realmente no me importa. Era sexo. No la conocí más allá de lo que quiso que la conociera. No me planteé sus motivaciones, no recuerdo que ella me preguntara las mías. Aparecía cuando le daba la gana, me criticaba, follábamos y se largaba.
—Una mujer es más que un cuerpo.
—Y un hombre, pero no se pasa el día intentando demostrar que lo es.
Ya estoy discutiendo con ella, así es como acabo nuestro simulacro de relación, ella comienza a cuestionar de manera lateral, como muy amablemente, mi forma de ver la vida, mi educación, mis principios, tan distintos a los suyos. Ella cree que el hombre puede ser salvado, yo no lo creo. Ella quiere cambiar la sociedad, yo no creo que se pueda; de propina pienso que una sociedad más parecida a la que ella tiene en mente... sería un sitio peor donde vivir. No intento convencerla de mi visión, ella se irrita cuando yo no comparto la suya. Suspira.
—No me puedo creer que fueses tan... ajeno, a su realidad.
—¿Su realidad? Cuando estábamos en la cama me parecía muy real.
—María Sarmiento fue una mujer comprometida con su tiempo.
—A mí me parecía comprometida con humillarme intelectualmente y con meterse mi polla por todos sus agujeros. Esto último no me molestaba, pero lo primero se lo podía haber ahorrado, es por eso que no sé mucho más de ella. Estás todo el rato esbozando un escenario en el que yo me niego a reconocerla como algo más que una muñeca hinchable y lo que yo recuerdo es una mujer que trazaba una línea muy clara entre la cama y el resto de su vida, una línea trazada a base de insultos, desprecios, una continua borrachera…
Y me callo, porque he de callarme, porque allí, junto a esa línea de la que hablo, me acabo de encontrar abandonada una pregunta que me hice una vez, ¿qué hay más allá de esa línea?
Nada, me contesté. Mentira, fue: más de lo mismo. Me la imaginé haciendo exactamente lo mismo que hacía conmigo, pero con otra gente. Montando escándalos por restaurantes de medio pelo. Hablando frenéticamente de los problemas de salud de su padre, de la incomprensión de su madre, bebiendo, fumando, hasta asustar. Contestando vaguedades a preguntas que querían ser corteses y ella parecía considerar demasiado... ¿directas? ¿A qué te dedicas? respuesta: ya nunca voy por el despacho, no soporto a mi hermano. ¿Qué hiciste el puente? respuesta: estuve salvando al mundo, cariño.
Fui un idiota machista que piensa con la polla, sin duda es la opinión de Anna Maria, la chica del expediente. Que no creo que me haga una mamada o a lo mejor sí, porque una vez reducido a mi expresión mínima puedo volver a ser utilizado, como pieza en el experimento que demuestra que las pasiones del cuerpo no son comparables a las de la mente; olvidando que uno de los dos sujetos del ensayo es ella misma y por lo tanto la conclusión del experimento no es válida desde el punto de vista científico-leninista.
Es fácil a toro pasado darse cuenta de que estaba equivocado: María Sarmiento no era más de lo mismo al otro lado de la línea. Es fácil darse cuenta cuando tienes frente a ti un funcionario público con un expediente en el regazo, te han tirado bombas y te han secuestrado dos veces. Aunque podría ser que eso también significa que a este lado de la línea solo estaba yo, ¿no es jodidamente romántico? No me va tanto romanticismo.
—Lo has conseguido, ahora tengo curiosidad. ¿Quién era María Sarmiento?
Anna María pone una de sus caras de palo, así las llamaba yo para mí mismo, caras de palo. Su rostro pierde toda expresión y solo te observa. Sabe que tiene algo que tú quieres y está deseando dártelo, pero pone una cara tan neutra que la delata, sería la peor jugadora de póquer del mundo. Tiene información, algo que adora y se resiste a compartirla a cambio de nada, pero yo no tengo nada que darle, solo mi atención. Pasa la yema del dedo por el borde de las hojas que componen el expediente y decide que le es suficiente.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—No llevo calzoncillos.
—¡Dios! Eres un gilipollas… ¿María Sarmiento te dio dinero alguna vez?
—Dinero, que quieres decir, ¿por follar? María te pedía dinero para comprar tabaco.
—Nunca te financió un proyecto.
—¿Un proyecto? No, nunca pagó la gasolina, ni la mitad de la cuenta, nada. ¿Qué tipo de proyecto?
—Un viaje, un viaje de estudios, reunir material para un relato,...
—No. ¿Por qué preguntas esto?
—Era una posibilidad, María Sarmiento era muy generosa a la hora de contribuir en proyectos, tanto artísticos, como científicos, culturales. Los Sarmiento han sido parte importante en el mecenazgo en este país, desde hace casi dos siglos. Pero ella lo había llevado a otro nivel, había conseguido darle un toque personal.
—Sabía que sus padres estaban en el patronazgo del Palau de la Música y en no sé qué del Hospital de Sant Pau, eran gente de posibles, dinero viejo, pero de ahí a pagar estancias en París a jóvenes Picasso...
—Sí que hay una aportación a la escuela de Artes y Oficios desde casi su fundación, pero el mecenazgo, desde que ella se encargaba, se dirigía más hacia la ciencia, la física, la antropología, últimamente a la historia. La fundación Sarmiento estaba financiando una total reinterpretación de la historia de nuestro país.
—¿Reinterpretar la historia? ¡Después seremos los buenos siempre y ganaremos todas las batallas?
—No, claro. Son historiadores, se les da la oportunidad de trabajar con más datos; tienen más datos, son más felices. Aquí también —señala con el índice el expediente— se detallan aportaciones a revistas, revistas que ciertamente casi no podrían mantenerse abiertas sin su colaboración. Los Sarmiento han mantenido foros de debate abiertos; toda una serie de intelectuales han continuado con su labor teórica empujados, respaldados, por los Sarmiento.
—Antropología....
Murmuro. El Doctor decía, no lo decía Einstein, que se dedicaba a la antropología, no sé qué significa esto, pero tiene importancia. Maria S hablaba de sus «proyectos cívicos» solo cuando ya había bebido bastante —y de entrada eso significaba que yo había soplado lo mío también— y entonces no es que no la escuchara, es que no podía seguirla de como saltaba de un tema a otro. Hacía una afirmación que conectaba con otra tan rápidamente que yo me limitaba a poner otra copa y preguntarme por qué me avenía a participar en ese juego. La respuesta era sencilla, por el juego en sí.
¿Por qué me avengo a participar en el juego que ahora mismo Anna Maria cada vez menos disimuladamente juega conmigo? ¿Por una posibilidad entre un millón de convencer a la funcionaria pública que se apoye en el marco de la ventana y separe las piernas? Es estúpido, pero es por eso. Reflexiono: como follé con ella una vez —unas cuantas, en realidad— ahora le pertenezco y nuestra relación siempre estará matizada por este hecho. La vox populi considera que el componente sexual resta autoridad a la mujer. Yo no aguantaría un segundo a Anna María si no fuera por esa lubrica posibilidad. Es por eso que mientras ella habla, siento que mi pene avergonzado se está retirando —yo le perdono su cobardía, somos muy cercanos—. Ya solo me queda tomar aire y volver a ocuparme de mi carcelera, porque es lo que ella es, Príapo ha intentado ignorarlo hasta que ha sido imposible hacerlo. Ella, sola o con la ayuda de otros, es la que me retiene aquí.
—Creo que lo he entendido, María tenía mucho dinero, María tenía mucha influencia. Dime: ¿su muerte ha sido una suerte o una desgracia?
—Ha trastocado unas cuantas cosas, parecían solidas y ahora están cojas. Su suicidio ha sido considerado como terriblemente maleducado, ha dejado muchos cabos sueltos. Esta no es la manera de proceder en los Sarmiento, se ha escuchado por ahí, se ha escuchado tantas veces que... bueno, ya lo ves, se ha tenido que tomar cartas en el asunto, esperando aclararlo con rapidez, encontrar una respuesta que a todo el mundo contentara y luego podernos dedicar a la cuestión importante: ¿qué hará?, ¿cuál será la política de la fundación Sarmiento ahora? No hemos tenido suerte, hay dudas sobre la realidad del suicidio y algunos asuntos de María Sarmiento, al ser examinados, parecen bastante... heréticos.
—¿Qué quiere decir heréticos?
— Solo es un chiste de departamento. María Sarmiento también subvencionaba grupúsculos extrema izquierdistas, ultranacionalistas, animalistas radicales, iglesias adventistas y cosas aún más divertidas, como un grupo de arquitectos catastrofistas que diseñan búnkeres, bueno a estos solo los puso en marcha, resultó que había un mercado para ello. ¿No sabías nada de esto?
—Me has hecho la misma pregunta de diez formas diferentes y siempre te he contestado lo mismo. Has de reconocerlo: yo solo era un juguete de la gran mecenas. Un juguete olvidado.
—Te tenía muy oculto, muy lejos de... la línea principal de acontecimientos, eso llama la atención.
—Te la llama a ti. María S y yo follábamos, teníamos un juego erótico que no se sostenía fuera de él, me explico, ¿no? El sexo no necesita más explicación que el mismo sexo. El día que lo comprendas no estarás tan tensa. ¿Por cierto no te apetece pegar un quiqui rápido?
—Eso está fuera de lugar.
—No, no lo está. El sexo nunca está fuera de lugar; ocupa su propio lugar, no hay que dejar que salga de él, ni permitir que otra cosa le robe espacio. Sí no quieres follar, al menos hazme una mamada rápida, por los buenos tiempos.
Anna María se levanta, vuelve a tener su cara de palo, después sacude la cabeza y se marcha dejando tras de ella un esbozo de saludo. Yo miro la ventana. Desde luego he llamado la atención, demasiada atención. Al rato me doy cuenta de que me he olvidado de preguntarle en que liga cree ella que jugará el Barça, si se consigue la independencia.
Es lo primero que le pregunto al enfermero de tarde —un tipo tan silencioso como el resto de los cuatro gatos que me rodean— que entra al cabo del rato en la habitación.
—No me gusta el fútbol —contesta.
—¿Cómo no puede gustarte?, fuiste educado para esto, ¿en que hemos fallado? ¿Hasta cuándo voy a tener que llevar esto?
Esto es una vía que llevo en el brazo, un ingenio que incluye una aguja, una llave de paso y una conexión al tubo que me une a una bolsa de suero, todo en plástico.
—Tendrá que preguntárselo al doctor.
Contesta mientras procura mirar a otro lado. Es el tratamiento habitual a mis preguntas —que procuro que sean pocas y espaciadas en el tiempo—, sé que soy una molestia para todos ellos, no parecen tener días libres y se reparten los turnos para tenerme atendido y vigilado.
Mi enfermero marcha, oigo el ruido de succión que hace la puerta al cerrar y miro hacia la ventana, que, con mi cabeza a esta altura, tumbado en la cama, ofrece un pedazo de cielo que oscurece por momentos. No tengo nada con lo que entretenerme y mis captores no parecen preocuparse por eso, deben pensar que con las pirulas voy bien servido, pero como no me las tomo el día se arrastra más que pasa y por las noches duermo fatal.
Me levanto, es hora de excursión al baño, calzado con unas zapatillas de papel, y arrastrando el tacataca con ruedas, del que cuelga la bolsa de suero, es complicado, aunque cada día me defiendo mejor. Orino largamente. Mi orina es clara, no parece apestar, los riñones no los tengo tampoco jodidos. Antes de regresar a la cama me acerco a la ventana. Si te aprietas bien al vidrio y miras hacia abajo llegas a ver, además de agua y horizonte, un poco de paseo marítimo y gente. Durante un rato me parecen más interesantes que el cielo, que oscurece cada vez más rápidamente, pero me aburro rápido, son solo hormigas, no distingo las tías de los tíos.
Cuando estoy regresando a la cama tengo un arrebato: me quito la vía del brazo; la cánula que se internaba en mi vena es mucho más larga de lo que me esperaba, eso me hace sentir violado. Imagino la voz de Anna María regañándome porque no estoy siendo nada razonable: no tomo mis medicamentos, me levanto en medio de la noche, mi comportamiento es extraño. ¿Qué dices?, ¿qué te sientes encerrado?, quizás deberías comenzar por hablarlo con el médico que te atiende. El pensamiento me hace gracia, es como un chiste.
No me quedo aquí ni un minuto más. A la mierda. Acerco la mano a la puerta y me quedo parado, se escuchan ruidos, gente que habla. Abro la puerta y me encuentro el comedor de un apartamento bastante grande. Anna María parece discutir con dos tipos de traje, aunque detienen la conversación cuando me oyen. Los dos tipos miran en mi dirección uno de ellos es Vicentín, Vicente Torella, mi abogado, mi representante, mi no amigo, que me tiende una mano mientras se dirige hacia mí.
—Te ves muy bien.
—Sigue mirando y verás como me largo.
—¿Hablando con quién y en categoría de qué, Vicentín?
Él no parece arredrase, me coge del antebrazo y me lleva hacia un rincón mientras alza la voz.
—¿Me permiten charlar un rato con mi cliente?
Yo no quiero charlar con él, pero veo en la expresión de Anna María y el otro tipo que a ellos tampoco les hace gracia que lo haga y por puro espíritu de contradicción acepto.
—Vicentín muchacho, ¿dónde te habías metido? ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¡Jodido cabrón desde cuando sabes que estoy aquí?
—Desde el día siguiente a tu liberación.
—¿Y no has hecho nada por visitar a tu cliente?
—Sí que lo he hecho. Joder ya lo creo que lo he hecho. Tuve que hacer un trato, soy tu abogado, tú estabas en shock, acepté que te mantuvieran protegido, era lo más sencillo, dejar que te mantuvieran fuera y así no presentarían cargos.
—¿Cargos de qué, Vicentín?
—Deja de hablarme con ese retintín; no importa qué cargos, hubieran inventado los que hicieran falta y a volar. Solo te querían a mano por si acaso y ya está.
—¿Tenerme a mano para qué?
—No lo sé, no importa, mañana te vas a casa. Han perdido el interés. Alégrate.
—¿Qué está pasando? ¿Tú lo sabes, Vicente?
—No, yo no lo sé, y parece que por fin creen que tú tampoco lo sabes. Saluda agradablemente y vuelve a tu cuarto. Mañana te recogeré.
Le miro, no veo ninguna señal de que me esté engañando, no tiene ningún motivo para engañarme. Más allá, detrás de él, sobre la mesa, Anna María y el otro tipo parecen cambiarse folios mecanografiados como quién se intercambia cromos, ajenos a nosotros. Decido seguir el consejo de mi abogado y volver a la cama. Lo hago, estirado miro el trozo de cielo que me ofrece la ventana, nadie viene a recolocarme la vía. Creo que me costará dormirme, ¿mañana salgo de aquí?, ¿dónde es aquí? No lo acabo de decidir que me quedo roque.
Es la mañana, camino de casa en el cómodo coche de Vicentín, vuelvo a ir vestido con mi propia ropa y el mundo al otro lado de la ventanilla parece el mismo de siempre. Él va extrañamente silencioso, parece estar tomando fuerzas para algo.
—Tenemos un problema con la editorial, tu desaparición los ha puesto nerviosos, tienes que darles algo ya mismo. No creo que necesiten algo muy acabado, pero sí la confirmación de que estás ganándote el anticipo.
—¿Mi desaparición? ¡Joder mi secuestro!
—Eso no ha sido hecho público, no sé si nos conviene hacerlo, te ha costado mucho tiempo salir del radar de... mucha gente ¿Quieres volver al centro del escenario? ¿Tener los focos apuntándote?
¿Lo quiero? No. Ya he tenido bastante. No sé qué se llevaba entre manos María S, me resulta difícil aceptar la imagen de gran impulsora de nada, que no fuera pedir otra copa y luego otra más, si estaba yo para pagarla. Historia, antropología, ciencia, parecía que jugaba a ser Goebbels en sus ratos libres. No jugaba: era Goebbels. Yo era, había sido, sus ratos libres.
En mi casa hay una cerradura nueva, es evidente que alguien se llevó la antigua por delante. Todo está más o menos como siempre, parece que han limpiado hace poco. Mi piano no está, hay un Yamaha nuevo donde estaba el mío.
—¿Qué ha pasado con mi piano?
—Excesivo entusiasmo a la hora de registrar, les hice reponer todo lo que rompieron ¿Te gusta?
No sé qué contestarle, no soy un gran pianista, ni siquiera uno pequeño, pero tenía intimidad con el viejo monstruo. Por lo pronto el Yamaha me parece un intruso, me invade una inquietud mirándolo, hasta que me doy cuenta de que no es él quién me la provoca y me acerco a la mesa de cocina marcada por el tiempo que me sirve de estudio y le abro el cajón. Está vacío, ni ordenador, ni libretas pautadas, ni recortes, ni un puto lápiz.
—¿El manuscrito? ¿El ordenador?
—No está. No fueron ellos. Ellos no se lo llevaron. No encontraron nada a lo que hincarle el diente, creo que por eso desmontaron hasta el piano.
—¿Quiénes son ellos, Vicente?
La pregunta parece pillarle por sorpresa. No parece tener una respuesta preparada y para un abogado eso es fatal. Al final suspira y contesta.
—Gente con autorización. Llegan con autorizaciones o con órdenes para la policía, los autoriza un juez, te habían secuestrado, buscan pistas. Tienen derecho, tienen la obligación —traga saliva—. La mujer que se suicidio, soy tu abogado, si realmente sabes algo sobre ese tema es el momento de explicármelo.
—No tengo ni idea que juego se llevaba entre manos, no la consideraba, no la veía, como un jugador importante en el tablero político; como ahora todo el mundo me quiere hacer verla.
Me siento en el sofá, el ordenador, mis libretas ¿Dónde están? Tengo una copia del último manuscrito en la nube, no se ha perdido todo, solo el trabajo de... ¿Diez días? Diez ratos más bien, no he llegado a concentrarme mucho en ello, mecanografiar siempre me cuesta mucho y he pasado demasiado tiempo dejándome interrumpir con cualquier excusa tonta, suicidios, peleas, secuestros, bombas...
Entre el cojín y el brazo del sofá mis dedos nerviosos encuentran algo, es un envoltorio de pastelillo, me lo quedo mirando mientras Vicentín me da un discurso sobre la confidencialidad entre el cliente y el abogado. Es el celofán de un croissant de chocolate relleno, recuerdo haber comprado una bolsa para Einstein, un día o dos antes de nuestra excursión nocturna. Nunca llegué a dárselos. Eso significa que Einstein escapó el día que me atraparon. ¿Escapó? Igual ni siquiera intentaron cogerlo, igual solo les interesaba yo o el Doctor, o las cartas del doctor llenas de ¿cómo lo dijo? ¿Irreverencias? ¿Planes absurdos? ¿Sobre qué trataba el estudio antropológico del Doctor? ¿Por qué nadie me pregunta estas cosas?
Vicente ha acabado de hablar y parece esperar una respuesta. Yo debería necesitarla también, pero ahora lo que me preocupa es mi novela, mi trabajo, la editorial, mi hipoteca. Necesito conseguir un portátil.
