El caso Sarmiento -Capítulo II- El éxito
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| Elisabeth Holmes |
Hay una cierta claridad en el aire y ya me he despertado. Todos los días me pasa, después doy vueltas en la cama persiguiendo enfadado un sueño que sé imposible de alcanzar. Pero hoy ni lo he intentado, siento que hay algo que está mal, algo más que molesto. Lo he arrastrado desde el día anterior, me ha acompañado al sueño, se ha negado a quedarse allí y ha reflotado conmigo hasta la vigilia.
Ahora recuerdo que es: María ha muerto. María se ha matado. Una estúpida presentadora de televisión intentaba ayer convencerme en directo que yo era culpable de ello. Tenía un informe para justificarlo —¿de dónde sacaría los datos para llenarlo?—. Desde luego no conocía a María, no la había visto descender de la forma menos elegante posible por una espiral de autodestrucción. No la había visto como comenzaba a vagar por los bares durante dos o tres días sin dormir, sin parar de beber, apabullando a todo el mundo con su superioridad intelectual —que a nadie interesaba—, sus duros y redondos pechos y hacia el final de aquellos maratones etílico-verbales con su olor corporal.
María ha muerto. María se ha matado ¿Cómo lo ha hecho? No es una cosa que pensara que hiciera jamás, digo: quitarse la vida en una forma activa, rápida. Desde luego que se estaba matando en una forma perezosa y lenta. ¿No lo estaba haciendo yo también entonces? No, yo no, o sí, no sé. Dicen que la gente quiere matarse el día que pierde la esperanza ¿la esperanza en qué?, ¿en que mañana será otro día? Esa ha sido hasta hora mi personal confianza. ¿En qué la tenía María?
¡Basta!, no lo sabes, ya nunca lo sabrás, levanta ya, no hay nada para ti en esta cama.
Que la gente te preste atención —además dé darte cantidades de dinero que considero absurdas— por escupirles a la cara cosas que deberían serles evidentes está bien, pero ¿sabes lo que pensaba que me atraía más de ser famoso? —porque lo soy, en una manera que he de reconocer cutre e inesperada, pero lo soy— Lo que más me ilusionaba, de verdad, era pensar que me había librado de la tiranía del despertador, que ya no tendría que levantarme con sueño de la cama, porque todos —o casi todos— los días por venir iban a ser sábado. Dios —supongo que fue él— me castigó por ¿mi orgullo?, ¿por ir de listillo?, y ahora hace que me despierte —cada día, como un reloj— a las cinco de la mañana y que después ya no tenga manera de volver a pillar el sueño. Como me está pasando hoy.
El éxito es una cosa relativa. El mío supongo que debe parecer diminuto, casi una broma, para muchos observadores. Desde luego no escribo novelas de Templarios, ni soy un presentador de televisión relatando anécdotas más o menos creíbles de mi subida a los cielos audiovisuales. Tampoco escribo manuales que te ayuden a enfrentarte a ti mismo y al mundo. Quizá a lo que más se acerca lo que escribo sea a la novela negra, si puedes aceptar una novela negra en que los policías, los jueces, solo aparezcan allí, muy al fondo, no como componentes de la trama, sino solo siendo parte de un abismo que acecha bajo los pies de los protagonistas. Tampoco abundan los criminales profesionales, más que como notas de color, lo que sí que abunda es el sexo, de todos los colores y tamaños. Y las opiniones menos de moda que te puedas imaginar. Mis personajes pueden ser educados racistas, homosexuales estúpidos, religiosos violentos, lo que se te ocurra, pero todos, todos, llega un momento en que se miran entre las piernas y se preguntan para que tienen eso ahí y cuantas maneras hay de usarlo. Me toco el pene, continúa dormido, antes era él el primero que se despertaba, quien estiraba de mí. De últimas se han invertido los papeles, o casi.
Ayer quisieron crucificarme, es algo que no debería olvidar. Lo hicieron porque un día me hice famoso y comencé a ingresar pasta por airear mis pajas mentales por escrito y sobre todo por ser gilipollas en público, lo que da pero que mucho más que escribir. Esto fue una sorpresa, no había pensado que un escritor —si se puede considerarme así— se ganara la vida de tele en tele y de radio en radio más que escribiendo. Ni que el anticipo del próximo libro dependiera más de las veces que se hubiera salido en la caja tonta que del número de lectores de la obra anterior.
También he descubierto que el literato como figura pública —y de paso sus libros— es una fruta estacional. Tienes tus ráfagas, momentos en que todos te quieren en todas partes y otros en que te ignoran. Después de lo de ayer puede que me veten en muchos sitios, ¡que digo muchos!, en los pocos que admiten que existo. En la misma manera en que te convertiste en una figura pública puedes dejar de serlo y tener que ponerte a buscar un trabajo. Pienso esto, me acojono lo más y consigo levantarme, salir de la cama, salir al exterior, donde envuelto en el albornoz me dedico a pasear por el huerto muy preocupado por el estado de mis tomates y berenjenas, igual tengo que pagarle al banco con hortalizas la próxima cuota.
Durante un rato, mientras arranco yemas axiales de las tomateras me castigo con que debería sentir satisfecho: la casita con su huerto, había sido la aspiración de tres generaciones de varones de mi familia —¿la había comprado por eso? ¿por escuchar tantas veces lo que era deseable y lo que no?—. Ellos aunque codiciaron bastante poco nunca lo consiguieron; no importó, supongo, cuanto sacrificio, lucha, respeto a las normas, rebeldía, temeridad, constancia o improvisación, le pusieran a la cosa que fuera, siempre antes o después, más bien antes, la fuerza de la historia se llevaba sus amados proyectos como pajitas en el viento. Tengo la sensación de que conmigo va a pasar lo mismo, solo tienes que mirar las noticias para creerlo.
Recuerdo a los varones de mi familia como tipos silenciosos y rencorosos, llenos de cuentas pendientes contra gente inalcanzable. Por eso solían preferir joderte a ti, que estabas más a mano, pero dejemos esto, es algo que a nadie interesa, jura mi editor y tiene razón.
RAI 1 mientras tomo café. Entiendo bien poco del italiano, pero me gusta que estas voces me acompañen por la mañana, me hacen sentir lejos, como de vacaciones, vacaciones de mí mismo. Vacaciones del país donde vivo, donde tengo la sensación de que la gente ha enloquecido, víctima de una, de una... ¿pulsión identitária? que no comparto. Por eso escucho la RAI e intento ingenuamente mantenerme ajeno a un debate que me parece aburrido y peligroso.
También de un cuaderno pautado que me espera sobre la mesa, unas doscientas páginas de mi caligrafía minúscula. La parte que menos me gusta de este oficio que me ha escogido es trasladar toda esta prosa convulsa del papel al ordenador. Si alguien me pregunta aseguro que soy capaz de escribir en cualquier parte, lo que es cierto. Mis primeros libros nacieron en bares, salas de espera, en la trasera de camiones, en cualquier rincón donde pudiera meterme un rato para abandonar el mundo donde era un subalterno y sumergirme en ese otro donde... ¡soy un Dios que concede alegremente un casi libre albedrío a sus criaturas por el placer de verlas crecer y fornicar bajo su mirada! Suena bien, seguro que alguien ya lo ha usado.
Paso las hojas del cuaderno e intento recordar cual era el kernel de estas páginas ¿Qué quería explicar? ¿Qué es lo que realmente has acabado contando? Detesto cuando la prosa, la mierda que estoy escribiendo, se culturiza, comienza a mirarse a sí misma y no va a ninguna parte. María vuelve a invadir mi pensamiento, sin avisar, sin invitación.
María se ha matado, desde ningún punto de vista soy responsable de ello, pero siento culpabilidad. María está muerta y yo cobro derechos de autor. ¿Debo prepararme a sufrir miradas despectivas acusándome de aprovecharme de la pobre loca, cuando creo que básicamente era al revés?, me lo pregunto mientras ojeo en mi libreta lo que es más que el esbozo de una novela, pero no mucho más. He llenado sus páginas con frases cortas, afiladas, imaginaba la trama como un salchichón que yo intentaba cortar en lonchas lo más finas posibles, al estilo de algún escritor gamberro americano que había leído por entonces. En este texto, mi interpretación de aquel estilo, al leerlos, transmiten la sensación de que escuchas, con el interés del que no puede hacer otra cosa, una conversación entrecortada ajena, una que te llega desde la otra punta de un restaurante vacío. Suena más interesante de lo que en realidad es.
Me canso sin haber hecho nada. Cierro el cuaderno y la radio. Abro el ordenador y el correo. Enterrado entre los mails que me ofrecen Viagra, catidionas, benzodopaminas, y ofertas de vuelos baratos a sitios donde ya he estado y no pienso volver nunca tengo uno de María Polanco.
María Polanco, creo que me considera una criatura suya. Vio mi actuación en el programa, así lo llama: actuación y me felicita antes de darme consejos y criticar el color, el estampado, de mi camisa. María Polanco fue, es, mi profesora de interpretación. Me metí a hacer el curso en el centro cívico por los mismos motivos que podría haberme apuntado a macramé: estaba lleno de tías, tías aburridas, aunque resultaron no lo bastante para que quisieran distraerse conmigo. Les debía asustar un algo de mí, quizá un aroma que despedía, un olor parecido a la necesidad, al fracaso... algo, lo que sea, que ahora los focos han secado y no sé si es una mejora.
Digo que me apunté a Interpretación-1 igual que me podía haber apuntado a Macramé- Intro, pero es mentira, si me apunte al cursillo fue por María Polanco. Vagando por el centro cívico —¿qué hacía yo en el centro cívico?—, a través de una puerta entreabierta vi como dirigía a un montón de mozas en los primeros pasos del curso de interpretación, una parte que los que saben pueden llamarlo como quieran, pero para mí siempre será conoce tu cuerpo. Ella no me recordaba, pero yo sí. La había visto dos o tres veces, preparada y obediente, entre los otros figurantes —el nivel más bajo de los actores, igual que yo estaba en el nivel más bajo de los técnicos—, la ilusión de la farándula brillándole en los ojos y ya entonces me puso cachondo. Yo lo llamo así: ponerse cachondo. Los seres humanos nos ponemos cachondos, sí no es que estás enfermo. Nunca hablo del canto de los pájaros ni del vuelo de las mariposas. En esta conurbación donde vivo solo hay palomas con problemas genéticos y taladradoras del geranio—. Por eso me apunté al curso de interpretación. No sirvió para conocerla, en el sentido bíblico de la palabra, pero me dio unas herramientas que nunca pensé necesitar.
María Polanco, ella cree haber descubierto en mí una gran capacidad para la farsa, para la doblez, para la mentira, ella lo llama talento y no me deja abandonarme a la molicie ni pensar que todo puede ser improvisado.
Cuando pierdas el camino vuelve al principio, es una de sus frases. Es un sistema como cualquier otro, intento aplicarlo a mi texto, saco de la librería un ejemplar —debo tener unos veinte— de mi primera novelucha, la que proyectó mi culo hasta el pedestal donde ahora me tiran piedras.
Es una novela sobre el suicidio juvenil, sobre unos Romeos y Julietas, estúpidos y malhablados. Nadie está contra su amor, ni contra su odio, son ignorados y eso les lleva inevitablemente a la muerte. Hasta yo, su padre putativo estoy harto de ellos, en las páginas finales se nota que estoy deseando que revienten y dejar de escuchar su lastimero llanto, más desagradable que el chirrido de una puerta o la discografía de los Smiths. Intentaba que el lector los odiara tanto como los odiaba yo. Algo hice mal y un montón de niñatos y niñatas con la cara llena de granos y/o demasiada grasa en los muslos comenzó a ver en ellos héroes trágicos. Se bajaba tanta gente el puto PDF que una mini editorial, de esas que aparecen y desaparecen, me ofreció editar una tirada comentada en papel. ¿Qué coño quiere decir comentada? ¿Rollo película con comentarios del director? ¿Director borracho, malhablado, agresivo...? ¿Quieres que ponga por escrito lo muy mucho que desprecio a mi público...? Adelante, hasta ahora no había sacado ni un pavo de ellos, no me importaba insultarlos...
Mucha gente, que no conozco de nada, comenzó a opinar sobre mí. Mucha gente es un decir porque en realidad en este país nadie lee, ni en este ni en ninguno. Puede que en algún sitio donde el invierno sea largo de cojones y solo cuando se acaba el vodka. Vodka sobrestimado, así veo yo la literatura. Una droga blanda que te ayuda a huir de la realidad, no te hincha el hígado, puede que las cervicales si lo haces en mala posición y ya que hablamos de posiciones a partir de cierta edad todas son malas, te lo garantizo.
Me quedo aquí un rato frente a la librería vacía, excepto por copias repetidas de mis libros, dejándome arrullar por sus promesas. No, no me parece estúpido, al menos no tanto como suscribir una hipoteca a treinta años referenciada al Yen a medias con una mujer que inmediatamente se pone a comer sin parar en un intento de apagar una ansiedad provocada por los vaivenes de los mercados de divisas. Después te quedas sin trabajo y el único que parece escucharte y comprenderte es el rico bujarrón vecino de rellano. Este es el tema principal de mi segundo intento literario. Todo el mundo opino que era una mierda, un intento de epatar por epatar. Como todo el mundo compró un ejemplar para resaltar con rotulador fosforito las partes más innobles del texto o para regalarlo durante el amigo invisible —en serio, los fabricantes de mierdas de plástico entraron en crisis—, decidí que tenía que ignorar las críticas y seguir a lo mío. Lo único que llegó a molestarme fue la cantidad de frutas y verduras —pepinos, papayas, berenjenas, zanahorias, calabacines, plátanos...— tumefactas y malolientes que recibí por correo durante una temporada. Lo cierto es que no es que fuera una historia real pero casi. Vi en la tele a una pareja que declaraban haber decidido que ella se prostituiría con el fin de poder atender los pagos de su nidito. ¡Lo vi por la tele!, en prime time, una historia tan babosa que parecía falsa. En un arranque de feminismo decidí que puestos a ello fuese él el que pusiera el culo, igualdad, ¿no?
Devuelvo el ejemplar a la librería, hace mucho que no sacaba ninguno de ella, la verdad es que me da miedo hacerlo, relees y siempre encuentras cosas que podrías haber escrito mejor. Es posible, siempre he tenido un temperamento artístico, que significa que ante la imposibilidad de entender el mundo a partir de lo que explican los telediarios, he intentado explicármelo a mí mismo como mejor he podido. No lo he conseguido, el mundo es incomprensible, puede que hay esté la gracia, aunque yo no se la encuentro.
Mis libros, ahí están. Si en algo está de acuerdo todo quisqui es en que no sé escribir. A mí me parece que no entendemos lo mismo por el verbo escribir, clavar la pluma en la mesa atravesando el papel —una y otra vez, una y otra vez— también debería ser considerado escribir. Este temperamento airado, este deseo de llamar a todo por su nombre, el cuestionarlo todo, el no ceder ante nada, no es nuevo en mí, aunque hasta hace poco lo ocultaba tras un talante más conciliador.
Fíjate, ¡qué sorpresa! No recordaba que esto estuviera aquí. Es el guion de una película, un mazo grueso de DINA4 encuadernados en espiral negro. No es un guion que haya escrito yo y sin embargo he tenido una gran intimidad con él. Observa los dibujos en los laterales, en los reversos de las hojas, componen un bonito storyboard. Ahora recuerdo que lo que yo quería era ser pintor. En serio, confesar esto es de mal tono entre los plumillas, uno tiene que asegurar que su original y absoluto amor era la poesía y que al final, después de aceptar que habías sido rechazado por tan cruel señora, te arrojaste en los brazos de la novela, que según parece es más putilla.
Yo quería ser pintor. Lo confieso, contemplando un cuadro he llegado a unos niveles de comprensión, de fusión, con el todo, que no he conseguido con las drogas, juntas o por separado. Ahora ya nunca voy a los museos, a las galerías. Están llenos, la gente hace cola, las entradas son caras. Soy de un tiempo en que el arte no molaba, era cosa de colgados, no una parada más entre la catedral y el bar de pinchos. Sé que los cuadros continúan ahí, sé que las Meninas del malagueño —tan pobres en cromatismo, tan ricas en contenido— guardan todavía muchos secretos, pero me distrae el olor a crema solar y el bamboleo de tantas nalgas mantecosas y níveas.
Quise siempre pensar que mi destreza con el pincel, con el lápiz, fue la que me abrió las puertas del cine, pero tuve que aceptar que fue mi disposición a cargar y descargar furgonetas sin cansarme y con una sonrisa lo que me mantuvo durante un tiempo en él. Fue allí, mientras movía una vez más un palmo a la derecha y después un palmo a la izquierda el decorado, donde descubrí que intentar hacer algo que guste a todo el mundo es la manera más fácil de hacer algo que no guste a nadie. Ahora tocaría alardear de que fue este convencimiento el que me llevó a abandonar el séptimo arte, pero mentiría, porque fue él quien me abandono a mí, cuando una horda despiadada de jóvenes apareció desde un sin fin de universidades. Llegaban con una excelente formación, en la que destacaba el convencimiento de que, ante todo, había que trabajar gratis para abrirse camino. Nadie les enseñó nunca la ley de la oferta y la demanda o no la entendieron. Vuelvo a meter el guion en la estantería mientras me riño: déjate de justificaciones, quien sabe, si no hubieras pasado tanto tiempo cocido de cualquier cosa y robando herramientas igual te podrías haber abierto camino en el cine. No, no lo hubiera hecho.
¿Qué hago aquí frente a la estantería tanto rato? No lo recuer… ¡buscar inspiración, fuerza,! para enfrentarme a la libreta pautada, tamaño cuartilla, allí esperándome junto al ordenador, doscientas páginas manuscritas de... no consigo ponerle un nombre. ¿Fantasía perversa de un currante que no se atreve a reconocer que odia a su jefe?, ¿cruda radiografía del espíritu comercial del país?, ¿canto del cisne post—punk de un vago rematado?... El problema es que si no decido rápido —el tono y la dirección final de la trama— la puta libreta se irá haciendo más y más importante hasta ocupar todo mi horizonte y acabaré... acabaré rasgándola, rasss rasss, y arrojando sus trozos al aire como confeti cutre de fiesta de oficina, esa en que por enésima vez la contable de las tetas gordas te rechaza. Demasiado tiempo invertido para nada.
La contable de las tetas gordas existe, no es que me haya rechazado nunca, pero la persona que inspira la imagen es real, está sentada cuatro horas al día en la oficina de Vicentín y puntea con un lápiz las columnas de entradas y salidas de los clientes y así diagnostica nuestras posibilidades de supervivencia. Ella opina que compré demasiado pronto, demasiado caro y que pagaré durante años este pecado original, sí no es que caigo antes en la bancarrota.
Suena el timbre de la puerta. ¿Quién será? —se supone que esta dirección no la conoce casi nadie, acabé harto de putos calabacines cagaos—, llevo tanto tiempo aquí plantado, mirando los estantes de la librería atento más a lo que pasa en mi cabeza que en el mundo, que primero me sobresalto y luego agradezco la distracción. Abriendo la puerta, sin mirar antes por la mirilla, es cuando se me ocurre preguntarme ¿quién coño llama a mi puerta antes de las siete de la mañana?
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